«Alphabet»

«Alphabet»

Tenemos aún varios meses de margen antes de entrar de lleno en la vorágine de la elección de colegio para nuestra hija mayor. Sin embargo, la sensación de urgencia nos acompaña ya desde hace tiempo, y la conversación sobre el futuro educativo de las niñas aflora a menudo entre mamá y yo.

Admito que en este aspecto soy pesimista. Tengo que esforzarme por ser positivo y quedarme con la parte buena —que seguro que la tiene— de lo que quiera que logremos encontrar. Pero no me resulta fácil. Me cuesta arrancar de mi retina las imágenes de cualquiera de los reportajes que ponen sobre la mesa el desastroso panorama del sistema educativo que hemos montado entre todos. No es agradable dejar la educación de tus hijas en manos de un sistema tradicional y tradicionalista después de escuchar en la voz de neurólogos, pedagogos y psicólogos cómo hemos convertido la principal etapa formativa de nuestras vidas en una absurda carrera de borregos.

El último documental que hemos visto en casa relacionado con el tema ha sido «Alphabet», un largometraje austriaco de 2013 que continuó abriéndonos los ojos y, al mismo tiempo, hundiéndonos en la miseria. Me llama la atención que un producto sobre los niños de hoy en día y la educación dé ganas de llorar. Sí, se ha avanzado mucho en alfabetización; la educación universal y gratuita nos acerca más a la igualdad real de oportunidades. Pero, ¿por qué hemos dejado que los sistemas educativos de todo el mundo se hayan convertido en fábricas de corte uniforme y producción en masa?

En la película se llama la atención sobre la manera en la que gran parte de las escuelas destruyen sistemáticamente la capacidad imaginativa de los niños, en busca de una utilidad social y económica ulterior que, en muchos casos, tiene poca base práctica real.

Uno de los casos más sangrantes que presenta es el de China. Allí —cuenta— el sistema educativo ha sustituido la persecución de la igualdad como meta primordial por una competencia encarnizada en busca de la excelencia. Este baluarte del comunismo no se conforma con haberse subido al carro del capitalismo salvaje en su política económica. También los niños en sus escuelas son víctimas de la exigencia que amenaza con dejar fuera del sistema a quien no cumpla con las expectativas.

La presión aumenta conforme nos acercamos al centro de los núcleos urbanos. Mientras se compara una escuela de hijos de emigrantes del campo con un moderno centro de ciudad, habría que preguntarse quién sale perdiendo: si los alumnos de ese pobre colegio rural y destartalado o aquellos de la urbe que viven bajo el empuje incansable de un Gobierno y unos padres que quieren que alcancen grandes metas, ganen premios y pasen a formar parte de la élite nacional.

«Queremos que la cometa —el niño— vuele alto pero en realidad la sujetamos atada bien en corto para tenerla controlada».

Yang Donping
Profesor de Pedagogía.
Preside una comisión del gobierno chino sobre escolaridad.

La globalización ha borrado mucho más que fronteras políticas. También los mercados laboral y educativo de los países se confunden unos con otros. Así lo hacen ver los resultados periódicos del informe PISA, cuya evaluación constituye una presión invisible y constante sobre las administraciones que quieren enarbolar el éxito de los números como fruto de sus acertadas políticas educativas.

«Alphabet» nos acerca brevemente a la siniestra figura de Andreas Schleicher, coordinador del programa PISA y apodado «Mr. PISA». Mientras lo acompañamos en su recorrido por una elitista escuela china observamos cómo constata con agradecido asombro el esfuerzo que sus alumnos realizan para triunfar. Completan los 12 cursos del programa educativo en tan solo 10 años. Adelantan así su salida al mundo laboral o al de los estudios superiores.

«¿Tienen vida?», se pregunta Schleicher antes de reconocer que el sacrificio «merece la pena». No importa si todos esos niños y niñas han perdido su infancia. Lo verdaderamente importante es que semejante presión hace que sea «posible sacar mucho de cada niño». No hay tiempo para dejar que cada uno desarrolle su potencial a su tiempo, hay que exprimirlos hasta que no les quede nada dentro.

Un sistema así no admite el fracaso. La imperiosa necesidad de destacar —ya no vale con aprobar— abre la puerta a un suculento negocio, el de los centros de apoyo extraescolar. ¿Pero cómo es posible que tantos niños necesiten ayuda adicional para completar con éxito ya no unos estudios superiores, sino su mera formación básica? ¿No estaremos haciendo algo mal cuando son tantos los niños pequeños que apenas llegan a la exigencia mínima del sistema? ¿Tiene algún sentido que ya desde la escuela infantil haya quienes son incapaces de superar sus propios deberes? Son preguntas que plantea el documental para seguir haciéndonos reflexionar.

