Excedencia: un precio relativo

Un precio relativo

Cuando mi jefe me preguntó por primera vez cuándo tenía pensado reincorporarme tras mi excedencia no tenía muy claro cuánto tiempo nos aguantaríamos mi hija y yo. Ya intuía, sin embargo, que lo que empezó como la solución a un mes de agosto sin guardería probablemente se extendería. «Sé que sea cuando sea, me parecerá demasiado pronto». Un buen puñado de meses brevísimos hechos de días eternos en los que apenas encontraba tiempo para hacer nada ya son historia. Historia familiar, al menos. Y a medida que el final se acerca es hora de hacer balance.

En estos casos hay una pregunta cuya respuesta resume perfectamente la experiencia: si tuviera que volver a tomar esta decisión, ¿repetiría? Y la respuesta es que sí, que una y mil veces, que haría lo que hiciera falta para poder disfrutar otra vez del año que hemos vivido juntos los dos, los tres. Un año «en blanco» desde el punto de vista de una sociedad centrada en la producción y el consumo tiene un precio que hay que estar dispuesto a pagar. Una parte se paga en forma de renuncia laboral; otra, quizá la más inmediata e importante para la mayoría, en metálico. Pero quizá la que menos en cuenta se tiene es la factura personal, la del esfuerzo físico, la del agotamiento mental, la de la soledad… Porque no, una excedencia para cuidar de un niño pequeño no son unas vacaciones.

El precio puede parecer más o menos elevado en función del sistema de valores y prioridades que rija la vida de cada uno. Para mí, en nuestro caso único y particular, es un precio irrisorio si tengo en cuenta todo lo que he comprado a cambio.

Una alimentación cuidada

Ni mamá ni yo somos nutricionistas. Entendemos, eso sí, que es responsabilidad primordialmente nuestra que nuestra hija reciba una alimentación sana y equilibrada y ponemos todo nuestro esfuerzo en informarnos y actuar para que sea así.

El día que seamos incapaces de organizarnos para seguir haciéndonos cargo de esa responsabilidad, tendremos al menos la seguridad de haber hecho todo lo posible para que una niña ya algo mayor llegue al comedor escolar habiendo aprendido a comer.

Queremos creer que nuestro pequeño granito de arena ha contribuido a que devore el pescado sin necesidad de dárselo en forma de palitos rebozados; a que disfrute con sus buenas piezas de fruta diarias aunque no vengan exprimidas en un zumo con pajita; o a que encuentre que un yogur natural como mandan los cánones es un postre delicioso tal cual, sin azúcar ni aromas de fresa que no han olido una fresa ni por carta.

Hay comedores excelentes en escuelas y colegios, pero también los hay que presentan un menú desastroso que lo único que persigue es la comodidad y la garantía que dan unas salchichas con kétchup y patatas fritas. Seguro que muchos habéis conocido casos de niños que dejan de comer por imitación de otros con un paladar menos tolerante. De momento, ese es un dolor de cabeza que nos hemos ahorrado en esta casa.

Una paternidad en primera persona

Hace un par de meses empezamos a buscar una nueva escuela infantil en el barrio de cara a nuestra organización familiar después del verano. Durante una de las visitas vivimos una anécdota que nunca se me olvidará: mientras la directora nos guiaba por las aulas, nos encontramos con una educadora grabando con mimo los tambaleos de una niña que trataba de dar sus primeros pasos. Con una sonrisa tierna nos confesó que el vídeo era para los padres de la niña, para que no se perdieran el momento en que su hija aprendió a caminar.

Yo me perdí muchos instantes como ese durante el primer año y medio de vida de mi hija. Me quedaba el consuelo, quizá, de que al menos mamá sí pudo ser testigo de todo aquello. Que ambos progenitores puedan vivir al completo los primeros años de vida de un hijo es una empresa épica en un país con un modelo laboral y social como el nuestro. Nosotros hemos tenido la suerte de poder permitirnos que al menos uno de los dos haya estado siempre presente durante buena parte de esos meses únicos e irrepetibles.

