La niña que hablaba demasiado

La niña que hablaba demasiado

Antes de que nuestra hija campara a sus anchas entre mamá y un servidor, no tenía yo ni la más remota idea de a qué edad aproximada adquieren los niños cada nueva capacidad. No sabía cuándo empezaban a gatear, a ponerse de pie, a caminar… No digamos ya asuntos más complejos como la edad hasta la que «debían» tomar el pecho o el biberón. Y, para qué nos vamos a engañar, sé que dentro de no mucho habré vuelto a olvidarlo y volveré a ser un cenutrio feliz.

De un tiempo a esta parte nos han llegado con frecuencia comentarios relativos a lo mucho y bien que habla nuestra muchachita para la edad que tiene. No es raro que el sorprendido elogio «hay que ver lo que habla esta niña» venga rematado por un incordioso «para no ir a la guardería», pero eso es harina de otro costal. La cuestión aquí es que no sé qué pensar. Por un lado, un espasmo de orgullo de padre recorre mi sistema nervioso amenazando con desplegar una magnífica cola de pavo real asomándome del culo. Por otro, mi sociópata interior murmura desde su cueva que eso se lo dirán a todas…

Independientemente de cuánta verdad haya en ese tipo de comentarios, la realidad es que nuestra hija habla mucho con nosotros. Y lo hace con frases de una complejidad relativa y haciendo gala de un vocabulario cuyo ritmo de crecimiento no deja de asombrarnos. Siempre he pensado que hemos tenido suerte en ese aspecto. Gracias a su capacidad verbal hace tiempo que somos capaces de entender lo que quiere en cada momento con una nueva precisión que todas las partes agradecemos en nuestro día a día. Lejos quedó la etapa en la que nos contentábamos con defender lo bien que se hacen entender los niños pequeños por medio tan solo de gestos y de un pequeño abanico de sonidos primitivos.

Sin embargo, desde hace ya algunas semanas empiezo a constatar un problema: el hecho de que un niño pequeño haya desarrollado mucho su capacidad gramatical y léxica no implica necesariamente que esté preparado para entender los razonamientos que un adulto esconde detrás de sus frases. Yo le puedo preguntar a mi hija si prefiere pintar 10 minutos antes de la siesta y no pintar más por la tarde, o si le gustaría dormir primero y dedicar después toda la tarde a pintar. Ella entiende ya todas esas palabras e incluso es probable que me responda repitiendo la frase que considera la opción mejor. Pero si yo como adulto interpreto que la niña está asimilando las consecuencias de nuestra conversación, lo más probable es que la tarde empiece con un disgusto.

Desde que nació hemos tratado de hablar a nuestra hija como a una más. Nos dirigimos a ella de una forma natural, tratando de utilizar las palabras adecuadas en cada caso y evitando hablar con ella «como los indios». Tampoco somos particularmente amigos de abusar de la infantilización del lenguaje. En nuestra casa un perro no es un «guau» y un filete de ternera no es «chichi». Nunca sabremos si algo de todo eso ha ayudado a que la pequeña de la familia sea ahora tan divertidamente locuaz.

Lo que sí hemos aprendido es que, una vez más, una mala definición de nuestras expectativas como padres es muy a menudo la única causa de los malos ratos que nos llevamos con nuestros hijos. Si pretendemos que duerman como y cuando a nosotros nos gustaría que durmieran, mal camino llevamos. Si queremos que entiendan lo corto que es «un momento» o lo definitivo que es «el último y nos vamos», estamos abocados al fracaso. Si esperamos que sean capaces de hacer suyas nuestras prisas de adultos, no hay niño que vaya a ser capaz de satisfacernos. Seamos realistas con las expectativas que dibujamos en nuestro imaginario de padres. Nuestros hijos nos lo agradecerán y todos en casa viviremos más felices.

