«Para no haber ido a la guardería…»

«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

«Para no ir a la guardería…»

«Para no ir a la guardería, hay que ver lo bien que habla esta niña». Esta sentencia llena de prejuicios es el ejemplo paradigmático de aquello a lo que me refiero. Las muestras de sorpresa —a veces incluso de desaprobación— y el goteo de comentarios similares termina resultando cansino cada vez que aflora la conversación acerca de si nuestra hija —de 2 años, no nos olvidemos— acude o no regularmente a un centro educativo. Y no solo en nuestro entorno personal, sino también desde medios más o menos especializados que insisten en pintar las ventajas de una formación reglada frente a la educación en casa de unos bebés que, de no visitar una escuela, parecería que van a quedarse mudos, cojos y faltos de todo tipo de habilidad social, cognitiva y psicomotriz.

En algunos casos se va incluso más allá. Según contaba Pintando una mamá en esta entrada que leí hace tiempo, la Asociación Mundial de Educadores Infantiles alerta, además, de los peligros que puede tener asociada una escolarización en cualquier otro tipo de centro, eliminando de un plumazo la competencia de madres de día y escuelas de pedagogías alternativas.

«Los expertos sitúan en un año la edad idónea para que los niños salgan de la protección materna y empiecen a relacionarse con otros infantes y con adultos en un centro de educación infantil. El prestigioso psicólogo Henri Wallon demostró que el “yo” del niño no puede desarrollarse más que en relación con el de los demás, y en esta dialéctica incesante del “yo” y del “otro” es donde hay que buscar en parte la explicación de la evolución psicológica.»

Lou, del blog Pintando una mamá

Me llama la atención que, según «los expertos», la relación con otras personas deba iniciarse en un centro de educación infantil… ¿Acaso no pueden establecerse relaciones sanas en otro tipo de entorno? Un niño que no acuda a la escuela puede perfectamente construir relaciones de confianza con iguales con los que comparta tiempo y espacio habitualmente. De la misma manera, tiene la posibilidad de tratar a diario con personas mucho más variadas en todos los aspectos, lo que desde mi punto de vista puede resultar enriquecedor, seguramente incluso más que si dejamos que pase día tras día con el mismo grupo reducido de adultos y con unos compañeros de aula de los que puede aprender un conjunto limitado de habilidades.

En la misma línea desgranaban hace unos días en el Hora 25 de la SER un informe reciente de la OCDE. El documento concluía destacando los enormes beneficios de la escolarización temprana para niños nacidos en el seno de familias con pocos recursos y escasa formación, en cuyo caso mejoraba notablemente sus posibilidades de movilidad social y de integración con éxito en el sistema educativo posterior.

El debate que seguía a la presentación del informe, en cambio, daba la impresión de extrapolar esa necesidad de formación sistematizada y de calidad a la población infantil en general. De hecho, el caso que se exponía como ejemplo de resultado exitoso era el de un poblado chabolista de inmigrantes rumanos en el que buena parte de las familias no hablaban castellano y carecían del más mínimo nivel de alfabetización. Desde luego la historia de aquellos niños es ejemplarizante en tanto en cuanto deja claro que no todos los hogares son el lugar óptimo para la educación de un niño. Sin embargo, eso no significa que todos los niños, con independencia de su entorno familiar, deban formar parte de una escolarización temprana y universal desde 0 años como se predica.

Otro aspecto que obvian buena parte de los estudios similares es la realidad de muchas de las escuelas infantiles que pueblan nuestras ciudades. El informe de la OCDE no incide tanto en la conveniencia en sí de escolarizar en este tipo de centros, sino más bien en la importancia que tiene que estos sean de calidad. Cuando se generaliza sobre las bondades de la educación reglada de 0 a 3 años, muchos se olvidan de que buena parte de esas escuelas infantiles siguen siendo guarderías con pocos recursos, en locales interiores con poca o ninguna luz natural o con un personal mal remunerado. Buscar una escuela infantil como las que predican artículos como aquel que ya comenté hace algún tiempo puede resultar en una experiencia tan frustrante como la de buscar piso en Madrid. No nos vayamos a pensar que todos los centros tienen jardín propio, mesas de luz, aulas de psicomotricidad gruesa… porque dista mucho de ser la realidad.

