¿Iguales e intransferibles?

¿Iguales e intransferibles?

Lactancia materna, artificial o mixta. Porteo ergonómico, no ergonómico o silla de paseo. Sistemas de retención a favor o en contra de la marcha. Dejar llorar o acudir al instante. Baby-led weaning o papillas. Son innumerables los temas que generan enfrentamiento y división entre los padres. Algunos dan pie a discusiones muy encendidas que nunca llevan a ninguna parte y, sin embargo, siempre podemos irnos a casa y seguir con nuestra vida o desviar la vista de esa pantalla en la que un infumable hilo de Twitter nos está sacando de nuestras casillas.

¿Siempre? Quizá no, porque hay un ámbito de la vida familiar cuyo devenir no depende exclusivamente de nosotros. Estoy hablando de los permisos. Las bajas maternales y paternales, los permisos remunerados o no, las excedencias… nos encontramos ante un tema harto complejo que reúne en la misma discusión aspectos relacionados fuertemente con la igualdad y con la conciliación. Se mezclan argumentos y razones procedentes de la Medicina, del parecer personal de cada uno, del feminismo visto desde ángulos contrapuestos, del ámbito laboral y legislativo… Imposible, por tanto, que la solución sea única y sencilla.

En las últimas semanas dos noticias relacionadas con este asunto han causado revuelo entre quienes nos preocupamos por este problema —porque sí, es un problema—. El hecho de que nos preocupe e indigne en uno u otro sentido me parece de entrada una señal positiva; un signo de que queremos ver más allá de la vida de hormiguitas productivas que nos han querido vender; una ventana a la esperanza de que nuestra sociedad entienda que nuestros hijos nos necesitan y que su vida no puede ser únicamente asunto de mamá.

El primero en hacer saltar los resortes de parte de la población de padres fue el pediatra Carlos González. Partidario de eso que algunos llaman la «crianza con apego», es a menudo criticado desde círculos feministas que entienden que trata de imponer un modelo de madre y mujer que ya debería haber quedado atrás. En esta ocasión sus declaraciones en una conferencia para el Congreso de Enfermería de León levantaron ampollas cuando sugirió que la madre debía ser la principal responsable del cuidado del bebé durante los tres primeros años, dejando de lado su carrera profesional o cualquier otra ocupación que tuviera.

La segunda noticia llegaba desde un Congreso que aún no había alumbrado Gobierno alguno. Como consecuencia de una iniciativa de Unidos Podemos, la cámara aprobó una proposición para extender hasta las 16 semanas el permiso de paternidad, igualándolo así con el de la madre y haciéndolos ambos personales, intransferibles y remunerados al 100%. No es la primera vez que se aprueban iniciativas similares y, de hecho, desde hace ya 6 años la ley prevé un incremento en la duración del permiso de paternidad que aún no se ha puesto en práctica debido a las dificultades presupuestarias —y a la poca prioridad que nuestros políticos le han concedido a este tema hasta ahora, obviamente—. Veremos por tanto en qué queda la nueva proposición y si hay motivo para que los partidarios de una u otra forma de entender los permisos se lleven las manos a la cabeza.

Ambas propuestas se encuentran en extremos opuestos en cuanto a su forma de entender la conciliación familiar y laboral y, sin embargo, comparten una característica común. Una que, desde mi punto de vista, constituye un error habitual. Y es que ambos caminos pretenden imponer una solución rígida a millones de familias que han optado por modelos de crianza, de trabajo y, en definitiva, de vida completamente diferentes unos de otros. Como consecuencia se genera un triste enfrentamiento entre padres y madres que, en el fondo, queremos lo mismo: una forma de compatibilizar las facetas laboral y familiar de nuestra vida que nos permita dar a nuestros hijos lo que nosotros consideramos mejor para ellos.

No sé vosotros, pero yo soy incapaz de proponer una solución ideal para todas las partes. Si evitamos quedarnos en los titulares y ponemos todos los argumentos sobre la mesa, veréis que no es tarea sencilla.

Primer extremo: un viaje sólo para madres

En general estoy bastante de acuerdo con la filosofía de crianza que propone Carlos González. Cuando he —hemos— leído alguno de sus libros, normalmente me ha parecido que buena parte de lo que describe es razonable e, incluso, de sentido común. Sin embargo, en esta ocasión, considero que se ha equivocado. No he sido capaz de encontrar el contenido completo de la charla que mencionaba más arriba, pero si lo que dijo se pareció mínimamente a lo que publica el Diario de León, creo que se pasó de rosca en las formas y en el fondo.

