Moderación o abstinencia

Moderación o abstinencia

Ya me pasaba antes de aparcar el trabajo, pero desde que paso tantas horas a solas con una niña pequeña le doy muchas más vueltas a las cosas. De esas vueltas nacen muchas de mis entradas, como vía de escape para no volverme loco y para sintetizar los argumentos en uno y otro sentido que componen las discusiones con las que mi monologuista interior me tortura. Así llego hoy otra vez aquí, dispuesto a volver a cogérmela con papel de fumar para desesperación vuestra.

Una preocupación un poco cínica

Esta semana se alarmaban los contertulios del Hoy por hoy de la SER. Al parecer, Youtube y otras plataformas similares no deberán dejar de emitir publicidad de bebidas alcohólicas de alta graduación, a diferencia de lo que algunos habían interpretado en un primer momento. Teniendo en cuenta que cada vez son más los niños —no digamos ya los jóvenes— que acceden habitualmente al contenido disponible en ese tipo de canales, se observa ahí una fisura curiosa en el alcance de la regulación de la publicidad de dichas bebidas en nuestro país. Sobre lo que ven nuestros hijos en sus pantallas y la necesidad o no de supervisión por nuestra parte podemos discutir otro día…

Esa preocupación en voz del nutrido grupo de comentaristas me ha dado que pensar: ¿tiene algún sentido acudir armados de prohibiciones a los fabricantes sin revisar antes lo que presencian nuestros hijos cada día a nuestro lado? La experiencia acumulada durante años de cínica lucha contra el tabaquismo hace ver que limitaciones en la publicidad pueden ser positivas de cara a la reducción del consumo. Pero ¿no estamos viendo pajas en ojos ajenos? No soy capaz de imaginarme a un padre fumador tratando de evitar que sus hijos entraran en contacto con anuncios de Marlboro y, sin embargo, es precisamente eso lo que estamos haciendo como sociedad en conjunto. Un poco sinsentido, ¿no os parece?

El desencadenante: cervezas en el parque

Ya venía yo rumiando una reflexión como esta desde hacía algunas semanas. Estábamos en el parque, poco más allá de las 11 de la mañana. Un par de parejas de padres con sus churumbeles parecían estar manteniendo algún tipo de reunión en una esquina del área de juegos mientras tomaban notas en una libreta. Terminaron su tarea y, para celebrarlo, no se les ocurrió nada mejor que abrirse unas latas de cerveza y unas bolsas de patatas entre los columpios. Me pareció en su momento que aquel distaba mucho de ser el mejor lugar para ese tipo de ocio, y como el día vino completito en aventuras de parque me lancé con un par de tuits quejándome del mal ejemplo que damos a los niños.

Un día entretenido en el parque

A mis tuits siguió una muy interesante conversación con un buen amigo mío que no lo veía del mismo modo que yo. Me hizo reflexionar sobre la presencia de los niños en los bares, sobre la percepción que tenemos en España del consumo de alcohol en la calle, y sobre lo complicado que es discutir sobre un asunto tan complejo como este, en el que se mezclan argumentos de salud pública con usos culturales profundamente arraigados.

El alcohol forma parte del día a día de una gran parte de la población española. Para unos es inherente a sus ratos de ocio; para otros, forma tan parte de la puesta de mesa como el trozo de pan al lado del plato. Durante siglos se ha ignorado cualquier posible efecto perjudicial asociado a su consumo. Ahora que algunas voces empiezan a advertir acerca del peligro, otras contraatacan con supuestos beneficios cardiovasculares o propiedades milagrosas que incluso nos ahorrarían una hora de gimnasio.

Un salto de fe: ¿hay dosis «moderada» y saludable?