Un enfoque resultadista

También hacía referencia el programa de radio a un segundo estudio que bajo el título «El impacto de la educación infantil en los resultados de primaria» recomienda la escolarización a partir de los 2 años de edad. De entrada, me parece abismal la diferencia entre hablar de una incorporación a la escuela con 0 años —esos tristes 4 meses de tantos bebés— y hablar de 2 años ya cumplidos, edad con la que la mayoría de los niños ya han empezado a adquirir habilidades para el juego conjunto. Y es un punto sobre el que deberíamos llamar más la atención: a menudo se agrupan esas edades de escolarización de 0 a 6 a la hora de presentar los resultados cuando en realidad son solo los últimos cursos los que introducen cambios de verdad relevantes.

Según este trabajo, se producen mejoras significativas en los resultados académicos de aquellos niños que han asistido a una escuela antes de la etapa obligatoria de escolarización a partir de los 6 años. En particular, son los tres últimos cursos voluntarios (de 3 a 6 años) los que más impacto producen, mientras que la asistencia a un centro antes de los 3 años tan solo redunda en cierta mejora en el área de matemáticas.

No obstante, el estudio tiene —como todos— algunas limitaciones que es importante conocer antes de utilizarlo para hacer generalizaciones. El análisis se llevó a cabo únicamente sobre clases de cuarto de Primaria, por lo que sus resultados no son directamente extrapolables a cursos posteriores. También asumen los autores en sus conclusiones que «la estimación directa de su impacto sobre el rendimiento académico ofrece serias dudas acerca de qué parte del efecto positivo que se encuentra responde a la variable analizada y qué parte a las variables observables y no observables que influyen en que una familia decida enviar más o menos años a su hijo a este ciclo educativo». Reconocen así que es difícil separar factores adicionales como la motivación de los padres por darle una buena educación a su hijo, o causas económicas o laborales de la escolarización temprana.

Sí concluye en cualquier caso que la labor de la educación infantil es y debe ser claramente formativa, y no solo asistencial, un punto con el que estoy absolutamente de acuerdo. La escuela debe suplir la tarea formativa que los padres no pueden o no se ven capaces de completar, lo que incluye mucho más allá de los cuidados básicos de un bebé o un niño pequeño. También se propone firmemente conceder prioridad a aquellas familias socioeconómicamente más desfavorecidas o sin formación superior, en cuyo caso la mejora es mucho más notable.

En cualquier caso, el enfoque se orienta siempre a la búsqueda de unos mejores resultados cuantificables y puntuables. Se habla de adultos más exitosos y más eficaces para lograr una sociedad más productiva en su conjunto; de mejores puntuaciones en PISA, de notas… No es de extrañar que este último trabajo haya sido elaborado por economistas.

Y me llama al atención cuando precisamente son cada vez más las voces que reclaman un acercamiento más humano a la educación, menos centrado en el aprendizaje rígido y repetitivo. Con análisis así insistimos en convertir la vida en una competición. Y claro que sí: yo también quiero que a mi hija le vaya bien en los estudios que ella decida emprender. Pero mi objetivo en la vida no es que sea una buena estudiante y una persona productiva. Lo que yo quiero es que sea una buena persona, que sea empática y que sea feliz.

Nuevas voces

Este tipo de posiciones contrastan con otras que abogan por replantear la manera que tenemos de educar como sociedad. Mientras da la sensación de que ciertas posturas preferirían adelantar la edad obligatoria de escolarización en España, hay quien analiza si no debería retrasarse dicha edad de los 6 a los 7 años en otros países.

