Diálogos de besuguines IV

Entre los muchos aspectos apasionantes del lenguaje hay uno que resulta particularmente maravilloso: el uso de los sentidos figurados, la ironía y el sarcasmo. Creo que en eso es el castellano especialmente rico, al menos comparado con el escaso par de idiomas que conozco. Me da también la impresión de que puede ir en cierta manera ligado a ese carácter castizo y español tan amigo de la retranca.

Es necesario un dominio generoso del idioma para ser capaz de reconocer todos esos giros y usos retorcidos que plagan nuestro discurso. Es fácil comprobarlo conversando con cualquiera que esté aprendiendo nuestra lengua, ya sea un extranjero o un niño pequeño. Nuestra hija, a pesar de haber aprendido relativamente rápido a construir y entender estructuras complejas, nos lo recuerda a diario con sus interminables preguntas acerca de las frases a las que su interpretación literal no otorga ningún sentido.

Hace algún tiempo, por ejemplo, habíamos salido a cenar con unos amigos. Previendo un regreso a casa tardío íbamos equipados con nuestra mochila de porteo. Al despedirnos de aquellos con ella ya montada en la mochila, tuvo lugar el siguiente intercambio entre uno de nuestros amigos y una niña que ya ponía ojillos de empezar a echar de menos su cama:

-Oye, ¡que te estás quedando frita!
-¡Frita no, que no soy una patata!

Lo más habitual es que este tipo de situaciones nos resulten graciosas e inocentes. Sin embargo, también nos sirven para reflexionar sobre la manera que tenemos de dirigirnos a los niños. No es raro ver cómo su gesto se torna serio o asustado en un segundo cuando alguien le gasta una broma sobre cómo va a devorar su comida o a quitarle cualquier objeto con el que esté entretenida. No está aún preparada para entender bromas así, y en más de una ocasión han sido motivo de una buena llorera que seguramente se podría haber evitado.

También yo, como padre, me equivoco a menudo a la hora de hablar con ella. A veces lo hago desde un humor que solo me sirve a mí como desahogo, pero no es difícil que se me escape algún comentario inapropiado cuando la paciencia se me acaba y dejo que la situación me saque de mis casillas. Ya va entendiendo —y odiando— el uso forzado de un «muy bien, hija, muy bien» que se me escapa en momentos de hartura y que nunca puedo devolver a mi boca arrepentido al instante.

En otra ocasión, después de haberse puesto perdida deleitándose con alguna fruta pringosa, y al ir a intentar restregarse contra mi pantalón, no se me ocurrió nada mejor que advertirle «¡sí, hombre! Ahora límpiate en mi pantalón…». Inmediatamente tuvo que preguntarme desconcertada por qué le decía que se limpiara con tan curiosa servilleta.

Tantas son las veces que mamá y yo la dejamos descolocada con según qué expresiones que ya ha aprendido a utilizar como excusa ese «es una forma de hablar» cuando suelta alguna barrabasada sobre la que nos vemos obligados a preguntarle para asegurarnos de qué ha querido decir. Qué cuidado hay que tener.

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Grupos que apoyan

Nunca antes como ahora habíamos tenido los padres españoles una vida social tan activa. Tampoco las generaciones anteriores tuvieron el privilegio de poder dedicar tanto tiempo a disfrutarla. Y, sin embargo, son muchos los padres y —desgraciadamente y sobre todo— las madres que se sienten solas. Solas y solos a pesar de encontrarse en el ojo de una vorágine social que amenaza con devorar cada minuto de nuestra vida.

Probablemente pequemos de cierto «ombliguismo» al reconocer el sentimiento de soledad. Nuestra situación como progenitores en 2017 está a años de luz de la experiencia que vivieron nuestros padres o aquellos de generaciones anteriores. Ya quisieran ellos haber tenido nuestra suerte hace 30, 50 ó 60 años. Los suyos sí que debían de ser problemas…

Sin embargo, precisamente el mismo tiempo que tenemos hoy para el disfrute sirve también para la reflexión y la introspección. La naturalidad con que antes se vivía la maternidad se ha visto desplazada hoy por etiquetas, corrientes de pensamiento, modas, sobreinformación… Y en medio de todo ello, y aunque aún hoy siga siendo un tema tabú del que muchos prefieren no hablar, muchos padres se sienten solos y desconectados.