Hay, por tanto, un primer paso antes de la preocupación por la relación que nuestros hijos establezcan con las bebidas alcohólicas. Se trata del ejercicio crítico que solo puede hacer cada uno para decidir con qué pierna realiza su salto de fe: si con la izquierda para creer a quienes aportan estudios favorables a la copa de vino diaria; o si con la derecha para sumarnos al carro de quienes abogan por un «cuanto menos, mejor» como base de cualquier decisión relacionada con el consumo alcohólico. Yo por mi parte hace tiempo que puse rumbo hacia esta segunda opción, consciente aun así de que para el consumidor medio resulta francamente difícil discernir las conclusiones de los estudios serios de aquellas procedentes de trabajos poco éticos o mal diseñados. Porque sí, amigos, hay médicos con largos y rimbombantes títulos detrás de su apellido apoyando ambos tipos de argumentos. Y eso es un problema.

Para esta entrada parto por tanto de esa base: creo que el alcohol no es bueno, en ninguna dosis. Me convencen más los argumentos y la documentación que leo en esa parte de la discusión. Puede que en pequeña cantidad el perjuicio sea difícilmente valorable; puede que un consumo «moderado» tenga efectos positivos sobre algún mecanismo de nuestro organismo; pero en general, la lista negativa parece bastante mayor y mejor documentada. Cada uno que se informe como crea conveniente y se posicione…

Una decisión con consecuencias

A partir de ahí acepto la posición no alarmista de que «de algo hay que morir». Entiendo que a mucha gente le parezca un mal necesario que ayuda a pasar un rato divertido. Acepto que me llamen exagerado, que me digan que hay que disfrutar de la vida y que no merece la pena prescindir de todos esos pequeños vicios que le dan alegría: alguna guarrería que llevarnos al estómago, las cañas de después del trabajo, el «piti» del sábado por la noche… Ahora bien, yo no estoy hablando de la decisión que como adultos tomamos. No discuto si es irresponsable o si es aconsejable beber una copa de vino al día, o más, o menos, sino de cómo esa decisión influye en nuestros hijos y de lo que nos gustaría que ellos hicieran a su vez si su decisión futura dependiera en alguna medida de nosotros.

Nuestra hija nunca nos ha visto beber alcohol ni a mamá ni a mí. Alguna cerveza «sin» —si es que se puede llamar cerveza— es lo más parecido, aunque de eso hablaré después. Sorprendentemente la palabra «vino» pasó a formar parte del limitado vocabulario que manejaba cuando aún no hablaba demasiado. La aprendió con los abuelos, siempre intrigada por lo que beben y comen los demás cuando compartimos la mesa. Los niños son tremendamente impresionables en el sentido más físico del término: no necesitan ser testigos de algo muchas veces para que se les quede grabado. Desde muy pequeña, a nuestra hija le fascina que sus abuelos beban vino, le hace gracia incluso. Se ríe cuando lo vierten desde el porrón hacia la boca abierta delante de ella como un escenario, o cuando bromean diciendo que uno es un «borrachón» —aunque no lo sea en absoluto—.

La cultura de la fiesta

Nuestra cultura, como tantas otras, agrupa alrededor de las celebraciones costumbres que distan mucho de resultar saludables. Un adulto puede entender que los excesos cometidos en un evento especial son eso, especiales por puntuales. Un niño en cambio puede asociar fácilmente el buen humor, el buen ambiente, la reunión familiar o de amigos… con el beber más todavía, con las bromas sobre cuántas botellas se ha terminado cada sector de la mesa. En nuestra casa una tarta es un postre para una ocasión muy especial. Sin embargo, después de enlazar varios cumpleaños seguidos en poco tiempo, nuestra hija adora jugar a cocinar y comer constantemente tartas imaginarias, que en un instante sustituyeron a los pescados que cocinaba antes en la sartén con la que juega. ¿Es eso malo? Supongo que no, pero me hace ver claramente la influencia que nuestro ejemplo puntual puede tener en una niña pequeña.

A partir de la experiencia y las reflexiones anteriores debatíamos un día mamá y yo acerca de cuál debía ser nuestro objetivo al respecto: ¿que nuestra hija ya adolescente no beba nada? ¿Que beba con moderación? ¿Que haya reunido la personalidad suficiente para decidir qué quiere hacer con independencia de la presión social?

