Porteamos; la etapa toddler

Porteamos; la etapa toddler

Pasado el primer año y medio de vida de nuestra hija mayor sufrimos nuestra mayor «crisis de porteo». El verano llegó sin piedad y, solo de pensar en salir a la calle cargados con esa cantidad de kilos encima, nos derretíamos. Hacía ya algún tiempo que nuestra mochila Boba hacía mella en hombros, espalda y cadera durante las sesiones más largas de porteo, y hasta tal punto nos daba pereza sudar y sufrir que empezamos a portear más en brazos que en mochila.

Vislumbrábamos ya el final de una etapa que sabíamos echaríamos mucho de menos, pero no veíamos otra salida. Leyendo este año a Un papá como Vader se me saltaban las lágrimas solo de pensar en no volver a disfrutar de esa cercanía con nuestra hija. Pero decidimos intentarlo. Sabíamos que eran cada vez más las opciones para el porteo de niños grandes y casi todas las marcas empezaban a contar en sus catálogos con mochilas para el segmento toddler. Nos apetecía recuperar el hábito y, en cuanto el calor aflojó, dimos el paso. Hoy os cuento el segundo capítulo de la serie «Porteamos».

El salto al mundo toddler

Nuestra hija siempre ha venido siendo alta para su edad. No es raro, por tanto, que nos pillara el toro del porteo y dejara atrás la anchura del panel de nuestra 4G antes de lo previsto. Para entonces sabíamos ya mucho más acerca del porteo que cuando empezamos a practicarlo casi dos años antes. Habíamos visto muchos modelos de mochila y sistemas diferentes y teníamos claro que si queríamos seguir porteando en condiciones necesitábamos cambiar de mochila.

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Para ir de ruta, mucho mejor una mochila de porteo ergonómica que una de montaña

Leímos numerosas opiniones y comparativas y consultamos con una de nuestras páginas de referencia, Kangarunga, desde la que Eva nos asesoró para que hiciéramos la mejor elección posible. Sin embargo, tenemos que reconocer que nos pudieron las urgencias. Compramos una mochila basándonos solo en la tabla comparativa de características y opiniones que construimos al efecto, y no hicimos el esfuerzo adicional de ir a probar distintas mochilas en persona. Nos equivocamos.

Elegimos una Isara Toddler V3 dándole peso a características como el panel regulable a las que luego apenas hemos sacado partido y, en cambio, nos encontramos con una usabilidad que no siempre ha sido tan cómoda como habíamos sentido con nuestra Boba 4G. A pesar de todo, hemos seguido porteando muchísimo con ella, superando «crisis de porteo» y un nuevo verano interminable que pensábamos que pondría irremediablemente el punto final a nuestra experiencia con los portabebés.

Lo que más nos gusta de la Isara Toddler V3

  • El tamaño del panel: no hay ninguna mochila toddler que vaya a albergar para siempre la espalda o las piernas de un niño talludito. Sin embargo, nuestra Isara tiene un panel lo suficientemente grande como para recoger con suficiencia el cuerpo de nuestra hija, que sigue estando en un percentil alto de altura para su edad. Pensábamos que quizá se agobiaría al principio con un panel que le tapara más allá del cuello, motivo por el cual optamos por uno de los modelos que permiten regular la altura del panel. En realidad nunca nos hizo falta recogerlo, y desde el principio lo hemos utilizado completamente estirado sin que ella se haya quejado nunca a la hora de sacar los brazos —y está en una edad muy de quejarse—.
Cinco minutos de mochila, y hora y media de viaje en tren tranquilos
Cinco minutos de mochila, y hora y media de viaje en tren tranquilos
  • El acolchado: aunque es una característica común a todas las mochilas toddler, lo cierto es que la diferencia entre las correas y el cinturón de nuestra 4G y las de esta hermana mayor es notable. Los hombros agradecen ese grosor extra de un asa tan mullida, y la cintura también se resiente menos cuando la niña se empeña en que la porteemos ocasionalmente delante si necesita una dosis extra de mimos.

