Mucha gente pequeña, en lugares pequeños, con pañales pequeños

Hacía ya mucho que mamá y yo veníamos dándole vueltas a la idea de pasarnos a los pañales de tela. De vez en cuando nos daba la venada y consultábamos un blog tras otro sopesando pros y contras. Tantas vueltas le dimos, que la idea se mareó, y para cuando quisimos darnos cuenta, nuestra hija mayor ya hacía sus cositas en el inodoro de los mayores.

Con el nacimiento de la segunda retomamos la discusión mucho más en serio. Éramos conscientes de que dar el paso nos convertiría otra vez en el objetivo de comentarios de todo tipo, igual que nos ha sucedido cada vez que hemos optado por evaluar y probar alternativas a la forma de hacer las cosas «como se ha hecho siempre» —o, al menos, somo se ha hecho siempre en los últimos 40 años—. Los argumentos eran en este caso obvios: que nos íbamos a pasar el día lavando; que eso tiene que oler muy mal; que ya son ganas de complicarnos… Nosotros mismos los habíamos sopesado de uno en uno antes de tomar una decisión de la que no estábamos completamente convencidos.

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Bertorella al horno con cebolla

Nunca había oído hablar de la bertorella. Fue mamá la que la introdujo en nuestro catálogo familiar de pescados habituales recordando aquellas cenas en las que la abuela debió de ganarse su paladar cocinando este pez tan poco frecuente en el mercado. No es fácil encontrarlo, así que siempre que avistamos sus ribetes rosados entre las escamas relucientes de hielo de la pescadería nos la llevamos a casa con nosotros.

La bertorella es un pescado muy suave, similar a la merluza en el color y la textura de la carne, aunque el pez entero es muy diferente y se distingue de aquella con facilidad. Admite multitud de tipos de preparación, y para mi gusto, resulta más sabrosa que una merluza a la que soy muy poco aficionado.

En casa de la abuela no es raro que caiga enharinada en rodajas y pasada brevemente por la sartén para que no pierda nada de su jugosidad. Nosotros nos arriesgamos hoy con una versión muy sencilla al horno que nos sirve como excusa para ilustrar un truco que aplicamos a menudo cuando horneamos cebolla en juliana.

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Diálogos de besuguines VI

Una de los aspectos del carácter de mi hija mayor que más me enamora es su inocencia infantil. Ya ha dejado atrás la frontera de la pureza absoluta, y no es raro ser testigo ocasional de cómo intenta que cuele alguna trola esgrimida en defensa propia cuando huele a tormenta. Sin embargo, sigue haciendo gala de una ingenuidad encantadora a la hora de enfrentarse a situaciones que requieren de una capacidad lógica o simbólica de la que aún no dispone.

A lo largo de estos últimos días ha estado trabajando en su escuela en el que será su regalo para mamá por el Día de la Madre. Sus educadoras han debido de insistirles mucho en lo importante que es mantener el presente en secreto, pero han cometido un «error». Han hecho la concesión de que niños y niñas puedan confesar a papá en qué están trabajando.

Así, al llegar yo ayer a casa del trabajo, tuvo lugar un delicioso desliz que nos arrancó una sonrisa a mamá y a mí. Estábamos las cuatro en la entrada; la bebé, en mis brazos; la mayor, en los de mamá. De pronto, sin venir a cuento, nuestra parlanchina preferida se dirigió a mí para hacer un anuncio orgullosa:

—Papá, ya he pegado la foto en el marco.
—¡Pero, oye! —espetó mamá.
—Pero se lo he dicho solo a papá —se defendió ella con cierta cara de susto.

Con esa concepción suya de la idea de «secreto» que admite como tal cualquier cosa que se susurre bajito al oído, tenía claro que no había hecho ninguna revelación prohibida. Si mamá había prestado oídos a la conversación, debía de ser problema suyo y no nuestro.

Padres en la era de la (des)información

Cuando mamá y yo éramos pequeños, la inercia definía buena parte de las decisiones familiares. Los niños iban al cole del barrio o, en un alarde de arriesgada excentricidad, a aquel en el que hubiera estudiado uno de los dos progenitores. No había por qué complicarse más. Dos o tres años antes, aquellos mismos niños habrían nacido en el hospital que correspondiera al domicilio familiar. ¿Por qué iba nadie a querer cambiar de hospital para dar a luz? Puede que nos tocaran un pediatra o un médico de familia avinagrados y amigos de remedios «de vieja», pero a quién se le iba a ocurrir pedir un cambio de facultativo o contradecir la doctrina del doctor…

Esa misma mamá y yo llevamos año y medio dándole vueltas a la elección de un centro escolar para nuestra hija mayor. Empezamos a visitar los colegios del distrito un año antes de que se inaugurara siquiera nuestro plazo de inscripción. Hicimos preguntas durante visitas guiadas en horario lectivo y fuera de él; si no lo hubiéramos tenido tan claro habríamos construido una de nuestras tablas comparativas con opiniones, votaciones y clasificaciones. Algunos de nuestros mejores amigos se plantean incluso mudarse de casa y de barrio en busca de una escuela mejor para sus pequeños.