El entorno

Porque esa presión existe y es muy fuerte, no nos engañemos. Mis treinta y tantos años y yo hace mucho que no prueban apenas el alcohol y, aun peinando canas, sigo teniendo que aguantar bromas sobre por qué no quiero beber tal o cual mejunje. Las coñas que un adulto torea con facilidad no son nada al lado de lo que puede tener que llegar a soportar un adolescente que prefiere pasar. Hoy en día, recibe más apoyo quien deja de consumir leche, jaleado por los enemigos de ese «veneno blanco», que alguien que rechace una copa en un evento social.

A mí nunca me gustó el alcohol como tal, siempre preferí las bebidas dulzonas que camuflaran al máximo su sabor. Aun así, bebía cada fin de semana como parte de la rutina del grupo. Nadie me obligaba, pero era lo que había que hacer. De vez en cuando me daba la neura rebelde y me llevaba un cartón de zumo al botellón en una de mis infinitas intentonas por dejarlo. Al menos tenía la suerte de contar con un grupo cercano de amigos razonable y respetuoso, pero no era el caso de los círculos más amplios que siempre terminaban reuniéndose alrededor de la borrachera colectiva. A mí no me gustaba el alcohol y, sin embargo, me tuvieron que llevar a casa y tirarme por la puerta en alguna ocasión. Compartía noches llenas de lagunas con amigos de amigos que presumían de su capacidad para vomitar y poder seguir bebiendo, como si eso fuera algo de lo que sentirse orgulloso.

Cuando nuestra barba hipster era aún una pelusilla ridícula constituía una aventura en sí mismo el proceso de adquisición del alcohol, pero siempre había algún adulto voluntarioso dispuesto a granjearse la admiración de un grupo de pre-adolescentes. Estoy seguro de que yo mismo desempeñé ese papel años después en alguna que otra ocasión; así de lelo era… Cuando el jolgorio se desmadra una vez cada 5 ó 6 meses y muere una niña de 12 años nos llevamos las manos a la cabeza. Las mismas manos que se llevan a los oídos los vecinos que han sido agraciados con el nacimiento de un botellón de quita y pon bajo su ventana cada fin de semana. Por lo demás, asumimos que con algo se tienen que entretener los jóvenes y si nosotros no concebimos una salida con amigos sin alcohol de por medio cómo vamos a pretender que ellos se diviertan de otra manera…

Cuando llegamos a esa edad complicada es inútil exigir responsabilidad. Una mente en plena ebullición adolescente no entiende de consumo responsable, porque precisamente vive enfrascada en la experimentación y la ruptura de sus propios límites. La tarea educativa tiene que haber sentado unas bases sólidas mucho antes. No podemos convencer a un adolescente de que debe esperar a cumplir 18 años si quiere probar aquello que nos ha visto beber a nosotros una vez tras otra.

¿Educar en la abstinencia o educar en la moderación?

En una cultura así es imposible, inútil y probablemente contraproducente aislar a un niño de semejante entorno. Por eso mismo me pregunto hasta dónde debería llegar nuestro ejemplo familiar para contrarrestar el efecto de toda esa influencia en sentido contrario: ¿servirá de algo la abstinencia en este caso? Nuestra hija de poco más de 2 años ya tiene siempre a punto un «¿y tú qué bebes?» o un «¿y ese niño qué come?» cuando presencia el consumo de productos que no le resultan familiares o que ella al menos no ha probado. La respuesta fácil y habitual de que algo es malo para los niños pero bueno para los adultos resulta tan poco creíble como probablemente insultante para su inteligencia.

