Serviettenknödel

Serviettenknödel, o como se diga

La receta de hoy no es mía. Ea, ya está dicho. Lo que voy a hacer es poco más que traducir la original alemana que utilizamos para cocinar estos típicos Knödel. No la habría publicado si no hubiera sido por abrumadora petición popular —hola, Antonio—, pero ahí queda.

Si habéis viajado un poco más allá de los Pirineos quizá hayáis notado que pocos países europeos son tan amantes del pan como lo somos nosotros. Esa costumbre tan española de bajar a por el pan, esa vuelta a casa con la barra bajo el brazo, son algo tan nuestro como el mismo castellano. En otros lares, en cambio, son más habituales los acompañamientos de patata, los arroces o, como en Alemania, los Knödel.

Este tipo de masa cocida es el compañero ideal de esos guisos centroeuropeos de salsa oscura como el goulash. Existen diferentes tipos de Knödel en función de los ingredientes utilizados y de la forma final que se le dé a las piezas. A veces se sirven incluso como plato principal independiente y en algunas regiones se cocinan variantes dulces que hacen las veces de postre.

A mí me encantan desde que los conocí durante mi primera etapa europea en Austria. Mamá se apuntó poco después y, tras nuestra aventura juntos en Alemania, pasaron a ser parte ocasional de la lista familiar de la compra. Hoy en día se pueden encontrar en muchos supermercados generalistas. Sin embargo, lo más fácil es acercarse a cualquiera de las cadenas alemanas como Lidl o Aldi, donde es habitual que dispongan de 3 ó 4 variedades diferentes para elegir.

La receta que transcribo a continuación es esta de la especiera austriaca Sonnentor. Sugieren cocinarlos como acompañamiento de un espectacular ragú, pero ya digo que podéis aplicarlos a cualquier tipo de guiso que tenga una buena salsa en la que mojar los Knödel. Las cantidades que propongo son suficientes para unas 13 piezas —en función del tamaño que le deis a cada una—, más que de sobra para 3 personas. En la página original de Sonnentor podéis variar el número de comensales y recalcular fácilmente la lista de ingredientes.

La lista de la compra

  • 150ml de leche entera.
  • 120g de pan blanco.
  • 2 huevos hermosos.
  • 1 cebolla pequeña.
  • 1 cucharada de perejil fresco picado.
  • 1 cucharadita de granos de anís.
  • Mantequilla.
  • Una pizca de sal.
  • Nuez moscada.

El camino a la perdición

  1. Picar la cebolla bastante fina y dorarla en una sartén con mantequilla. Ya sabéis que fuera de España es menos habitual el uso del aceite a la hora de freír y pochar. Podéis sustituir la mantequilla por aceite si lo preferís, aunque el sabor es algo diferente, claro.
  2. Mientras se dora la cebolla, cortar el pan en dados de entre medio y un centímetro.
  3. Calentamos la leche sin que llegue a hervir. Cuando esté a punto, incorporamos los dados de pan y la cebolla ya bien dorada. Batimos los huevos aparte y los añadimos a la mezcla.
  4. Espolvoreamos la masa con el perejil picado, el anís, un toque de nuez moscada y la pizca de sal. Lo mezclamos todo bien con cuidado de no destrozar el pan y hasta que queden los ingredientes repartidos de manera uniforme.
  5. Disponemos un rectángulo de film de cocina sobre la mesa y vamos colocando masa sobre el plástico formando una barra gruesa. Con la ayuda de las manos y el film, lo redondeamos un poco para darle forma lo más cilíndrica posible y terminamos de envolverlo con cuidado con una o dos vueltas de plástico de cocina. Lo mejor es cerrar los extremos con algo firme. Os puede servir un clip o uno de los alambres que se utilizan habitualmente para cerrar bolsas y envoltorios de plástico. El grosor de la barra de masa lo podéis determinar a vuestro gusto. Lo normal es que tengan unos 4 ó 5 centímetros de diámetro.
  6. Cocemos al vapor las barras de masa que hayamos formado. Ya os conté una vez cómo cocinábamos nosotros al vapor antes de tener una vaporera de verdad. Supongo que también se pueden cocer en agua directamente, aunque habrá que tener cuidado de envolver la masa muy muy bien para que no se moje y de no poner muy fuerte el fuego para que no rompa los Knödel antes de que el huevo se haya cocinado y actúe como argamasa. Los que venden de fábrica envueltos en un plástico más duro y bien sellado sí se cuecen en agua, por ejemplo.
  7. Una vez veáis que vuestra barra de masa es ya sólida y no quede huevo crudo, la retiramos del calor y dejamos que se enfríe para no quemarnos. Retiramos con delicadeza el envoltorio de plástico para no arruinar el resultado en el último paso, y con un cuchillo bien afilado —uno de panadero puede ser bueno— cortamos los Knödel del tamaño que queramos. ¡Y listos para untarlos en esa salsa tan rica que tenéis haciendo «chup chup» en la cazuela!

El truco final

La receta original añade, además de anís y perejil, semillas de alhova. La verdad es que no tengo ni la menor idea de lo que es ni de dónde encontrar semejante ingrediente. Nosotros prescindimos de ella y el resultado fue un éxito de crítica y público e incluso obtuvo la aprobación de las compañeras alemanas que mamá tiene en el trabajo.

Podéis probar variantes con otros tipos de pan y diferentes especias. Lo importante es que quede bien remojado en la leche y envuelto en el huevo batido que le dará la solidez final. Teniendo eso en cuenta, ¡la cocina está para experimentar!

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