Camino

Camino, papá; camino, mamá

El de la paternidad es uno de esos viajes plagados de sorpresas y aprendizajes inesperados. Descubres una versión de ti capaz de aquello que nunca te habrías imaginado haciendo; adquieres habilidades y conocimientos que jamás pensabas que aprenderías. Como cuando una siesta mal planificada te enseña a quitarte unos pantalones sin usar las manos para poder subir a la cama reptando de rodillas y, en un escorzo imposible, depositar con suavidad sobre el colchón un bulto inerte de 12 kilos blanditos de puro amor.

Pero también aprendes cosas importantes de verdad. Una de aquellas en las que nunca había caído es en que aprendería a ser mejor hijo o, quizá más bien, a ser al menos un hijo más completo, uno que comprende mejor a sus padres. Porque sí, amigos, quien elige no recorrer la etapa de la paternidad se pierde vistas fundamentales en el camino que uno completa como hijo.

Si son difíciles la vida en sociedad y la convivencia es, entre otras muchas cosas, porque nos resulta enormemente difícil —cuando no imposible— entender lo que está viviendo el otro. No siempre podemos ponernos físicamente en su lugar, y a menudo no es suficiente con hacer un ejercicio de imaginación y empatía, no. Hay que vivir lo que el otro vive para sentir lo que siente. Y cada uno siente la paternidad como su corazón le sugiere, pero las situaciones ante las que debemos encontrar ese sentimiento son y serán siempre las mismas. Las noches en vela; los «no me gusta» delante de un plato intacto; los gritos en la bañera; las esperas interminables; las lágrimas inesperadas; las horas en el trabajo con ese «¿cómo estará?» rondando en la cabeza.

La mía particular apenas ha querido comenzar. Tan solo empiezo a intuir lo que papá y mamá, los míos, hicieron —y siguen haciendo cada día— por mí. Mamá y yo no estamos siquiera cerca de conocer el otro lado de aquella adolescencia nuestra —tan difícil la mía—, con esas noches de miradas al reloj digital de la mesa camilla. «¿Cuándo volverá? ¿Y cómo?».  Tampoco podemos quejarnos de unos terrible two tan terribles, aun cuando ya nos cuesta mantener la cordura y dosificar la paciencia. No tenemos que cuidar de dos hermanos que se pelean y que lo quieren todo igual que el otro. Nunca hemos tenido que contemplar impotentes cómo la vida de una hija amenazaba con colarse entre los dedos en manos de una enfermedad que lo fía todo a las fuerzas en que uno haya elegido creer.

Hemos empezado a conocer las dudas, las preocupaciones y el miedo. Nos hemos dado la mano con esas noches en Urgencias, a veces lejos de casa, llenas de lamentos que no terminaban. Elegimos cada día nuestras privaciones, que nosotros entendemos como felices elecciones más que como resignadas renuncias. Escuchamos y respondemos cada «¿y por qué?» y cada «¿cuándo llegamos?», ecos seguramente de los que mi hermana y yo proferíamos en aquel SEAT Ronda dorado sin aire acondicionado. Anhelamos los libros que ya no encontramos cuándo leer y las películas que ya nunca estrenaremos, los mismos que vuelven otra vez a encontrar un hueco en las horas cada día más tranquilas de los abuelos.

Solo empiezo a atisbar la magnitud del regalo que nos hicisteis y, sin embargo, no puedo evitar darme cuenta de que nunca os podré estar suficientemente agradecido.

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