Parecía que sí, parecía que no

No es difícil encontrar por ahí listas de prescindibles e imprescindibles para la crianza. Lo que uno incluye en según qué columna depende en buena medida del estilo personal con que cada familia afronta el día a día con sus hijos. Hay quien estima de primerísima necesidad tener un carro de 1.000€ con buenos amortiguadores y quien de buena gana invertiría esos mismos 1.000€ en 3 ó 4 buenas soluciones de porteo con las que cubrir todas las etapas motoras de su familia.

Este tipo de recomendaciones entrañan un riesgo para los padres primerizos que, como yo, no hayan tenido contacto alguno con el mundo de los bebés hasta el momento de estrenarse en esta aventura. No podemos descartar que terminemos sumando los imprescindibles de todos los demás mientras obviamos la prescindibilidad del resto. Porque, oye, «nunca se sabe».

Nosotros fuimos más de quedarnos cortos que de pasarnos en la compra. Preferimos ir incorporando artilugios a medida que íbamos descubriendo necesidades que habríamos sido incapaces de imaginar desde nuestra perspectiva de no-padres. Casi todo lo que acumulamos por exceso llegó a casa en forma de regalos, herencias y préstamos. Una pena que tantas buenas intenciones caigan en saco roto pudiendo haber cubierto otras necesidades más realistas.

En cualquier caso, nos hemos encontrado con objetos de puericultura que nos han resultado muchísimo más útiles de lo que habríamos imaginado, mientras que otros en los que habíamos depositado más esperanzas han terminado en esa estantería alta del armario en la que acumulamos aquello que no encuentra salida en Wallapop.

Los «parecía que no»

Funda de plátano

Habíamos descubierto esta funda de plástico rígido hace ya 8 ó 9 años, cuando vivíamos en Alemania. En aquel momento nos pareció una excentricidad propia de una ciudad plagada de modernetes; uno de esos artículos de tienda de variedades que te haría gracia regalar pero que nunca comprarías para ti mismo.

Funda de plátano

Los años pasaron y nació nuestra hija. 6 meses volaron y nuestra mochila de paseo empezó a llenarse de trozos de fruta con los que cubrir de manera práctica y saludable los almuerzos y meriendas fuera de casa. El plátano es particularmente fácil de comer para los niños que están empezando a conocer los sólidos, y en esta casa somos muy aficionados a comerlos a diario. ¿Qué pasa? Que no hay fruta que tenga más afición por ser aplastada que un plátano en una mochila.

Nos hicimos con la funda casi por casualidad mientras buscábamos algún otro cacharro en una tienda de menaje del hogar. Desde entonces no falta en ninguna de nuestras salidas y causa furor en el parque por lo práctico que resulta. No pesa nada y cumple lo que promete; ni más ni menos. Se acabaron los plátanos negros y los batidos obligados por frutas aplastadas que ya nadie quiere. ¡Un éxito bien barato!

Pañuelo para el pelo

No sé vuestras hijas e hijos de pelo largo, pero la nuestra ha pasado por todo tipo de etapas en lo que al cuidado de su cabello se refiere. Tuvo su temporada de pasión por las coletas, épocas de preferencia por las horquillas, y semanas de resistencia numantina ante la aproximación de cualquier tipo de peine o cepillo. Para evitar los enredos y, sobre todo, los pelos en la cara y el sudor en las sienes durante el verano madrileño, nos vino que ni pintado este pañuelo.

Pañuelo para el pelo

Lo encontramos también sin querer, un día que íbamos a la caza de regalos monos para terceros en esas tiendas de bebés modernos en la que todo nos gusta. El pañuelo no podría ser más fácil de poner, lo que es toda una ventaja para un padre torpón como yo que nunca había llegado a peinar ni una media melena. Es bastante más fresco que un sombrero de ala o un gorro y sujeta el pelo sin apreturas incómodas que animen a una niña de uno o dos años a arrancarse cualquier elemento que le moleste en la cabeza. Desde que nos hicimos con él no falta nunca en nuestro cajón de los peinados.

Vigilabebés

Creo que una de las áreas de la crianza que menos puede comprender quien no ha pasado por ella es la del sueño. Toda la logística que rodea las siestas, el momento de ir a la cama por la noche, los despertares nocturnos, el primer despertar por la mañana… es un mundo tenebroso lleno de leyendas y, por qué no decirlo, mentiras.

Nosotros solo creíamos tener una cosa clara: que dormiríamos los tres en la misma habitación. Sobre el resto éramos incapaces de hacernos a la idea de cómo sería nuestro día a día. Hasta tal punto llegaba nuestra ingenuidad, que estábamos convencidos de que no necesitábamos un vigilabebés. ¿Para qué, si vamos a estar juntos toda la noche?

Vigilabebés

Durante algunas semanas fue cierto que pudimos pasar sin él. Nuestra bebé exigía que sus breves siestas estuvieran acompañadas de contacto físico humano, y en las contadas ocasiones en que lográbamos dejarla dormida sobre la hamaca, la cama o el sofá la manteníamos junto a nosotros por si nos requería y para que se acostumbrara a dormir con ruido. Ay, con ruido… La de veces que habremos asesinado a alguien mentalmente por una voz más alta que otra durante una siesta.