Como él, nosotros sí entendemos que el bebé nace inevitablemente más unido a la madre que al padre. Sin embargo, me parece difícilmente justificable, no digamos ya demostrable, que ese vínculo psicológico y fisiológico se deba extender durante tres años convirtiéndola a ella en la protagonista única de la crianza en el hogar.

Con independencia de cuál sea su visión de la crianza, la corresponsabilidad y la conciliación, uno de los problemas de Carlos González son unas formas vehementes que a veces lo pierden. No se puede sugerir un modelo de vida planteándolo como una imposición. No obstante, y en relación con eso, sí coincido con él en otro punto de su ponencia. Y es que le doy la razón en que el camino hacia la liberación de la mujer ha traído consigo que desde muchos ámbitos se contemple como algo negativo el hecho de que una madre decida ser ella quien se dedique al hogar y a sus hijos. Debería ser igualmente apreciado que cualquiera de los dos progenitores opte por ello, y no deberíamos tratar de imponer porcentajes de dedicación, mucho menos darle la vuelta al machismo del que huimos para que sea el hombre el que se dedique en exclusiva al hogar. Cualquier solución que pugne por imponer cuotas rígidas en el reparto de las tareas del hogar chocará con una realidad evidente: que hay tantas situaciones diferentes como familias.

Segundo extremo: la imposición por decreto

Si reducimos la discusión al ámbito exclusivo de la conciliación, tengo claro que lo más importante es flexibilizar. Hay que crear oportunidades y dar facilidades para que cada familia y cada trabajador pueda adaptar su forma de trabajar, sus horarios, etc. a su situación y a sus necesidades particulares. Cada caso es único y complejo, y tratar de encajarlos todos en un molde rígido será siempre una solución a medias.

Para empezar, no todos los tipos de trabajo encajan igual de bien la flexibilidad laboral. A menudo nos limitamos a pensar en esos white-collar workers que pasan su jornada laboral frente a un ordenador, y nos olvidamos de sectores en los que se trabaja en turnos que exigen puntualidad británica, o de perfiles que requieren dedicación personal y exclusiva a proyectos con fechas de entrega poco amigas de las sorpresas.

Por otra parte, no sólo encontramos diferencias entre unas y otras familias, sino que, en los casos en que existen dos adultos, lo habitual es que también disfruten —o sufran— condiciones laborales dispares. A veces —las más, por desgracia— es él quien gana más (si hablamos de un padre y una madre, se entiende); a veces —las menos— es ella. Puede que uno de los dos trabaje por cuenta ajena mientras el otro es autónomo. Puede que uno esté parado, o incapacitado por cualquier motivo. Quizá uno se vea obligado a desplazarse continuamente o a pasar periodos determinados de tiempo fuera de casa. Y no nos podemos olvidar de eso que llaman los «nuevos modelos de familia»: parejas homosexuales con hijos, familias monoparentales…

Nuestra cultura laboral es históricamente muy tradicionalista y reacia al cambio. No tiene sentido que pensando en facilitar la conciliación incrementemos precisamente su rigidez por medio de una legislación incapaz de adaptarse favoreciendo a todos los tipos de familias ante semejante casuística.

¿Tenemos claro el objetivo?

Conseguir que el permiso de paternidad se amplíe por fin es un gran paso adelante; eso es indudable. Lograr que ambos miembros de la pareja tengan la posibilidad de disfrutar del mismo tiempo junto a sus hijos también es una mejora sustancial. Pero no nos equivoquemos: ése no debería ser el objetivo final.

La meta a la que deberían apuntar todas las políticas, muchas de las cuales pasan por una transformación social y cultural a la que aún mucha gente se resiste, debería ser aquella que posibilitara que todos pudiéramos elegir cuál es la solución que mejor se adapte a nuestras necesidades o a lo que nosotros consideremos mejor para nuestra familia. Escuchando a los partidarios de la implantación de permisos iguales pero intransferibles me quedo siempre con la impresión de que ése es su final del camino.

