Efecto mariposa

Efecto mariposa

Quien alimenta con biberón dice sentir la ojeriza del lactivismo; como sufre miradas incómodas y comentarios insultantes la mujer que da el pecho. Quien elige el camino del BLW y los trozos ha de acostumbrarse al escándalo que provoca; como asume con resignación la incomprensión la familia que por uno u otro motivo se acogió al comodín de la batidora tradicional o los purés de tarro.

Sea cual sea el camino escogido, cualquiera que viva la experiencia de criar con un cierto grado de consciencia habrá visto en más de una ocasión cómo sus elecciones son objeto de juicio. No importa si se es de la escuela tradicionalista o de la del apego; igual que nunca llueve a gusto de todos, siempre habrá alguien a quien nuestro proceder parezca de todo punto inoportuno y equivocado, quizá incluso ofensivo.

Ante semejante panorama, y una vez superada la resignación, reclamamos a menudo padres y madres el derecho a decidir cómo criar. «Que cada uno en su casa haga lo que quiera, pero a mí que no vengan a decirme cómo tengo que educar a mis hijas». Yo mismo he ocupado dicha postura a menudo, cansado de comentarios «cuñados», ignorancia y apostillas atrevidas.

Sin embargo, creo que también hay cierto deje de corrección política en esa actitud. Detrás de una petición de respeto mutuo podemos esconder a veces el miedo a manifestar públicamente lo que de verdad pensamos.

¿Y por qué digo esto? Que cada uno pueda hacer con su casa, sus hijos y su vida lo que le venga en gana no significa que sus decisiones no vayan a afectarnos a los demás. Porque vivimos en sociedad, y hasta el más aparentemente insignificante de nuestros actos puede tener repercusión en el bienestar de otro individuo o de la sociedad en su conjunto.

La elección personal de un sujeto que lo lleva a fumar o a ingerir alcohol de forma habitual, por ejemplo, es tan libre como la de quien opta por no hacerlo; pero que pueda quien quiera fumar en su casa alegremente no debería hacernos perder el foco general que señala que el consumo de tabaco tiene un coste sanitario muy importante que sufragamos entre todos, ni podemos obviar que compartir tiempo y espacio con un fumador nos convierte al resto en fumadores pasivos.

Del mismo modo, son muchas las decisiones de crianza que hacemos cuyo impacto va mucho más allá de las paredes de nuestro hogar. El problema viene a la hora de determinar cuál es ese impacto, y si alguna de las alternativas disponibles es objetiva y demostradamente mejor que el resto. Cada uno queremos creer que se trata de la que hayamos escogido y, desde ese punto de vista, ni la actitud más respetuosa que nos quepa podrá evitar que sintamos consecuencias más o menos subjetivas fruto del estilo de crianza practicado por otros en nuestro entorno.

¿Qué queréis que os diga? Hay formas distintas de criar que no son necesariamente enriquecedoras para el resto: algunas son directamente perjudiciales; otras simplemente nos lo ponen a los demás más difícil. Yo prefiero que mi hija conviva con niños y niñas a los que no eduquen con miedo y violencia en su casa. No me gustaría que ella recibiera de forma transitiva el mismo mal trato —y maltrato— que aquellos han aprendido a utilizar como herramienta y forma de resolución de conflictos.

También me resulta más fácil compartir horas de ocio con quien elige una alimentación saludable para sus hijos. Cada vez que alguien en el parque considera oportuno ofrecer productos insanos a mi hija, o cuando coincidimos repetidamente con niños y niñas que meriendan cada día bollería, chocolates, zumos, etc., nos están poniendo sin querer trabas a la hora educar a nuestras hijas en un hábito de consumo apropiado para su cuerpo. Los niños son curiosos y sienten envidia, y como a nadie amarga un dulce, es mucho más fácil que se desvíen hacia ese camino para no volver.

Imagina que un día vas al cine con los compañeros de clase de tu hija. Quizá, en el extremo contrario a los del cachete a tiempo, sus padres sean de los que consideran que los niños deben poder manifestar sus emociones en todo momento y a todo volumen sin importar el contexto. Quizá a ellos no les importe que sus retoños correteen entre las butacas o chillen durante la película, y están en su derecho de hacer esa interpretación. Pero más allá de la molestia que suponga o no para el resto de los espectadores, también esa actitud tiene influencia sobre tu propia hija, quien puede que no entienda todavía por qué es la única de entre sus compañeros a quien sus padres piden que mantenga las formas.

Elevando el discurso a la escala social, habrá medidas que sean deseables desde el punto de vista de la salud del conjunto. Promover la lactancia materna; legislar adecuadamente sobre la mejor manera de sujetar a los niños en los vehículos; proteger su derecho a una alimentación adecuada, a un entorno libre de humos, a un sistema sanitario que garantice un calendario de vacunación apropiado… En algunos casos la evidencia es tan de cajón de madera de pino que no se entiende otra cosa que una regulación estricta (el uso obligatorio de sistemas de retención, por ejemplo). En otros, una casuística más compleja puede aconsejar políticas más orientadas a la formación y promoción de hábitos. Pero en cualquier caso, con independencia de la elección personal de cada uno, todos deberíamos ser capaces de admitir que la nuestra tendrá un impacto sobre el conjunto y sobre el vecino.

