El futuro negro del «yo»

El futuro negro del «yo»

Hace ya algún tiempo —¡ay! las crisis del blog— nuestro amigo Adrián hacía pública su denuncia del despido que había sufrido como consecuencia de su petición de reducción de jornada por cuidado de hijos. Su caso, uno más en un país poco amigo de trabajadores que quieran hacer uso de sus derechos, tuvo mucha repercusión. Fueron varios los medios que ayudaron a darle voz; entre ellos, El País en esta colaboración del propio Adrián.

Como siempre que la triste situación laboral de nuestro entorno pretende llamar nuestra atención, se pudo constatar una vez más una deprimente realidad: el «enemigo» está entre nosotros. Una lectura rápida de los comentarios de cualquier noticia de este tipo es suficiente para hacerse una idea de la clase de sociedad egoísta, envidiosa e individualista en la que vivimos. Los ataques más feroces a quien lucha por sus derechos como trabajador no provienen siquiera de los empresarios a quienes el ejercicio de dichos derechos pudiera perjudicar. Son los propios trabajadores los que claman al cielo ante lo que consideran privilegios de los que ellos no pueden disfrutar. Veamos algunos ejemplos.

«Vamos a ver. Si yo tengo una empresa, lo que menos deseo es que mis empleados me den problemas a la hora de realizar su trabajo, lo mismo que ellos no quieren que yo se los dé a la hora de pagar. Si un empleado me dice un día “Perdone, ¿podría salir hoy un poco antes? Es que tengo que recoger al niño”, no pasa nada. Pero que lo tomen por costumbre, no. Si se contrata a alguien a jornada completa no es para que luego te venga con una “reducción de jornada” que probablemente te fastidia el cuadro.»

En primer lugar, si habéis leído alguna de mis reflexiones anteriores acerca de la conciliación, sabréis que estoy completamente de acuerdo en que no podemos obviar el papel de las empresas. Es innegable que para una empresa pequeña, para un departamento, para un proyecto concreto… la ausencia prolongada de un trabajador o la reducción en sus horas de trabajo pueden constituir una dificultad añadida e imprevista. Por eso precisamente es necesario dotar a las organizaciones de herramientas que les permitan reducir el coste que la reorganización del trabajo les pueda acarrear.

¿Acaso no se ayuda ya a las empresas cuando contratan personal falto de experiencia? ¿No reciben subvenciones cuando emplean a trabajadores cuya edad los hace poco atractivos de cara a rescatarlos de un periodo de paro de larga duración? ¿No se fomenta la contratación de personas cuyas dificultades motoras o de cualquier otro tipo pueden requerir de un esfuerzo adicional por parte de todos los implicados? Se trata de adecuar las ayudas y de dirigirlas hacia aquellos que tienen necesidades particulares. Y las circunstancias en las que se debe desarrollar la crianza de un hijo en nuestra sociedad hoy son bien particulares, vaya si lo son.

Pero no solo hacia la empresa debemos dirigir nuestra mirada. También nosotros como consumidores, como clientes, como compañeros… tenemos que reflexionar. Es necesario dar un paso atrás y contemplar el conjunto desde otra perspectiva. No podemos sorprendernos de que un ser humano tenga «la ocurrencia» de engendrar hijos. No podemos escandalizarnos porque un trabajador pretenda hacer uso de sus derechos.

También las vacaciones o las bajas laborales provocan trastornos. ¿Qué hacemos con ellas entonces? ¿También las cancelamos? Hay que reorganizar el trabajo o hacer un sobresfuerzo; puede ser necesario hacer entender a un cliente que los plazos deben ser humanamente razonables; quizá haya que contratar personal de sustitución temporalmente.

«Lo que tendríamos que tener, todos, es horarios laborales racionales y potenciar el teletrabajo, como en Europa. Esto está demostrado que mejora la productividad, disminuye el absentismo, mejora la satisfacción y permite hacer otras cosas además de trabajar, sea hacer deporte, cultivar alguna afición o estar con tus hijos. No puede ser que los que sean padres tengan un trato favorable a costa de que su trabajo lo hagan los que no son padres, que es lo que pasa ahora.»