Con el tiempo, nuestras rutinas evolucionaron y después de muchos intentos conseguimos que aquella niña pequeñita aceptara quedarse en su cuna a solas mientras nosotros terminábamos de cenar o devorábamos con temor un capítulo más de «Friends», la última serie completa que pudimos ver en un tiempo razonable. Descubrimos entonces que no podrían haber tenido más tino aquellos que nos regalaron un vigilabebés que pasó a ser imprescindible en una casa de distribución tan alargada como la nuestra. Desde entonces no falta siquiera en nuestra maleta cada vez que subimos un fin de semana al pueblo o a casa de los abuelos.

Los «parecía que sí»

La Tonga

Algún día contaré cómo ha evolucionado nuestra experiencia de porteo. Es una práctica que nos ha encantado a los tres desde que somos una familia, pero también hemos sufrido altibajos. Y es que no hay peor enemigo del contacto humano que el calor, y otra cosa no tendremos, pero de calor en España últimamente vamos bien servidos.

Apenas se intuía el inicio de nuestro segundo verano juntos cuando ya fuimos plenamente conscientes de que no podríamos seguir porteando mucho tiempo con nuestra mochila de porteo. La sangre norteña de nuestra hija hace que soporte el calor tan poco como su padre, y cualquier intento mochilero terminaba en un charco de sudor disfrazado de camiseta —la mía— o de vestido —el suyo—.

Tonga

Entre las alternativas de las que echamos mano está y estuvo la Tonga, una especie de bandolera de cordones que, eso sí se lo reconozco, más fresca no podría ser. Sin embargo, nunca hemos sido capaces de acoplarnos bien a ella. Nos resulta incómodo tener que sujetar a la niña con una mano y no resuelve sesiones largas de porteo cuando estamos fuera de casa y necesitamos, por ejemplo, que se eche la siesta mientras caminamos. Además, aunque ella nunca se ha quejado ni lo más mínimo, la red de cordones penetra inmisericorde en la carne blandita de sus muslos, y para cuando se baja de nuevo a caminar podría llegar a dar la impresión de que hemos grabado un patrón geométrico en su pierna con una escarificación. No, no nos convence.

Aspirador nasal

Los mocos son uno de los peores caballos de batalla de unos padres timoratos como nosotros. Es fácil agobiarse cuando adviertes la dificultad con que tu bebé respira en una de sus incontables ocurrencias mucosas. Se pasa fatal siendo testigo de cómo les cuesta conciliar el sueño, tomar el pecho o comer. No es raro, por tanto, que se hayan ideado soluciones de todo tipo para tratar de aliviar su congestión y facilitarles así las cosas.

Entre los inventos que llegaron a nuestras manos estuvo el aspirador nasal, tan popular hoy en día que se puede adquirir incluso en la breve sección de puericultura de cualquier pequeño supermercado generalista. Aunque su uso lleva aparejado cierto riesgo, admito que en un entorno controlado e ideal de pruebas funcionar, funciona. Nos parecía maravilloso ver aquellos pequeños mocos deslizarse de pronto por ese tubo transparente. Pero la maravilla duró poco.

Los niños no son tontos y no tardan en atar cabos y asociar estímulos y resultados. Y en cuanto nuestra hija conoció la realidad que escondía aquel trasto tan curioso, se acabó. No había forma de que se dejara introducir la boquilla por cualquiera de sus orificios nasales. Y muy mal se lo tendrían que estar haciendo pasar los mocos para que fuéramos a preferir hacerle daño intentando sujetarle la cara o meterle el aspirador de marras por las narices. Así pues, poco duró la alegría en casa del pobre. El aspirador pasó a mejor vida y desde entonces ocupa su lugar entre los objetos domésticos con los que se entretiene nuestra hija cuando juega con sus muñecos. Ella, eso sí, le ha encontrado un uso mucho más agradable como dispensador de zumo para bebés.

Termómetro infrarrojo

Tenemos que admitir que hemos tenido una suerte relativa en relación a la salud de nuestra hija. Si obviamos sus meses de guardería, durante los cuales no hubo fin de semana, puente o fiesta de guardar en que no tuviéramos cita con el personal de Urgencias, en general ha sido una niña considerablemente sana.

Termómetro sin contacto

A pesar de todo, también nos las hemos tenido que ver con los termómetros durante los picos de fiebre. Por algún motivo, los niños identifican estos pequeños aparatos con algún tipo de artilugio del demonio, y resulta poco menos que imposible tomar una lectura correcta de la temperatura en un ambiente de paz y armonía. Hay que soportar gritos y sujetar con más fuerza de la que nos gustaría un brazo al que parece abrasarle la piel el simple contacto con el dichoso invento.

Eso nos hizo animarnos a adquirir un termómetro sin contacto, algo que, de antemano, nos parecía una idea brillante. La realidad, no obstante, fue otra, y no tardamos en dejarlo de lado y volver a las peleas de antaño con una versión digital pero mucho más tradicional. Nunca fuimos capaces de hacernos con el funcionamiento del termómetro infrarrojo. En cuestión de minutos éramos capaces de obtener lecturas con una variación de temperatura que, de haber sido real, habría resultado muy preocupante en un ser humano vivo. Quizá es torpeza nuestra; quizá falta de fiabilidad del aparato. Nunca lo sabremos.

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