Política de no intervención

Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

Una pierna para llorar

Aunque haya quien piensa que la escuela infantil es la única vía que garantiza la correcta adquisición de habilidades sociales por parte de un niño, resulta que en nuestro parque hay un grupo numeroso de pequeñuelos que repite con asiduidad y en cuyo seno se advierten —oh, sorpresa— muestras incipientes de familiaridad, cariño e, incluso, amistad.

Hace poco se incorporó a nuestras sesiones matinales de parque un niño de 3 años bien cumplidos que acude regularmente con su madre. Proceden de algún país de la Europa del Este y lo cierto es que apenas los he oído hablar en castellano. Un día el jovencito de nuestra historia debió de hacer algo que a su madre le pareció reprobable. Salió disparada tras él, le propinó cuatro gritos y regresó al cómodo asiento apartado a un lado desde el que contemplaba la actividad de los niños.

No escuché lo que la madre le dijo al chiquillo. Tampoco vi si lo agarró, lo zarandeó o lo golpeó. El caso es que al pobre lo invadió un disgusto morrocotudo que no pudo sino manifestarse en forma de catarata de lágrimas y llanto angustioso. Visiblemente arrepentido se acercó hacia su madre, que optó por ignorarlo, aún humeante su rostro de ira. ¿Y qué hizo nuestro protagonista? Se giró y se agarró a la primera pierna sólida que encontró para ahogar en aquella falda de abuela sus lloros.

Aquella abuela ajena dio un respingo sorprendida pero inmediatamente abrazó esos cabellos rubios ofreciendo consuelo. El niño era incapaz de contarle el motivo de su arranque, así que la mujer volvió la mirada hacia su madre para inquirir «es tuyo, ¿no? ¿Qué le pasa?». «Que lo he regañado».

Son muchos los padres que deciden ignorar deliberadamente las lágrimas de sus hijos si consideran que son de cocodrilo. Aquellos que opinan que incluso un bebé de apenas unos meses es ya un tirano en potencia optan a menudo por hacer oídos sordos a quejas que entienden falsas, injustas, o destinadas a manejarlos a ellos como padres al son de los antojos de su hijo. ¿Tenemos entonces derecho los demás a ofrecer consuelo a un niño cuyos padres consideran un cuentista? Si es ese el camino que ellos han elegido para su educación, ¿podemos inmiscuirnos porque nos dé lástima ver a un niño llorando solo?

No sé si yo podría volver al parque si algún día mi mala uva me llevara al extremo de dejar llorar a mi hija hasta el punto de que tuviera que refugiarse en brazos de un desconocido… No podría perdonármelo, estoy seguro. Por eso, ganas no me faltarían de que fueran míos esos brazos que busca ese niño angustiado, ¿pero tendría el valor de menospreciar la autoridad de su padre o su madre en según qué circunstancias?

Quien roba a un ladrón

No hace mucho tiempo que una parte amplia de nuestra sociedad era capaz de justificar la violencia machista en el seno de la pareja. Mientras uno solo siga haciéndolo, seguirán siendo demasiados. En el caso de los niños, sin embargo, apenas hemos recorrido camino en ese trayecto. Aún son muchos los que bromean con el tortazo a tiempo y los que restan importancia a azotes, tirones o pellizcos violentos que pocos ya se atreverían a defender en público de haber sido aplicados al cuerpo de una mujer.

Me duele mucho que se trate a los niños como si no fueran personas de pleno derecho, como si su falta de experiencia y su desconocimiento fuesen excusa suficiente para tratarlos como seres inferiores. Pero es que si nos paramos un momento a pensar, no sé qué clase de mente preclara encuentra en más gritos y golpes la solución para un niño que ya está gritando. Todos podemos perder la paciencia, yo el primero, pero acallar gritos con más gritos y silenciar lágrimas con golpes no parece tener mucho sentido, ¿no?

Unos días atrás nos cruzamos mi hija y yo con otro papá acompañado de un niño de aparentemente menos de 2 años. El niño iba llorando. El padre, gritando. «¿Te callas tú o te callo yo?» fue la primera perla que alcanzamos a escuchar de su monólogo. «¿Te callas o te doy otro azote?». Aunque mi experiencia con niños es limitada, no me parece que un niño que ya esté angustiado vaya a reducir su angustia ante la perspectiva de volver a ser golpeado. Supongo, no obstante, que llegará un punto en el que su miedo acumulado será tal que llegue a bloquear sus ganas de llorar…

Aquel día no vi al padre golpear a su hijo. Mientras caminábamos me volví varias veces por si la situación evolucionaba en uno u otro sentido. Pero ¿y si hubiera presenciado uno de los azotes? ¿Habría hecho algo? Sinceramente, no lo sé. No creo que ninguno fuéramos a dejar a un padre dar una paliza a un niño, ¿pero intervendríamos por un azote, por un forcejeo? ¿Y si es un azote de los que duelen poco en el culo pero mucho en el corazón? ¿Cómo de intensa tiene que ser la reprimenda para que nos atrevamos a meternos «donde no nos llaman»?

