Vista de Stuttgart desde una de sus colinas

Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

Stuttgart como destino turístico

La Alemania de verdad

Reconozcámoslo: Stuttgart tiene muy poquito que ofrecer a un turista sediento de fotos con las que presumir en sus redes sociales. Es una de esas ciudades «sin más» que un dedo caprichoso dibujó sin pena ni gloria en el mapa de un continente lleno de rincones pintorescos. A Stuttgart hay que ir a pasear, a descubrir un tesoro escondido detrás de tres horas de caminata por aceras de Katzenkopfsteinpflaster —¿hay una palabra más hermosa?—, a comer en un restaurante suabo al lado de una boda de andar por casa celebrada un día laborable. A Stuttgart se va a vivir Alemania, esa que no se encuentra en el islote de Berlín ni rascando fuerte con lija.

Stuttgart, una ciudad entre colinas

La capital del estado de Baden-Wurtemberg se hunde en el fondo de un valle perfecto. Alrededor de sus calles cargadas de polución se suceden una ladera tras otra pobladas de jardines, bosques y vides alineadas con precisión germana. El núcleo central de la ciudad, por otro lado, es el hogar de miles de vehículos, entre los que Porsche y el resto de casas alemanas de coches de alta gama tienen una representación mayor de lo habitual. No encontraremos grandes superficies verdes bajo el aire habitualmente contaminado del centro de Stuttgart. Sin embargo, si nos alejamos de la maraña de asfalto, descubriremos una ciudad rodeada de pequeñas colinas y parques en los que cualquier estación del año merece una visita.

Estoy seguro de que los colores del otoño y la floración primaveral le sientan de maravilla a semejante colección de parques. El verano probablemente venga acompañado de deliciosas tardes contemplando las vistas de la ciudad desde cualquiera de sus infinitas colinas. Tardes que seguro refrescarán cualquiera de los helados que tanto recomendaban las insider tips que coleccionamos antes de viajar a Stuttgart. Pero si hay una época del año en la que un viaje a cualquier ciudad alemana es infalible, ésa es el Adviento.

Los mercadillos de Adviento

Desde una de las capitales más pintorescas de la Europa continental como es Berlín hasta el pueblo más tradicionalmente soso de las profundidades de Baviera, toda localidad germana que se precie vestirá cada final de otoño sus mejores galas para dar la bienvenida a la Navidad. En España, faltaría más, vamos tratando de imitarlo igual que hemos hecho con su Oktoberfest o con un Halloween que ha venido para quedarse. Pero no, ni ese mercadillo de la Plaza Mayor de Madrid, ni ese otro que crece cada año a la sombra de la catedral de Burgos se acercan siquiera a conseguir el ambiente que se respira en cualquiera de los de Viena (los primeros que conocí), Berlín o, en este caso, Stuttgart.

Mercadillo de Navidad de Stuttgart en la plaza del Ayuntamiento
Siempre huele a Glühwein en los corrillos de un mercadillo alemán

Me falta mucho mundo por recorrer pero, de momento, todavía no he conocido un país que huela tanto a comida como Alemania. En sus mercadillos de Navidad flota el olor de la parrilla abrazado a las decenas de especias que adornan sus Glühwein, sus ponches o cualquiera de sus múltiples especialidades dulces para rematar la faena. Es duftet, que dirían ellos. Y no basta con que las casetas del mercadillo español sean de madera y envuelvan las vigas en espumillón. No es eso. La decoración, la música, la gente, incluso lo que venden… todo forma parte de un ambiente que a mamá y a mí nos enamoró y seguramente siga haciéndonos volver.

—Papá, no te flipes.

Es cierto. Nos encantan los mercadillos y son un plan muy divertido. Fijaos si son atractivos que los mismos alemanes que a las 5 de la tarde se recluyen en casa huyendo del frío y de una noche que se desploma sobre ti a las 4 si te descuidas surgen por oleadas al olor de las Bratwurst y el Lebkuchen para disfrutar en un corro tras otro de una bebida calentita al estilo del mejor afterwork londinense. Pero, volviendo al principio del párrafo, no nos volvamos locos. Los mercadillos son un plan estupendo, pero tampoco podemos pasarnos el día allí a menos que lo que pretendamos sea fomentar la obesidad, el alcoholismo y el consumismo navideño.

