«Con la lactancia hemos topado»

Si hay un ámbito en el que el feminismo se encuentra cada día más polarizado es en el de la maternidad. Ya he comentado alguna vez lo mucho que me llama la atención. Una misma mujer por una misma decisión puede ser al mismo tiempo objeto de alabanzas y víctima de una crucifixión por parte de otras congéneres que pretenden enarbolar la bandera feminista. Cuando uno como padre trata de involucrarse en esa lucha y aportar su pequeñísimo granito de arena, no siempre resulta fácil posicionarse.

Parece lógico, de entrada, que el feminismo defienda que cada mujer pueda hacer con su cuerpo lo que le plazca. Sin embargo, las corrientes de uno y otro extremo hacen uso de esta máxima de un modo interesado. Si una congénere utiliza su cuerpo serrano de una forma que no satisfaga su forma de entender la lucha, concluyen entonces que se trata de una decisión fruto de esa herencia inconsciente que una educación patriarcal ha dejado como un poso en todos nosotros. No es, por tanto, de extrañar, que incluso figuras públicas reconocidamente activas en el movimiento feminista muestren las contradicciones internas que sufren cuando a cada opción personal se le puede dar la vuelta.

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Hasta mañana

Esta noche no puedo mirarte. Tampoco puedo dejar de hacerlo. Después de las semanas tan malas que hemos pasado tú y yo peleando por unos ojos que nunca querían cerrarse, quién me iba a decir a mí que llegaría de repente el día en que no querría soltarte. Así, sin avisar. Y eso que llevaba un año avisándome.

Hoy te he tenido que decir conteniendo un borbotón de lágrimas que mañana ya no estaré entre mamá y tú cuando te despiertes, y te he tenido que repetir una vez tras otra que nunca olvides que te quiero, que te quiero, que te quiero. Y cuando esos ojos enormes se han apagado, ya no había dique que contuviera la catarata en los míos.

Hasta mañana, hija mía. Acuérdate de que te quiero.

Huevos rellenos de falso guacamole

En esta casa somos muy de guacamole. No tanto del aguacate porque sí, pero sí del guacamole. Intentamos ser fieles a la receta tradicional, aunque nos cuesta encontrar jalapeños y nos vemos obligados a experimentar con pimientos de Padrón, piparras y pimientos pequeños en general. Como lo comemos a menudo, nos gusta probar de vez en cuando con alguna variación original. Cambiamos el tomate pera por uno kumato; le añadimos mango a la mezcla de pulpa; o variamos las proporciones de los ingredientes básicos.

«Huevos rellenos». Así rezaba la entrada que ocupaba la casilla de un día cualquiera en la pizarra que recoge nuestro plan semanal de comidas. Rellenos, sin más. Como si fueran a rellenarse solos… Poniendo en riesgo la integridad de nuestra salud mental nos vimos obligados a idear un relleno fácil y gustoso con el que completar la ocurrencia. «¿Y por qué no guacamole?» El resultado es muy cremoso y nos permitió huir con soltura de lo que bien podrían haber terminado siendo unos huevos cocidos con atún de lata y mayonesa.

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«Para no haber ido a la guardería»

Si hay una causa que he hecho mía desde que soy padre es la de la educación temprana en casa, particularmente desde que me lancé a la piscina de pasar un año entero con mi hija de año y medio para empezar a descubrir el mundo a su lado. No es una causa contra nadie, ni mucho menos. No tengo nada en contra de las escuelas infantiles, cuya labor admiro profundamente y cuya existencia entiendo como absolutamente imprescindible para el mantenimiento de nuestro estilo de vida actual.

Mi causa se orienta más bien a la defensa de una alternativa real, aquella que deja que sean los progenitores de la criatura los que empiecen a introducirla en el mundo que le va a tocar vivir. ¿Y por qué ese empeño mío? Pues porque de un tiempo a esta parte advierto una percepción cada vez más generalizada de que el único lugar que puede garantizar una formación adecuada a un bebé primero y a un niño después es la escuela infantil.

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Torre de aprendizaje

Hace unos días os hablé de algunos de los objetos que, para bien o para mal, nos habían sorprendido durante nuestros primeros años de paternidad / maternidad. Deliberadamente dejé uno aparte para dedicarle una entrada específica: la torre de aprendizaje.

Para bien o para mal debía de sorprendernos también este artilugio cuya existencia desconocíamos hasta hace tan solo unos meses. Con ese nombre tan rimbombante nos referimos en realidad a una versión revisada de una práctica simple y antigua: dejar que los niños se suban a una silla para que puedan alcanzar una altura mayor. Ya sabemos que las propuestas pedagógicas como Montessori son dadas a veces a darle nombres bonitos a todo…

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