Cocinando en la torre de aprendizaje

Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

La torre de aprendizaje mejora esa silla para ponerle las cosas un poco más fáciles a los niños y, al mismo tiempo, aliviar el nivel de exigencia sobre nuestra actitud vigilante. Incorpora algún tipo de escalón para permitir que esos locos bajitos trepen hasta la plataforma central y añade más o menos barreras de protección laterales para evitar que un paso en falso les haga dar con sus huesos en el suelo.

Nosotros conocimos la torre como una propuesta de esa corriente pedagógica, pero desconozco si fue efectivamente Montessori la primera que introdujo su uso. La descubrimos gracias a Patadita, quien explica con mimo y detalle cómo construyeron su propia torre en casa en un alarde de dotes para el bricolaje. Nosotros en cambio somos más aficionados a lo casero en la cocina que en el hogar en general. Calculadora en mano, no tardamos en darnos cuenta de que hacer algo parecido nos costaría un buen pellizco en compra de materiales, mucho tiempo y, seguramente, algún disgusto. Desde el primer momento tuvimos claro que no íbamos a construirla nosotros.

No estuvimos convencidos desde el principio. Era una compra relativamente cara, y se trata de un armatoste que difícilmente se puede almacenar para más adelante sin que ocupe un buen trozo de habitación. Seguro que todos habéis vivido alguna vez esa compra llena de ilusión que vuestros hijos prefieren ignorar con el más absoluto de los desprecios… Sin embargo, después de darle unas cuantas vueltas, terminamos decidiendo que probablemente merecería la pena la compra. Y así fue.

Colorante, líquidos, jeringuillas y trasvases desde la torre de aprendizaje

Echamos un vistazo a varias comparativas de distintos tipos de torres, como esta de Tigriteando. Aprendimos así que hay algunas variantes: con más o menos protecciones, de altura fija o regulable, adaptables después como mueble infantil… A partir de ahí y rebuscando un poco conocimos Woomo, un pequeño taller granadino de ebanistería especializado en la creación de mobiliario infantil. Nos encantó lo que vimos —es de esos proyectos personales que siempre nos enamoran últimamente— y elegimos uno de los dos modelos de torre de aprendizaje que tienen. Después de varias semanas de ansiosa espera —hay que tenerlas siempre en cuenta cuando uno compra productos artesanales de verdad—, el paquete llegó justo a tiempo como regalo de Navidad.

Desde el primer momento fue un éxito en casa. Apenas habíamos completado los últimos pasos del sencillísimo montaje final y nuestra hija ya se sentía ama y señora de su castillo. Aquella gusanita que nunca había sido particularmente hábil a la hora de trepar en el parque aprendió en cuestión de segundos a subir y bajar con seguridad descubriendo su propio camino. Incluso nos sorprendió eligiendo una técnica de descenso completamente distinta a la que yo había imaginado en mi cuadriculada mente adulta.

A partir de aquel día se acabaron las sesiones de cocina con 11 kilos de niña sentada en la encimera. Las tareas en las que hasta entonces nos había echado una mano —pelar ajos y cebollas, mezclar y amasar, hacer trasvases de productos…— multiplicaron su variedad en un santiamén. Juntos empezamos a picar y cortar alimentos blanditos; a lavar verduras en el fregadero y a secarlas después; a aderezar ensaladas y platos en general; incluso, a dar vueltas a la comida en la cazuela o en la sartén. Obviamente, todo lo hacemos con la supervisión de alguno de nosotros, especialmente si se trata de tareas que puedan entrañar algún riesgo.

Eso no significa que nuestra hija haya dejado de jugar a cocinar con los utensilios que le dejamos llevarse al salón, pero hemos encontrado una manera nueva y maravillosa de pasar tiempo juntos mientras disfrutamos de una de nuestras aficiones: la cocina. Es un placer poder dar salida a una de las tareas imprescindibles del hogar sin tener que quitarle tiempo de juego y al tiempo que le permitimos mejorar su destreza en un montón de tipos de actividad.

Además, también utilizamos la torre a diario para el aseo. Lavarse las manos antes de comer, la higiene bucodental, el aseo matutino… son tareas en las que nuestra hija ha ido ganando autonomía y seguridad gracias a la torre. Muchas las completa ya ella sola; para otras nos gusta aún ayudarla. Pero incluso en este último caso resulta útil el invento para evitar posturas incómodas para ambos a la hora de, por ejemplo, lavarle los dientes.

Algún día tendremos que deshacernos de ella. No es fácilmente almacenable como decía y el modelo que escogimos no tiene mucha más utilidad posterior. Quizá se prolongue su vida útil como elemento de juego, un uso que ya empieza a darle nuestra hija desde que le ha cogido el gustillo a jugar a imaginar su casa en cualquier recoveco de nuestro piso. Hasta entonces, tenemos claro que en tan solo medio año, esta ya se ha convertido en una de las compras más exitosas y mejor amortizadas de nuestra primera etapa familiar.

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