El «Garbanzogate»

El «Garbanzogate»

El 9 de enero de 2018 al filo de las 11 de la mañana María Merino publicó un tuit. And all hell broke loose. Estoy seguro de que ni en pintura habría imaginado esta madre y dietista-nutricionista la repercusión que su frase «Mi hijo no sabe lo que es una galleta: él es feliz desayunando garbanzos» alcanzaría. Quién le iba a decir a ella que una inocente imagen de su hijo desayunando ensimismado de un tupper de legumbre pudiera remover las tripas de tanta gente…

Somos una audiencia sensible

Resulta difícil hoy en día explicar cómo y por qué hace uno las cosas en su casa de determinada manera sin que quienes optan por otra alternativa sientan la explicación como un ataque a su opción personal. Sucede al hablar de nutrición, pero también en cualquier otro ámbito de la crianza, de nuestro estilo de vida en general, o de nuestras elecciones políticas. Si yo afirmo que considero que —pongamos por ejemplo— el BLW es la mejor solución para enseñar a comer a nuestras hijas, es inevitable que alguien entienda que lo defiendo como la mejor solución en general. Porque ¿cómo voy a argumentar que es lo mejor de puertas de mi casa hacia adentro y no para los hijos del vecino?

El problema se agrava en una red social que favorece la lectura superficial y la mala interpretación, al tiempo que dificulta los matices y obvia el tono del discurso. La escasa docena y media de palabras de María fueron más que suficientes para despertar el interés o la ira de un puñado de miles de personas, muchas de las cuales entendieron como un ataque a las costumbres de su hogar aquella referencia a la felicidad de un niño que desayunaba garbanzos. El hecho mismo de que su madre se los sirviera en un tupper, sin emplatado de Estrella Michelín, era motivo de burla. Algunos se demostraron tan prontos para la respuesta airada que ni siquiera se molestaron en descubrir que los garbanzos estaban cocidos y no crudos. Sus ojos encendidos en rojo no fueron capaces ni de procesar la fotografía antes de dar la orden al teclado para emitir un improperio tras otro.

Desinformación nutricional

El «Garbanzogate» no es sino un síntoma más de la escasa y obsoleta información nutricional que circula entre la población española en pleno siglo XXI. Comemos de forma tan inconsciente que, cuando nos señalan el excesivo margen de mejora que nuestra dieta aún alberga, colapsamos.

«¿Y entonces qué les doy?» preguntan muchos padres. De alguna forma, el entorno, la industria y su publicidad, la falsa comodidad… nos hacen obviar soluciones fáciles y saludables en favor de preparados envueltos en mensajes torticeros que pregonan beneficios ridículos y ocultan consecuencias preocupantes en el largo plazo. Resulta casi milagroso en la sociedad española de 2018 que una niña de 3 o 4 años como la nuestra considere normal almorzar un trozo de pimiento, una zanahoria, una tostada de humus o una crema de frutos secos. Es aún más complicado encontrar críos que hayan interiorizado que una galleta, un helado o un bollo de chocolate deberían ser la excepción y no la norma.

Como explicaba la autora del tuit días después en El País en un artículo con mucho sentido, es su derecho y obligación como madre «darle de desayunar a mi hijo lo que yo considero lo mejor para él». Y es su obligación con independencia de su profesión, porque cuidar de la salud de nuestros hijos debería ser siempre una de nuestras prioridades como padres. Bien harían buena parte de los indignados en repasar con atención algunas de las cifras y recomendaciones que cita María en su escrito.

Autojustificación y mensajes equívocos

La percepción que tenemos sobre la propia dieta está a menudo distorsionada por un cristal poco pulido. La mayor parte de las veces no somos conscientes de la cantidad de ocasiones en las que pecamos, y nos escudamos en esos «de vez en cuando» que enseguida se olvidan. Pero ¿qué es «de vez en cuando»? ¿Cómo de moderado u ocasional ha de ser el consumo moderado de productos insanos? Como bien apunta el pediatra Carlos Casabona, ese tipo de prácticas se traducen a menudo en que «al final de la semana resulta que no hay día en el que no se haya comido uno o dos productos insanos». Y como adultos deberíamos ser conscientes de ello, pero más aún cuando somos los primeros y últimos responsables de la alimentación y la educación nutricional de nuestros hijos.

Entre las respuestas al tuit de @comiendo_maria algunos la acusan de generalizar sobre las galletas y demonizarlas como alimento. ¿No es mejor o no es bueno, arguyen, que un niño desayune galletas caseras? En mi opinión, no se trata de eso. ¿Cuál sería el mensaje que les trasladamos así? ¿Que pueden desayunar galletas a diario, pero solo las de casa? ¿No estamos así cavando nuestra propia tumba fabricando Champín, cuando lo que deberíamos hacer es fomentar directamente los productos saludables?

Nos obsesionamos —y de esto hemos pecado también nosotros en casa— con cocinar versiones mejores de hamburguesas, salchichas, tartas, galletas… para niños que en la mayoría de los casos aún no tienen ningún antojo de semejantes productos. Nos centramos en el formato y les hacemos llegar un mensaje repleto de ingredientes que seguramente les resulte confuso.

