El colegio ideal son los padres

«La primavera la sangre altera», especialmente si tienes hijos en edad preescolar y estás inmerso en la vorágine de búsqueda de colegio para el curso que viene. Es fácil construir una lista de características que queremos que cumpla el centro, y muchos blogs de otros padres y madres que han pasado por ahí ayudan a centrar el tiro y a intuir qué cosas nos afectarán más en el futuro y, por tanto, deberíamos valorar más en el presente.

Sin embargo, hay un factor determinante que obviamos por imposible en nuestra búsqueda; un factor que no aparece en ninguno de esos títulos tan search-engine-friendly de «10 cosas que tienes que saber a la hora de elegir un colegio para tus hijos»: los padres.

Podemos visitar el colegio en horario lectivo o fuera de él. Podemos asistir a sus jornadas de puertas abiertas, hablar con la directora, consultar las opiniones registradas por otros progenitores en Internet… Pero nos es imposible saber con qué padres nos tocará compartir tantos años de intensa vida escolar.

Junto a ellos esperaremos en la acera mientras muchos ignoran la prohibición de fumar junto a la escuela. Asistiremos a su lado a eternas reuniones en las que parece no decidirse nunca nada. Recibiremos cadenas de bulos y mensajes fuera de lugar en grupos de WhatsApp que odiaremos por no atrevernos a abandonar. Celebraremos los cumpleaños de sus hijos en el jardín de su casa bebiéndonos la cerveza de su nevera. Si el azar quiere que nuestros retoños hagan buenas migas, quién sabe qué más emprenderemos a su lado, obligados o no. Puede que incluso a algunos de ellos acabemos llamándolos «amigos»

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Los «pesaos»

A pesar de que compartimos nuestra forma de entender la crianza durante los primeros años con otros padres de nuestro entorno o de nuestro círculo de amistades, tengo que reconocer que, en lo que respecta a la alimentación, mamá y —sobre todo— yo somos particularmente radicales. Lo que vulgarmente se conoce como unos «pesaos», vamos.

En ese sentido, y especialmente cuando hablamos de los dulces, nos sentimos en la obligación de hacer contrapeso en el extremo opuesto de los infinitos estímulos que tratan de atraer la atención de nuestras hijas hacia la casita de chocolate. Como ya planteé a la hora de referirme a mi relación con el consumo de alcohol, no tengo claro que el mensaje de la moderación tenga el efecto adecuado cuando los niños viven sumergidos en azúcar directamente comestible o inyectada a través de las pupilas.

Eso no significa que no prueben un helado o un bollo, ni que en los cumpleaños familiares falte una tarta, pero nos cuidamos muy mucho de dejar que el dulce se cuele en nuestra despensa diaria y tratamos de evitar que las asociaciones positivas que se le tratan de dar desde la publicidad calen en casa.

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Revuelto crujiente de patatas y boniato

Si hay un tubérculo infrautilizado en nuestra cocina española ese ha de ser el boniato. Desconocida para muchos, la batata o boniato solo figura en el imaginario navideño de aquellas ciudades que los ofrecen en invierno junto a las castañas asadas de los puestos de la calle Mayor. A veces nos los encontramos en la carta de alguna hamburguesería molona, cortados entonces en palitos ondulantes bajo el epígrafe de sweet potatoes. Y ya.

Pero el boniato da muchísimo juego en la cocina, vaya si lo da. Su sabor dulce sorprende allá donde lo encuentres y combina perfectamente junto a otros productos de la huerta a la hora de hacer cremas, asado al horno o frito. Nunca falla al lado de zanahorias y calabaza para obtener una crema naranja siguiendo los consejos de Mikel Iturriaga, y en casa nos encanta experimentar sustituyendo la patata tradicional por boniato en tortillas, purés y otras preparaciones patatiles.

Así, sustituyendo las patatas parcialmente por batata, llegamos a la receta de hoy, dándole un toque dulce especial a un clásico del recetario de mamá que nos encanta cenar de vez en cuando, y que transforma los huevos fritos con patatas en un plato poco estético pero rico como el que más. No hay receta tan apetitosa más sencilla que esta.

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Calendario de desarrollo normal

No estamos siendo justos con nuestros bebés. La consulta de pediatría está jalonada por carteles exigiéndoles que a los 3 meses se hayan encontrado los pies; que a los 4 y medio se mantengan más o menos sentados; y que a los 6 muestren interés por la comida y se lancen en ataque suicida a por las viandas que llenan nuestro plato. ¿Pero qué pasa con los padres? ¿Es que no se espera nada de nuestro desarrollo como tales?

Quizá aún no hayan llegado impresas hasta vuestro centro de salud, así que os dejo aquí una pequeña guía que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad ha desarrollado de la mano de la Organización Mundial de la Salud para que padres y madres españolas podamos corroborar que nuestra evolución psicomotriz tiene lugar dentro de unos márgenes que podamos considerar normales.

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