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Ensalada oriental de garbanzos

En la pizarra magnética de nuestra nevera no puede faltar cada semana el epígrafe «Ensalada» como plato único para alguna de las comidas o cenas del menú. Lo habitual es que acabe materializándose como una ensalada más o menos tradicional de lechugas u otras hojas verdes, pero de vez en cuando nos gusta variar.

Uno de los descubrimientos de este verano ha sido una ensalada de legumbre que nos inventamos un día y que, desde que la probó, pasó a formar parte de la selecta lista de platos favoritos de mamá. Quería repetir cada semana, e incluso insistió en incluirla en el menú familiar que preparamos para las fiestas del pueblo. Eso sí que son palabras mayores…

Hemos probado ensaladas de lentejas o alubias anteriormente. Nunca han terminado de hacernos tilín. Las únicas legumbres que nos convencen hasta ahora para una ensalada fría de verano son los garbanzos. Agradecen la compañía de cualquier verdura fresca picada y son los que más acostumbrados estamos a encontrarnos en este tipo de platos en casa de los abuelos. Nosotros le dimos una vuelta al aliño y a la lista de ingredientes buscando un toque oriental, y aunque probablemente la mezcla no tenga ningún sentido en ninguna gastronomía nacional, el conjunto queda riquísimo.

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Diálogos de besuguines III

Ya mencioné en alguna entrada anterior de esta miniserie lo mucho que me interesa el lenguaje. Superada la pereza de las clases, las tareas y el día a día, me encantaba de mi época de estudiante la parte dedicada a los idiomas. Por eso, una de las vivencias colaterales que más estoy disfrutando de mi paternidad está siendo la de redescubrir el lenguaje a través de los ojos y la lengua de quien tiene que asimilarlo desde cero.

Resulta tan gracioso como apasionante descubrir la lógica con que los niños construyen su propia versión de nuestro idioma. Saltándose los vericuetos de las numerosas excepciones que hacen tan particular una lengua como la castellana, ellos atajan con la forma que consideran apropiada a partir de aquellas estructuras con las que ya se sienten más cómodos.

Durante unas cuantas semanas se repitió así un intercambio de frases entre nuestra hija y nosotros cuya forma sintáctica siempre me hizo gracia. Cuando llegaba el momento de almorzar o merendar en algún lugar de camino, era habitual que ella iniciara la conversación con un espontáneo «¡quiero manzana!». Algo tal que así:

—¡Quiero manzana!
—¿Pelada o sin pelar?
—Con pelar, con pelar.

Ni siquiera el ejemplo inmediatamente anterior de la pregunta precedente era capaz de quebrar la lógica aplastante de la lengua infantil. Si cuando comemos la manzana con la piel intacta hablamos de comerla «sin pelar», parece obvio que la versión que ha pasado por la navaja es una manzana «con pelar». ¿No?

Ser mayor

Aunque la entrada de hoy suene a pataleta, en realidad es más una reflexión personal que otra cosa. Lo digo porque probablemente dé la impresión de que soy tan tiquismiquis que, si fuera por mí, casi no se podría ni hablar con mi hija, de tantas cosas como me disgustan cuando las escucho dirigidas a ella. En el día a día soy más bien realista. Asumo que lo que nos rodea es lo que hay y me limito a intentar que al menos de nuestra boca no lleguen a sus oídos según qué tipo de argumentos.

Y desde hace ya algún tiempo me ha dado por reflexionar sobre la costumbre que tenemos —yo el primero— de insistirles a los niños en que ya son mayores. Como seguramente adivinaréis, ahora que es mía la hija de cuya educación soy en buena parte responsable, no me gusta escucharlo. En otros asuntos más graves —banalización de la violencia, justificaciones del racismo, perpetuación de roles machistas…— suelo intervenir más directamente cuando le dicen a mi hija algo con lo que en casa no comulgamos. En este caso, más bien, nos limitamos mamá y yo a contarle después tranquilamente a nuestra hija lo que nosotros opinamos sobre «el ser mayor».