Perderte los primeros pasos de tu hija es la anécdota agridulce de un tonto romántico, pero en el fondo no deja de ser un símbolo de todo a lo que renunciamos a cambio de no se sabe muy bien qué promesas de prosperidad y un futuro mejor. Lo he dicho antes y lo vuelvo a escribir hoy: de un modo u otro, mejor o peor, nosotros volveremos a trabajar; nuestros hijos, en cambio, nunca volverán a ser pequeños.

Una relación sólida

Cuando me escuchaba a mí mismo contarlo en el trabajo me sonaba exagerado. «Hay días en que, entre pitos y flautas, llego a casa y no estoy con la niña ni una hora». El primer año de mi hija no fue siempre fácil para mí como padre. Vivimos etapas de rechazo en la que esa popular «mamitis» —cómo odio que usen ese término— llegaba a extremos dolorosos para un padre que no debía de pasar de ser aquel señor que llegaba a casa por las tardes.

Desde que nuestra hija cumplió 6 meses le escribo un diario de cien palabras. En aquella época no era raro que me faltaran cosas que decirle cuando apenas me había dado tiempo a buscar su complicidad en aquella hora escasa que pasábamos juntos. Hoy, cien palabras se quedan a menudo cortas para hablarle de todo lo que hemos hecho y de cuanto me ha hecho sentir.

La convivencia es difícil con cualquier persona, más aún con una que todavía es chiquitita y está aprendiendo precisamente eso, qué significa convivir. Pero también es hermosa por la profundidad con la que llegas a conocer a ese compañero de circunstancias. Y gracias a todo este tiempo que hemos pasado juntos puedo presumir de conocer y entender a mi hija como nunca habría imaginado meses atrás. Y ella me conoce a mí, y sabe lo que puede esperar de mí. Nadie me tiene que explicar lo que ha aprendido hoy, lo que le gusta, o lo que ha descubierto con el último cuento que ha llegado a la escuela.

Paciencia

¿Habéis visto el corto «Alike»? Si no es así, os recomiendo que lo hagáis. A mí me emocionó porque me vi representado en ese padre descolorido que tiene prisa. Es una situación que he vivido demasiado a menudo, especialmente durante aquellos meses en los que tenía que dejar a mi hija en manos de terceros para salir disparado hacia el trabajo y hacer honor al nombre de este blog a pesar del patinete y los atajos de Waze y Google Maps.

Ahora todo es distinto. Cuando vamos por la calle podemos pararnos a contemplar, a aprender, a admirar con curiosidad. La comida puede esperar diez minutos si es necesario soplar los abuelos de todos los dientes de león que enmarcan el muro que rodea el parque. La siesta puede retrasarse un poco si la excavadora que ayer vimos aparcada en el barrio hoy está abriendo las entrañas de la tierra como ninguna pala de arena de parque puede hacer.

Tener la suerte de poder esperar es un regalo de valor incalculable cuando se debe tratar con un niño. No hay ninguna prisa por desayunar nada más levantarnos. Es más, no hay prisa alguna tampoco por levantarnos. No pasa nada si salimos a la calle antes o después; si hay que hacer hueco para una voltereta más sobre la cama antes de vestirnos para bajar a comprar.

A menudo he leído a padres y madres preguntando dónde venden más paciencia. Lo más parecido que he encontrado a algo semejante es esto: poder comprar tiempo para esperar. ¿Cuánto vale para vosotros el tiempo?

Amor a mamá

No hay empatía suficiente que permita entender por completo aquello por lo que pasan las personas que nos rodean en situaciones que nosotros no hemos vivido. Podemos hacer un acercamiento, pero es imposible sentir por ellos. El embarazo, el parto, la lactancia materna… El viaje que hace una madre está hecho de etapas que nosotros solo podemos compartir en el asiento del copiloto, y así debía de sentirme yo cuando trataba de comprender por qué mamá decía lo que decía al verme llegar a casa del trabajo.