Todo este galimatías sobre moderación y abstinencia nace también del convencimiento que tengo de que prohibir en casa no es la solución. Por eso me gustaría que mi hija llegara a esa edad peliaguda habiendo interiorizado que el consumo de alcohol no es ni bueno ni, sobre todo, necesario. Si ella con la madurez que haya alcanzado decide asumir las consecuencias y opta por hacer que forme parte de su tiempo de ocio, veremos cómo lo gestionamos. Mientras tanto, yo por lo menos trataré de que en mí no vea ejemplo alguno de que alcohol y diversión, alcohol y sociedad, alcohol y tiempo libre… están en modo alguno asociados.

En mi caso es un esfuerzo relativamente pequeño. Hace ya muchos años que dejé de lado cualquier tipo de alcohol de alta graduación y desde que mamá se quedó embarazada por primera vez, en cierta medida por solidaridad con su obligada abstinencia, apenas he bebido alguna cerveza. Las alternativas «sin» no me parecen en este caso más que un mal menor, igual que sucede con la bollería o las galletas sin azúcar. Un niño pequeño no entiende si le damos azúcar o edulcorantes sustitutivos del mismo. Solo sabe que si lo prueba, le gusta ese dulzón artificial al que no estaba acostumbrado, y quiere más. Nuestra hija de poco más de dos años ya ofrece en su restaurante imaginario «alcohol sin cerveza». Cualquiera diría que nos pasamos el día por ahí de cañas…

Ejemplos fuera de casa

El ejemplo de casa me parece fundamental y el más importante. Sin embargo, como me sugería ese amigo que no veía igual que yo el caso de las cervezas en el parque, ¿qué sucede con los bares? Los de copas tienen prohibida la entrada a menores y, en cambio, somos muchos los padres que llevamos a los niños con nosotros y con normalidad a bares de alterne de los de pincho y tapa. Y es cierto, a mí me chirrió enormemente ver padres bebiendo en la zona infantil de nuestro parque, pero no era consciente de la cantidad de veces que hemos ido con nuestra hija «a tomar algo». Ya antes de plantearme todo esto tenía claro que un fin de semana en casa rural con el alcohol como hilo conductor de todas las actividades de un grupo de amigos con hijos no iba a ser un plan para nosotros. ¿Pero dónde podemos dibujar el límite?

Las apuestas deportivas y el juego en general también resultan divertidas puntualmente y para un rato. Si lo haces de vez en cuando con la calderilla que te sobra puede parecerte gracioso, pasas un trance emocionante, incluso puede que ganes algún beneficio extra. Si juegas mucho, demasiado, puedes joderte la vida a ti y arruinar la de tu familia. No se nos ocurre llevar a nuestros hijos a diario a casas de apuestas, ¿a que no?


 

En fin, una vez más tengo más preguntas que respuestas. Aun así, yo ya he elegido mi opción. No sé si será el camino correcto, pero por lo menos es un camino. En este asunto no voy a quedarme a esperar a ver qué pasa y a lamentarme porque el Gobierno del «¡viva el vino!» no tome medidas por mí.

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4 comentarios sobre “Moderación o abstinencia”

  1. Tema complicado como bien dice Diana por el entorno… Nosotros en casa dejamos de tomar los mal llamados refrescos (bueno, en realidad mi marido, yo en casa a diario nunca he tomado) para evitar dar mal ejemplo a nuestro hijo. Alguna vez y para celebrar algo sí sacamos una botella de vino (tres veces al año y ni eso…), y en cuanto a salir a tomar algo… Creo que esto es un poco como lo de “si sales fuera a comer es imposible comer bien”. Habrá que tener cuidado qué pides, porque están las opciones sin alcohol. Es decir, un mosto (vale, lleno de azúcares, pero sin alcohol, es pequeño y no se toma a diario, quizá semanalmente o ni eso), o una cerveza, que en mi opinión siendo sin alcohol es incluso sana (y lo siento pero en esto no comparto contigo lo de alimentos con azúcares o con edulcorantes, porque los alimentos con edulcorantes serán “procesados” y están acostumbrándote a productos insanos frente a opciones saludables como la fruta, pero la cerveza sin alcohol no tiene que incitar a tomar con alcohol, vamos creo yo…). En todo caso, yo confío que también en esto (como en la lactancia, o la mala alimentación) en unos años (veinte?…) la educación haya cambiado en cierto modo la cultura, e igual que ya no pasa nada porque no se pueda fumar en los bares también sea mucho más habitual poder “alternar” sin que ello implique “alcoholizarse” sí o sí.

