¿Iguales e intransferibles?

Bodas, niños y ausencias

Algún día haré una reflexión más general sobre ese nuevo fenómeno viral conocido como «niñofobia» —ya os adelanto que yo tiendo a negar su existencia—. Mientras tanto, hoy me gustaría pensar un poco en voz alta sobre uno de esos ámbitos en los que, para consternación y cabreo de otros, algunos no quieren tener niños cerca: las bodas. ¿Son las bodas sin niños una aberración? ¿Un síntoma de un mundo enfermo? Es un asunto complejo; al final, ¿puede haber algo peor que casarte en una boda que no es la que tú quieres?

El punto de vista adultocéntrico

El foco fundamental de la crítica que reciben quienes deciden organizar bodas sin niños es su actitud «adultocéntrica». Es un argumento habitual cuando se quieren eliminar de cualquier ámbito los gritos y las carreras de esos seres diminutos. Nos olvidamos de que antes que niños son personas, y nos escondemos detrás de sus características inherentes para defender que tal o cual entorno no son lugar para ellos.

Hay una pregunta clave que podría reconducir la discusión en uno u otro sentido: ¿por qué no quieres niños en «el día más feliz de tu vida»?

Una respuesta que considero comprensible es que la ausencia de niños permite a los adultos un nivel de desinhibición mayor. Por una parte, no deben padres y madres preocuparse de atender las necesidades más o menos constantes de sus retoños; pueden olvidarse por un rato de sus obligaciones parentales y centrarse en lo importante: pasarlo bien. Además, la ausencia de ojos impresionables resta gravedad a algunos comportamientos poco decorosos que algunos, parece ser, asocian indefectiblemente a la celebración de un casamiento. Hay, por ejemplo, quien puede entender una boda sin contrayentes más fácilmente que una sin barra libre de alcohol que le permita terminar como un piojo.

Sin llegar a este segundo extremo, seamos sinceros, ¿quién no ha deseado en uno u otro momento poder terminar una conversación entre adultos sin que retoños revoloteadores la interrumpan cada dos por tres?

El matiz difiere si el eje central del argumento no es tanto el ocio despreocupado de los padres como sí lo molestos que le resultan a uno los niños. Que los niños dan por culo es la idea básica subyacente en todas esas actitudes que hoy se denuncian como «niñofóbicas». El timbre estridente de su voz, sus carreras, su facilidad innata para ponerse en lugar más inapropiado en el momento menos oportuno… Es fácil encontrar razones para no querer soportar lo que viene a ser el comportamiento normal de cualquier niño que quiere disfrutar de una fiesta.

Ahora bien, ¿de verdad son los niños los que más molestan cuando hablamos de un bodorrio estándar al uso? No creo que os cueste recordar situaciones en las que invitados adultos hayan dado más guerra que sus equivalentes menores de edad. Algunos, no es raro, insisten en robarle el protagonismo a los novios con comportamientos poco propios de un adulto que quiera tener los bemoles de defender que los niños molestan: guerras de migas de pan, duchas de champán no solicitadas, gritos, gamberradas, petardos…

Las bodas son el hábitat natural del cuñado gracioso, y, con la celebración como excusa, todos parecemos dispuestos a aceptar como apropiadas salidas de tono que quizá no aguantaríamos ni en Carnaval. A menos, claro está, que las protagonicen esos niños tan cansinos. A mí, sinceramente, me molestan mucho más otras cosas antes que los más pequeños.

Quien organiza su boda sin niños lo hace a menudo defendiendo el bienestar de sus invitados —de los adultos, se entiende—. «Así pueden disfrutar más». Desde mi punto de vista, eso no deja de ser una asunción arriesgada. No todos entendemos de la misma manera el tiempo y el tipo de relación con nuestra familia. Ni siquiera todas las situaciones son iguales: por ejemplo, no tengo las mismas expectativas de una boda de amigos que de una en la que apenas conozca al resto de invitados y en la que tener conmigo a mis hijas puede ser incluso un aliciente para responder con un «sí» al répondez s’il vous plaît.

Es evidente que podemos divertirnos de otra manera cuando gozamos de tiempo sin hijos; de ahí a sugerir que un padre no puede pasarlo bien de verdad si está con sus hijos dista un abismo. Con la de tiempo que vamos a compartir junto a ellos, ¿no da lástima pensar algo así?

Pensando en los niños

Teniendo en cuenta todo lo anterior, casi estoy más dispuesto a compartir la otra excusa que algunos proponen a la hora de evitar la presencia de niños en su boda: que es por su bien. Y es que, si pensamos en el típico bodorrio familiar, no es aventurado decir que el espectáculo que los adultos ofrecemos a los más pequeños es de todo menos edificante.