De la misma manera, y precisamente en la edición anterior del mismo Hora 25 que comentaba más arriba, se llamaba la atención sobre la triste realidad de unos niños que ya no juegan en la calle, que ya no conocen un verano en el pueblo, un verano de juego libre, de aburrimiento para descubrir y experimentar y para aprender a eso, a aburrirse… Gonzalo Jover —catedrático de Teoría de la Educación en la Universidad Complutense y director del Observatorio del Juego Infantil— lamentaba que los niños no jueguen ya en la calle «sobre todo por un problema de tiempo», porque «anticipamos su vida de adultos» y «en el niño estamos pensando prácticamente en el ingeniero que va a ser dentro de 20 años y en cómo lo podemos anticipar y preparar ya hoy».

Mientras muchos psicólogos destacan lo importante que es el juego y el juego libre para el desarrollo de los niños, nosotros hemos elegido un estilo de vida que prima el trabajo, la productividad y la formación reglada constante. Queremos explotar la inmensa capacidad de sus primeros años para que aprendan inglés y chino; para que jueguen al fútbol tanto como al ajedrez; para que sean unos virtuosos del violín gracias al método Suzuki…

Sin embargo, la generación que les lleva 30 años de ventaja se pregunta cada día para qué estudió tanto; qué sentido tuvo esa carrera obsoleta que lo formó a uno en un sector decadente destinado a desaparecer; o por qué es tan difícil encontrar a alguien en su círculo cercano de amistades que de verdad trabaje de aquello que estudió. Porque memorizamos datos y fórmulas y herramientas y métodos para un sistema productivo, cuando quizá eran aptitudes y capacidades para la vida lo que deberíamos haber aprendido.

El mismo Jover lamenta que «no hay indicadores sobre el cumplimiento del derecho al juego del niño», uno de los reconocidos como fundamentales y como más específicamente infantiles para cualquier crío. Insiste en que «al niño le aporta en general jugar, y donde más le aporta ese juego es en un espacio libre; es por definición libre, y cuando empiezas a planificar el juego deja de ser juego». Y eso es algo que ya desde la más tierna infancia ignoran en buena parte de los centros educativos tradicionales de este país, donde media hora de «juego heurístico» al día convive con una tras otra actividad dirigida y estrictamente limitada y limitante. «Jugando se aprende a ser ciudadanos» concluye el catedrático.

En resumen

Supongo que es fácil quedarse con la impresión de que tengo algo en contra de las escuelas infantiles. Ni mucho menos. Creo que el método educativo de muchas de ellas es manifiestamente mejorable y debería haber cambiado algo más en las décadas de vida que han conocido. Sin embargo, son una herramienta imprescindible, utilísima y necesaria para mantener el estilo de vida que nos hemos dado o que nos ha tocado vivir.

Ahora bien, ¿hacemos bien en dejar que se dé la vuelta su sentido? Nacieron como una herramienta más para tratar de llegar un paso más allá en las posibilidades de conciliación y, con el tiempo, da la sensación de que han llegado a convertirse en la salida por defecto. ¿Os imagináis que dentro de 30 años todos los niños tengan que ir a campamentos urbanos en verano para no quedarse atrás en el próximo curso? «Uy, ¡qué bien corre tu hijo este septiembre para no haber ido al campamento!».

Una familia con interés decidido en dedicarle tiempo a un niño de 0, 1, 2 ó 3 años es perfectamente capaz de formarlo para dar sus primeros pasos en la vida en sociedad. Tener un cierto nivel cultural o socioeconómico puede ayudar, pero no me creo que sea imprescindible tener una titulación universitaria para poder introducir con éxito a un bebé en el mundo. Un padre o una madre con ganas no necesitan pantallas de otro mundo para estimular a su hijo. El mundo está lleno de estímulos y de cosas que aprender, y la calle bulle con personas con las que relacionarse y niños con los que jugar. No dejemos que, en esto también, nos convenzan de que somos incapaces de hacerlo bien. En eso va mi empeño, y por eso soy a veces tan pesado contando las cosas que hacemos mi hija y yo cuando estamos mano a mano solos en casa o en el mundo.

