¿Y los niños azules?

¿Y los niños azules?

El primer paso para superar un problema es reconocer su existencia. Yo tengo uno: soy machista. Me cubro de ínfulas feministas cuando defiendo el derecho de mi hija a ser tratada en igualdad de condiciones que el resto de los niños y, sin embargo, soy consciente de que aún me queda mucho camino por recorrer.

Parte de ese reconocimiento nace de una reflexión que hago de vez en cuando al respecto. ¿Defendería yo la misma postura si estuviera hablando de un hijo varón? Porque hay algo que olvidamos a menudo cuando nos sumergimos en el fragor de las discusiones sobre el sexismo: el machismo también afecta a los niños. Los niños varones son igualmente víctima de los estereotipos y de la presión del entorno. Los roles que les asignamos como sociedad son diferentes a los de sus compañeras de generación pero no por ello dejan de ser dañinos.

Me ofende e indigna que pintemos a las niñas de rosa y que los catálogos de juguetes perpetúen viejos roles machistas asignándoles las tareas y los oficios menos valorados. Como padre, me gustaría que mi hija vistiera pijamas de astronautas, camisetas de animales monstruosos y gorros de coches fantásticos. Quiero que pueda jugar con libertad a todo tipo de juegos, practicar toda clase de deportes. Insisto en que no le regalen los oídos día tras día con un cansino y zalamero «qué guapa eres», dejando de lado atributos como la inteligencia, la fuerza o el ánimo aventurero.

Pero, ¿y si tuviera un niño? ¿Habría recorrido ya ese mismo camino empezando por el extremo opuesto? En la mayor parte de los supuestos anteriores no me cabe ninguna duda de que sí. Sin embargo, tengo que admitir que me chirriaría ver a mi hijo vestido con ropa de flores, lentejuelas o mensajes ñoños de princesa. Parte del problema es mío, desde luego, pero parte también viene del miedo que sé que tendría al qué dirán. Y no tanto al qué me dirán a mí, que ya voy camino de estar de vuelta en la vida de muchas cosas —chistes sobre alguna camiseta rosa mía entre otras—, sino por lo que llegaría a sus oídos de boca de otros padres y otros niños. «Eso que llevas es de chica».

Me parece ridículo que sigan confundiendo a mi hija con un niño por el hecho de que no lleve pendientes. Si, por el contrario, tuviera que escuchar que un hijo mío «parece una niña» por cómo lo llevo es posible, quién sabe, que lo entendiera como un comentario más ofensivo.

Hace poco comprobamos en una tienda de moda que las camisetas «para niña» a partir de los 2 años venían ya más entalladas que las de monstruos y cohetes de la sección «para niño». Intento no darle mucho valor a la ropa o al aspecto físico y de vez en cuando me da por pensar por qué son mayoritariamente las mujeres quienes sienten la necesidad o quienes gustan de maquillarse, ponerse zapatos de tacón que torturan sus pies o decorar su atuendo con joyas y ropas rematadas con volantes o elementos brillantes. ¿No es también parte de una imposición cultural muy muy antigua?

Por eso quizá tengo siempre la sensación de que la ropa «de chico» es la más neutra, porque no necesito que ni ellos ni ellas presuman de florituras que los completen para que puedan decirles lo guapos que están. Afortunadamente, hoy en día es normal que las niñas lleven pantalones. Sin embargo, hay multitud de prendas con las que un niño sería visto, como mínimo, con curiosidad —faldas, leotardos, blusas, vestidos…—. Forman ya parte de la construcción cultural de género que asociamos a la mujer y, desde que nuestros hijos tienen apenas unos meses nos hace gracia verlos ya como parte de esa estructura. ¿No nos estamos adelantando un poco? A mí me da mucho que pensar…

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4 comentarios sobre “¿Y los niños azules?”

  1. Tienes razón, yo también soy machista. Me parece genial el tema del feminismo y de la igualdad de sexos, pero creo que también tendría el mismo problema que tienes tu.

    Lo masculino nos parece neutro; la ropa, los juguetes… Y ver a una niña con ello nos parece genial e incluso loable, pero si es a la inversa… Nos chirría ver a un niño jugando con muñecas o ropa de color pastel. Vemos que se sale de la norma y tememos lo que podría pasar.

    Obviamente que hemos avanzado mucho en esto, pero aún queda mucho camino por recorrer, no podemos esperar a cambiar de un día para otro generaciones y generaciones de cultura patriarcal.

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    1. Pues sí, el cambio será más lento de lo que nos gustaría, pero, oye, siendo padres tenemos el poder de y la responsabilidad de favorecerlo aún un poco más. No solo debemos y podemos cambiar nosotros, sino que tenemos que servir de ejemplo para que la generación de nuestros hijos sea la primera que mama una nueva cultura igualitaria y feminista desde la cuna. ¡Sin prisa pero sin pausa!

      Un saludo y muchas gracias por tu aportación 😉

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  2. Magnifico post,me ha encantado.Tenemos una peque de 19 meses a la que tambien le compramos,ademas de cosas de tipicas de chica (vestidos por ejemplo), otras que podrianos decir de chicos,como pijamas de dinosaurios y vasos de marcianitos.La idea es que sea ella la que más adelante decida qué le gusta más,o si le gusta todo por igual.Aunque me temo que esa decisión no sera libre,pues ya vendrá condicionada por lo que la sociedad espera de ella,limitando su abanico de opciones. En mi opinion parte del problema es que cada vez las cosas destinadas a los peques estan mas diferenciadas y asignadas:colores,tematicas,etc.Y cada vez desde más pronto.Rosa y princesas para ellas y azul y dinosaurios para ellos
    ¿¿¿Por qué no hay más cosas neutras???

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    1. Hola, Lucía:

      Pues sí. Hay tiendecitas de barrio un poco más originales en las que es más fácil encontrar ropa neutra, pero como te pases por las grandes cadenas o las tiendas más tradicionales…

      Nosotros también somos de esa filosofía: le ponemos de todo, rosa y azul, verde y naranja, con flores y lazos o con dinosaurios y motivos deportivos. Confiamos en que sepamos darle las herramientas de decisión adecuadas para cuando sea un poco más mayor. Pero claro, como bien dices, en este y en otros ámbitos —el de la alimentación nos preocupa bastante también, por ejemplo— no vivimos aislados del mundo. Nuestros hijos observan el comportamiento de todos los que los rodean y, por mucho que nosotros seamos su estímulo más fuerte durante los primeros meses o años, es inevitable que reciban un montón de influencias en sentido contrario a medida que van pasando más tiempo lejos de nuestro lado.

      En fin, no perdamos la fe en que las cosas cambien y en que nuestros hijos se den cuenta de que son y deben ser libres para elegir.

      ¡Un saludo y muchas gracias por pasarte y comentar!

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