Los métodos de evaluación, además, tienen un segundo efecto devastador: matan todo brote de creatividad. Los exámenes tradicionales no buscan respuestas diferentes; exigen la única correcta. Acaban así con la posibilidad de que cualquiera se pregunte si se pueden hacer las cosas de otra manera, si hay una forma alternativa de resolver los problemas de nuestra sociedad.

«Alphabet. Angst oder Liebe»

A lo largo de la película se alternan las sesudas opiniones de expertos con la triste realidad de unos niños que aprenden a odiar los estudios desde su más tierna infancia. Una voz en off acompaña la imagen de unos escolares superando aún de noche la entrada de un centro que quiere recordar a la de un campo de concentración. Los del gigante asiático son los niños que menos horas de sueño disfrutan en el mundo, los que más presión soportan, los menos felices. El propio «Mr. PISA» reconoce que una presión semejante no la desea uno ni para sus hijos ni para uno mismo, pero que es necesaria. Cabe preguntarse: ¿de verdad?

La tensión llega a un extremo tal, relata el comisionado Yang Donping, que cada año se producen incluso suicidios de niños a medida que se aproximan los exámenes de acceso. Y todo para entrar a formar parte de otra etapa más de ese sistema que no desea personas creativas y curiosas, sino máquinas de hacer exámenes. ¿Y cuántos somos los padres que participamos de esa maquinaria? ¿No somos nosotros mismos los que transmitimos a nuestros hijos el miedo a «no llegar a nada en la vida»? Y mientras tanto los educamos para que hagan lo que se les dice, para que busquen siempre encajar en la respuesta estándar del sistema.

En «Alphabet» podemos escuchar también a Ken Robinson, un ponente que nunca debería faltar cuando se habla de educación. Su voz nos descubre cómo los niños van alejándose del pensamiento divergente —diverging thinking— a medida que crecen. Van olvidando la posibilidad de entender y resolver los problemas de distintas maneras. Entre los 3 y los 5 años el 98% de ellos obtienen resultados que podrían situarlos más allá del umbral de la genialidad. Antes de la adolescencia, entre los 8 y los 12, son ya solo el 32% de los mismos niños los que siguen mostrándose capaces de «pensar diferente». Los jóvenes de entre 15 y 30 años se quedan en un 10% que se desploma hasta un testimonial 2% entre los adultos como grupo de control. 200.000 niños participaron en el estudio. ¿Qué les pasa a esos niños? Entre otras cosas, que han sido educados en un sistema basado en que solo una es la respuesta correcta.

En la misma línea interviene Arno Stern, el padre de aquel niño que nunca fue al colegio del que hablé en otra ocasión. Este singular alemán acumula más de medio millón de los dibujos que miles de niños han pintado en sus escuelas durante décadas. A través de ellos ha podido analizar cómo la riqueza de las pinturas tiende a desaparecer según los niños van iniciando su etapa escolar. Además, a partir de la década de los 80 los dibujos empiezan poco a poco a asemejarse a cuadros abstractos con formas artificialmente impuestas, alejándose del resultado del juego de disfrute que era la pintura para sus alumnos hasta entonces.

El sistema educativo actual hace que muchos niños pierdan su espontaneidad en pos de una nueva búsqueda: la de satisfacer al adulto. Como si dejaran de jugar por iniciativa propia los niños parecen completar encargos que deban ser comparados, juzgados, evaluados… Dejan de conceder importancia a lo que son, a lo que les gusta, y abandonan el juego, precisamente aquello que mejor desarrollaría todas sus habilidades. Nadie se toma en serio el juego porque «los niños deben tomarse la vida en serio».

Las escuelas también abandonan progresivamente el juego pero ¿de quién son las necesidades que atienden, de los niños o de los adultos? El sistema no quiere personas con voluntad fuerte, sino niños domados para encajar, jóvenes algo insatisfechos que tengan cierto ansia por consumir, pero no tanta como para desear revelarse contra el statu quo. ¿De quién es, por ejemplo, la necesidad de que niños de guardería estudien varios idiomas? ¿Qué es lo primero que conoce así el niño? ¿Que el sistema educativo le enseña aquello que no necesita? Dejamos que nuestros hijos crezcan en un sistema que aniquila cualquier atisbo de motivación.

«La escuela no es la vida. Sin embargo, la escuela es mi vida. Tengo la cabeza repleta mientras la escuela se lleva lo más importante que tengo: mi infancia. No tengo aficiones porque no tengo tiempo, no porque no tenga intereses».

Yakamoz Karakurt, estudiante alemana, 15 años
Extracto de su carta abierta al diario ZEIT online

Acerca de cómo se ha llegado a esta situación trata de arrojar algo de luz Thomas Sattelberger, político y uno de los directores de recursos humanos con más años de experiencia a sus espaldas en Alemania. En su opinión, las carreras se vienen adaptando desde hace décadas a nuestra economía salvaje de guerra. Una economía cada vez más exigente y cortoplacista que nos atrapa a todos en una huida de lemmings de la que es prácticamente imposible escapar.