Me da miedo encontrarme en semejante tesitura y comprobar que soy un cobarde.

Atasco en el tobogán

¿Y qué pasa cuando son los propios niños los que nos ponen en un brete? Yo intento evitar ser una sanguijuela colgando de la pierna de mi hija, pero normalmente es ella la que me reclama cerca para sus juegos. En cualquier caso, si me concede unos metros de separación, trato de no perderla de vista demasiado tiempo y acudo enseguida si veo que está tratando de mala manera a otros niños. En el extremo opuesto están los padres que opinan que son los propios niños los que deben resolver sus conflictos por sí mismos como vía de aprendizaje, aunque pocas discusiones entre menores de 4 años he visto yo resolverse así de forma civilizada y justa para todas las partes…

El otro día, por ejemplo, estábamos los tres juntos en el parque por la tarde. A diferencia de lo que sucede por la mañana, por las tardes reina el caos. Ni los padres ni los niños se conocen particularmente y la cantidad de ambas especies es netamente superior a la que puebla el área infantil antes de comer. Así nos encontrábamos cuando un niño de poco más de un año decidió que le gustaba estar sentado en la parte superior del tobogán y que por sus santos bemoles no iba a moverse de allí. A su espalda empezaban a acumularse jovencitos impacientes deseando deslizarse tobogán abajo…

El niño no estaba pegando a nadie ni abusando de los más pequeños. No le había quitado un juguete a nadie ni estaba duchando con arena a sus compañeros de juego. No hacía nada más que estar allí plantado. Y fastidiar al resto, claro. Mientras tanto, sus padres charlaban animadamente con otra pareja fuera de los límites de la zona de juegos sin dignarse a echar un vistazo ocasional a su retoño.

Nunca se me ocurriría ponerle una mano encima a un niño ajeno así como así. Con mucha educación, eso sí, mamá y yo tratamos de hacerle ver que quizá fuera buena idea dejar que los demás disfrutaran también del columpio… No hubo manera. Hasta que no se le ocurrió al muchacho pegarle un grito a su padre para que se acercara hasta su castillo particular ningún otro pequeño pudo hacer otra cosa más que esperar.

¿Qué podemos hacer en un caso así? ¿Es responsabilidad nuestra como padres permanecer atentos para que el juego de nuestros hijos no moleste a los demás? Cuéntale tú a un niño que ni te conoce aquello de que su libertad termina donde blablabla… En casos particularmente sangrantes sí he tratado de razonar con otros niños pero estoy seguro de que muchos padres prefieren mirar hacia otro lado y defender que son cosas de niños. Quizá alguno incluso se ofenda si se encuentra con otro progenitor sugiriéndole a su hijo lo que tiene o no que hacer.

Empujones

A pesar de todo lo anterior, sí hay un límite que tengo claro que ningún niño va a traspasar delante de mí. Bajo ningún concepto pienso permitir que agredan físicamente a mi hija, me da igual de qué forma y con qué fuerza. Puedo tratar de poner paz salomónica entre otro niño y mi hija si discuten por la posesión de una misma pala de arena, pero tengo claro de qué lado me tengo que poner si ese otro niño le levanta la mano a la mía.

Ahora bien, ¿hasta dónde puede llegar nuestro papel atajando el problema? ¿Podemos nosotros tocar a ese pequeño agresor o debemos limitarnos a evitar que le haga daño a nuestro hijo? Un día, por ejemplo, un niño de la edad de la nuestra decidió que le gustaba el lugar que ella ocupaba bajo un castillo de madera. Ni corto ni perezoso empezó a empujarla hasta que la sacó del pequeño recinto en el que mi hija jugaba con la arena. ¿Hay alguna forma correcta de resolver una situación así? Podemos tratar de hacerle ver que no tiene derecho a actuar así pero ¿habría sido prudente sacar al niño de allí y devolver a mi hija a su lugar?

Una vez más, no creo que una actuación que el niño pueda interpretar como violenta vaya a solucionar nada. Sin embargo, si nos limitamos a tratar de razonar con esos pequeños abusones, lo más probable y lo que me sucede habitualmente es que es mi hija la que sale siempre perdiendo. Si los padres del niño en cuestión no intervienen también, me veo abocado a tener que explicarle a mi hija por qué ella no puede seguir jugando donde lo estaba haciendo solo porque otro niño la haya desplazado de malas maneras. ¿Debería entonces dejar que lo resolvieran entre ellos a empujones? Porque sí, mi hija también sabe dar un buen empellón. ¿Pero qué clase de lección es esa?

Como siempre, dejo más preguntas que respuestas. No obstante, tantas dudas tienden a dejarme clara una cosa: si los padres atendiéramos más a nuestra responsabilidad y a la educación de nuestros hijos, quizá muchas conductas violentas y agresivas no llegaran a desarrollarse con el paso de los años. A lo mejor me equivoco, pero yo prefiero formar parte del juego de mi hija si es necesario antes que dejar que lo que aprenda sea la ley del más fuerte en la selva.