Algo más que Navidad

Afortunadamente no sólo de mercadillos vive el hombre y resulta que nada más y nada menos que Stuttgart es la considerada como capital cultural alemana. Según parece, es la ciudad que dispone de una mayor oferta cultural en relación a su número de habitantes. No obstante, la mayor parte de las actividades infantiles que encontramos entre la programación disponible estaban orientadas para niños algo mayores, a partir de 4 años aproximadamente. Eso mismo sucede con algunas de las principales atracciones turísticas de Stuttgart, como el Mercedes Benz Museum. Éste, por ejemplo, es un museo precioso y merecedor de largas horas de visita, pero no es muy apropiado para unos niños pequeños a los que no se les permite tocar prácticamente nada ni montar en ninguno de los vehículos expuestos.

Desplazamientos y excursiones

Desde el punto de vista logístico, moverse por Stuttgart es relativamente rápido y cómodo. Es una de esas ciudades que calificaríamos como «manejables». A pesar de todo, la red de metro y S-Bahn no cubre toda la ciudad, por lo que seguramente nos veamos obligados a hacer uso de unos autobuses menos eficientes y amigables. En nuestros desplazamientos por Stuttgart vivimos a menudo situaciones de cierto agobio y estrés debidos a las estrecheces y al elevado número de viajeros que utilizan el autobús a diario. A eso hay que sumarle que no tuvimos la suerte de encontrar conductores particularmente amigables, por lo que las pocas veces en las que tuvimos que hacerles alguna consulta nos encontramos con actitudes más bien bordes y poco prestas a ayudar al novato.

Volviendo al lado positivo del sistema de transportes de la ciudad, eso sí, tenemos que decir que hay gran cantidad de tipos de billetes combinados adecuados para estancias de varios días y para grupos familiares. Si conseguís desentrañar las características de cada uno de ellos de entre las oscuras explicaciones que encontraréis, siempre se puede ahorrar algo de dinero sin miedo a que el revisor de turno nos pille viajando sin billete «a la española».

Aunque el propósito de esta entrada no es hacer un recorrido turístico por Stuttgart, sí me gustaría dejar constancia de una excursión con la que acabamos muy satisfechos. Si agotáis vuestra lista de puntos de interés antes de lo previsto, merece mucho la pena hacer una escapada a la cercana localidad de Esslingen. Se llega en apenas un cuarto de hora en tren y un paseo de una tarde o una mañana por su cucada de calles y plazas bien lo vale. Además, si seguís nuestra recomendación de viajar a Alemania justo antes de Navidad, tenemos que reconocer que los mercadillos que encontramos allí nos gustaron mucho más que los de la propia capital. Una monada.

Stuttgart con niños

Aunque ya he dejado alguna pincelada acerca de las particularidades que Stuttgart presenta como destino infantil, me gustaría repasar alguna más a partir de nuestra breve experiencia.

Andar, andar y andar. ¿Silla de paseo o mochila de porteo?

Quizá la más importante y la que más puede determinar la organización del viaje es esta primera: para conocer Stuttgart hay que andar mucho y, sobre todo, subir muchas cuestas y puede que incluso escaleras. La capital suaba no es una ciudad de grandes highlights. Es más bien uno de esos destinos que se descubren paseando. Nunca sabes dónde vas a encontrar una tienda de preciosa ropa para bebés hecha a mano a precios muy asequibles. Tres manzanas de barrio residencial sin bajos comerciales pueden ocultar un delicioso café alemán en la siguiente esquina, con esos Eiskaffees imposibles de encontrar en España.

Fieles a nuestra mochila de porteo como somos —y como algún día me gustaría contaros—, nos debatimos hasta el último momento en un bucle de indecisión sobre si llevarnos o no la silla de paseo. Nunca habíamos viajado en avión con una niña pequeña y, para ser sinceros, nos parecía una locura imaginarnos arrastrando las maletas, la cámara de fotos, la mochila con los trastos de primera necesidad y la silla desde nuestra casa en Madrid hasta el que sería nuestro alojamiento germano. Como siempre nos suele pasar, al final pudo más el «por si acaso» que la pereza y nos vimos una vez más montados en una expedición que cualquier espectador ajeno a nuestro viaje habría imaginado rumbo a una vuelta al mundo en autocar.