Yo quería que ella descansara. No entendía por qué se empeñaba en querer levantarse a fregar, a cocinar la cena o la comida del día siguiente. «Quédate en el sofá, no te preocupes. Ya lo hago yo». Como si con un bebé de meses tan demandante pudiera haber hecho ella alguna otra cosa durante el día que no fuera estar con nuestra hija en el sofá. Pero había mucho por hacer y era difícil encontrar tiempo para estar los tres juntos.

Ay, amigo, si hubiera sabido yo entonces por lo que estaba pasando mamá. Yo, que no me imagino ahora separado de mi hija ni para tomar un café, qué necesidad tengo algunos días de escuchar las llaves rasgando la cerradura de casa. ¡Y yo trato con una niña que habla, anda y juega sola! Lo que debía de sentir mamá con aquel bebé que no devolvía ninguna de sus conversaciones…

Cuánta gente debería pasar por una situación así para entender la necesidad de mejores medidas de conciliación. Cuánta gente ignora como ignoraba yo lo que es no recordar qué era aquello de cagar solo. Cuánta gente ignora como ignoraba yo lo que es la soledad en compañía. Cuánta gente desconoce la capacidad absorbente de un bebé, la energía extenuante de una niña, la rabia de una hora de sueño interrumpida… Cuánto entiendo ahora a mamá, y a mi madre, y a cada una de las que me rodeáis. Cuánto las quiero a ellas y cuánto me falta para poder entenderos.

Un ejemplo de igualdad

Nuestro acercamiento familiar a la igualdad dista seguramente mucho de ser perfecto. Al fin y al cabo, mamá y yo crecimos en una sociedad en la que todavía eran ellas las que cocinaban y fregaban, y ellos los que clavaban clavos en la pared. Unas y otros empezaban a aportar dinero a la economía familiar por igual, pero los roles seguían siendo heredados de un tiempo anterior.

Con todo, hacemos día a día un esfuerzo por limpiar esas gafas moradas nuestras de una nueva conciencia igualitaria. Y tratamos de que nuestro ejemplo sea ya no el propio del tiempo que nos ha tocado vivir, sino incluso el que nos gustaría que cundiera en uno por venir.

Nuestra hija ha aprendido que papá es quien friega y mamá la que plancha, que cocina el que tiene tiempo y juega el que esté menos cansado. Ha visto que a aquel señor que llegaba por las tardes con el portátil del trabajo bajo el brazo lo ha sustituido ahora mamá, y que ambos pueden proveer por igual y ganar dinero con un trabajo que no depende del género. Cuando vamos al parque por la mañana, los ojos observadores de un niño notan rápidamente que casi todos sus compañeros de juego tienen detrás las piernas de una abuela o una madre; nosotros ponemos nuestro granito de arena para que vea que exactamente igual pueden ser las de un padre.

Valores en primera persona

No quiero ser tan presuntuoso como para atreverme a afirmar que mis valores son mejores que los de nadie. Sin embargo, son los míos, son los que mejor se adaptan a mi forma de ver la vida y a mis circunstancias y, si entendiera que hay otros mejores, sería absurdo no tratar de adoptarlos. Por eso, me gustaría que, para bien o para mal, nuestra hija creciera primero conociendo aquellos valores que mamá y yo compartimos.

Haberla criado durante al menos un buen puñado de meses en casa nos ha permitido tener la tranquilidad de saber qué es lo que estaba aprendiendo. Seguramente incorporará a su carácter cosas igual de valiosas en la escuela a la que acudirá próximamente, pero hasta ahora hemos podido permitirnos el lujo de desconfiar un poquito de que la educación básica de nuestra bebé la recibiera de alguien a quien no conocemos.

Para bien o para mal, otra vez, ha aprendido de nuestro ejemplo vivo. Ha visto lo importante que es para nosotros cuidar y así lo hace ella con sus bebés de juguete. No porque sea una mamá, sino porque son sus bebés y los cuida igual que lo hacen papá y mamá.