Anuncios

8 comentarios sobre “Política de no intervención”

  1. ¡Genial texto, como siempre… ! En mi caso, suelo estar bastante atento a todo lo que hace y se cuece en torno a la peque, en el parque, y depende mucho de las situaciones, pues hago alguna cosa o no… Por ejemplo, han inaugurado un columpio muy grande en un parque cercano, y está enfocado a niños un poco más grandes. Si se pone cerca de una escalera, pero no está avispada para ponerse justo para subir y llega algún mayor y se le cuela, a veces me mira con fastidio como diciéndome -“¡Ey, mira… Que iba yo!”-, y yo respondo algo así como: -“Hija… Es que no estás bien puesta… Ponte justo detrás del que sube, y céntrate…”- Parece en principio algo frustrante, pero luego ves que lo hace mejor, que a la segunda se espabila y pilla la dinámica. Ahora bien, si hay algún pieza que se pasa tres pueblos, o nos vamos a otra parte, o ahí me planto yo para equilibrar la balanza. A veces aparece el padre/madre del opuesto, o a veces no. Y si aparecen, pues es buen momento para hacer ver -cortesmente- que el parque no es su coto particular de play-destroyer.
    Quiero decir, que el parque es una minimuestra seguramente representativa de lo que es la jungla del mundo exterior: intervenir, sí, pero lo justo, como dices. Lo normal es que el grueso de las situaciones no sean cosas graves, así que los conflictos no suelen dar mucho de sí. Se aprende en todas partes. Vamos, en esencia, sentido común y estar con el ojo y la antena puestos.

    Me gusta

    1. Eso mismo digo yo muchas veces, que en el fondo el parque no es sino una versión en miniatura de los tipos de personas que se van a encontrar en el mundo después, así que con todo hay que aprender a convivir.

      Lo bueno y lo malo del sentido común es que cada uno lo interpreta a su manera, jejeje. Pero en el fondo —casi— todo se reduce a eso, es verdad.

      ¡Gracias por tu aportación, Sem!

      Le gusta a 1 persona

  2. Hola, hola. Que difícil es intervenir en esos momentos. Igual que hay chiquillos nobles y otros no tanto, también hay padres/madres que saben escuchar y otros con los que quizás sea mejor no cruzar palabra. En fin, es difícil saber cuando hacerlo y cuando no, como es la mejor manera, pero sin duda, por más que se desee mantener la distancia, existen situaciones que nos obligan a intervenir

    Me gusta

  3. Totalmente de acuerdo en todo. Para mí , el ir al parque es en ocasiones hasta estresante. Muchas veces me he visto en situaciones incómodas. Sin ir más lejos , hace unas semanas una niña de unos dos años , me pedía ayuda con su pequeña manita para que le ayudara a subir al tobogán (del que casi cae,), ya que su madre estaba enzarzada en una interesante conversación con una paisana suya, al ver la pequeña que yo le ofrecía a mi hija, con dos años también, la mano, ella hacía lo mismo. Acto seguido la pequeña se fue a una fuente , y se subió a la repisa para bordearla, con el peligro de caerse, su madre caso omiso, seguía en la interesante conversación, hasta que cayó, y encima le propinó un tirón de pelo. Temblándome todo el cuerpo por la indignación fuí y le dije que no tenía porque pegar a la pequeña y que además que la culpa de que cayera al agua no fue de la niña.
    Yo también prefiero formar parte del juego, además es que no sé hacerlo de otro modo. Mismo, mi hija se fijó en unas niñas que tenían unos 11 años, y al cabo de un rato juntas empezaron a burlarse de mi hija, ella no se enteraba de lo que sucedía , claro está, la cogí y le expliqué como pude lo que sucedía .
    Es difícil ir al parque donde encuentras personas de todo tipo , ver injusticias y no hacer nada.

    Me gusta

    1. La verdad es que yo voy mucho más por la mañana que por la tarde y se nota mucho la diferencia. Como por la mañana somos pocos y bien avenidos, es una ventaja el conocernos y se nota que unos echan un ojo a los hijos del resto. También los propios niños se van conociendo y eso reduce los problemas a la hora de entender lo que significa compartir.

      Como dices tú, en el parque encuentras de todo. Es una representación en miniatura del resto del mundo, así que habrá cosas de nuestro agrado y cosas menos edificantes…

      Paciencia y pedagogía. Que no se diga que no ponemos al menos de nuestra parte para que nuestros hijos no pasen a ser parte del problema.

      ¡Muchas gracias por tu aportación, Paula!

      Me gusta

  4. Yo no suelo intervenir mucho, sobretodo cuando se trata de dejar cosas y tal, ya que son suyas y ellos sabrán lo que hacer. Si que intervengo cuando se pone muy farruco o cuando, como tu dices, decide hacer del tobogán su castillo y no dejar que nadie baje, ahí sí, le pido por favor que se tire, que los demás también quieren jugar.

    Me gusta

    1. Lo de dejar o no las cosas es una batalla perdida de antemano, jajaja. Yo me conformo con que no se lo arranque de las manos a otros niños…

      Pero bueno, tú por lo menos no tiene pinta de que te despistes demasiado. Los tienes bien a la vista aunque sea a través del visor, ¿eh? 😀

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s