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6 thoughts on “La niña que hablaba demasiado”

  1. Ay, pensaba yo que te había comentado pero no; solo lo compartí 🙂 Nosotros también hemos tratado siempre de hablar normal a Mara desde que nació. De hecho, yo me empeñaba siempre en contarle todo: “Ahora te voy a echar crema”, “Vamos a comprar nosequé”… Y así. Locuras de madre. Ahora con Leo la verdad es que he perdido bastante eso pero intento mantener lo de hablarle normal (aunque me derrito con él… y me salen muchos cuchis, cuchis).

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    1. Jajaja, si lo de hablarles haciéndoles monerías es inevitable. Nos puede… Yo le decía a Vanesa en broma que al bebé le hablaría como a una persona adulta y con tono completamente serio, y ya ves tú lo que tardé en ponerme papimoñas :D.

      Pero más allá del tono cariñoso y las pedorretas, nosotros también tratamos de contarle todo lo que hacemos y de hacerle partícipe de los planes y de todo lo que pasa con el máximo rigor posible. Y oye, por lo menos atención siempre ha puesto mucha, y siempre dice «más, papá, más». Le encanta que le hables de cualquier cosa, desde el funcionamiento de una gasolinera hasta una receta de cocina 🙂

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  2. ¿Y si te digo que en mi casa todo lo que cocino es “chichi” y que todos los perros son “guau”? ¿Cómo te quedas? Soy muy malamadre, lo sé xD

    Y no hay manera de hacerle cambiar de opinión. Además el muy jeta va llamando a los perros a ladridos desde la silla porque se cree que así le van a hacer más caso… y se lo hacen, pero porque lleva pan jajaja

    Creo que cuando los padres primerizos salen del hospital nos deberían grabar a fuego el lema “cada niño tiene su ritmo”. Anda que no penamos porque la realidad no se ajusta a la ficción que nos hemos montado en nuestras inexpertas cabezas. Al final todos llegan al mismo punto. Lo bonito es ver cómo recorren el camino 😉

    ¡Haz un post sobre la coletilla “para no ir a la guardería”!

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    1. Jajaja, qué malamadre ni qué ocho cuartos. Es cuestión de gustos. A nosotros no nos sale así y no nos gusta mucho que le hablen así los abuelos, por ejemplo. Pero no conozco a ningún adulto que llame así a la carne o los perros, así que ojalá todos los problemas fueran tan importantes como este, jejeje.

      Entre el tiempo que estuvo en la guardería y el que pasa con los abuelos, la nuestra también aprendió a decir que tenía «pupa», por ejemplo, pero nunca hemos hecho por corregírselo directamente ni le hemos dado importancia. Nosotros hablamos de daño, dolor o heridas, y con el tiempo ella lo ha incorporado a su vocabulario con toda normalidad.

      Y con eso enlazo con tu frase. Al final todos llegan al mismo punto, exacto. No tiene sentido que nos volvamos locos preocupados porque la hija del vecino ya camine o hable más que la nuestra. Con lo bonito que es el camino, sería una pena querer completarlo antes de tiempo.

      Me apunto la sugerencia de post, jajaja, aunque seguramente repetiría mucho de lo que ya he dicho otras veces al respecto. Pero de verdad que es una frase que me sienta…

      ¡Un abrazo, paisana!

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  3. Hola. Qué edad tiene tu niña? la nuestra tiene como 27, y también es una cotorrita, habla, repite y nos sorprende a cada instante. Je, también sorprende a los demás. Pero de acuerdo, mucho les falta para entender nuestras expresiones de rutinas de adultos, y ojalá se demoren mucho en hacerlo. Un abrazo

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    1. ¡Hola!
      La nuestra cumplió los 2 años hace un mes. Viendo vídeos suyos parece que fue ayer cuando apenas balbuceaba algunas palabras importantes… Desde luego que sí, que tarden todo lo que quieran. Aquí en casa al menos no tenemos prisa ninguna ;).
      ¡Un abrazo y gracias por pasarte por aquí!

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