«Con la lactancia hemos topado»

«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

Llevando la discusión al tema que nos ocupa, podemos encontrarnos con diatribas de cuidado cada vez que una madre decide, por ejemplo, anteponer su maternidad al resto de las ocupaciones de su vida personal. Pero también, mira tú por dónde, cuando reconoce que su faceta de madre no es necesariamente más importante que su carrera profesional o que su tiempo de ocio. Los mismos motivos que se argumentan para defender la libertad de una mujer que quiere amamantar a su bebé se retuercen en un escorzo aparentemente imposible para posicionarse en favor del aborto libre o de la maternidad subrogada. Una discusión esta última, por cierto, en la que echo mucho de menos escuchar la voz de las madres gestantes, de esas que voluntaria y libremente quieren prestar su vientre. Un jaleo de cuidado, en definitiva.

Dos caras de la lactancia

El caso de la lactancia materna me parece paradigmático de esa dualidad. Cierto sector feminista considera esta atribución exclusiva de la mujer como un elemento empoderador, como una actividad digna de practicar con orgullo. En el otro extremo, también es feminista tildar la lactancia materna de nueva forma de esclavitud…

¿Por qué se cargan tanto las tintas contra la teta y no así con esa frecuencia contra el hecho de que sean prácticamente siempre ellas, las mujeres, las que acaban quedándose a cargo de mayores o enfermos? Este artículo de El Periódico de 2016 es un buen ejemplo de ello, pero no es ni mucho menos algo nuevo. No se trata ya del absurdo enfrentamiento entre quien da el biberón y quien da el pecho, sino directamente de un ataque a la lactancia materna como algo intrínsecamente malo.

Me sorprende que su autora interprete que cuestionar la utilidad del pecho sea ir «a contracorriente», cuando son menos de la mitad de las madres españolas las que continúan dando el pecho a sus hijos llegados esos 6 meses de lactancia exclusiva que se recomiendan hoy. Independientemente de la postura que cada uno defienda, y aunque es cierto que se observa cierto aumento en la tendencia de defender una vuelta a «lo natural», creo que en las sociedades europeas no podemos hablar tanto de una cultura de la teta como sí del biberón. La imaginería popular actual, los anuncios, la iconografía, los juguetes… es mucho más habitual que estemos acostumbrados a ver dar un biberón, mientras que gran parte de las mujeres llegan a su maternidad sin haber conocido de primera mano una lactancia materna de otra madre.

«¿Es compatible la lactancia prolongada con una vida profesional plena?» se pregunta también la autora de la columna. «Es evidente que, en la mayoría de empleos, no». Y me pregunto yo a mi vez qué entiende ella por una vida profesional plena. Pasados los primeros 6 meses de lactancia, que sí resultan más pesados de gestionar a distancia, es perfectamente posible organizar la lactancia materna y la alimentación complementaria de forma que la madre pueda continuar trabajando. Supone un esfuerzo, eso sí que es evidente, pero se puede. Pasados unos meses es normal que las tomas y su duración se reduzcan notablemente y la lactancia puede sobrevivir mucho tiempo con apenas un par de ellas por las tardes, por la noche o por la mañana. ¿Cómo es eso evidentemente incompatible con una carrera plena?

Beneficios relativos y una realidad constatada

Con todo, reconozco que la postura que representa el artículo tiene también su parte de razón. En dos sentidos: por un lado, creo que es razonable relativizar la importancia de la lactancia materna en función del entorno del país en que se desarrolla. Sus beneficios serán lógicamente mayores en países en los que cualquier pequeña ayuda es buena para mejorar las condiciones de vida, sociales y sanitarias de la población. Eso no significa que en un país desarrollado no sea deseable su promoción como cuestión de salud pública. Un niño español puede crecer sano, fuerte e inteligente alimentado con biberón o con pecho. Sin embargo, una mejora de las cifras de lactancia materna en general también daría seguramente un empujón al control de algunas de las dolencias o trastornos que ayuda a prevenir.

