André Stern

El niño que nunca fue al colegio

Aún nos queda un cierto margen de tiempo para devanarnos los sesos con la difícil decisión de escoger un colegio para nuestra hija. Mientras llega ese momento, vamos prestando atención a lo que nos cuentan amigos y conocidos que ya han pasado por ahí. Y lloramos. También nos llegan noticias de Austria, desde donde la familia de uno de mis mejores amigos nos empezó a hablar del porteo o del baby-led weaning cuando nosotros aún no sabíamos ni cómo cambiar un pañal. Y yo, ávido de material con el que torturarme, me retuerzo de envidia agarrándome a aquellos aspectos de la crianza en los que opino que allí al norte nos llevan algo más de ventaja.

Fueron ellos quienes nos hicieron llegar este vídeo de un tal André Stern, un curioso francés cuya fama en el ámbito educativo se debe al hecho de que nunca durante su infancia pisó una sola institución formativa como alumno. La charla que imparte está en alemán, pero no os será difícil encontrar multitud de intervenciones suyas en inglés o incluso alguna entrevista en castellano.

No hace falta rebuscar mucho en el cajón de argumentos para darse cuenta de que algo así no es adecuado —ni posible— para todo el mundo. Ni siquiera para la mayoría, diría. Sin embargo, el testimonio del hijo del pedagogo e investigador Arno Stern, debería hacernos reflexionar a todos. Primero y sobre todo por un hecho evidente: el fruto de una infancia alejada de la escolarización no tiene por qué ser necesariamente un adulto desempleado, asocial y analfabeto como la propia presentadora de la charla sugiere.

Si os interesa la pedagogía y os cuestionáis cuál es el método o el sistema educativo ideal para nuestros hijos, os recomiendo que busquéis a los Stern, padre e hijo, y echéis un vistazo a lo que proponen. Insisto, como ellos, en que no se trata de oponerse a la escolarización —André se manifiesta en contra del home-schooling, de hecho—, pero plantean cosas muy interesantes sobre las que merece la pena reflexionar. Os resumo algunas de las tesis que defiende en su charla. Dan que pensar.

  1. Optimizados para aprender
    No hay nada que un niño no pueda aprender. El niño es un ser optimizado para ello. En su naturaleza, ya desde antes de nacer, están la predisposición para crecer y aprender.


  2. El juego como aprendizaje
    Lo primero que hace un niño si lo dejamos en paz es jugar. Todos los niños juegan, incluso los niños enfermos, incluso aquellos que saben que se están muriendo o que sufren las consecuencias de una guerra, del hambre o de la pobreza. No hay nada mejor que el juego para aprender.


  3. El miedo al juego
    Si no interrumpiéramos a los niños, siempre estarían jugando. ¿Por qué nos empeñamos en hacerlo constantemente? Porque tenemos miedo. Nadie ha experimentado nunca qué pasaría si dejáramos a un niño jugar, no sólo un día completo, sino toda su vida. ¿Acabaría convertido en un salvaje asocial, parado y analfabeto? ¿O quizá no? No deberíamos tener miedo, sino confianza en nuestros hijos.


  4. El choque con la realidad
    Para el niño jugar y aprender son una misma actividad. Hasta que, de pronto, una persona de referencia para él —sus padres, sus profesores…— le dice que tiene que dejar de jugar y ponerse a aprender, a «estudiar». El niño, enfrentado a un adulto que se presenta en una posición de superioridad, no se permite pensar que le estén pidiendo un absurdo, sino que interpreta que es él mismo el que tiene un problema y está procediendo de una manera equivocada.


  5. Un aprendizaje abierto al mundo
    Los niños tienen una predisposición natural a lanzarse al mundo y explorarlo. No hay nada peor para frenar esa inclinación que encerrarlo en casa con su familia. Mal camino estaríamos eligiendo si evitamos una educación reglada para sustituirla por un encierro doméstico. Un niño educado así compartiría únicamente los conocimientos de sus padres y, sobre todo, cada uno de los miedos familiares.