Pasiones compartidas

Es inútil negar que a todo padre le gustaría compartir ciertas aficiones con sus hijos. Sabemos que cuando llegue esa necesaria desconexión principio de su independencia nos servirán como hilo conductor. Eso no significa que debamos utilizarlos para satisfacer en ellos nuestras pasiones frustradas, ni tampoco presionarlos para encajarlos en la horma de un interés que no es suyo.

No puedo decir que yo esté intentando transmitirle mis aficiones a mi hija. Me limito a hacer lo que sé y a enseñarle lo que me gusta, sin presión, sin una meta concreta, simplemente porque es lo que me sale. A veces, nuestros caminos coinciden, y con sus dos años ya distingue el canto de la urraca del de las escandalosas cotorras; ya sabe cómo se llaman los mirlos, los gorriones y los cormoranes… Otras veces, yo soy de fútbol y ella de baloncesto. Y entonces no hay más que hablar ni hace falta insistir: esa pelota cosida de hexágonos y pentágonos se tiñe del color de las tejas y vuela rumbo a la canasta.

Ella elige, yo me limito a mostrarle la entrada a cada camino. El tramo que podamos recorrer juntos de cada uno solo el tiempo lo dirá. Y, de momento, precisamente tiempo unidos descubriéndolos es lo que he podido disfrutar a su lado.

Un aprendizaje real

Una de las propuestas que más me entusiasmaron de la charla que os conté de André Stern fue la de dejar que los niños descubran el mundo real en directo. Contaba en sus anécdotas cómo su hijo había aprendido de la mano de un agricultor montado en su cosechadora o cómo lo fascinaba el mecanismo de recogida de basura de las brigadas de limpieza de su ciudad, con quienes llegaba a entablar una relación de complicidad asombrosa.

Parecen historias inverosímiles en una sociedad acostumbrada a que los niños conozcan el mundo sentados en círculo desde su aula de una escuela infantil. Sin embargo, con algo de voluntad se pueden conseguir resultados espectaculares. Inspirado por aquellas anécdotas personales, conseguimos por ejemplo que un día un bombero nos dedicara media hora de su mañana a enseñarnos el parque del cuerpo a mi hija y a mí. Nos subió al camión, nos enseñó todos sus artilugios, le probó el casco, lanzaron agua juntos con la manguera… Imaginaos lo que sintió aquel día una niña que ya mostraba antes admiración por los bomberos.

Quizá no tengan tanto glamour como aquella visita, pero de la misma manera hemos recorrido juntos todo tipo de tiendas del barrio: conoce lo que es un relojero, ha visto una y otra vez cómo se limpia el pescado en la pescadería, cómo se corta la carne en la carnicería… En el supermercado pregunta con curiosidad y toca con prudencia, prueba su psicomotricidad fina tomando productos de los estantes y colgadores y devolviéndolos a su sitio, y juega a buscar la fruta y la verdura en el ordenador de la báscula de pesaje de la sección de frutería.

También ha conocido así los medios de transporte. No en las páginas de un cuento que los distorsiona con formas irreales y caras innecesarias y sin sentido, sino desde dentro, montada en el metro, en el autobús, en tren, en coche o en avión. Los animales que ella conoce no son solo los de sus libros infantiles, sino que los ha visto en carne y hueso, en pelo y pluma. Los ha olido, los ha escuchado y, a veces, incluso los ha tocado.

Y todo eso lo hemos hecho de la mano, escuchando sus porqués interminables de niña de dos años, satisfaciendo su curiosidad en la medida en la que nuestro modesto conocimiento nos lo ha ido permitiendo. ¿No es así como deberían descubrir el mundo?

Calidad de vida

Nuestro estilo de vida moderno es en muchos aspectos infinitamente mejor que el que debieron soportar nuestros abuelos hace décadas. Sin embargo, vivo siempre con la sensación de que una civilización con nuestros medios debería ser ya capaz de garantizar una vida mejor para la población en su conjunto. Quien no pasa apuros para llegar a fin de mes los pasa para alcanzar vivo el final de días agotadores llenos de estrés.

