Padre e hijo ante el mar

Otra forma de sentir

Aunque mis batallas se cuentan más por derrotas que por victorias, la paternidad me ha enseñado a enfrentarme de una forma nueva a la gestión de emociones propias y ajenas. Nunca fui muy proclive a exteriorizar sentimientos, más allá del evidente enfado silencioso con que cruelmente castigaba a los padres de aquel adolescente difícil de aguantar.

Ser padre me ha descubierto nuevas formas de expresar lo que siento. Me ha obligado a abrir la boca y ponerle voz a palabras que durante muchos años solo he sabido escupir por escrito. Pero mi relación con mis sentimientos no ha evolucionado solo de cara al exterior, sino que también he descubierto maneras nuevas de sentir.

En un septiembre que me sorprende hallar tan lejano en 2015, un Quique Peinado que nos llevaba meses de delantera en el camino de la paternidad sugirió algo que yo ya venía rumiando desde hacía tiempo: qué distinto es sentir el sufrimiento infantil antes y después de haber tenido hijos.

Mis vísceras veían la cara de mi hija semienterrada en la arena y bañada por la espuma del mar en aquella foto de Aylan. Esas mismas tripas que hace unos años me permitían ver cualquier película y que ahora insisten en retorcerse cuando el bebé de «Precious» es zarandeado y lanzado contra el suelo. La pena y la compasión humanas que antes podían despertar en mí las noticias de una guerra no tienen nada que ver con el nudo que ahora siento sabiendo lo que es querer a un hijo, ignorando lo que es perderlo.

Es un comportamiento inherente a la persona sentir empatía por aquel cuyas circunstancias más se asemejan a las nuestras. No hace falta pecar de rancio nacionalismo para que nos afecte más lo acontecido cerca que lo que nos queda lejos. Es humano. El grado de antropomorfismo de un ser vivo es una buena medida de lo próximo que vamos a sentirlo; nos provoca más ternura una cría de chimpancé que un alevín de trucha.

No se trata de un concurso de superioridad moral; ni siquiera pretende ser una comparación. No es mejor un sentimiento que otro, pero son profundamente distintos. Y me sorprende haber encontrado tantas respuestas ofendidas y llenas de odio a partir del tuit que enlazaba más arriba de Quique Peinado. ¿Qué sabe la gente de cómo siente cada uno? ¿Qué le importa?

Me es imposible entender cómo se siente quien ha perdido a su padre o a su madre, por mucho que los míos se vayan haciendo mayores y empiecen a coleccionar achaques. Seguramente no lo entienda ni el día que pierda a los míos. Lo único que sé es que tener en mis manos la vida de dos niñas pequeñas ha elevado hasta cotas muy dolorosas sentimientos que antes no habría sabido encontrar. Y no pretendo que nadie —con o sin hijos— lo entienda ni lo comparta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s