  6. La paradoja de las escuelas infantiles
    Los niños «vienen al mundo», una expresión llena de sentido porque llegan optimizados precisamente para este mundo. Y de repente, nos arrancan de ese mundo para prepararnos y formarnos de cara a poder reintegrarnos en él más adelante. E ironiza Stern: «imaginemos que hubiera lugares cerrados en los que se reuniera a niños con criterios tan poco apropiados como su edad y su lugar de residencia. Imaginemos que, además, se impartiera el mismo conocimiento en la misma cantidad a todos los niños». ¿No es un absurdo?


  7. El asombro como clave
    La neurología nos dice que el cerebro funciona como un músculo más que como una herramienta programada genéticamente. Aquello que ejercitamos es lo que se desarrolla. En consecuencia, nos hemos volcado en crear todo tipo de programas de estimulación temprana, idiomas en la escuela infantil, matemáticas para desayunar, chino ya desde que el feto está en el útero… Obvian esas técnicas que el aprendizaje real sólo tiene lugar cuando el cerebro se asombra y se emociona. Un niño al que dejemos jugar y descubrir el mundo está aprendiendo constantemente, bañándose en entusiasmo por todo lo que lo rodea.


  8. Educación sin jerarquías ni prejuicios
    Deberíamos dejar que nuestros propios hijos nos liberaran de miedos, prejuicios, expectativas, jerarquías y sistemas de cajones que priorizan unos ámbitos del conocimiento sobre otros. Los niños no prestan atención a la edad, al color de la piel… ni siquiera al tipo de ser vivo. Damos por hecho que lo que les gusta y lo que necesitan es estar con niños, pero no siempre es así.

Lo más interesante, quizá, sea escuchar el testimonio de lo que ha sido su experiencia como niño, joven y adulto. No creo que cualquier entorno familiar dé como resultado que un niño no escolarizado acabe hablando con fluidez varios idiomas, componiendo música, fabricando guitarras como luthier, o escribiendo libros, actividades todas ellas a las que se dedica hoy en día —entre otras muchas cosas—. A raíz de su vivencia como hijo, está poniendo ahora en práctica como padre la misma filosofía educativa, aprovechando el hecho de que en Francia la educación obligatoria no funcione del mismo modo que en España.

Es curioso lo mucho que insiste en que él nunca recibió clases, ni por parte de sus padres ni de ningún profesor. No se trataba de trasladar la escuela a casa siguiendo la filosofía del home-schooling. Siguiendo más bien la línea de lo que se conoce como educación democrática, el objetivo no es que una serie de adultos decidan qué y cuándo se debe aprender, sino que sea el propio niño el que va descubriendo sus intereses por medio de la exploración y el juego. Así, André no aprendió a leer hasta que cumplió 9 años, lo que no le impidió descubrir después su pasión por las lenguas que habla hoy en día. Algo así sería incompatible con un sistema de exámenes anuales que no se adaptan al ritmo del niño ni a sus gustos.

Con todo, nuestro protagonista reconoce que su educación no es perfecta y tiene lagunas. ¡Como la de todos! Pero con una diferencia fundamental: a él nunca le hicieron sentirse culpable ni avergonzarse por ello. Siempre interpretó que su falta de conocimiento no era sino espacio para algún día llegar a saber más. Mientras tanto, en lugar de centrarse en qué es lo que no sabía o qué es lo que se le daba mal, sus padres le dejaron siempre elegir qué es lo que le gustaba y se le daba bien, para que precisamente en eso fuera aún mejor.

Dejar que los niños exploren el mundo e interactúen con él y sus adultos resulta en un enriquecimiento mutuo. Frente a eso, nos encontramos con sistemas educativos que parecen orientarse cada día más desde los poderes públicos hacia una escolarización intensiva y cada día más temprana. Durante el turno de preguntas, una profesora austriaca comenta con pena que cada vez más niños bávaros —sus vecinos del norte en Alemania, esto es— se matriculan en Salzburgo para evitar las interminables jornadas completas de colegio que el sistema escolar alemán les impone. Termino con esto: ¿qué estamos haciendo mal para que las familias traten de huir de los colegios? ¿De verdad no se pueden hacer las cosas de otra manera?

