Los abuelos están para malcriar

Los abuelos están para malcriar

Esta de hoy va a ser una entrada a mitad de camino entre el desahogo y la reflexión. Como tantas veces, dejaré más preguntas en el aire que respuestas sobre la mesa. El camino, estoy seguro, me servirá para dejar a un lado mis juicios rápidos y trabajar un poco más en uno de los objetivos que, como padre, me he propuesto para este tercer año de vida de nuestra hija: mejorar mi tolerancia con los abuelos. Espero que un relativista como yo sepa hacerlo.

Delegar la crianza. ¿En manos de quién?

Si me conocéis, es probable que me hayáis leído o escuchado defender la crianza en tribu o, al menos, lamentar su declive debido a nuestro estilo de vida actual. Sin embargo, soy muy consciente de que tengo un grave problema de confianza a la hora de permitir que otras personas intervengan en la educación y los cuidados de mi hija. ¿Exceso de celo o perfeccionismo? ¿Falta de fe en los demás? Un poco de todo y alguna mala experiencia anterior hacen que me cueste delegar en todos los ámbitos de la vida. Qué le vamos a hacer… Y si me cuesta poner mi trabajo en manos de terceros, cómo no me iba a resultar difícil dejar la crianza de mi hija a cargo de otros, precisamente una de las tareas más complejas y que yo entiendo como más importantes en la vida.

Ahora bien, ¿dónde podemos situar el límite de la responsabilidad que podemos atribuirnos como padres? Los niños no son de nuestra propiedad, y yo mismo he defendido a menudo desde esta humilde tribuna que como bien que son de toda la sociedad, deben ser igualmente responsabilidad parcial de todos y cada uno de nosotros. Siendo así, no podemos pretender que todos los que nos rodean entiendan igual la crianza, y de ahí que esos padres control freaks como yo nos angustiemos cuando interpretamos tantos comportamientos de nuestros vecinos como ejemplos perniciosos para la educación de nuestros hijos.

¿Son objetivamente reprobables esos comportamientos con los que nosotros no comulgamos? Habrá un limitado número de casos en los que probablemente una amplia mayoría de la sociedad llegaría al consenso de que sí. Sin embargo, en la mayor parte de las situaciones todo dependerá de nuestra forma de entender la vida, nuestros valores, nuestro ámbito cultural… Hace poco, por ejemplo, discutía con uno de mis mejores amigos acerca de si es censurable que un grupo de padres saque unas latas de cerveza en un parque infantil para almorzar con unas patatas fritas mientras niños de menos de 4 años juegan a su alrededor. Pues bien, el único consenso que logramos fue el de que el consumo de alcohol en nuestra sociedad es un tema demasiado complejo como para resolverlo tajantemente en una conversación de Twitter.

Los abuelos y el conflicto

Cuando son personas de nuestro entorno amplio las que intervienen es más fácil aislarse de las opiniones divergentes y seguir adelante. Sin embargo, la casuística se complica cuando es nuestro círculo familiar más íntimo el que introduce motivos de enfrentamiento. Lo más habitual en este caso es que la mayor parte de las discrepancias se produzcan en la relación con los abuelos, pero la tesis sería igualmente trasladable a cualquier otra persona con la que tengamos confianza y que trate regularmente con nuestros hijos.

Nosotros nos hemos topado con varios tipos de orígenes de conflicto:

1) Aquellos basados en las creencias

El mejor ejemplo en nuestro caso es el del bautismo. Mamá y yo no estamos casados según ningún rito religioso y con alguna excepción puntual con más tintes culturales que católicos diría que la fe tiene poca cabida en nuestra casa. En cambio, los abuelos y bisabuelos se mueven entre un catolicismo activo y convencido y una relación con la Iglesia que se limita a algún exabrupto dirigido ocasionalmente hacia ciertos miembros de su plantilla eclesiástica.