Teniendo en cuenta el esfuerzo y el tiempo que se deben invertir para lograr cada minúsculo avance en materia de conciliación, me da cierta lástima que se pueda emplear así una de esas «balas». Porque no estamos hablando de igualar permisos con una duración suficiente de, pongamos, al menos un año. No. Estamos hablando de empezar con permisos iguales pero aún ridículos si tenemos en cuenta, por ejemplo, que una madre lactante debería reincorporarse al trabajo mucho antes de haber cumplido siquiera los 6 primeros meses de lactancia materna exclusiva.

No tengo muy claro qué derechos tendría ahora mismo un hombre que llegara a ser padre soltero. Supongo que es un caso bastante raro y, sin embargo, ¿qué permisos se aplicarían en ese hipotético futuro del que hablamos en el caso más habitual de las madres solteras? Si los permisos corresponden a cada progenitor y son personales e intransferibles, un hijo de una familia monoparental tendría menos derecho a estar con su padre o su madre que uno de una familia «tradicional». ¿Acaso va la ley a contemplar todos los casos particulares para distribuir los derechos siempre atendiendo al bien del niño y de la familia?

Todo lo anterior no es óbice para que entienda y, como veremos después, comparta incluso, cierta necesidad de luchar por la igualdad por medio de algún tipo de regulación. Sin embargo, si hablamos de un objetivo simultáneo de facilitar la conciliación, creo que una legislación en este sentido sería contraproducente. No podemos quedarnos en un análisis fácil y rápido que busque respuestas políticamente correctas. El problema es muy complejo y tiene muchas dimensiones. Si imponemos la igualdad de permisos de esta manera, ¿qué ocurrirá con las reducciones de jornada, las excedencias o los —también ridículos— permisos de lactancia? ¿No habría que repartirlos exactamente igual entonces? Si no lo hiciéramos así, seguirían seguramente siendo las mujeres las principales protagonistas de esas tres otras formas de conciliación.

Perspectiva de género e igualdad

¿Cuál es el problema de la posición que me gustaría defender? La desigualdad. Porque lo que es innegable es que nuestra sociedad sigue siendo machista y desigual en pleno siglo XXI. Hay quien se resiste a creer en el techo de cristal o en la brecha salarial, pero soy de la opinión de que sólo una venda en los ojos puede impedirnos ver que las mujeres en edad fértil —y todas en general, de hecho— son víctimas de una discriminación sistemática.

Cuando un grupo social determinado, sea constitutivo de una minoría o no, es víctima de un abuso de este tipo, lo primero que hay que hacer es atajarlo. La prohibición o la imposición son soluciones rápidas y aparentemente eficaces, es obvio. Sin embargo, no podemos quedarnos ahí. Una solución definitiva y a largo plazo no puede pasar por prohibir actitudes cuyo origen entierra sus raíces en lo más profundo de nuestro ser social. No basta con prohibir el racismo o la homofobia y castigarlos tipificando sus actuaciones como delitos de odio. De la misma manera, no bastará con imponer la igualdad por ley y quedarnos a esperar que la sociedad se transforme en consecuencia. Nuestro objetivo final debería ser mucho más profundo, uno que pretendiera reeducar y desterrar una mentalidad caduca y propia de otro tiempo.

Un ejemplo similar es el que se refiere a las famosas cuotas. Si las contemplamos de manera aislada no podemos negar que conceptualmente entrañan una injusticia. Cada persona debería poder acceder a un cargo determinado con independencia del número de hombres o mujeres que ya hubieran sido seleccionadas con anterioridad. Sin embargo, la realidad nos enseña que no estamos aún preparados para que esa libertad funcione de manera equilibrada. Una vez tras otra comprobamos que la injusticia existe, pero una injusticia que se ceba siempre y sistemáticamente en una de las partes: las mujeres. Es triste reconocerlo, pero es así. Nuestro objetivo final debería ser llegar a un estado de las cosas en que las cuotas no fueran ya necesarias, ¿no creéis? Pues por lo mismo deberíamos luchar en medidas que tengan también que ver con la conciliación.

Me encantaría que pudiéramos dar carpetazo a este asunto aplicando únicamente medidas en sentido positivo. En lugar de prohibir determinados comportamientos, sería magnífico que fuera suficiente con fomentar aquellos que consideramos deseables. Así por ejemplo, en lugar de limitarnos a prohibir el despido de una mujer embarazada, podríamos incentivar su permanencia en la empresa ayudando a esta a sobrellevar los costes asociados a una baja por maternidad, que no son solamente económicos, no nos olvidemos.