La voz del pediatra de turno hace tiempo que dejó de ser la única autorizada a la que prestan oído los padres. Ya no son el doctor, el maestro y el cura del pueblo los que imponen respeto absoluto a su dictamen. En nuestro grupo de crianza de los viernes se habla, se alaba y se critica la postura de los médicos, y son muchas las familias que eligen cambiar de pediatra si perciben consejos obsoletos o sienten miedo a una bronca ridícula que les hace sentirse obligados a mentir.

«La generación más preparada de la Historia»

Los padres de nuestra generación somos seguramente los que más información hemos tenido a nuestro alcance. Eso nos obliga a ser conscientes de la responsabilidad que semejante disponibilidad esconde. Al mismo tiempo, ser los padres más sobreinformados de la Historia, constituye también un riesgo evidente para nuestro propio bienestar y nuestra salud mental. No es fácil encontrar el equilibrio en la era de Internet, las redes sociales y los libros de ayuda.

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Falso wok de verdura y gambas

El día en que nos tengamos que mudar de casa para dar cabida a todos los trastos que hemos acumulado en la cocina no debe de andar muy lejos. Hay uno, sin embargo, que no terminamos de animarnos a incorporar a nuestro equipamiento culinario: un wok. Aunque los venden adaptados para su uso en vitrocerámica, no estamos muy convencidos de que el efecto sea el que pretende este tipo tan particular de sartén, pensada originalmente para usar sobre un fuego muy fuerte con una llama grande que permita saltear los alimentos sin parar. No; no nos animamos.

A cambio, hacemos intentos «cutresalchicheros» de llegar a resultados parecidos por caminos alternativos. Es el caso de la receta de horno y cazuela que os cuento hoy, y que hace un acercamiento blasfemo a un sabor que quiere recordar el de algunos platos asiáticos de restaurante chino malo de la periferia de Madrid. A nosotros nos gusta; hay que querernos así.

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La rabia, el apego y los límites

Aunque haya quien sugiere lo contrario, creo que no es descabellado decir que con un mínimo de interés podemos intuir que la paternidad y la maternidad no son un camino de rosas. Claro que se idealiza la experiencia desde las redes sociales; claro que mucha gente esconde en las conversaciones triviales del trabajo sus noches sin dormir, sus horas de gritos en casa, sus dudas y sus culpas… Pero hace falta mucha inocencia para no ser consciente antes de la llegada de los hijos a casa de que habrá momentos malos y rachas difíciles.

A pesar del aparente carácter tranquilo de aquella bebé que fue nuestra primera hija, yo barruntaba ya cuál sería nuestra estrategia a la hora de afrontar sus ataques de rabia. Del mismo modo, vuelvo una y otra vez sobre la incertidumbre que sufro pensando en cómo reaccionaré cuando la niña que hoy es ceda el paso a una preadolescente inconformista que la adelante sin intermitente.

De lo que no tenía ni la menor idea es de que, además de sus emociones, la paternidad me obligaría de forma tan sorprendente a aprender a gestionar las mías. Porque sí, amigos, ser padre te pone delante de un espejo que te descubre una parte de ti que ni siquiera imaginabas. Ser padre es una experiencia tan extrema que te hace ser consciente de taras que arrastrabas desde mucho antes de iniciar esta nueva etapa. Y con una gestión emocional tarada, ¿cómo vamos a enseñar a nuestras hijas a manejarse en su tormenta interior?

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Tacos agridulces picantes de pollo

Hace ya tiempo que es raro encontrar tortillas industriales de trigo o maíz en la despensa de casa. Nuestra buena amiga y guía gastronómica Diana nos descubrió aquí lo fácil que era comerlas recién hechas. Desde entonces, no es raro que las improvisemos en un momento para acompañar una cena con humus o algún resto de sofrito o guiso que apañemos en un momento para convertirlo en unas deliciosas fajitas.

Éramos ya incondicionales de las tortillas caseras de harina integral de trigo cuando una de nuestras familias de locos comidistas nos descubrieron el siguiente paso: las tortillas de maíz. Es lo bonito de que a todos nos guste tanto comer como cocinar, y una de las muchas ventajas que tienen los cumpleaños que huyen de los excesos ultraprocesados y apuestan por la comida sana y lo hecho en casa.

Os cuento cómo las aplicamos en estos tacos de pollo en los que jugamos con sabores dulces, ácidos y picantes: una locura.

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