Pero sí, queridos lectores, la silla de paseo nos salvó la vida. Saliendo como salíamos de casa a eso de las 10 de la mañana para no volver a pisar su ruidoso parqué hasta bien entrada la noche, no sé cómo habríamos acabado si hubiéramos tenido que cargar con los más de 11 kilos de nuestra hija día tras día, cuesta tras cuesta. Eso, además, nos permitió dejar que durmiera tranquilamente sus largas siestas de sobremesa mientras nosotros seguíamos paseando por las calles del tradicional Bohnenviertel o su vecino bohemio, el Heusteigviertel. En cualquier caso, da gusto también pasear porteando por un país como Alemania en el que las mochilas de porteo son ya enormemente habituales. Qué lejanos nos sonaban allí los comentarios que aún se tienen que escuchar en España faltando al respeto a los que optamos por esta deliciosa y práctica alternativa.

Las áreas infantiles

Si el tiempo lo permite, podemos utilizar cualquiera de las áreas infantiles de recreo gratuitas para hacer un alto en el camino y reposar nuestras posaderas durante un rato. Las áreas infantiles son algo diferentes de las que encontramos habitualmente en las ciudades españolas. Sin entrar en muchos detalles, porque hay de todo, podemos decir que suelen ofrecer algo más que los columpios clásicos. En algunos casos nos vimos ante auténticas instalaciones industriales de procesamiento de arena. Como dijo mamá, cómo no van a ser eficientes trabajadores los alemanes cuando ya desde pequeñitos los educan para trabajar en centros de producción. Bromas aparte, hay columpios bastante originales y seguro que cualquier niño español agradecerá un rato de esparcimiento novedoso.

Comer en restaurantes

Con respecto a la hora de comer, nos fuimos con la sensación de que las tronas no son especialmente populares en los restaurantes. Pudo ser casualidad, pero en general encontramos menos de las que solemos tener a nuestra disposición cuando salimos a comer fuera en España. Eso se une, además, al hecho de que en Alemania abunden los restaurantes amigos de las estrecheces y en al menos un par de ocasiones nos vimos obligados a dejar la silla de paseo aparcada en la calle. Está claro que no habríamos tenido ese problema de haber porteado durante todo el viaje; no todo iban a ser ventajas de la silla. Con respecto a la trona, no creo que esto sea motivo suficiente para cargar con una de esas aparatosas tronas portátiles. Hartos bultos llevamos ya encima con los niños, más aún si se trata de un viaje invernal como el nuestro.

Animales por doquier

Una de las cosas que nos resultaron más curiosas de nuestra visita a Stuttgart fue la cantidad de animales que vimos durante esos cuatro días. Tanto el mercadillo de Stuttgart como el de la vecina Esslingen tenían pequeños establos con burros, ovejas y cabras, un recurso que nos venía de perlas tener a mano para cuando nuestra pequeña amante de la fauna empezaba a reclamar un cambio de cualesquiera actividad estuviéramos haciendo. También nos topamos grupos de gansos comunes y algunos patos en varios de los estanques que decoran el casco urbano y los parques del extrarradio. Y en esos mismos parques, como no, siempre se cruza uno con multitud de animales domésticos y amigos de la ciudad, como las ardillas. La palma, eso sí, se la lleva el parque de Killesberg, que en la parte más alta tiene varios recintos vallados bastante amplios en los que pastan varias razas de cabras, alpacas y cerdos, además de algunos ponis y burros. Anda que no agradeció alguna de las cabras el masaje que le regalamos.

Gansos pastando en el centro de Stuttgart
«Vengo en son de paz, gansos»
Transporte alternativo

Para desplazarse entre tanto punto de interés disperso, además de la red de transporte público que ya he mencionado, también es posible utilizar la bicicleta. Alemania es un país mucho más avanzado que el nuestro a ese respecto y, entre otras cosas, es mucho más fácil encontrar carros de todo tipo que acoplar a nuestra bicicleta y en los que transportar a los niños. La última vez que me informé sobre el uso de dicho tipo de carros en España me encontré con mucho desconocimiento, un cierto vacío legal y una responsabilidad repartida en ordenanzas municipales que hace que haya que pensarse muy mucho si merece la pena o no invertir en un dispositivo de ese tipo.

Algunos rincones curiosos

Ya he mencionado que Stuttgart carece de grandes monumentos de postal, pero sí podemos encontrar algunos rincones a los que merece la pena dedicarles al menos una foto o un rato corto de nuestra visita al a ciudad.

