Tres canciones para no dormir

3 canciones para (no) dormir – Volumen 2

Hace tiempo que os hablé ya de nuestras tres primeras canciones fetiche para dormir a la que por aquel entonces aún debía de ser una bebé, ya grandecita, pero bebé al fin y al cabo. Han llovido siestas y noches desde entonces, pero el sueño sigue siendo uno de los asuntos que más inseguridad me genera y que más me trae de cabeza. ¿Pero por qué no se duermen?

El gusto musical de nuestra hija va evolucionando al mismo ritmo con que ella deja atrás tallas de ropa y números de pie. Le chiflan los coros (su más favorito del mundo mundial es el «O Fortuna» de Carl Orff) y los tambores, y siempre que se acuerda de pedirnos que pongamos música en casa insiste en que pinchemos algo «de esos chicos», refiriéndose a Corvus Corax, un conjunto muy peculiar que hace ya tiempo se coló entre mis debilidades. «Son mis amigos» dice la tía… Menudas películas se monta.

Así pues, también hemos debido actualizar nuestra lista de temas infalibles para acompañar su sueño. Sinceramente, no tengo ni idea de si sirven para algo. En cualquier caso, este es el podio definitivo:

1. «The kiss» de Trevor Jones

Nuestra retoño nunca fue amiga del momento del baño. Guiados por el escándalo de sus protestas, bien podrían haber pensado los vecinos que la estábamos sumergiendo en agua hirviendo cuando era bebé. Era inútil por tanto tratar de convertir el momento del baño en parte de la rutina de relajación previa a la hora de acostarla.

A cambio, y particularmente desde que estamos los dos a solas durante el día, hemos construido nuestro propio ritual acuático que gira fundamentalmente en torno a la música. Desde el momento en que empieza a chapotear ponemos en marcha mi fantástica lista de reproducción, una que bajo el título de «Molonas» agrupa temazos de lo más variopinto, de los que dan ganas de bailar y de los que erizan el vello.

Cuando sale del agua vamos alternando un baile en brazos piel con piel con cada uno de los pasos que siguen al baño. Bailamos una canción; nos peinamos. Bailamos otra canción; nos echamos crema. Bailamos una más; nos ponemos el pañal y la ropa. Y es ahí, en esos deliciosos momentos de brazos al ritmo de la música que a mí más me gusta cuando a veces sucede algo mágico: el demonio de Tasmania que posee a mi hija se relaja.

Entre mis «Molonas» hay unas cuantas que ella y yo identificamos como «de cerrar los ojos». Ponemos cara de sentimiento flamenco, bajamos los párpados, y escuchamos. De todas ellas esta es nuestra preferida, la única que ha conseguido que la relajación toque con los dedos el extremo final del sueño profundo. Imposible no emocionarse con esos violines; a mí me ponen la piel de gallina.

2. «Für Elise» de Ludwig Van Beethoven

Además de poder dedicarle tanto tiempo al ritual del baño, otra de las ventajas de tener a nuestra hija en casa es que puede descansar tanto como necesite. Por las mañanas es ella la que me despierta a mí y, salvo necesidad imperiosa, las siestas de la tarde terminan cuando ella decide que ya no quiere dormir más. Eso no quiere decir que no ponga algo de mi parte para añadir un poco de cordura si la cosa se prolonga más allá de las dos horas, pero por lo general ella duerme un tiempo razonable y a mí me da tiempo de hacer la comida o la cena y dejar la cocina recogida.

Hay días, eso sí, en los que la siesta amenaza con ser peligrosamente más corta de lo normal. Si tiene demasiado calor, si le pica la pierna, o si un vecino da un portazo, sus ojazos brillan de pronto en el vigilabebés y el equilibrio de nuestro universo se tambalea. De pocas cosas nos habremos arrepentido más durante estos dos años que de permitir que nuestra hija no duerma la siesta reglamentaria de la sobremesa. Cansada como llega entonces al final del día, todo se torna en un circo de los horrores a la hora de preparar la cena, asearnos y prepararnos para dormir. Nunca máis.

En esos casos, intento por todos los medios conseguir que caiga frita de nuevo, aunque me cueste unas patatas pegadas al fondo de la cazuela. Una de mis tácticas favoritas es el baile, y la canción perfecta para acompañarlo ha demostrado ser esta preciosa pieza romántica de piano para aquella tal Elisa. «La del piano», como la llama ella, acaba con el levantamiento en armas de sus ganas de fiesta. Una vuelta, dos vueltas… y ya no brillan los ojazos.

Cuando era pequeño, la panadería del barrio tenía a la puerta uno de esos inventos del demonio para cualquier padre: un caballito con moneda. La melodía que aburría una vez tras otra sobre el viento que acecha sin remedio en la esquina de mi calle era la misma que hoy acuna a mi hija en brazos.

3. «Nirvana» de El Bosco

La madre del cordero, el súmmum, el paradigma de nuestras canciones para dormir… el mismísimo Nirvana, vamos. Todo eso podría ser esta canción que yo adoraba y que ahora lucho por no aborrecer.

Durante nuestras primeras semanas mano a mano, era yo quien cantaba a la hora de irnos a dormir la siesta. Poco a poco, sin embargo, me di cuenta de que resultaba más efectivo —y menos pesado para mí— poner música. Un día cualquiera se me ocurrió probar con este tema de la New Age y triunfé. Desde entonces, «Nirvana» se ha convertido en «la de siempre» en palabras de mi hija, que la reclama para mi desesperación incluso en alguno de sus cada vez más escasos despertares nocturnos.

Lo cierto es que a estas alturas ya podríamos prescindir de la canción con toda seguridad, como así hemos hecho de vez en cuando por diversos motivos. Mientras tanto, reconozco que me ha resultado bastante útil haber llegado a asociar esas notas iniciales con el ritual del sueño. Llevando la melodía en el móvil, hemos podido convertir en un éxito sencillísimo siestas en los lugares más inverosímiles. En cuanto sonaban los primeros compases, se apoyaba sobre el hombro y cerraba los ojos. Que los cierre ahora es una nueva batalla, pero eso ya es harina de otro costal.

Todo tiene una contraprestación, y tantos meses de sueño fácil no podían ser gratuitos. Hasta tal punto llegó mi relación con la canción escuchada en bucle una vez tras otra que ya medía lo fácil que había sido dejar a mi hija dormida en la cama en función del número de repeticiones que había consumido. Si pasaba de una tercera reproducción empezaba a hervirme la sangre en las venas. Con una media aproximada —y probablemente optimista— de 3 repeticiones diarias durante 314 días, puedo garantizar que en menos de un año he escuchado esta misma canción más de 1.000 veces. Si eso no es amor al arte, que baje Dios y lo vea.

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