Que sí, que un día es un día, y que hay quien sin alcohol de por medio no sabe lo que es el ocio (unos no pueden divertirse con niños; otros, sin alcanzar algún tipo de estado de enajenación mental), pero eso no significa que el ejemplo que damos esos adultos tan desinhibidos que buscan ciertos novios sea en modo alguno positivo para un menor. Hay quien arguye que este tipo de válvulas de escape son necesarias frente a prohibiciones estrictas que resultarían contraproducentes. Así se ha hecho siempre y no hemos salido tan mal, ¿no? Supongo que lo malo es que ni siquiera el tiempo dirá si fue buena, mala o regular la idea de darle un puro a aquel chavalín para que se lo fumara con sus padres en la boda de su primo.

Consumo desenfrenado de alcohol y dulces, menús infantiles de calidad deplorable (como si a un niño le pudiera gustar la buena comida, claro), adultos beodos como cubas, burradas machistas, cuñadas y de todo género lamentable… ¿De verdad es necesario? Seré un meapilas, pero las bodas que más he disfrutado en mis treinta y tantos han procurado moderar esos excesos para un resultado igual de divertido y lleno de sentimientos y recuerdos conscientes.

Y yo ¿qué haría?

Por suerte nunca hasta ahora me he visto en la tesitura de tener que elegir. En un plano meramente teórico, aceptaría deportivamente una invitación de este estilo, y con la misma deportividad esperaría que sus autores respetaran un no por respuesta sin tomarlo como una ofensa personal. Si habéis leído hasta aquí, probablemente os hayáis hecho a la idea de que no soy particularmente aficionado a las bodas como se entienden normalmente, así que nunca viene mal una vía de escape que le permita a uno rehusar.

Como tantas otras cosas en la vida, supongo que esta es también cuestión de momentos. Mientras mis hijas sean pequeñas, no siento necesidad particular de buscar planes alejado de ellas. A medida que cumplan años, probablemente iremos todas en casa ganando independencia, y tiempo habrá de que se queden con sus abuelos o ellas solas en casa o con amigas mientras mamá y yo disfrutamos de otro tipo de ocio menos familiar.

De momento, me gusta que nuestros amigos acepten a nuestras hijas; que sepan incluirlas en los planes que compartimos y las traten como a iguales. Entiendo que haya quien no conciba así nuestra relación de amistad, y espero, una vez más, que ellos comprendan a su vez que eso pueda conducir a nuestra ausencia. Una boda puede ocupar tan solo unas horas, es cierto, pero tal y como yo las concibo, son un tipo de evento familiar al que, justamente, no tendría por qué no poder ir con mis niñas.

Si de mí solo dependiera, mi boda también habría sido reducida; sin embargo, el criterio de selección no habría sido tanto la edad como la cercanía y el amor que yo siento por cada uno de los invitados. Me dan pena y rabia a partes iguales las invitaciones por compromiso y eso en lo que hemos convertido las celebraciones familiares: un concurso por ver quién bebe más gratis. O quizá siempre hayan sido así desde que fermentó la primera bebida alcohólica hace ya muchos siglos; quién sabe…

Siempre defiendo que debemos tratar a los niños como personas que son, con los mismos derechos por tanto que cualquier adulto. No obstante, también entiendo que el trato con ellos exige tener en cuenta que no son adultos y que su forma de ser en el mundo tiene particularidades que a menudo no encajan con las necesidades de nuestro modo de vida maduro. Por eso es difícil comparar esta pretendida discriminación con una hipotética celebración sin mujeres o novias, una boda sin personas mayores o un casamiento sin padres.

Sin embargo, y precisamente porque defiendo que cualquiera debería tener derecho a casarse como quiera, insisto en que a nadie debería extrañar —mucho menos ofender— que una persona desee casarse, por ejemplo, solo con su círculo de amigos en una fiesta diferente y a medida. Y a nadie debería ofender a su vez, que yo decida que no es para mí.

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2 comentarios en “Bodas, niños y ausencias”

  1. Una de mis amigas de la Universidad se casó hace ya tres años, y lo hizo por la tarde para evitar niños. Mi hijo con sus tres años y medio todavía me necesitaba por las noches y todavía no me había separado ni una sola noche de él a la hora de acostarle, así que para mí era prácticamente imposible ir. Desde entonces… me temo que sigue enfadada y por su parte ha interrumpido el contacto si no fuera por el grupo del wasap, y hace ya casi seis meses que ha sido madre y ni siquiera conozco a su peque. Pero al final entiendes que si tus amigos no están de acuerdo con ciertas cuestiones básicas ¿realmente merece la pena luchar por que sigan siendo tus amigos?

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    1. Completamente de acuerdo, Laura. Es una lástima, pero todos vamos evolucionando en las diferentes etapas de nuestra vida, y es normal que cambien nuestras prioridades y que se erosione nuestra afinidad con quien hasta entonces había sido importante en el camino para nosotros. No entender ese tipo de cambios es una garantía casi segura de ruptura, antes o después. Lo que no tiene sentido es que la otra parte exija que aceptemos sus prioridades (en este caso, una boda sin los hijos de sus amistades) y no sea capaz de tratar de entender las nuestras. Pero así es la vida…

      ¡Muchas gracias por tu aportación y tu tiempo!

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