Estoy de acuerdo en la primera parte. Una gran parte de los trabajos se podrían desempeñar con igual o mayor eficiencia con horarios más racionales, con un grado superior de flexibilidad o aplicando total o parcialmente el teletrabajo. Sin embargo, no podemos olvidarnos de que los puestos de oficina y horario partido no representan ni mucho menos la mayoría de los casos. Es necesario disponer de herramientas adicionales que determinen qué derechos tenemos los trabajadores como personas a la hora de conciliar.

Sin embargo, la frase final del comentario comete una falta de rigor habitual: la reducción de jornada o la excedencia no son regalos que la empresa o el Estado hacen a los padres. No son unas vacaciones pagadas. Son derechos cuyo coste directo recae única y exclusivamente sobre aquel que los ejerce. Cuando yo me acojo a una reducción de jornada, nadie debe hacer mi trabajo. Simple y llanamente porque dejo de percibir la remuneración correspondiente a esa parte del trabajo que ya no puedo completar en un tiempo menor. No es, por tanto, mi trabajo. ¿Es de alguna manera un privilegio? Lo es desde el punto de vista de que no todo el mundo puede acogerse a ese tipo de facilidades. ¿Son entonces también un privilegio las becas o las ayudas a la dependencia? ¿Qué sentido tienen entonces las bajas por maternidad o paternidad, en cuyo caso sí está el empleado percibiendo un salario durante su cese de actividad?

Ahora bien, es obvio que no todas las tareas son igualmente divisibles. En una empresa pequeña es probable que los departamentos sean unipersonales, o que incluso un mismo trabajador desempeñe labores correspondientes a diferentes áreas. ¿Cómo podemos resolver en ese caso la ausencia de quien ostenta la responsabilidad en exclusiva? Ahí es donde insisto en que deberían las empresas contar con herramientas que les permitan superar con éxito la inabarcable complejidad del mundo laboral.

En cualquier caso, insiste el comentario en poner el foco sobre quien decide dedicarse al cuidado de sus hijos. ¿Pero y qué sucede cuando hablamos de parientes mayores o de dependientes? En las tripas de una pirámide poblacional como la nuestra no podemos ignorar el papel que los cuidados van a representar en apenas un par de décadas. Las residencias públicas o privadas son una solución posible igual que lo son las guarderías, pero no deberían ser ni la única ni, sobre todo, la primera de la lista. Todos merecemos el mejor de los cuidados y todos deberíamos tener la oportunidad de que sean quienes más nos quieren quienes nos ayuden si así lo desean. Basta ya de convertir los cuidados en un negocio; basta ya de menospreciarlos.

«En muchas ocasiones la ventaja de la reducción de jornada se usa para blindarse frente a despidos, exactamente igual que con la representación sindical. Sencillamente, hay que suprimirlo o justificar debidamente la reducción de jornada. Conozco casos de primera mano de compañeros que han solicitado la reducción de jornada de una hora y luego entran a trabajar a la misma hora para hacer méritos; o porque no quieren estar en casa ¡salen a las 21:00!»

Los abusos perjudican a todos, pero la solución no puede pasar por penalizar a todos los beneficiarios de los derechos en cuestión. No conozco a nadie que haya decidido prescindir de una parte importante de su retribución para dedicarse a recoger castañas. Puede ser que existan casos, no lo niego. Es más, en más de una ocasión he discutido acerca de si no sería razonable que una gran mayoría de los trabajadores redujeran la duración de su jornada de forma que el trabajo pudiera quedar más repartido al tiempo que todos disponemos de más horas libres al día para disfrutar de la vida.

También hay quien utiliza los permisos por enfermedad de un familiar para pasar el puente en la playa. Hay quien exprime los vericuetos de la ley para hacer uso de becas y subvenciones que no necesita. Hay quien cobra pensiones suplantando a familiares que hace años pasaron a mejor vida. ¿Significa eso que debemos dejar tirados a todos quienes de verdad necesitan ese tipo de apoyo? Las generalizaciones son extremadamente peligrosas y la simplificación del mensaje que provocan no suele conducir a nada bueno.

«Pues a mí me parece normal que lo despidan. Si no les sirve su disponibilidad, pues se busca a otro.»

El último resume a la perfección cierto espíritu «cuñao» que reina en España. Lo mismo da que se esté cometiendo una ilegalidad. No importa que se esté aplicando un despido que cualquier juez declararía nulo. Da lo mismo que se esté infringiendo un derecho reconocido por la ley. Si a mí no me afecta, será que «algo habrá hecho».