Tenemos prisa por tener cuanto antes lo último de lo último; vivimos pendientes del trabajo mañana, tarde y noche; disfrutamos de la naturaleza unas pocas horas al mes como de algo excepcional digno de mencionar en un Instagram que exige su dosis diaria de egocentrismo; necesitamos ver ya el siguiente capítulo, leer y releer nuestro TL, formarnos constantemente para ser los mejores del gremio; corremos, compramos, gastamos, sudamos y, sinceramente, no sé si todo ello nos hace más felices.

Compartir tanto tiempo con una niña pequeña ha sido el empujón definitivo que necesitaba para confirmar que ese estilo de vida no me gusta, que no le veo sentido. Nos falta aún valor para dar un paso radical, pero estoy seguro de que mamá y yo queremos cambiar las cosas y apostar por un modo de vida más razonable. El precio de mi excedencia podía parecer alto al principio, pero nos ha permitido comprar un día a día libre de estrés, una no-rutina respetuosa con los ritmos reales de nuestra hija y, por qué no decirlo, también de los que nos rodean y del planeta en que vivimos. Hemos comprado calidad de vida.

Salud

Ya comenté anteriormente mis dudas acerca de si es realmente positivo que un niño enferme cuanto antes durante sus primeros años de desarrollo. Y, de verdad, me cansa un poco esa insistencia en que es bueno que un bebé se pase buena parte de su vida de guardería convaleciente y con el moco colgando.

Nuestra hija no ha vivido en una burbuja durante este último año. Ha jugado con otros niños en nuestras visitas habituales al parque y ha compartido con ellos juegos y juguetes; se ha tirado por arenas poco limpias y ha comido fruta con las manos sucias —sucísimas—; ha pasado frío y calor, y ha estado en contacto con tanta gente enferma como es normal encontrarse en el día a día de una persona normal.

Y qué queréis que os diga, no echo de menos ni lo más mínimo aquellas visitas a Urgencias o al centro de salud de cada puente y fiesta de guardar. Durante su medio año de escuela infantil la pobre fue un moco constante, lo que no contribuía precisamente a mejorar sus extenuantes noches ni nuestro agotamiento crónico. Para colmo, sus virus interminables parecían mutar en cepas apocalípticas cuando mamá o yo nos contagiábamos con ellos. Aún recuerdo con un escalofrío el viernes en que tuvimos que rendirnos y pedir refuerzos ante el combo de amigdalitis galopantes que nos regalamos ambos para pasar el fin de semana.

¿Cuánto pagaríais vosotros por un año sin contagios? Para nosotros, ha sido un alivio y un descanso poder comprar estos meses de salud, más aún ahora que las circunstancias familiares no aconsejan contagios inoportunos.

Un desarrollo respetado

Ahora que se habla tanto de la crianza «respetuosa» —etiqueta de la que no soy particularmente amigo— es habitual encontrar propuestas orientadas a lograr una «operación pañal», un destete (con «operación padre») o una educación del sueño respetuosos.

En mi opinión, la mejor forma de que ese tipo de operaciones más o menos dirigidas sean de verdad respetuosas es que se produzcan coincidiendo con el ritmo de desarrollo del niño. Otra cosa es que nuestras circunstancias o nuestro interés personal nos permitan esperar tanto o hacerlo tan despacio como algunos niños parecen necesitar, pero si de verdad queremos respetar sus ritmos lo más importante que necesitamos es tiempo y paciencia.

Este año de excedencia ha coincidido en nuestro caso con un destete nocturno dirigido. A pesar de nuestros temores, el nuevo vínculo que crecía entre nuestra hija y su padre hizo que esa «operación padre» fuera enormemente fácil. Además, la tranquilidad de no tener que madrugar para rendir al día siguiente en un puesto de trabajo me daba cierta dosis de paciencia adicional a la hora de tomar el relevo durante los despertares nocturnos.