Imaginad ahora por un momento que vosotros fuerais creyentes firmemente convencidos. ¿Qué sentiríais si vierais que un niño al que queréis como si fuera vuestra propia carne va a vivir fuera de vuestra fe? ¿Qué haríais si creyerais de verdad que de esa manera se le estuviera privando del derecho a disfrutar de una vida mejor en la eternidad? Seguro que, como mínimo, os dolería. Es probable, incluso, que con mayor o menor grado de vehemencia según vuestro nivel de confianza sugirierais a unos jóvenes padres que bautizaran a un niño al que un simple gesto así no le iba a hacer ningún daño. ¿O creéis que no lo intentaríais al menos?

2) Los basados en la costumbre

El «siempre se ha hecho así», el «amímefuncionismo» o la experiencia anterior. Los abuelos de nuestros hijos estuvieron en nuestro lugar antes que nosotros. Probablemente, de hecho, en más ocasiones que nosotros. Y ya tuvieron que tomar en su tiempo todas las decisiones a las que nos enfrentamos los padres del siglo XXI ahora. Cada vez que nuestra forma de hacer las cosas contradice lo que ellos pusieron en práctica en su día, los abuelos se ven ante un espejo. Aceptar que existe una forma diferente de resolver un problema, una forma quizá incluso mejor que la suya, es el primer paso para sufrir un cierto debate interior materializado como disonancia cognitiva.

Nosotros —con o sin acierto, ojo— creemos que una dieta sana para nuestra hija debe incluir menos carne que verduras y fruta, por poner un ejemplo. Mientras tanto, los abuelos debieron alimentarnos en un momento en el que las recomendaciones de muchos pediatras contemplaban la de incluir productos cárnicos a diario en el menú de los niños. ¿Qué cara creéis que se le queda a la abuela cuando defendemos que lo que ahora propugnan los dietistas-nutricionistas es que la carne sea un componente más bien ocasional de la dieta?

3) Aquellos que radican en la tradición cultural

Y ya sabemos que las tradiciones se pierden y la cultura evoluciona, con todo lo que ello conlleva. En esta categoría podemos hablar, por ejemplo, de nuestra decisión de no ponerle pendientes a nuestra hija. Aunque sabíamos que sería una decisión que sorprendería en nuestras casas, nunca nos habríamos imaginado algunas de las reacciones que nos regalaron. Nuestros padres fueron quizá los primeros que vieron un principio de igualdad entre hombres y mujeres y, sin embargo, los roles que unos y otras desempeñaban en la sociedad que ellos conocían distan ya mucho de los que hoy empiezan a incorporar. Nunca se me olvidará la conversación en la que nos acusaron de estar robándole a nuestra hija su derecho a ser reconocida como niña… Quizá escriba algún día sobre ello, porque da mucho de sí.

4) Los fundamentados en el relativismo del «no pasa nada»

«No pasa nada por jugar a pegarnos», «no pasa nada porque coma un poco de azúcar», «no pasa nada por ponerla cabeza abajo aunque acabe de tragar», «no pasa nada porque viaje mirando hacia delante en lugar de a contramarcha»… Los ejemplos son innumerables. Unos son graves y contradicen incluso las leyes mismas de la Física. Otros se limitan a llevar la contraria a decisiones que son difíciles de defender ante argumentos relativistas. En cualquier caso, resulta aquí complejo determinar cuando sí y cuándo no podemos los padres exigir que se respete lo que nosotros queremos para nuestros hijos.

Esta última categoría es un cajón de sastre en el que caben todas esas conductas diminutas que constituyen el día a día. Para un padre exagerado como yo, cada minuto con un niño cuenta. De la excepción son capaces de hacer norma y del más mínimo error nuestro construyen el ejemplo en el que deciden fijarse. Los chistes de mal gusto, los micromachismos, las bromas violentas, lo que comemos y bebemos… todo puede tornarse preocupante para unos padres conscientes de la influencia que el entorno tiene en sus hijos. En el extremo opuesto, unos abuelos que ya están de vuelta de todo y que han aprendido a relativizar la importancia que cada cosa tiene en la vida, son más proclives a relajar la atención y los límites y a caer en ese famoso «malcriar». Como ellos mismos nos dijeron un día a raíz de una de nuestras discusiones sobre el azúcar, «¿qué queréis que hagamos nosotros ya? Los abuelos estamos para malcriar».