 

Todos los comentarios anteriores podrían ser igual de válidos en discusiones similares sobre cualquier tipo de derecho laboral, ayudas públicas o medidas de conciliación. ¿Qué nos pasa? ¿Es pura amargura lo que lleva a seres humanos como nosotros a pensar de esa manera? ¿Es envidia? ¿Odio a la Humanidad, quizá? Me pregunto si ninguno de los autores de semejantes hilos argumentales tiene hijos. Porque, si los tiene, ¿qué hace esa gente con sus hijos? ¿Qué harán cuando sus padres sean mayores y no puedan valerse por sí mismos? ¿También los considerarán «un problema», una carga, un trabajo que no es suyo?

El individualismo nunca ha sido de gran ayuda. La fuerza de los trabajadores a la hora de defender sus derechos no reside en cada uno de manera independiente, sino en el poder del grupo. De igual manera, el valor de una sociedad no se descubre en el empeño con que cada individuo reclama lo suyo, sino en la medida en que el conjunto se ocupa de todos. Una sociedad que abandona a los que requieren la ayuda del resto o que ignora la diversidad en busca de un patrón único y productivo es una sociedad enferma. Hemos progresado mucho en el tratamiento pero no podemos perder de vista el diagnóstico: seguimos estando enfermos.

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9 thoughts on “El futuro negro del «yo»”

  1. Me encanta… yo tampoco entiendo que los compañeros sean realmente nuestro enemigo número uno. Tampoco entiendo cómo no se puede redistribuir el trabajo en los departamentos cuando hay una reducción de jornada. Yo ahora trabajo la mitad y obviamente cobro la mitad. Es un coste enooooorme que bien merece la pena. Y nadie hace mi trabajo, salvo yo misma 😉. Me encanta tu post!!

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    1. ¡Encantado de leerte aquí, Nieves!

      Es como dices, los comentarios de ese tipo ignoran por completo el gran coste que una decisión así conlleva. Hay que hacer muchos números y tener muy claras las prioridades en la vida. Pero quedémonos con lo importante, ese «bien merece la pena».

      ¡Un besote y gracias por tu aportación!

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  2. Cómo me alegro de tu vuelta. Y de tener tiempo para hacerte uno de esos comentarios interminables, ya sabes, en mi línea 😛
    En mi vida anterior a la maternidad era una de esas personas que escupían sapos y culebras cuando se enteraba de que al compañero X le habían concedido una reducción de jornada. La verdad es que los “privilegios” superaban con creces la pérdida económica: de un trabajo a turnos con cómputo anual de sábados se pasaba a currar solo de mañana. Una situación ideal para la conciliación pero una put*** para los que nos quedábamos. Evidentemente con este panorama el aumento de reducciones aumentó hasta tal punto que el desequilibro entre turnos llegó a oídos de una jefa de las gordas , que montó en cólera y cortó por lo sano denegando por sistema cualquier modificación en el horario laboral hasta estudiar a fondo cada caso. Claro ejemplo de que el abuso (porque no todas las reducciones eran para conciliar, sino una excusa para trabajar en un horario más ventajoso) acaba con las buenas intenciones de la dirección y joroba a los futuros padres poniendo muchas trabas a la solicitud de medidas de conciliación. Tengo que decir en descargo de mi empresa que a pesar de la cantidad de informes que piden a tu jefe de sección, al final te conceden lo que pides siempre que sea razonable.
    En cuanto a egoísmo, lo he sufrido en mis carnes. En su día pedí traslado a un centro de trabajo más próximo a mi casa. En un principio durante el primer año de mi bebé y ya de paso paliaba un poco (disfrutaba ya de reducción de jornada) la ausencia de una compañera de excedencia. Cuál fue mi sorpresa cuando en una reunión con las trabajadoras (todas mujeres) de ese centro me soltaron a la cara que no querían gente a medias allí, que necesitaban personas al 100% y que qué bonito quedarme en casa cuidando de mi hijo mientras ellas se enterraban en trabajo bla bla bla… Indignada revoqué mi solicitud. ¿Sabías que la que lideraba la queja había disfrutado de una reducción de jornada durante toda la infancia de sus hijas? Parece ser que en este país somos unos desmemoriados o quizá unos envidiosos, no lo sé.