También ha sido en estos últimos meses cuando nuestra hija ha decidido comenzar su despedida particular del pañal. Y lo está haciendo muy despacio, sin ninguna presión por nuestra parte, algo que no sería posible si no pudiéramos acompañarla en el proceso y tuviéramos que delegar esa responsabilidad en terceros.


 

Con todo esto no quiero decir que sea imposible alcanzar este tipo de cosas mientras uno trabaja, claro que no. ¿Se puede conseguir algo así con una dedicación de algunas horas al día? Pues seguramente sí. Quizá no todo a la vez, puede que a lo largo de un periodo más largo de tiempo para algunos de los puntos. A lo mejor a cambio de prescindir de otro tipo de actividades a las que dedicarles tiempo que no sean únicamente el trabajo remunerado.

¿Y la escuela infantil? Pues sí, en muchos casos será la única aproximación posible a experiencias así para un niño. Sin embargo, desde mi punto de vista, y aunque pueda suplir la presencia de los padres en algunas, la guardería se quedará inevitablemente corta en otras.

En fin. Hay quien escribe entradas cortas y quien las redacta más largas. Y luego estoy yo… Qué le voy a hacer. Un año así no cabe en palabras.

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7 comentarios sobre “Un precio relativo”

  1. Te leo con mi bebe de dos meses en brazos a punto de ir a visitar una guardería al que no quiero llevarlo. Es muy duro estar en casa con el. Viviendo en un país extranjero yo creo la soledad se multiplica y aun así algo muy dentro de mi se resiste a separase de el dentro de cuatro meses. No se lo que pasará pero yo quiero para mi hijo lo que tu acabas de describir

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    1. Yo también he estado varias veces ya a punto de visitar guarderías a las que no quiero llevar a la nuestra, te entiendo. Y ahora también te entiendo un poco más cuando dices que es duro estar en casa con él y sentirte sola…

      Lo que pasará depende en primer lugar de lo que vosotros queráis (por desgracia, entre otras muchas cosas). A veces se pueden rehacer números, reordenar prioridades… Cuando mi hija tenía 2 años yo ni siquiera sabía aún si sabía lo que quería, así que esa intuición que se resiste dentro de ti y ese querer de tu última frase son ya un buen camino avanzado que me tienes ganado.

      A lo mejor esos cuatro meses pueden prolongarse un quinto. Igual la vuelta puede ser a un algo más breve que te permita estar más tiempo con él… A mí me dio mucho vértigo, pero no tardé en darme cuenta de que era lo que tenía que hacer y lo que quería hacer.

      Sea como sea, leyéndote estoy seguro de que pase lo que pase al final, le darás lo mejor a tu hijo, no me cabe duda.

      Un abrazo fuerte.

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  2. Poco más que añadir. ¡Lo has dicho todo!

    Tengo que decir que aunque llegue al comedor “habiendo aprendido a comer” pienso que el entorno y la personalidad de cada niño marcan el camino al final. Juan Revenga me contó una vez que en una charla en la que se encontraba Carlos González le dijo: “Mis hijas comen fenomenal, les gusta todo” a lo que Carlos respondió: “No te preocupes, ya cambiarán”. Creo que al final, lo importante es lo que dices, que hagamos todo lo que esté en nuestra mano por enseñarles, que les demos ejemplo, que seamos coherentes… Después ya, el resto no está en nuestras manos (y esto es algo que tengo que trabajar mucho porque no lo acepto).

    En fin, que bravo por vosotros. Por Vanesa y por ti, por no haberos rendido, por todo lo que le habéis regalado a esa niña bonita que tiene una suerte enorme. Beso grande para los tres.

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    1. Mira que habremos hablado veces acerca de ese momento de la pérdida total de control y el sentimiento de impotencia, ¿eh? Lo tenemos asumido, supongo, aunque no por eso nos gusta más. Pero bueno, tiempo al tiempo. De momento la chiquita ya empieza a mostrar su personalidad en la mesa y rechaza platos enteros «porque yo lo valgo», que es algo nuevo para nosotros, así que en ese tema como en todos… ya se irá viendo.

