Macarrones integrales con gambones

En casa tenemos varios comodines que utilizamos cuando necesitamos poner en marcha una receta de aprovechamiento para liquidar esos «plingues» que han sobrado de la cena. Empanadillas, croquetas, arroces, pasta… Tenemos dónde elegir. Lo malo es que acabamos convirtiendo la pasta en un recurso de segunda y cuando da la casualidad de que nos sale un plato rico nos cuesta repetirlo más adelante si no partimos del mismo tipo de sobras. Por eso me gusta también de vez en cuando innovar con alguna receta que sí sea reproducible.

Es el caso de este plato de pasta con gambas que os propongo hoy. Lo hice un día por casualidad intentando acabar unos pimientos que empezaban a querer arrugarse en el frigorífico. A mamá le gustó tanto el resultado que tuve que repetir el mejunje unos días después para poder hacerle la foto y registrar aquí la receta. Ya sabéis que de memoria no ando sobrado y, si no apunto aquí mis inventos, dentro de 15 días habrán quedado en un limbo de platos olvidados para desgracia de mamá.

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Conflictos en diferido

De momento, no podemos quejarnos de nuestros «terribles dos». Nuestra hija da muestras cada día de estar tomándose con mucha calma su «adoslescencia» y, para alivio de mi psiquiatra, da muestras de una madurez sorprendente cuando nos toca enfrentarnos a sus ocasionales rabietas. Nunca sabremos qué parte del mérito es suyo y cuánto influye nuestra manera de enfrentarnos a sus arranques de frustración, pero lo cierto es que normalmente nos encontramos una respuesta bastante razonable cuando tratamos de ayudarla en esos momentos de angustia y desconcierto.

Y cierto desconcierto es también lo que siento yo cuando me toca lidiar con un tipo particular de berrinches. Son aquellos para los que no existe una salida óptima. Haga lo que haga, estoy perdido. Si trato de mantenerme firme en una posición que no le gusta, la situación amenaza con entrar en barrena. Se genera una espiral de gritos encadenados que puede evolucionar hasta el punto absurdo de que la pobre se olvide hasta de por qué había empezado a llorar. Si en cambio cedo y le ofrezco una salida satisfactoria que sofoque el incendio, sé que con toda probabilidad el fuego se reproducirá poco después en forma de conflicto en diferido.

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Croquetas caseras #amimanera

En esta casa no hay receta de croquetas. Se hacen a ojo de buen cubero. Ni siquiera es habitual que programemos el hecho de preparar croquetas. Se hacen cuando sobra cualquier tipo de preparación apta para formar parte del relleno de una croqueta. Es decir, casi cualquier cosa. Las últimas que hemos hecho han sido de gambas, de pollo, zanahoria y cebolla, y de carne guisada. Mi madre las hace de vez en cuando de morcilla, de huevo cocido, o de jamón.

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Política de no intervención

Hablamos y discutimos muy a menudo acerca de cierto tipo de límites: los que debemos o no imponer a nuestros hijos para garantizar que un día lleguen a ser adultos sanos y socialmente capaces. Sólo el tiempo juzgará con razón si los que nosotros le enseñamos a nuestra hija son adecuados o no. Mientras tanto, cada día me devano los sesos tratando de dilucidar dónde trazar la línea que bordea otro tipo de límites: los míos como padre de parque.

Y es que, ¡ay, amigos!, qué difícil es saber cuándo uno debe intervenir en las variopintas situaciones que el parque infantil nos depara. Por un lado están los niños, menores de 3 años en su mayoría a las horas a las que nosotros frecuentamos el área infantil. Niños que no saben compartir, que ignoran por completo la existencia de una virtud conocida por los expertos como «paciencia», y que dan por sentado que el resto de seres animados han sido creados para cumplir sus expectativas. Por otra parte están las madres —y dos padres—, las abuelas —y tres abuelos—, cuya visión de lo que es mejor para un crío no siempre coincide con la nuestra. Veamos algunos ejemplos que le han resultado problemáticos últimamente a este padre mojigato.

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Serviettenknödel, o como se diga

La receta de hoy no es mía. Ea, ya está dicho. Lo que voy a hacer es poco más que traducir la original alemana que utilizamos para cocinar estos típicos Knödel. No la habría publicado si no hubiera sido por abrumadora petición popular —hola, Antonio—, pero ahí queda.

Si habéis viajado un poco más allá de los Pirineos quizá hayáis notado que pocos países europeos son tan amantes del pan como lo somos nosotros. Esa costumbre tan española de bajar a por el pan, esa vuelta a casa con la barra bajo el brazo, son algo tan nuestro como el mismo castellano. En otros lares, en cambio, son más habituales los acompañamientos de patata, los arroces o, como en Alemania, los Knödel.

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Diálogos de besuguines II

Una de los aspectos más interesantes del viaje en el que nos embarcamos al convertirnos en padres es todo lo que aprendemos de nuestros hijos. Porque sí, si uno escucha con atención ellos también tienen mucho que contarnos. Nos hablan de la inocencia, de lo que podríamos ser o haber sido si no prestáramos tanta atención a la opinión de los demás, a la publicidad o al sesgo cultural que susurra desde lo más profundo de nuestro subconsciente.

La semana pasada nuestra gusanita contrajo una exótica fiebre tropical: la fiebre por la plastilina. Se podía pasar horas jugando sin parar moldeando bolitas, cortando pedazos informes y apilando masas de color que nunca recuperarán su aspecto original. Como dice mamá, es una actividad agradecida para nosotros. A diferencia de otras que son más pesadas de aguantar durante horas, jugando con plastilina al menos nos entretenemos también nosotros dando forma a todo tipo de bichos y objetos.

Así andaban ellas jugando en el salón cuando a mamá se le ocurrió elogiar mis pobres dotes para la escultura admirando uno de los animalejos que había moldeado durante la mañana:

—Menudo artista es papá.
—Artista no, mamá. Artisto.

Nuestra hija no entiende de epicenos ni de sustantivos comunes en cuanto al género. Para ella en el parque hay niños y niñas, y en la radio hablan chicos y chicas, y todos tenemos abuelos y abuelas. Y si hay artistas, necesariamente debe de haber «artistos». Y punto.

Para un extremista del idioma como yo resulta complicado acostumbrarse al desdoblamiento que propugna el feminismo. Sin embargo, cuando hablo con mi hija, me pliego a su sencilla lógica idiomática, y me escucho habitualmente a mí mismo hablando de los «niños y niñas» con los que vamos a jugar. A ver con qué cara le explico yo si no que las niñas también son «niños».

Guiso de patatas de legumbre

La cocina del aprovechamiento tiene muchas ventajas. No solo es la forma ideal de evitar el desperdicio de comida, también es una buena manera de optimizar el tiempo que pasamos en la cocina y, por qué no, de ahorrar un dinerillo. Como ejemplo, os propongo hoy un guiso de patatas que nos chifla en esta casa —sobre todo a nuestra mamá patatera, amante del tubérculo en todas sus formas—.

La receta solo tiene una particularidad, y es que como base de cocción partiremos del caldo de varias legumbres que hayamos cocido con anterioridad. Veréis que la salsa resultante es de las de toma pan y moja. A cambio, nos ahorramos tener que comprar un caldo de supermercado que probablemente tenga más sal de la necesaria.

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