    NI quiero que mis compañeros se coman mi trabajo pendiente ni tampoco los que reducimos jornada intentamos escaquearnos o desconectar de las obligaciones laborales. Llegar al equilibrio es complicado.

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    1. ¡Y cómo me alegra a mí leerte de vuelta, Estrella! 😉

      Tienes toda la razón. Lo ideal sería acercarse todo lo posible a un equilibrio que podríamos calificar como «de sentido común». Por desgracia, ya sabemos que no todos entendemos lo mismo por el menos común de los sentidos.

      Quizá me expreso de forma muy radical cuando trato de defender mis derechos como padre trabajador. Aunque no lo diga de manera expresa en la entrada, no solo la empresa tiene que estar preparada para ser flexible, también nosotros tenemos que hacer un esfuerzo para que nuestra ausencia perjudique lo menos posible a la organización y, sobre todo, a las personas.

      Cuando yo fui a solicitar mi excedencia podría haberlo hecho 15 días antes y ahorrarme un largo periodo de preguntas incómodas. Sin embargo, como ya lo teníamos decidido en casa, avisé en marzo con la idea de dejar de trabajar en mayo. El proyecto se fue desviando de los plazos previstos y no fue hasta mediados de julio que finalmente vi el momento oportuno de hacer el traspaso a quien me iba a sustituir. A cambio, nuestra hija tuvo que «aguantar» ese par de meses más en la guardería de lo que nos habría gustado, pero el mismo respeto que se merecen nuestros hijos como personas que son lo merecen nuestros compañeros de trabajo, tengan o no hijos.

      Una excedencia, al fin y al cabo, es algo más fácil de solucionar con una persona que ocupe el puesto vacante. Las reducciones, en cambio, son más delicadas. No podemos pedirle a cualquier empresa que contrate a alguien nuevo para cubrir dos horas diarias de reducción de una persona… Al menos no sin mucha ayuda por parte de la Administración. A veces salen perjudicados injustamente compañeros, es cierto; otras veces, quien «disfruta» de la reducción de jornada acaba teniendo que sacar adelante el mismo trabajo en menos tiempo, bien con un estrés y una presión añadidos, bien porque demuestra que el horario completo es en muchos casos absurdo.

      Al final lo malo es que por una y otra parte se producen abusos como los que tú comentas. La ley debería ser flexible para permitir a todas las partes maniobrar en la infinita variedad de casos que se pueden dar, pero al mismo tiempo tiene que ser clara para que no se vean vulnerados derechos que las empresas tienen también infinidad de formas de pisotear sin que se note mucho.

      Qué difícil todo, ¿verdad?

      ¡Muchas gracias por tu gran aportación!

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  3. Qué maravilla leerte de nuevo y, además, hacerlo con un texto tan necesario. Muchas gracias por poner siempre tanta coherencia en un mundo enfermo. ” Todos merecemos el mejor de los cuidados y todos deberíamos tener la oportunidad de que sean quienes más nos quieren quienes nos ayuden si así lo desean. Basta ya de convertir los cuidados en un negocio; basta ya de menospreciarlos.” No te imaginas la cantidad que pienso en eso. A mi, desde luego, no me gustaría que mis hijos me apuntaran de viejita a una de esas residencias en las que hasta la soledad está pautada. Me muero allí mismo el primer día. Al final, socialmente, los que no producen deben ser cuidados por terceros para que quienes deberían cuidarles sigan produciendo para pagar a terceros para que produzcan en forma de cuidados. Qué sinsentido. Espero transmitirles con los años el valor y el respeto que deben darles a los cuidados y a las personas que los ejercen porque no creo que haya nada más valioso en una sociedad que eso.
    Beso enorme.

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    1. Ese bucle infnito de externalización de los cuidados que describes es algo que me trae de cabeza. Supongo que es más fácil y cómodo, más «barato» unirse a la rueda y dejar que sean otros quienes cuiden de los nuestros, pero me parte el alma.

      Vanesa y yo ya lo hemos hablado algún día. Si nuestros padres nos necesitan algún día, espero que no nos falte el valor que ahora decimos que tendremos para desearle lo mejor a Madrid y marcharnos a su lado. Al menos ahora estamos convencidos de que es lo que deberíamos hacer y lo que queremos hacer.

      ¡Un besote, Diana!

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