Lo que menos nos gusta de la Isara Toddler V3

  • El sistema de ajuste: así como en el caso de la Boba 4G alababa la facilidad con la que se ajustan las correas al porteador, al hablar de la Isara no puedo ser tan generoso. El tamaño de la mochila puede adaptarse al cuerpo de uno en cuatro puntos, lo que en principio parece una ventaja para dos porteadores tan distintos como mamá y yo. Sin embargo, las cintas están montadas de tal forma que resulta sumamente engorroso ajustarlas. El sentido en el que hay que tirar de la correa es el contrario al que permiten hacerlo de forma más natural el codo y el brazo, y cuando quedan a la espalda es prácticamente imposible alcanzarlas sin ayuda o sin la flexibilidad de un acróbata del circo del sol.
La Isara dispone de cuatro puntos de ajuste, pero son difíciles de manejar con la mochila puesta
La Isara dispone de cuatro puntos de ajuste, pero son difíciles de manejar con la mochila puesta
  • La capucha: siendo las siestas fuera de casa una de las grandes utilidades de la mochila, es importante disponer de una buena capucha que sujete la cabeza del niño cuando se duerme, más aún en una mochila como esta, pensada fundamentalmente para el porteo a la espalda. La de la Isara Toddler V3 no es, sin embargo, particularmente larga. Además, la tela de la mochila no está cosida en una posición fija a las gomas laterales, de forma que si consigues asirlas —lo que tampoco es especialmente fácil— es probable que acabes estirando solo el elástico mientras la capucha se queda arrugada sin llegar a cubrir la cabeza del niño.  Un paraguas o unas pinzas largas de cocina son algunos de los utensilios que he llegado a tener que utilizar en casa para llegar hasta la capucha cuando estaba solo con mi hija y debía sujetarle la cabeza mientras dormía a mi espalda.
  • La longitud de las asas: no sé si con otras mochilas similares sufriría el mismo problema, pero me da la sensación de que las asas son algo cortas para una persona de envergadura media-alta. Si porteando a la espalda sitúas el cinturón cerca de donde aquella pierde su nombre, las asas prácticamente no llegan más allá de la axila por delante, si es que llegan. Eso hace que parte del peso que se podría haber repartido cómodamente por el pecho con asas bien mullidas quede colgando de las correas de ajuste en la zona del pectoral y la axila. Después de una sesión larga de porteo, he llegado a sentir que los brazos empezaban a cosquillearme camino del sueño.
  • La correa que une las asas: el problema descrito en el punto anterior se acrecienta si tenemos en cuenta esa pequeña correa que abrocha un asa con la otra en la parte superior del tronco del porteador. Mientras en la Boba 4G se puede desplazar en altura para evitar que nos roce, en nuestra Isara tiene una posición fija. Como las correas no son muy largas, en mi caso es habitual que dicha correa quede demasiado cerca del cuello, lo que resulta particularmente molesto cuando porteo a la espalda y llevo esa cinta presionándome la nuez. Si, además, porteo por encima de alguna prenda voluminosa, las apreturas son aún peores, haciendo que tenga incluso que sujetar la cinta de continuo con las manos para evitar que cuelgue el peso de mi hija de mi cuello.

¿Un fin a la vista?

Lo cierto es que me cuesta aceptar que el fin del porteo de nuestra hija mayor esté cerca. Sin embargo, sus 15 kilos superan ya ampliamente lo que parece razonable que mamá pueda echarse encima, y también a mí me resultan demasiados cuando prolongamos la sesión más allá de la media o una hora.

Mochila, casco y patinete: nuestro equipo básico para llegar al cole de la forma más rápida
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Nuestra ya no tan pequeña gusanita ha interiorizado de la forma más natural que esa alternativa ya no es la del día a día. De hecho, es raro que sea ella quien nos pida ir en la mochila a cualquier parte, y somos nosotros los que solemos proponérselo cuando nos conviene más así por comodidad o logística.

Como ya sucedió con su lactancia, vuelven a probarse equivocados aquellos agoreros que anunciaban que la llevaríamos colgando a todas partes hasta que pesara más que yo. Todos, desde una niña de dos años hasta sus padres de treinta y tantos, vamos sabiendo encontrar nuestro sitio en cada nueva etapa del camino que estamos recorriendo juntos. Y el sitio de esa niña que adoro llevar pegada a mí desde que tenía tan solo un día de vida parece estar cada día más cerca del suelo y más lejos de mis hombros. Qué pena y qué alegría.

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