Conflictos en diferido

Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

Los ejemplos son innumerables. Por ejemplo, supongamos que yo como adulto sé que se han terminado las fresas de la nevera y propongo salir a comprar porque soy consciente de que nuestra pequeña comensal lleva varios días pidiéndolas como postre. Si la beneficiaria de la compra prefiere dedicar la mañana a otros menesteres, podría parecer absurdo obligarla a completar todo el ritual de salida a la calle solo para hacer una incursión a la frutería. Sin embargo, la experiencia me dice que a veces merece la pena arriesgarse a un enfado menor si con ello evitamos una rabieta posterior cuya dimensión suele ser considerablemente más grave. No sabéis la que se organiza en la cocina cuando se nos antoja un yogur o un vaso de bebida de avena en el desayuno y da la casualidad de que no queda…

Una versión más destructiva del mismo tipo de conflicto lo constituyen las siestas. Aunque nuestra hija manifiesta ocasionalmente sus ganas de irse a dormir, no es raro que, si está entretenida, prefiera clavarse palillos en las uñas antes que ir a descansar. No obstante, nuestra experiencia nos vaticina también un circo de los horrores en casa si dejamos que complete el día sin haberse echado al menos una pequeña siestecilla. Podríamos dejarlo pasar y rezar para que la tarde no se convierta en una agonía, pero si logramos evitarlo y la convencemos para dormir un poco, eso que nos ahorramos.

En la mayor parte de los casos, la solución más inmediata y fácil no constituye sino una huida hacia delante. No hacemos más que postergar lo inevitable. Normalmente intentamos explicarle las cosas y dejar que forme parte de una decisión guiada pero dialogada. Así al menos, si la opción no es la que a nosotros nos parece más apropiada, podemos hacerle ver que todas nuestras determinaciones tienen consecuencias. Obviamente no aplicamos esta forma de proceder en cualquier situación. Hay cosas que son innegociables y que nos corresponde a nosotros decidir por ella. En la mayor parte de los casos, sin embargo, hemos aprendido que podemos resolver hablando casi cualquier encontronazo, si no en el primer momento, sí cuando explota el conflicto en diferido.

Qué complejo juego de equilibrios es la relación con esos hijos que dejan de ser bebés y reclaman espacio para ser dueños de sus propias decisiones. Y qué emocionante también… Al fin y al cabo, ¿quién sabe cuándo estallará la próxima pataleta en diferido?

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