La vida en sociedad es así, con todo lo bueno y todo lo malo que eso conlleva. Como adultos, elegimos con quién queremos compartir nuestro tiempo en función de aquellos criterios y afinidades que consideramos importantes. Cuando nos convertimos en padres, nuestra responsabilidad y las implicaciones de los ejemplos y el entorno que construimos para nuestros hijos crecen exponencialmente. Si somos conscientes de ello, no es descabellado pensar que nos sintamos a gusto escogiendo aquellos caminos que se parecen más a los nuestros y que nos sirven para reforzar el tipo de valores y actitudes que queremos proponerles.

No podemos impedir que influjos externos de todo tipo lleguen a nuestro hogar; es imposible y hasta insano. Pero en el mismo grado en el que exigimos respeto hacia nuestra forma de criar, deberíamos imponernos el deber de reflexionar de manera consciente sobre el efecto que nuestras decisiones tienen sobre los demás, directa o indirectamente. Y que cada uno elija después libremente cómo obra en consecuencia, tal y como yo decido no frecuentar ciertos ambientes o compañías si creo que solo van a perjudicar nuestra labor como padres. Criemos y eduquemos en casa como queramos, pero no como si viviéramos solos.

Anuncios

5 comentarios en “Efecto mariposa”

  1. No puedo añadir mucho más a lo que has expresando en este post. Eso de que somos “los mejores” padres/madres para nuestros hijos es una frase que siempre me ha chirriado. Porque, como bien dices, hay posturas y decisiones no sólo mejores que otras, sino negativas. Por otro lado, intento moverme en la vida siguiendo la premisa de que mi libertad termina cuando empieza la de otro y eso incluye cómo intento educar a mi hijo y cómo es él y su comportamiento. Lo políticamente correcto tiene estas cosas. Un saludo.

    Me gusta

    1. Exactamente. Y es que si no pensáramos que unas opciones son mejores que otras, ¿con qué criterio estamos decidiendo? Por eso también es tan difícil defender una postura sin que los demás se sientan atacados, porque en muchos asuntos es imposible argumentar que algo es lo mejor para tu hijo pero no necesariamente para el resto.

      Muchas veces no da igual, aunque haya padres que abiertamente reconocen pasar de complicarse la vida. Tú me dirás cómo se compatibiliza eso con querer lo mejor para tu hijo y ser el mejor padre que tu hijo puede tener. Los ejemplos son infinitos. Después ya podemos entrar en las diferencias de criterio, en la fe en el cientificismo y lo que queramos, pero de entrada ya hay actitudes que lo dicen por sí solas.

      Y si te da lo mismo arre que so para tu hijo, pues oye, pero eso también tiene consecuencias en el resto. En la sociedad en su conjunto que paga las facturas, en los niños y niñas que conviven con los tuyos, en los padres de tu entorno…

      En fin, muchas gracias por tu tiempo y tu aportación 😉

      Le gusta a 1 persona

  2. Amigo, comparto cada frase, cada punto y cada coma de este texto. “Deberíamos imponernos el deber de reflexionar de manera consciente sobre el efecto que nuestras decisiones tienen sobre los demás, directa o indirectamente”. He pensado tantas veces justo eso que hasta asusta que lo hayas explicado tan cual. Jamás entenderé la postura de que cada cual haga lo que quiera como la de que todos somos los mejores padres para nuestros hijos. Lo siento, no, seguramente no lo seamos.

    También te digo que últimamente no dejo de pensar en que quizás nos estamos flipando demasiado con lo que creemos que nuestras elecciones o actitudes o formas de criar van a suponer para “cómo” serán nuestros hijos mañana. Pero esto da para una conversación muy larga que podemos compartir con gusto alrededor de unas viandas (del tío Julio, a poder ser) 🙂

    Me gusta

    1. Es que pensar que somos los mejores padres para nuestros hijos es muy pretencioso, como si no pudiéramos hacerlo mejor. Yo creo que esa es la diferencia fundamental que define eso que llaman «crianza consciente»: ser consciente de que puedes hacerlo mejor, de que tienes que informarte, de que tienes que escuchar… Me hizo gracia un texto que se hizo viral colgado —parece ser— por un pediatra en su consulta sobre cómo tú eres la mejor madre para tu hijo, le des o no biberón, des o no papillas, etc. Que sí, que son guerras que no tienen sentido, pero no podemos zanjarlas pensando que da lo mismo todo, porque hay cosas que no dan igual. Hay cosas que son mejores para el bebé; hay cosas que son mejores para la madre o el padre; y hay cosas que son mejores para las circunstancias particulares de cada familia. Pero no puede dar todo lo mismo.

      Está claro que nuestro alcance es limitado, que influyen mucho el entorno, la escuela, las compañías, la personalidad del propio niño… Pero yo sí quiero creer que algo tendremos que ver en cómo sean un día. Si no, no viviría en esta permanente incertidumbre sobre si lo estaremos haciendo bien. Me daría mucha lástima pensar que da todo igual, de verdad.

      Me apunto a esa discusión alrededor de unas viandas cuando quieras, ya lo sabes 😉

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s