El niño que nunca fue al colegio

Aún nos queda un cierto margen de tiempo para devanarnos los sesos con la difícil decisión de escoger un colegio para nuestra hija. Mientras llega ese momento, vamos prestando atención a lo que nos cuentan amigos y conocidos que ya han pasado por ahí. Y lloramos. También nos llegan noticias de Austria, desde donde la familia de uno de mis mejores amigos nos empezó a hablar del porteo o del baby-led weaning cuando nosotros aún no sabíamos ni cómo cambiar un pañal. Y yo, ávido de material con el que torturarme, me retuerzo de envidia agarrándome a aquellos aspectos de la crianza en los que opino que allí al norte nos llevan algo más de ventaja.

Fueron ellos quienes nos hicieron llegar este vídeo de un tal André Stern, un curioso francés cuya fama en el ámbito educativo se debe al hecho de que nunca durante su infancia pisó una sola institución formativa como alumno. La charla que imparte está en alemán, pero no os será difícil encontrar multitud de intervenciones suyas en inglés o incluso alguna entrevista en castellano.

No hace falta rebuscar mucho en el cajón de argumentos para darse cuenta de que algo así no es adecuado —ni posible— para todo el mundo. Ni siquiera para la mayoría, diría. Sin embargo, el testimonio del hijo del pedagogo e investigador Arno Stern, debería hacernos reflexionar a todos. Primero y sobre todo por un hecho evidente: el fruto de una infancia alejada de la escolarización no tiene por qué ser necesariamente un adulto desempleado, asocial y analfabeto como la propia presentadora de la charla sugiere.

Si os interesa la pedagogía y os cuestionáis cuál es el método o el sistema educativo ideal para nuestros hijos, os recomiendo que busquéis a los Stern, padre e hijo, y echéis un vistazo a lo que proponen. Insisto, como ellos, en que no se trata de oponerse a la escolarización —André se manifiesta en contra del home-schooling, de hecho—, pero plantean cosas muy interesantes sobre las que merece la pena reflexionar. Os resumo algunas de las tesis que defiende en su charla. Dan que pensar.

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Stuttgart, niños y otros cuentos de Navidad

Recuerdo una de nuestras primeras escapadas cuando vivíamos en Berlín. Nuestra economía familiar no nos permitía grandes desembolsos, así que nos habíamos propuesto firmemente conocer Alemania en profundidad. Muy en profundidad. Con nuestra maleta y utilizando un portal de viajes compartidos precursor de lo que hoy son en España Blablacar o Amovens, nos plantamos en Magdeburgo. Nos alojábamos en casa de una joven pareja de alemanes que conocimos a través de Couchsurfing, otro fantástico recurso para viajar de otra manera que por aquella época aún utilizábamos a menudo. Charlando con ellos nos reímos mucho de la ocurrencia misma que habíamos tenido de pasar un fin de semana en una ciudad universitaria e industrial que muy probablemente nunca formará parte de ningún circuito turístico. Así somos nosotros: nos gustan los destinos originales.

No debería sorprender a nadie por tanto que mientras algunos de nuestros amigos pasaban su otoño en Cuba, Tailandia, Japón o Nueva York, nosotros decidiéramos —nada más y nada menos— irnos cuatro días a Stuttgart en noviembre. Me resulta tan absurdo tratar de vender Stuttgart como un destino atractivo que no voy ni a intentarlo. Me rindo. Así, sin más. Pero oye, igual que me gusta regodearme en nuestras desgracias viajeras, también tengo derecho a contar cuándo las cosas nos han salido medianamente bien.

No creo que esta entrada convenza a nadie para dejarlo todo y poner rumbo a esta capital alemana, pero sí me va a servir para repasar algunas de las cosas que me llamaron la atención en relación a los viajes con niños y a las diferencias y semejanzas entre la experiencia paternal en Alemania y en nuestro país. Algunas de las cosas que contaré son extrapolables al resto del país; otras, no creo que pasen de lo anecdótico. Os cuento.

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