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La cuadrilla

No hizo falta que mi camino se desviara hacia una oficina en las afueras para que empezara a echarlos de menos. El verano se plantó un día colándose entre las ramas del pino y de los plátanos que nos cobijaban cada mañana en el parque de siempre. Y con él llegaron las vacaciones; las escapadas al pueblo con los abuelos; los campamentos de verano para bebés que tienen que acostumbrarse al ritmo de las clases de cara a un septiembre que cada año llega para cambiarlo todo…

De repente las 10 de la mañana dejaron de ser el momento de llegar al parque y encontrarnos a Katrina. El colorido tupper de fruta meticulosamente pelada y cortada por su abuela cayó en un olvido gris para dar paso a mi hora de comer un puñado de frutos secos delante del ordenador. De los tomates cherry que tan generosamente compartía con nosotros solo queda el recuerdo de las salpicaduras chorreantes de pepitas sobre alguno de mis pantalones.

De un día para otro empezaron a desdibujarse en mi memoria de pez esos papos preocupados de Alba. Alba, cuyas caras de susto siempre me hicieron tanta gracia, imposible expresar más con menos. Nos conocimos cuando se pasaba el día sentada sobre la arena, limpiándose las manos con un «pis pas», como decía su abuela, mi abuela favorita del parque. No llegamos a despedirnos, pero me habría despedido de una niña a la que vi aprender a caminar y convertirse en una pequeña aventurera independiente y desprendida de todo lo material.

Como quien no quiere la cosa desapareció de mi campo de visión el otro ramo de rizos dorados del parque, los de la tocaya de Alba. Nunca tuve oportunidad de intercambiar palabra alguna con ella, tal era su inquietud. Compensaba la falta de palabras con sus carreras, siempre de arriba para abajo hiciera frío o calor, con una sombra maternal persiguiéndola a todas horas de zancada en zancada.

Sin comerlo ni beberlo dejé de ver a Marta venir corriendo a nuestro encuentro o salir disparada al de cualquier otro niño. Nunca le faltaba un abrazo y siempre le sobraban ganas de correr, sus diminutos rizos negros impecablemente recogidos con un lazo. Siempre pensé que era mayor de lo que era. Nunca aprenderé a adivinar la edad de los niños…

De pronto dejé de oír hablar de Aimar y de su abuelo madridista hasta la médula. «Aimar, Aimar, Aimar…». Nunca supe qué veía nuestra chiquitina en aquel niño mayor que sorprendentemente se convirtió en lo que probablemente fue su primer amigo. Con el casco que nunca dejaba de proteger sus ideas de bombero no faltaba a su cita bajo la pirámide de cuerdas para correr y correr y correr en una espiral interminable. Sin darme cuenta me quedé con las ganas de ver a nuestra hija pilotando la moto de Aimar, la más rápida de la pista, pero demasiado grande para esas piernecitas que aún no habían pegado el estirón suficiente.

Como por arte de magia se esfumaron los quiquis de Olivia y de Lía y de Abril, y con ellas se fugaron Ramón y Lucas, y el pompero de la discordia, y la pala de jardinería, y la pelota de tenis chupada y rechupeteada. Mucho antes cayó Lola en el olvido, parte inseparable del dúo «Alba y Lola» que escuchaba como un mantra de camino al parque en boca de una niña que aún no sabía lo que era jugar de verdad con otros chiquillos. La gracia que me hacía aquel absurdo interés por el paradero de ambas…

De buenas a primeras desaparecieron Mario y Raúl y Nico y sus coches, y nunca más tuve la oportunidad de convertirme en el héroe que hinchó su balón de fútbol el día que nosotros quisimos jugar al baloncesto. Con ellos se fue Gabriel, persiguiendo como siempre una pelota delante de esa mamá tan simpática que con tanto cariño nos trataba.

Un día, sin previo aviso, se apagaron los ojos enormes de Ainhoa, que solo competían con los de su propio hermano por ser los más luminosos del parque. Dejaron de cruzarse en mi camino y nunca más volvimos a jugar a ser leones ni a gritar con todas nuestras fuerzas hasta que el parque entero pusiera cara de susto.

Se fueron como llegaron, buscando la sombra del parque que aliviara un verano cualquiera de una ciudad achicharrada. Durante un año nos lo dieron todo con esa entrega inocente e infinita de los niños que confían en ti. Se convirtieron en nuestra primera cuadrilla, en nuestra tribu de abuelas. Su bolsa de juguetes fue tan nuestra como suya era nuestra fruta del almuerzo. Llegaron por sorpresa y se fueron en silencio, sin despedidas que ninguno entendería. Y se llevaron mucho más de lo que yo habría imaginado.