La rabia, el apego y los límites

La rabia, el apego y los límites

Aunque haya quien sugiere lo contrario, creo que no es descabellado decir que con un mínimo de interés podemos intuir que la paternidad y la maternidad no son un camino de rosas. Claro que se idealiza la experiencia desde las redes sociales; claro que mucha gente esconde en las conversaciones triviales del trabajo sus noches sin dormir, sus horas de gritos en casa, sus dudas y sus culpas… Pero hace falta mucha inocencia para no ser consciente antes de la llegada de los hijos a casa de que habrá momentos malos y rachas difíciles.

A pesar del aparente carácter tranquilo de aquella bebé que fue nuestra primera hija, yo barruntaba ya cuál sería nuestra estrategia a la hora de afrontar sus ataques de rabia. Del mismo modo, vuelvo una y otra vez sobre la incertidumbre que sufro pensando en cómo reaccionaré cuando la niña que hoy es ceda el paso a una preadolescente inconformista que la adelante sin intermitente.

De lo que no tenía ni la menor idea es de que, además de sus emociones, la paternidad me obligaría de forma tan sorprendente a aprender a gestionar las mías. Porque sí, amigos, ser padre te pone delante de un espejo que te descubre una parte de ti que ni siquiera imaginabas. Ser padre es una experiencia tan extrema que te hace ser consciente de taras que arrastrabas desde mucho antes de iniciar esta nueva etapa. Y con una gestión emocional tarada, ¿cómo vamos a enseñar a nuestras hijas a manejarse en su tormenta interior?

Nadie que mantenga unas relaciones sociales medianamente sanas está acostumbrado a que le griten como puede gritarte un crío de 3 años enrabietado. Es algo para lo que no estamos preparados. Es más, probablemente ninguno permitiríamos que otro adulto nos tratara así. Por eso, cuando nuestra hija cae en barrena deslizándose por esa espiral de irracionalidad sin fin me cuesta muchas veces reaccionar como creo que debería.

Conozco la teoría. Sé que dejarme arrastrar con ella solo va a conducir a una situación peor y a elevar el tono —si es que eso es posible— del conflicto. Gritarle, hacerla sentir culpable, robarle la sensación de normalidad de lo que hace… son respuestas que no tienen ningún sentido racional. Y, sin embargo, son tantas ya las veces en las que he caído en la trampa… Después trabajamos mucho el perdón y la reconciliación; es el consuelo que me queda. ¿Pero por qué no puedo aguantar un poco más? ¿Por qué cede mi racionalidad adulta tan a menudo el control a mis vísceras? Me da pánico pensar que un día llegue a tener el cable tan pelado que pueda escapárseme un paso hacia un camino sin retorno impreso en la silueta de cinco dedos rojos en un moflete roto para siempre.

Tratamos de educar a nuestras hijas haciendo que se sientan escuchadas y respetadas, pero eso no significa que no encuentren una vez tras otra límites que a ellas les gustaría traspasar. Mamá y yo hacemos a menudo el esfuerzo de ceder, de esperar, de renunciar… ¿pero qué ocurre cuando no se puede desplazar más allá la línea roja? ¿Hasta dónde es prudente tolerar el desafío?

Intentamos programar todas nuestras actividades con margen suficiente; madrugamos para que las rutinas de la mañana transcurran sin prisa; e iniciamos las de la noche bien temprano para acostarnos con calma. Pero el tiempo no siempre está de nuestro lado y a veces hay que terminar ya y no hay más que hablar. ¿Y entonces? ¿Les ponemos las zapatillas a la fuerza? ¿La metemos a la ducha aunque no quiera? ¿Le insertamos el cepillo de dientes en la boca por más que se resista? Nos negamos a aceptar que esa sea la única salida, pero cuando pasan los minutos y la situación continúa enquistándose, me es imposible evitar que la rabia empiece a acumulárseme en las mandíbulas.

Los niños disfrutan al menos del poder mágico que les permite transitar de la rabia más iracunda a la felicidad más absoluta en una metamorfosis que dura un instante. ¿Y nosotros? A mí se me queda la cara de tonto, mientras el alivio empieza a filtrarse en un enfado que no quiere dejarse diluir, como si fuera entonces yo el niño deseando defender mi derecho a seguir enfurruñado, como si sintiera que mi papel de padre exige dejar claro que lo que ha pasado me disgusta. ¿Y gano yo algo prolongando el rencor? Nada; tan solo estirar el mal rato y desperdiciar de la forma más absurda un tiempo precioso con mi hija.

«Nadie dijo que ser padre fuera a ser fácil; nadie dijo tampoco que fuera a ser tan difícil»: esa máxima leída aquí y allá entre las páginas de la maternidad es un resumen de dolorosa precisión. ¿Cómo no iba una exigencia así a cambiar lo que somos?

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2 comentarios en “La rabia, el apego y los límites”

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