No obstante, la experiencia demuestra que, de momento, ambos tipos de medidas deben utilizarse juntas, más aún cuando algunas de las decisiones que queremos erradicar son difícilmente detectables y prácticamente imposibles de probar fehacientemente. ¿Cómo podemos prohibir que una mujer en edad fértil se vea rechazada en un proceso de selección tras otro? ¡Es imposible! Sí podemos, en cambio, fomentar su contratación incentivándola con descuentos en los costes sociales y salariales de esa empresa, ¿no? Estaríamos de nuevo ante un caso de discriminación positiva, pero parece difícil salir adelante de otra manera o sólo confiando en la buena voluntad de las personas.

En cualquier caso, no podemos olvidarnos de que el espejo tiene dos caras. El hecho de que las mujeres vivan una situación tan difícil y lamentable no ayuda tampoco precisamente a aquellos padres que pretenden cambiar su rol de proveedor por uno que los haga corresponsables de los cuidados. Todavía hoy hay quien se extraña de que un padre haga uso de su exiguo permiso de paternidad. Recientemente, por ejemplo, me contaba un amigo que pronto se estrenará en el club cómo en su empresa le habían preguntado con recelo si podrían contar con él durante esos míseros 15 días, como si no debiera ser algo tan obvio como que vamos a querer disfrutar de las vacaciones que nos corresponden o librar los fines de semana.

Los olvidados: el punto de vista del bebé

Cuando hablamos de conciliación de la vida familiar y laboral nos centramos a menudo en nuestro derecho como padres a pasar tiempo con nuestros hijos. A veces se nos olvida que también es derecho de los hijos tener unos padres que puedan ser parte real e implicada de su vida. Por desgracia, los primeros meses de vida de nuestros retoños transcurren sin que estos puedan explicarnos sin ambages qué es lo que requieren, así que debemos fiarnos de nuestro instinto y de teorías psicológicas y neurobiológicas de todo tipo intentando acertar.

Aun con esa falta de certeza científica, yo sí tengo la impresión clara de que las diferencias fisiológicas tienen un lugar en esta discusión. Por muy moderna que sea nuestra sociedad, padres y madres no somos iguales. Salta a la vista. Desde luego el pecho y su puesta en marcha por medio de la lactancia materna son la parte más visible del asunto, pero tengo la seguridad de que hay algo más. Sólo he vivido una maternidad completa junto a su protagonista, pero he leído y escuchado a muchas otras madres y a algunos padres. Basándome en esa corta experiencia no podría atreverme a negar que la unión que existe entre el bebé y su madre durante los primeros meses es inigualable a cualquier otra relación que pueda establecer con otro ser humano, incluido su padre.

Recuerdo una charla a la que asistimos mamá y yo hace ya algunos meses. Una psicóloga que no era precisamente muy «de nuestra cuerda» nos hizo salir de la escuela infantil con cierta indignación por algunas de sus teorías. Sin embargo, y aun siendo poco partidaria de esas teorías que muchos llaman «del apego», defendió que los bebés tardan un buen puñado de meses en empezar a diferenciar claramente la separación física como entes individuales que existe entre ellos y su madre.

Este tipo de afirmaciones, no obstante, tienen una raíz fisiológica que se diluye después en suposiciones sobre el instinto o la espiritualidad que apenas podemos explicar. Ya os he hablado alguna vez del libro «Mamamorfosis. Las 200 caras de la Luna». Quizá pueda ayudar a entender algo de lo que intento explicar. En cualquier caso, cada uno es libre de creer si una conexión de este tipo tiene alguna base real o no. Nosotros lo hemos vivido así y creo que es difícil negar que debe de existir alguna continuidad entre los nueve meses de embarazo y unión física madre-bebé y los primeros meses del niño en el exterior cuando aún se encuentra en un estado de desarrollo tremendamente primitivo.

Podemos argumentar que el bebé tiene que acostumbrarse, que debe adaptarse a la nueva realidad en la que papá y mamá deben ser figuras igual de importantes, claro que sí. La capacidad de adaptación del ser humano es una de las cosas que lo distingue del resto de los animales. Pero depende de nosotros establecer el marco de relaciones al que debe adaptarse y el ritmo al que pretendemos exigirle que lo haga. Yo entiendo que el cambio al que se ven sometidos tras el parto es brutal y que necesitan su tiempo para reconocer la nueva situación. Sé que es duro como padre sentirse en un segundo plano constante, pero como ya dijo mi gran amigo Adrián hace tiempo, el éxito del vínculo es solo una cuestión de tiempo.