¿Tenemos derecho a imponer?

Visto todo lo anterior, ¿tenemos derecho los padres a imponer a los abuelos nuestra forma de entender las cosas? Desde luego, no es lo mismo darle ciertas pautas a una persona que se ocupa puntualmente de tu hijo durante un par de horas que responsabilizarlo a diario de la mitad de su crianza, como se ven forzados a hacer muchos padres. En un caso así, no podemos, por ejemplo, obligarlos a poner en práctica el BLW si ellos no creen en ello o no se sienten preparados y con confianza para hacerlo.

En cualquier caso y en general, ¿es razonable que pretendamos prohibirles que le den cierto alimento al niño? ¿No puede acaso ser este un caso en el que la evidencia científica ha evolucionado desde que ellos nos criaron a nosotros? O yendo más allá, ¿deberíamos los padres tener la capacidad para decidir qué cosas queremos que les enseñen? ¿Es lógico, o viable, tratar de impedir que aprendan aquello que va en contra de nuestros valores o principios? Mayoritariamente nuestra base moral coincidirá probablemente con la de nuestros padres, que para eso nos criaron y educaron en su momento. No obstante, pertenecemos a generaciones muy diferentes que entienden de forma muy alejada problemas como el machismo, la homofobia, el racismo o la religión… Dándoles la vuelta a las preguntas anteriores, ¿no tienen ellos también derecho a hacerle llegar al niño su forma de ver la vida?

El problema que presentan muchas de las diferencias es que nos enfrentan a decisiones dicotómicas. No hay compromisos intermedios: no podemos ponerle a una niña medio pendiente en cada oreja; no podemos hacer que un niño viaje a contramarcha pero solo un poquito. La ausencia de grises nos hace tener que mostrarnos radicales en muchas discusiones en las que no hay margen posible para la cesión y el acuerdo.

En el fondo creo que también hay un incipiente miedo al nido vacío en esta visión mía que os cuento. Aunque suene aún muy muy lejano, estamos de algún modo ante el lento principio del fin. Nos vemos de un día para otro ante las primeras actitudes independientes de nuestros hijos, a los que vemos poco a poco ir tomando sus primeras decisiones. Y es probable, muy probable, que no nos gusten, porque coinciden a menudo con una etapa de su desarrollo en la que sienten la necesidad de poner a prueba los límites —nuestros límites— y explorar.

No podemos evitar la influencia del entorno. Nos vemos impotentes cuando les hace más gracia cometer alguna tropelía con los abuelos que respetar el orden pretendido por sus padres. Nos reconcome la preocupación cuando disfrutan con un dulce que en casa rara vez suele estar a su alcance. Nos asombra con cierto terror que aprendan entusiasmados palabras que nunca escuchan de boca de sus padres o gestos que a nosotros nos gustaría mantener alejados de sus tiernas mentes infantiles. Para nosotros siempre serán demasiado pequeños para todo eso.

A pesar de todas mis angustias y aunque hemos vivido parte de estos dos últimos años con una sensación de lucha constante, tenemos también que reconocer que los abuelos, los de nuestra historia, han cedido muchísimo. Nunca nos habríamos imaginado todo lo que iban a estar dispuestos a cambiar por su nieta y, sobre todo, por nosotros y por el amor que nos profesan. Aunque ya hayan ido y hayan vuelto varias veces antes que sus hijos cabezotas, han aprendido a respetar nuestras locuras de padres de Internet. La tele se apaga como por arte de magia en el salón en cuanto se oyen los pasos inquietos de nuestra hija repiqueteando por el pasillo, y ni un solo dulce cayó de la mesa durante las dos semanas que pasamos entre una y otra casa en Navidad. Tendremos que asumir que los abuelos no malcrían; simplemente, crían de otra manera.

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