Destaca, por ejemplo, la Biblioteca Municipal o Stadtbibliothek, un edificio moderno y frío que demuestra que no solo las grandes bibliotecas antiguas de maderas nobles pueden ser hermosas. Las vistas del interior del recinto desde la planta superior son un espectáculo y la planta dedicada a las obras para el público infantil bien puede ser un recurso agradable para pasar un rato descansando sentados huyendo del rigor del clima alemán. Entre libros orientados a todas las edades —y no hace falta saber alemán para que un niño disfrute con un cuento—, pequeños sofás blanditos les sirven para tirarse cómodamente a leer o para, como decidió nuestra hija, escalar, subir y bajar sin parar entre estanterías bajitas de libros a la altura de los brazos más cortos de la familia.

La Stadtbibliothek de Stuttgart
La modernidad de una biblioteca no tiene por qué estar reñida con su atractivo

Si os gustan las cuestas que recompensan con un buen puñado de hermosas vistas, podéis incluir entre vuestra lista de miradores el del Jardín Chino o Chinagarten. Tengo que reconocer que a nosotros nos pareció ridículamente pequeño cuando por fin lo encontramos, pero es cierto que las vistas eran bonitas y que es un rincón muy cuco que seguramente sea agradable conocer en cualquier época del año. Nuestra visita hacia la mitad del otoño nos regaló algunas estampas preciosas de las hojas de los árboles y arbustos en plena explosión de colorido. A cambio, eso sí, nos tuvimos que conformar con un estanque de peces bastante sucio y sin cascadas de agua debido a las bajas temperaturas.

Mirador del Chinagarten de Stuttgart
Un pequeño mirador remata los jardines del Chinagarten

Afortunadamente, no todas las cuestas hay por qué subirlas a pie. Podemos salvar algunos desniveles aprovechando para conocer dos de los trenes urbanos más originales de Stuttgart: el Zahnradbahn y el Seilbahn, seguramente el más curioso de los dos. Nosotros no vimos la oportunidad de encajar esa excursión con ninguno de nuestros itinerarios, aun cuando estuvimos paseando una de las siestas de la gusanita junto a la estación inicial del Zahnradbahn. Quizá con niños algo mayores que aprecien mejor la emoción de subir en distintos medios de locomoción sí merezca la pena el esfuerzo de acercarse a conocerlos.

La excursión que sí hicimos y, con toda seguridad, la visita que más nos gustó, fue la que nos llevó hasta Esslingen. Esta pequeña ciudad al sureste de Stuttgart fue una de las pocas localidades alemanas cuyos edificios se salvaron de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, por lo que aún hoy conserva uno de los cascos históricos más representativos del país. Entre las casas típicas de su plaza del mercado y serpenteando entre callejuelas empedradas, se extiende en Esslingen durante el Adviento un mercadillo de Navidad que nos enamoró. Si lo contemplamos en relación al tamaño de la ciudad que lo alberga, es mucho más importante que el de la vecina Stuttgart. Hasta tal punto es así, que se encuentra dividido en diferentes áreas temáticas. Entre ellas, destacan fundamentalmente por su originalidad la zona medieval y, sobre todo, el mercadillo infantil.

Rincón del mercadillo de Navidad de Esslingen
El Esslinger Weihnachtsmarkt

El área infantil del mercadillo propone todo tipo de juegos para niños —algo mayores que la nuestra, otra vez— inspirándose en la tradición medieval. Si os cuento que había una noria impulsada exclusivamente a mano por dos garrulos medievales os podéis hacer una idea del nivel. También nos llamó mucho la atención un juego de apuestas con ratones, aunque los niños se lo pasaban en grande lanzando hachas, construyendo sus propios arcos o escuchando las chanzas de un trovador convenientemente mugriento para la ocasión. No os imagináis lo que tenían allí montado.

Tópicos típicos

Nuestra escapada de 6 días a Stuttgart no puede tener más valor que el anecdótico. Sin embargo, esta primera experiencia teutona acompañados por nuestra hija nos sirvió para recordar algunas de las diferencias que nos separan de nuestros vecinos del norte. Existen muchos tópicos relacionados con el ciudadano alemán. Algunos tienen cierto fundamento; otros, supongo que no tanto. En cualquier caso, nos resultó curioso buscar un valor sociológico a nuestro viaje.

En general, soy de la opinión de que tenemos demasiados complejos con respecto a los alemanes. En ese sentido, es cierto que parecen llevarnos ventaja en algunos aspectos positivos sobre los que nosotros deberíamos trabajar, pero no son perfectos y también tienen lo suyo.