Los olvidados: el punto de vista de la empresa

Seamos realistas: pocas son las empresas que nacen con la visión de contribuir a una sociedad mejor. Puede que unas cuantas presuman de querer hacerlo, pero lo más normal es que eso sea el subproducto secundario de su propósito primordial: vender para ganar dinero. Y es lícito que sea así, ojo. Todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida.

Cuando le comuniqué a mi jefe primero y a mi empresa después que quería acogerme a una excedencia para estar con mi hija, empecé por reconocer que era plenamente consciente del perjuicio temporal que les iba a provocar. Podemos darle las vueltas que queramos, pero es inevitable que cualquier organización se vea perjudicada en mayor o menor medida cuando falta un trabajador. Sucede cuando nos vamos de vacaciones y sucederá con cualquier otro tipo de baja, permiso o ausencia de cualquier tipo. Que nosotros dejemos un hueco implica que alguien deberá retomar nuestro trabajo, es posible que haya que darle formación a un sustituto y esperar a que su rendimiento se ponga al día. Por otra parte, contratar a una persona nueva conlleva costes laborales adicionales, además de cierto riesgo que es inherente a cualquier contratación.

Si no asumimos todo eso y pintamos al típico «empresaurio» español deseoso de vender nuestros órganos al demonio con tal de ganar un céntimo más, nos estaremos equivocando. Podemos argumentar todo lo que queramos acerca de cómo una plantilla motivada y satisfecha se muestra más implicada y resulta más productiva. Puede que sea así, no lo sé. Me resulta tremendamente complicado medir cuánto es el retorno adicional que obtiene una empresa en concepto de felicidad de sus trabajadores. Mientras tanto, la organización se encuentra con un problema logístico que debe resolver con premura, y con un gasto inesperado que cuesta mucho interpretar como una inversión social si uno no tiene una visión muy amplia de lo que es el bien común.

Muchísimas empresas pequeñas tienen solo una persona de cada perfil. Hay departamentos unipersonales; puestos en los que el conocimiento del proyecto o de la forma de trabajo es lo más valioso que tienen los trabajadores; trabajos en los que la agilidad que sólo se consigue después de años de desempeño es lo único que permite hacer rentable la producción…

Por eso no podemos centrarnos en medidas punitivas o en prohibiciones. No podemos aquí tampoco imponer modelos rígidos obtenidos a partir de un único molde. Las empresas, como los trabajadores a la hora de conciliar, también necesitan una cierta flexibilidad. Hay que darles facilidades, buscar la forma de, si no compensar, sí al menos minimizar los problemas que los cambios en la fuerza de trabajo inevitablemente generan. Deberían aplicarse medidas que vayan en la línea de incentivar la concesión de bajas, permisos y excedencias, así como la contratación y el trato igualitarios. Sólo con una inversión así y con el paso del tiempo —seguramente mucho tiempo— conseguiremos que la sociedad se vaya mentalizando poco a poco de que es fundamental trabajar en esa dirección para caminar hacia una sociedad más sana, justa e igualitaria. Mientras tanto, seguiremos alimentando la división entre quienes luchamos por este tipo de derechos y quienes ven a los padres como un ejército de rémoras y aprovechados.

¿Alguna conclusión?

En este ámbito más que en ningún otro debemos ser respetuosos con la diversidad. No es descabellado pensar que no siempre coinciden las necesidades del bebé recién llegado con las de la familia en su conjunto ni con las de cada uno de sus miembros por separado. En cada hogar decidirán de una u otra manera, con unos u otros motivos, qué necesidades anteponen e, incluso, cómo las entienden e interpretan.