El trasfondo cultural

«En muchos países la idea de desayunar algo dulce ni se contempla y, de hecho, el desayuno occidental estándar (zumo, cereales, leche…) es algo relativamente nuevo e inventado por la industria alimentaria en Estados Unidos a lo largo de los años 50», explica el periodista especializado en gastronomía Iker Morán en La Gulateca.

Si hiciéramos el ejercicio de ampliar nuestro foco, nos daríamos cuenta de lo ridículo que resulta ofenderse porque alguien abogue por reducir el azúcar o las grasas de nuestro desayuno «tradicional». En primer lugar, porque ni siquiera es tal. Y en segundo lugar, porque el hecho de que estemos acostumbrados a mojar bollería —sí, las galletas son bollería— en la leche es tan solo producto de la casualidad que hizo que naciéramos en España y no en Japón. Y si no os lo creéis, pasad un día a probar el desayuno japonés del Yokaloka en el madrileño mercado de Antón Martín.

Mientras tanto, para muchos, las legumbres son aún sinónimo de obesidad. Cualquiera diría que alguien nos obliga a consumir los garbanzos con kilo y medio de carne y grasa de tocino. Seguimos encontrándolas aburridamente tradicionales e ignoramos que perfectamente pueden degustarse en ensalada, en cremas o purés, en postres, o combinadas con queso, encurtidos, verduras, setas, pescado… De nuevo el aspecto más cultural de nuestra gastronomía vuelve a jugar en contra de nuestra salud.

La comida como medida de la felicidad

La comida es capaz de alegrarnos o arruinarnos el día. El plato que encontremos en la mesa al llegar a casa puede darnos un bajón o hacer que remontemos sorprendidos un día que amenazaba con terminar en desastre. Es, por tanto, absurdo pretender deshacernos de nuestras magdalenas de Proust. Gran parte de nuestra generación recuerda una infancia con olor a Cola Cao y sabor a glutamato. Asociamos aquellas meriendas a recuerdos felices, «con ritmillos y melodías que aún recordamos invadidos por la nostalgia. ¿Cómo resistirse al “desayuno y merienda ideal”?», apunta nuestra querida Diana en su artículo de El País sobre los desayunos de los niños españoles.

Pero ¿de verdad puede medirse la felicidad de un niño en galletas? No es raro encontrar opiniones que igualan el consumo habitual de productos insanos a la felicidad, y acusan a quienes buscan un hábito saludable para sus hijos de amargar su existencia y poco menos que robarles la infancia.

Sin embargo, la experiencia de nuestro entorno sugiere lo contrario: se puede enseñar a comer de otra manera. Nuestra hija mayor, sin ir más lejos, puede tranquilamente agarrarse el berrinche de la semana porque un día se nos haya olvidado meter su manzana de merienda en la mochila; o porque le pidamos que espere cinco minutos sin comerse una zanahoria porque vamos a cenar enseguida. Cualquiera de sus amigas de las familias de nuestra tribu puede dar saltos de alegría ante el ofrecimiento de una fruta que no esperaban y que hace tiempo que no comían. Es fácil verla canturrear «¡qué bien, qué bien! ¡Qué rico, qué rico!» si se entera de que hoy toca para cenar cualquiera de sus platos preferidos, que no necesariamente han de ser insanos. Alternativas hay muchas, infinitas, pero hay que hacer el esfuerzo de modificar un patrón que en algunos niños quiere llegar a recordar al comportamiento de un adicto a una droga.

El miedo a comer sano

En la misma línea escribía Cachito a Cachito en esta entrada sobre la normalidad y las chucherías. Como ella se lamentaba después de que le dijeran a su hijo que era raro por no comer chuches, hemos llegado a interiorizar el mensaje de que «niño es igual a azúcar». Esta es una de las preocupaciones que compartimos quienes tratamos de inculcar hábitos saludables en casa, y es que sean nuestros hijos quienes por eso se sientan rechazados. «Ya no solo es niño igual a azúcar, es la relación con una infancia “normal” y más aún con una infancia “feliz”».

«Quién comenzó a vendernos la idea de que algo claramente no saludable es el estandarte de una infancia maravillosa».

«El raro que no come chuches»
Cachito a cachito

Podemos desviar el debate hacia el uso que nuestra protagonista de hoy hizo de la imagen de su hijo. Una vez viralizada, la fotografía era «carne de meme», si bien nadie habría imaginado el alcance que unos garbanzos iban a lograr. Todo el contexto anterior puede explicar las respuestas llenas de retranca y humor ácido, asumiendo que son fruto de la mala información y los tópicos anticuados.

Muy distintos son los ataques furibundos y personales y los mensajes que auguraban un caso asegurado de violencia escolar. Si los adultos normalizamos como probable que vayan a pegar a un niño en el colegio por lo que coma o deje de comer, ¿qué podemos esperar? Quizá el Garbanzogate debiera hacernos reflexionar a todos sobre el ejemplo que estamos dando cuando ejercemos presión o burla sobre «el rarito» que no bebe o que rechaza un porro, sobre la madre que deja que su hijo desayune garbanzos porque quiere. Si no, difícilmente podremos extrañarnos cuando los titulares vuelvan a incluir la palabra clave bullying hablando del cole de nuestro hijo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s