Todo el mundo no tiene las mismas ganas ni las mismas preferencias. No todo el mundo quiere o puede permitirse pasar tanto tiempo lejos del trabajo. No todos estamos dispuestos a consumir la paciencia que requiere enseñar a un niño de un año cómo funciona nuestro universo. Pero si se quiere, se puede.

Si como dice Àngels Barceló «no hay mejor inversión que la educación», ¿por qué no invertir un poco más en que los padres puedan intervenir en esa primera educación dedicándoles más tiempo a sus hijos?».

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4 comentarios sobre “«Para no haber ido a la guardería»”

  1. Muy buen post. Sinceramente nunca me han gustado los supuestos estudios que determinan una cosa u otra, porque generalmente se realizan en un sector de la población muy reducido, y todo no es solo blanco o solo negro.
    Evidentemente las escuelas infantiles te van a animar a que les lleves a una escuela infantil antes de que empiece el colegio porque de eso viven ellos, así de sencillo. Ahora bien, cada escuela es un mundo y no todas cumplen con las espectativas que te proponen., y no todos los niños que acuden a escuela infantil se adapta mejor al colegio, y no todos los niños que acuden a escuela infantil se relacionan más con otros niños, y no todos los niños que acuden a escuela infantil aprenden antes que los que no, y no todos se inmunizan antes que los que no… prejuicios nos encontraremos muchos, pero la mayoría no tienen dónde basarse.
    Lo ideal sería que los niños estuvieran en su círculo familiar el mayor tiempo posible, pero para qe eso sea posible tienen que existir una serie de apoyos detrás (la famosa conciliación laboral, mayores recursos alternativos y más asequibles, y menores prejuicios y más apoyos personales a las familias que deciden este tipo de alternativas para sus hijos)

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    1. Hola, María:

      Pues sí. A mí lo de los estudios me preocupa cada día más. Hay tantos que no es difícil hacer lo que llaman «cherry picking» y quedarnos solo con los que nos interesan —yo mismo lo hago, seguro—. Además, con la falta de rigor periodístico, el abuso de los titulares «click bait», y lo difícil que es determinar cuáles son estadísticamente significativos y valiosos de verdad… es peligrosísimo tratar de generalizar y hacer política común solo a partir de «un estudio que demuestra que…».

      La clave es precisamente lo que tú comentas: hay tantas situaciones diferentes como niños y familias. Habrá aquellos para los que la escuela les solucione la papeleta como agua de mayo; para otros, será un mal menor para una situación laboral o familiar difícil; y para otros, será simplemente una alternativa más a la que renuncian si pueden quedarse con sus hijos en casa.

      Nosotros también entendemos que es con la familia con quien debería pasar más tiempo un bebé durante sus primeros años, pero mira que nos lo ponen difícil a veces…

      ¡Muchísimas gracias por pasarte por aquí y dejar tu aportación!

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  2. Pero cuanto acuerdo con éstas palabras. Y para colmo termina majestuoso con la pregunta ¿por qué no invertir un poco más en que los padres puedan intervenir en esa primera educación dedicándoles más tiempo a sus hijos?

    Es una ironía, muchos padres creemos que no tenemos con que “educar” a nuestros pequeños y buscamos siempre manos especializadas para que lo hagan. Mientras maestros y expertos (no solamente económicos) critican profundamente nuestros similares sistemas educativos.

    No hay duda, no existe otra experiencia como salir con nuestro pequeño a la calle a su ritmo: jugar, preguntar, pausar, subirse, devolverse, tocar, mojar…. para qué niños que estudian 7 u 8 horas, dos horas en ruta y salen al curso de entrenamiento intensivo de…. para qué guardería, jardín, colegio, universidad, especialización… vaya que hay muchas preguntas para extender la reflexión

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    1. Así es, nosotros también entendemos que la experiencia de descubrir el mundo «real» y relacionarse con él es inigualable. No sé cómo hemos dejado que nos hagan creer esta historia, pero cada vez hay más gente que se siente incapaz de educar o estimular a un bebé. Es una pena.

      ¡Muchas gracias por dejar por aquí tus reflexiones!

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