¿Y en qué nos ganan, por ejemplo? Pues de entrada y a mucha distancia de nosotros, en el respecto a la propiedad ajena. Los ejemplos son innumerables pero el mejor que encontramos durante el viaje y el más novedoso para nosotros fue el de las sillas de paseo. Como ya he comentado más arriba, muchos restaurantes alemanes gustan de los espacios estrechos y las mesas pequeñas, por lo que no es difícil encontrarse con que aparcar la silla en el comedor sea tarea poco menos que imposible. Así, en un par de ocasiones nos vimos obligados a dejar la silla ventilándose en la calle igual que hacían otras familias. Con la desconfianza propia de quien se sabe obligado a prevenir, vaciamos convenientemente sus bolsillos de todo objeto de valor que pudiera tentar al pícaro ladrón que como buenos españoles sabemos temer. Sin embargo, estoy seguro de que la silla habría permanecido intacta aunque hubiera tenido la mochila colgando y la cámara de fotos en la cesta. ¿Dejaríais vosotros la silla durante una o dos horas a la puerta de un restaurante en España? A mí desde luego me costaría mucho. ¿O quizá sea yo el que tenga el problema?

Ese respeto lo demuestran también hacia la propiedad común y no sólo a lo ajeno. Eso hace posible que uno pueda subir a cualquier medio de transporte urbano de la ciudad sin necesidad de cancelar el billete. Cuando tienes que montar en autobús o en metro cargado de trastos y con la silla del niño, se agradece cualquier detalle que agilice la operación, así que siempre subíamos al autobús por la puerta reservada para los carros infantiles y evitábamos tener que pasar junto al conductor pugnando por llegar hasta el espacio habilitado para ellos. La honestidad generalizada redunda en beneficio de todos.

Pero, como decía antes, no deberíamos dejar que nuestros complejos construyan una imagen ideal de todo aquello que llegue desde más allá de los Pirineos. Los alemanes también pueden ser unos garrulos y tan maleducados como el que más. En el viaje de ida, por poner un ejemplo, un pasaje mayoritariamente alemán se pasó por el forro todo respeto a las prioridades de embarque en el avión. Con nuestra hija de un año estuvimos entre las 10 últimas personas en llegar a nuestro asiento. No nos dejaron sitio ni para guardar los abrigos en los compartimentos de equipaje… Que podíamos haber empezado el viaje discutiendo, es cierto, pero no teníamos ganas.

También se comportaron los alemanes con menos diligencia una vez en su país. Íbamos mamá y yo cargados con una niña en su silla de paseo, una mochila cada uno, una maleta grande y una maleta de mano. Mientras en Madrid agradecimos varios ofrecimientos de ayuda en cada uno de esos tramos de escaleras de los subterráneos de metro —los Reyes Magos son los padres y la accesibilidad de metro de Madrid son los madrileños—, en Stuttgart no hubo ni una mano amiga que se ofreciera a ayudar.

Una vez montados en cualquier medio de transporte, tengo que decir que nuestra experiencia con una niña en brazos en los autobuses y metros alemanes fue peor incluso que en Madrid, donde últimamente siempre nos han terminado cediendo un asiento si no llevábamos la silla de paseo. Para dejar salir del vagón antes de entrar, parece que somos igual de cazurros en todos los países, vaya uno atravesando hordas de pasajeros con silla de paseo por delante o no.

Y para terminar, una nota gastronómica. Creo que podemos presumir con razón suficiente en lo que a variedad y calidad culinaria se refiere. La comida alemana no se caracteriza precisamente por su riqueza ni por ser particularmente sana. Los platos típicos —que no tienen por qué ser los que comen los alemanes a diario en sus casas, ojo— abusan de las carnes procesadas y de la grasa. Es cierto también que en Alemania son mucho más habituales los supermercados pensados para vegetarianos o con productos ecológicos, pero si somos unos turistas que comen de restaurante en restaurante no está de más tener un poco de cuidado a la hora de pedir si no queremos darle un atracón de excesos a la dieta de nuestros hijos más pequeños (si es que comen lo mismo que nosotros, como es nuestro caso). En cualquier caso, a nuestra pequeña aventurera de la comida le encantó probar prácticamente de todo y volvió a España entusiasmada con algunas de las recetas que catamos durante el viaje.

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4 comentarios sobre “Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad”

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