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3 comentarios sobre “El niño que nunca fue al colegio”

  1. Buf, yo creo que se están haciendo muchas cosas mal. ¿Cómo te quedas cuando hablando con un padre sale el tema colegio y comenta que el nivel de exigencia de tercero de primaria está amargando a su familia? ¿O cuando se presiona por parte de la comunidad autónoma para que los colegios no dispongan de cocina propia en favor de una línea de cátering? ¿O cuando encontrar un colegio respetuoso con los ritmos de cada niño es una tarea imposible?

    A mí no me extraña que los padres huyan de los colegios y sobre todo del sistema público (ojo, hablo del caso de mi ciudad): profesorado muy quemado, instalaciones antiguas, comedor con línea de cátering de dudosa calidad… Cada familia es un mundo y tiene unas necesidades diferentes, pero resulta curioso que año tras año las solicitudes en ciertos concertados superen ampliamente el número de plazas ofertadas. De hecho conozco a familias que escolarizan a sus hijos en infantil muy a su pesar (recordemos que no es obligatorio) porque al comenzar primaria sería muy complicado conseguir plaza libre en algún colegio de su agrado. No voy a entrar en la polémica de colegio público versus concertado pero cuando la realidad es la que es, muchos padres prefieren pagar ciertas cuotas fantasma en concertados antes que sacrificar la calidad de la educación (o alimentación) de sus retoños.

    No entiendo cómo estos aspectos, que no pasan desapercibidos para cualquier familia, son ignorados por las administraciones públicas. La educación es el pilar de la ciudadanía del futuro y no un lugar donde aparcar a nuestros niños mientras producimos para esa sociedad que sigue haciendo cambios absurdos en un sistema que a todas luces sigue sin funcionar.

    ¡Feliz Navidad!

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    1. ¡Hola, Estrella!

      Es un problema complicado, ¿eh? En apenas un párrafo y con tres preguntas ya has sacado a relucir tres tipos de deficiencias diferentes que habría que solucionar.

      Y precisamente leyéndote me doy cuenta de que el camino hacia la solución está aún muy oscuro. Les pedimos a los políticos que se pongan de acuerdo en «un gran pacto por la educación», ¿pero sabemos lo que queremos decir con eso? ¿Qué debería incluir ese pacto? Hasta ahora los gobiernos no han hecho sino dar bandazos en este ámbito, pero lo que les preocupa no es la alimentación, los ritmos o educar adultos sanos y juiciosos. Lo que les preocupa es quedar bien en PISA.

      Y ahí voy: en el entorno de padres de Madresfera es fácil leer a madres y padres preocupados por una educación respetuosa, con valores de verdad y no ideologías, que tenga en cuenta los ritmos y la diversidad, que promueva un estilo de vida saludable… Y este tipo de padres concienciados se vuelven locos por conseguir plaza en el tipo de colegios de los que hablas. Pero si abres un poco más el radio de acción y charlas con otros padres menos preocupados por estas zarandajas, lo que les importa son las notas, los resultados académicos, el prestigio del colegio, que los niños aprendan allí a comer…

      Tenemos a medias el documental «Alphabet» en el que precisamente se aborda el asunto de los informes PISA y la competición absurda en la que nos hemos embarcado por lograr resultados matemáticos como si esto fuera una carrera de coches.

      Y sí, lo que dices del sistema público es cierto. Por muy defensor que sea uno de lo que es de todos, hay que reconocer que la Educación Pública está muy muy maltratada, y que no es de extrañar que dé miedo a muchos padres embarcar en ella a sus hijos viendo el estado en el que se encuentran muchos centros en cuanto a recursos, personal…

      En fin, tema complicado el de hoy. ¡Muchas gracias como siempre por tu gran aportación y feliz Navidad a ti también!

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