Un sistema así sufrió su primer gran desarrollo en una era industrial que demandaba mucha mano de obra física y poca con habilidad académica, capacidad que a su vez se entendía como condición necesaria y suficiente para determinar quiénes eran los listos. Este modelo arrastrado hasta nuestros días ha hecho interiorizar a muchas personas brillantes la falsa creencia de ser tontos, afirma Ken Robinson.


 

Probablemente este tipo de reportajes presentan una visión particularmente negativa del caso. Hay que reconocer que nuestro sistema educativo, aun siendo particularmente mejorable, permite a muchas personas aproximarse a una cierta igualdad de oportunidades. Aunque despacio, ha evolucionado seguramente mucho en tan solo unas pocas décadas. Sin embargo, este tipo de propuestas pesimistas deberían servirnos como acicate para la reflexión. Estamos perdiéndonos muchas oportunidades y, por el camino, muchos niños cuya opinión nos negamos a escuchar están desperdiciando lo más valioso que tienen: su infancia. Hay mucho margen de mejora. Aprovechémoslo.

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5 comentarios en “«Alphabet»”

  1. Si te sirve nuestra eperiencia, este año mi hija ha cumplido 3 años en Octubre, y en septiembre entró al cole, fue tan malel inicio escolar que sólo la llevamos un día , con queja incluída al defensor del pueblo de mi comunidad por la mala adaptación. Después la llevamos a un cole rural donde son 33 niños en todo el cole, el sistema educativo es el mismo pero son algo más permisivos, estuvo durante tres semanas muy bien, pero tres semanas aprendiendo lo mismo, sin nada llamativo que les haga querer la escuela (parecía la película del día de la marmota, tooooodos los días lo mismo) es un poco aburrido . A partir de ahí no quería ir al cole y la hemos escuchado y ya no va. Quizás sea fácil para nosotros porque yo no estoy trabajando, pero así lo estamos haciendo. Mi hija con multitud de niños se agobia, si son pocos se siente cómoda
    Si me permites recomendarte un libro que habla sobre el tema,”Educar sin miedo a escuchar” de Yolanda González.
    Al final, este capitalismo nos trata como productos o números. Es muy triste leer qué es la educación o que niños se suicidan por no soportar esa presión injusta.
    Es muy difícil cambiar este engranaje pero pienso que “gota sobre gota hacen mares”.
    Y como siempre me encanta todo lo que escribes.

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    1. Claro que me sirve tu experiencia, Paula. El vuestro debería ser un caso mucho más habitual en un país en el que la educación no es obligatoria hasta los 6 años. Sin embargo, ¿cuántos niños van sufriendo al cole durante años antes de estar verdaderamente preparados para ello? Pero es muy difícil tener el valor que habéis tenido vosotros para dar marcha atrás y regalarle tiempo a vuestra hija. Muchos no se lo pueden siquiera plantear; pocos se atreven aun pudiendo.

      Nosotros nos hemos planteado también la posibilidad de una escuela rural, pero lo cierto es que seguramente no conocemos de verdad cómo es el día a día en un cole así.

      ¡Enhorabuena por lo que hacéis por vuestra peque! Y muchas gracias por tu tiempo y por lo que me dices ;).

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      1. Nosotros, la suerte que hemos tenido es que en el colegio rural nos permitían estar allí el tiempo que mi hija necesitara. El director es muy buena persona y hace caso omiso de lo que exige la Consellería de Educación , yo di de baja en el primer cole a mi hija y él me permitió que estuviera yendo sin necesidad de matricularla, pero ( casi siempre hay un pero) el sistema es el mismo.
        Aún estoy con movidas por la queja, y estoy señalada por no haber vuelto al día siguiente con mi hija al primer cole, y si leyeras el informe que hizo la inspectora por la queja que puse, alucinarías. Y hablo en primera persona porque en todo momento se excluye a mi marido, a pesar que las tomas de decisiones las hacemos en conjunto.
        Para Alma, mi hija, hay veces que es complicado, porque la gente pregunta ¿ por qué esta niña no está en el cole? , y yo tengo que hacer de tripas corazón y no mentir delante de ella, decir que no va, y todo se vuelve insistente.
        Difícil sí, pero hay que luchar por lo justo y es que los niños tengan un buen trato.

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        1. Si ya nos cuesta a nosotros defender algunas de nuestras decisiones «a contracorriente» más convencionales, no me quiero ni imaginar lo que tiene que ser explicar una y otra vez por qué una niña de 3 ó 4 años no va al colegio. ¡Y no es obligatorio! Pero es una de esas tantas cosas que hemos dejado que nos vendan y que asumimos como parte del sistema que hay que respetar porque sí.

          En fin, que reitero mi enhorabuena por lo valientes que habéis sido, y os mando todos los ánimos de alguien que os comprende mucho e, incluso, en cierta medida os envidia un poco. Va a ser una etapa difícil, pero seguro que merece mucho la pena.

          ¡Un abrazo!

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