      Muchas gracias por tu comentario, Diana. Al final, como todos, hacemos lo que buenamente podemos y sabemos, pero lo mejor de todo son las veces en que, como en esto que cuento, hemos podido hacer lo que nos pedía el cuerpo ;).

      ¡Un besote!

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  3. Tus entradas son largas pero yo al menos no puedo dejar de leerlas hasta el final… me gusta tanto cómo escribes y lo que escribes que aquí me tienes. Y hoy creo que tengo que darte las gracias, porque después de un fin de semana de dudas, de “jo, tal vez no sea todavía tarde y realmente deberíamos ir a por el hermanito…” me has recordado por qué (todavía) no nos hemos lanzado. Y es que creo que es fundamental el tiempo, ese respeto del que hablas, esa apuesta por sus ritmos… y es difícil conseguirlo sin poder coger una excedencia, teniendo que resignarme a que si hoy por hoy nos decidimos (más que nada por nuestra edad) tendrá que ser para llevarle a una guardería al menos unas horas seguro (y aunque mis padres insistan en que no, lo siento pero ya no, al menos todo el día no). Y por todo esto que vas contando prefiero que mi hijo sea hijo único, porque así le disfrutamos más, no tenemos que correr tanto como si también hubiera que “tirar” del hermanito, al que sin duda disfrutaría mucho menos… La decisión final no está tomada, pero con tu post de hoy me has vuelto a poner los pies en el suelo… gracias de verdad. Ah! Y qué razón en esa frase…. “vivo siempre con la sensación de que una civilización con nuestros medios debería ser ya capaz de garantizar una vida mejor para la población en su conjunto”. Quién sabe si nuestros hijos lo hayan conseguido…

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    1. Ay, qué sentimiento más encontrado. Me encantan tus palabras, Laura, pero ahora me da pena pensar que os pueda haber hecho sentir así.

      Al final cada familia lo hace lo mejor que puede, y estoy seguro de que con el tiempo que pudierais dedicarles a vuestros hijos en una u otra situación seríais capaces de hacerlos sentir muy queridos y respetados.

      Conforme quemo etapas, me voy convenciendo más de la necesidad que siento de hacerme responsable y de formar parte activa al máximo de la vida de mis hijos cuando son pequeños, pero eso no impide que dejáramos a la nuestra durante unos meses en la guardería cuando creíamos que no podíamos permitirnos otra cosa. No sé si seríamos capaces de tomar una decisión más radical si tuviéramos oportunidad de volver atrás hasta aquel momento. Entonces fue lo mejor que supimos hacer, y lo bonito de la vida es que a menudo nos da la oportunidad de mejorar más adelante. Nosotros, al menos, estamos contentos con el rumbo que tomó la nuestra a partir de aquel momento.

      Es imposible que a todos los hijos les dediquemos la misma atención, pero bueno, el segundo también se encuentra con otras cosas que el primero no habrá conocido: unos padres menos inseguros, un hermano mayor, muchas puertas abiertas… No sé, a nosotros nos parece que merece la pena el esfuerzo y estamos ya en camino con ese hermano. Eso sí, no paramos de darle vueltas a la manera de conseguir pasar más tiempo con ellos y menos trabajando fuera de casa. Veremos si conseguimos algo…

      En fin, que me lío. Solo vosotros conocéis vuestras circunstancias. No tener un hijo deseado por no poder dedicarle el tiempo que crees justo y necesario me parece un gesto de generosidad, de honestidad, de responsabilidad… Pero quién sabe, a veces se pueden hacer malabarismos y darle un giro a la vida de uno para encajar todas las piezas. No os rindáis, porque yo creo que alguien con ese espíritu seguro que puede darle una infancia maravillosa a cualquier niño.

      ¡Ánimo con esas decisiones, seas cuales sean al final! Y muchas gracias por leerme y por comentar con esa confianza.

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