Por otra parte está también en lo cierto al señalar una trampa argumental en la que caemos a menudo: que cada uno pueda hacer lo que le plazca con la crianza de sus hijos no significa que sus decisiones no nos afecten al resto. En este caso, el hecho de que sean siempre mayoritariamente las mujeres las que se acogen a los permisos dedicados a la conciliación familiar con niños pequeños genera claramente una desconfianza en muchos empresarios que prefieren evitar «sustos» dando prioridad a la contratación de personal masculino. Eso es así, nos guste o no. Una treintañera en busca de empleo puede perfectamente ver perjudicadas sus aspiraciones laborales por ese rechazo generalizado de tantas empresas a la incorporación de potenciales madres —lactantes o no—.

Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo

Ahora bien, ¿hacemos bien en dirigir nuestra mirada hacia la lactancia materna como origen de todos los males? La situación me recuerda a la que se generó hace no mucho a raíz de la publicación de un polémico estudio acerca de los abusos a mujeres bajo los efectos del alcohol. Aunque sus autores insistían en rechazar cualquier intención de culpabilizar a la mujer, fueron muchos los que entendieron que un análisis de la relación entre el consumo de alcohol y los abusos no hacía sino precisamente eso: culpar a la minifalda.

La culpa de que las mujeres sean las víctimas mayoritarias de los abusos sexuales y de la discriminación laboral de que hablaba antes no puede ser en ningún caso suya. No lo es por emborracharse y no lo es tampoco por dar el pecho. Toda la responsabilidad recae en manos de quien abusa de su posición de poder para violar los derechos de quien ocupa una posición de partida en desventaja. ¿Es correcto —o, incluso, necesario— advertir a las víctimas potenciales —en este caso las mujeres— de que es un riesgo existente? Como primera medida inmediata, probablemente sí. No con la intención de coartar su libertad, sino como la forma más rápida de prevenirlas mientras se busca la forma de atajar un problema muy complejo. ¿Debemos desanimarlas para que dejen de hacer lo que quieran con su vida porque otros desalmados podrían tratar de arruinársela? Rotundamente no.

El feminismo, los cuidados y el capitalismo

De momento soy incapaz de estar de acuerdo con ese feminismo que lucha únicamente por que la mujer ocupe el lugar que tradicionalmente nos atribuimos los hombres. No se trata de que ellas adopten unos estereotipos masculinos igualmente dañinos, sino de que ambas partes hagan un giro hacia un punto de encuentro para ocupar un espacio que debe ser común a todos por igual. Expulsar a las mujeres de los cuidados en el ámbito privado solo va a empeorar nuestra calidad como sociedad. Más bien al contrario, se trata de poner en valor ese trabajo que durante siglos han llevado a cabo tantas madres, hijas, tías y abuelas en silencio, soportando el peso de hogares y familias mientras ellos se llevaban la fama y ocupaban su lugar en la Historia.

Se critica que una mujer elija su papel de madre como el principal de esa nueva etapa de su vida. No hay ningún problema, en cambio, en que su objetivo primordial sea «hacer carrera», una tendencia que deja en la cuneta, además, a todas esas blue-collar workers en cuyo sector laboral no hay carrera que valga por más que una sacrifique su vida personal por la empresa. Forma todo parte de esa misma ola de nuevo capitalismo que nos anima a emprender de manera precaria; a trabajar en vacaciones —o directamente a prescindir de ellas—; a aceptar nuevos modelos de relación laboral ultra flexibles, granjas de trabajadores huérfanos de derechos laborales…  Y mientras tanto, mientras tú disfrutas de tu tiempo a tu aire y de tu carrera, no te preocupes: hay muy buenos profesionales para cuidar de aquellos a los que no hace mucho llamabas «los tuyos».

Demos facilidades a todas las partes. Brindemos por quien quiera hacer carrera, por que sus éxitos sean tan productivos y beneficiosos para la sociedad como pretenden. Y alabemos también a quienes cuidan, a los que se quedan en casa siendo el pegamento del hogar, a los que crían el futuro que nos espera. Aprendamos en poner en valor el embarazo, el parto, la lactancia y todo aquello que es inherente a la naturaleza femenina. No pasa nada, es bueno y necesario y podéis y debéis disfrutar de ello. Si queréis.

 

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