Sin embargo, la realidad demuestra cada día que las medidas que contemplan un mayor grado de libertad familiar acaban siendo utilizadas en la mayor parte de los casos en una misma dirección y con un mismo grupo de víctimas: las mujeres. Mi postura es idealista, lo sé, y quizá por eso también egoísta. En casa hemos tenido la suerte de llegar a este punto en un momento de nuestra vida en el que hemos sido capaces de organizarnos para que ambos disfrutemos de la experiencia de los cuidados en primera persona, aunque sea pagándolo de nuestro propio bolsillo y prescindiendo durante un tiempo del mayor de nuestros dos sueldos. Sé que no siempre es ese el caso. A veces porque las cuentas no quieren cuadrar; a veces porque no queremos que cuadren…

Todavía hoy son muchos los hombres que se resisten con más o menos disimulo a ocupar el papel que les corresponde en el hogar. Aún se percibe como algo raro y hasta novedoso que sea el padre el que disfrute el permiso de lactancia o, peor aún, una excedencia —como ha sido mi caso en ambas ocasiones—. Quizá no nos atraviesen las mismas miradas negativas que os persiguen a las madres; quizá en nuestro caso se queden en eso, en un mirar raro. Incluso en empresas modernas con planes de igualdad se escuchan comentarios inoportunos.

Y mientras tanto, en la calle las cifras mandan: basta con darse un paseo por cualquier parque infantil un día cualquiera para comprobar la diferencia que hay entre el número de mujeres y de hombres que hay ocupándose de los niños. Y hablamos también de niños mayores, de esos cuyo vínculo materno ya se ha debido ir diluyendo en un nuevo vínculo familiar que incorpore al padre. Y hablamos también de los abuelos, que ya sin presión laboral y sin necesidad de medidas de conciliación extraordinarias son mucho más habitualmente abuelas, con «a», que abuelos, con «o» no inclusiva de ambos géneros. Es un botón más de los muchos que muestran que nuestra sociedad sigue feminizando los cuidados. Y eso no se corrige sólo con imposiciones.

Yo defenderé que las medidas de conciliación busquen facilitar las cosas y flexibilizar nuestra forma de trabajar. De momento, y mientras alguien no me convenza de lo contrario, seré partidario de un permiso único correspondiente al bebé, uno que cada familia pueda repartir como considere oportuno. Mientras tanto, seguiré luchando como creo que he hecho hasta ahora porque nadie sea discriminado por razón de su sexo, entendiendo siempre que no en todo somos iguales y que de lo que se trata es de no dejar que nuestras diferencias se traduzcan en desigualdad.

Es evidente que la actual legislación discrimina al hombre, al tiempo que la realidad hunde a la mujer. La ley nos perjudica a nosotros. A vosotras, todo lo demás. La normativa vigente ya contempla sanciones para casos tan sangrantes como el de las cláusulas anti-embarazo para jugadoras de baloncesto. ¿Por qué no se aplican? ¿Por qué sigue siendo tan fácil atemorizar a las trabajadoras, a las madres, para que no denuncien, para que traguen?

Estamos ante un juego de equilibrios que debe combinar factores harto complejos. Incluso aquellos que comparten un mismo objetivo en un ámbito de la lucha discrepan radicalmente en los medios que se deben aplicar para conseguirlo. Sea como sea, cualquier avance será bienvenido, aunque como en este caso nos pueda llevar por un camino más largo que algunos consideramos se desvía de la ruta hacia el destino final. Queda mucho por hacer.

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2 comentarios sobre “¿Iguales e intransferibles?”

  1. Pedazo de post que te has marcado. Yo me quedcon con ” hay tantas situaciones diferentes como familias”. Sí que es cierto que yo sí soy más partidaria de las teorías biologistas que hablan de esa necesidad del bebé del.cuerpo de la madre pero también creo como tú que la imposición no es la vía ni la.única verdad y ahí llegamos a la frase de las situaciones distintas…
    Como bien dices, queda mucho por hacer. Besado enorme.

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    1. No sabes lo que tardé en escribirlo, jajaja. Y no me quiero ni imaginar la paciencia que tienes que haber reunido para leértelo, jejeje.

      Nosotros también creemos en esa necesidad de los bebés, pero como me parece algo tan difícil de demostrar, entiendo que imponer soluciones en esa dirección va a ganar más enemigos que otra cosa. Ojalá todos los bebés pudieran disfrutar de su madre todo el tiempo que necesitaran, pero bueno, si al menos tienen un padre que los quiere y se desvive por ellos en su lugar, podemos verlo como un avance sobre lo que tenemos ahora. Y cada uno en su casa que elija cómo se reparte…

      ¡Un besote!

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