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    1. Yo creo que tú y yo —o vosotros y nosotros— compartimos bastante lo que entendemos por sentido común, jajaja. Estoy de acuerdo contigo en que la cerveza sin alcohol sea probablemente de lo más sano que podemos consumir en un bar; de hecho, es lo que pedía habitualmente durante prácticamente todo el primer año y medio de nuestra hija cuando salíamos por ahí. Quizá el símil con los productos «sin azúcar» no era acertado al 100%, tienes razón. Esos productos pueden ser poco sanos en sí mismos, incluso acostumbrar el paladar a un dulzor y un sabor graso excesivo que después no se encuentra en la comida digamos «de verdad». Con la cerveza apunto más al estímulo visual, a que nuestra hija ve que lo que tomamos es cerveza, con independencia de si es con o sin alcohol. Da lo mismo si es sana o no porque ella no la va a probar ni va a engancharse a su sabor.

      En cualquier caso, está claro que el ejemplo más importante es el que reciben a diario en casa y no tanto el de las situaciones excepcionales. Estoy convencido de que a un niño le influye mucho más lo que ve hacer a sus padres en casa que lo que pueda ver en un anuncio de Beefeater con la cara de Daviz Muñoz (que es un caso que denuncian a menudo algunos de los nutricionistas más implicados en este tipo de luchas).

      Ojalá la cosa vaya cambiando como dices.

      ¡Un abrazo y muchas gracias como siempre por tu aportación!

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  2. Ay, qué fácil y qué difícil el tema que comentas. Es como el resto de cosas de las que siempre hablamos: ¿cómo controlas el entorno? Tengo que decir que incluso nosotros mismos no habíamos caído en algo así y de vez en cuando nos hemos tomado una cerveza. Y en casa la verdad es que sí que tenemos alguna artesana y sin alcohol que tomamos de pascuas a ramos. O cuando viene alguien. Parece que es cierto que cuando nos juntamos con alguien el “tomar algo” se convierte en una obligación; y que asociamos ocio y alcohol. Cuesta cambiar el chip y eso me lleva a la conclusión de que cuando dicen lo de “siempre se ha hecho así y no ha pasado nada” en realidad sí que pasa; y pasa que hemos normalizado algo que es tan perjudicial como el tabaco. Al final creo que todo son cuestiones culturales. Para nuestra desgracia.
    Jo, me quedo preocupada y con muchas preguntas acerca de lo que hemos hecho hasta ahora. Te doy toda la razón.

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    1. Bueno, Diana, tampoco hay que volverse locos, que te leo eso de que «de vez en cuando nos hemos tomado una cerveza» y te veo un neón de «CULPABLE, CULPABLE» en rojo parpadeando en la frente XD. Es cierto que digo que los niños se fijan en todo un montón, y vosotros sabéis como nosotros que con una vez que vean o prueben algo tienen más que suficiente para crearnos un dolor de cabeza. Pero al final lo importante es el día a día y el ejemplo constante. Y bueno, hablamos de cerveza casi como bebida refrescante, no de ponernos como las Grecas cada tres días. Si os apetece y os gusta, tampoco hay que torturarse con todo, ¿no? Al final llega un punto en que casi lo único que podríamos beber en un bar es agua, y no veas la rabia que me da pagar por el agua cuando salgo, jajaja. Lo malo es la normalización y la banalización de conductas que nunca deberían llegar a ser la norma habitual del día a día de un chaval o una chavala.

      Nunca hay una respuesta fácil, ¿eh?

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