El tutú

Ya he mencionado alguna vez que a nuestra hija le encanta bailar. De momento el ritmo no parece ser lo suyo, qué se le va a hacer. Pero interés le pone, eso sí. Bailamos de todo con ella: las canciones que nos inventamos, rock duro, empalagosas melodías infantiles, hip-hop, folk… Lo que se tercie. Cuando toca, incluso música clásica.

Ella no sabe lo que es el ballet ni por qué las bailarinas lucen ese atuendo tan peculiar. Todo lo que sabe es que tiene una camiseta en la que tres danzarinas figuras presumen de tutús. En su accidentalmente desteñida tela sobresalen tres balcones de tela delimitando la minúscula cintura de cada de una de ellas. Y como siempre que le preguntamos a nuestra hija si quiere ser tal o cual cosa de mayor, también en esta ocasión responde entusiasmada que ella quiere ser bailarina.

Y «sí, papá» fue igualmente su obvia respuesta a la propuesta que se me ocurrió hacerle un día de si ella también quería un tutú —«¿Para qué preguntas?»—. Igual que el hambre, la falta de medios también agudiza el ingenio, así que ni corto ni perezoso me puse manos a la obra. Rebuscando un poco por la habitación de los trastos de los abuelos no tardé en encontrar la solución. En unos segundos teníamos listo un tutú despampanante fabricado con una bolsa blanca de basura y unas tijeras. Bueno, a lo mejor no era despampanante, pero hacía el apaño. Y lo más importante, a ella le encantó. Se puso tan contenta que no paró de dar vueltas con él por casa en toda la noche. Lo llevaba puesto a todas partes, incluso para ir sentada en el coche.

Pasaron un par de semanas y volvimos a visitar a los abuelos. Volvía yo de dejar la maleta en la habitación cuando de repente me encuentro con una masa de gasa azul corriendo por el pasillo. Alrededor de mi hija flotaba un flamante tutú de verdad mientras ella corría y bailaba feliz cual perdiz. Y yo no supe qué cara poner. Ella era feliz y disfrutaba del regalo que acababa de recibir. Yo no podía evitar pensar que habíamos empezado a ponerles precio a su inocencia y a su imaginación. Soy un drama-papá.

Continúa leyendo El tutú

Anuncios

Huevos con tomate

Como casi todas mis recetas, ésta también llega tarde. Es una de las que utilizamos habitualmente después del verano para ir dando salida a esos últimos tomates maduros que nos llegan de la huerta burgalesa. Es también uno de los platos estrella de mamá y, aunque la elaboración es sencilla y sólo requiere un poco de paciencia y otro poco de delicadeza, el resultado no puede ser más sabroso. ¿Os animáis?

Continúa leyendo Huevos con tomate

¿Iguales e intransferibles?

Lactancia materna, artificial o mixta. Porteo ergonómico, no ergonómico o silla de paseo. Sistemas de retención a favor o en contra de la marcha. Dejar llorar o acudir al instante. Baby-led weaning o papillas. Son innumerables los temas que generan enfrentamiento y división entre los padres. Algunos dan pie a discusiones muy encendidas que nunca llevan a ninguna parte y, sin embargo, siempre podemos irnos a casa y seguir con nuestra vida o desviar la vista de esa pantalla en la que un infumable hilo de Twitter nos está sacando de nuestras casillas.

¿Siempre? Quizá no, porque hay un ámbito de la vida familiar cuyo devenir no depende exclusivamente de nosotros. Estoy hablando de los permisos. Las bajas maternales y paternales, los permisos remunerados o no, las excedencias… nos encontramos ante un tema harto complejo que reúne en la misma discusión aspectos relacionados fuertemente con la igualdad y con la conciliación. Se mezclan argumentos y razones procedentes de la Medicina, del parecer personal de cada uno, del feminismo visto desde ángulos contrapuestos, del ámbito laboral y legislativo… Imposible, por tanto, que la solución sea única y sencilla.

En las últimas semanas dos noticias relacionadas con este asunto han causado revuelo entre quienes nos preocupamos por este problema —porque sí, es un problema—. El hecho de que nos preocupe e indigne en uno u otro sentido me parece de entrada una señal positiva; un signo de que queremos ver más allá de la vida de hormiguitas productivas que nos han querido vender; una ventana a la esperanza de que nuestra sociedad entienda que nuestros hijos nos necesitan y que su vida no puede ser únicamente asunto de mamá.

El primero en hacer saltar los resortes de parte de la población de padres fue el pediatra Carlos González. Partidario de eso que algunos llaman la «crianza con apego», es a menudo criticado desde círculos feministas que entienden que trata de imponer un modelo de madre y mujer que ya debería haber quedado atrás. En esta ocasión sus declaraciones en una conferencia para el Congreso de Enfermería de León levantaron ampollas cuando sugirió que la madre debía ser la principal responsable del cuidado del bebé durante los tres primeros años, dejando de lado su carrera profesional o cualquier otra ocupación que tuviera.

La segunda noticia llegaba desde un Congreso que aún no había alumbrado Gobierno alguno. Como consecuencia de una iniciativa de Unidos Podemos, la cámara aprobó una proposición para extender hasta las 16 semanas el permiso de paternidad, igualándolo así con el de la madre y haciéndolos ambos personales, intransferibles y remunerados al 100%. No es la primera vez que se aprueban iniciativas similares y, de hecho, desde hace ya 6 años la ley prevé un incremento en la duración del permiso de paternidad que aún no se ha puesto en práctica debido a las dificultades presupuestarias —y a la poca prioridad que nuestros políticos le han concedido a este tema hasta ahora, obviamente—. Veremos por tanto en qué queda la nueva proposición y si hay motivo para que los partidarios de una u otra forma de entender los permisos se lleven las manos a la cabeza.

Ambas propuestas se encuentran en extremos opuestos en cuanto a su forma de entender la conciliación familiar y laboral y, sin embargo, comparten una característica común. Una que, desde mi punto de vista, constituye un error habitual. Y es que ambos caminos pretenden imponer una solución rígida a millones de familias que han optado por modelos de crianza, de trabajo y, en definitiva, de vida completamente diferentes unos de otros. Como consecuencia se genera un triste enfrentamiento entre padres y madres que, en el fondo, queremos lo mismo: una forma de compatibilizar las facetas laboral y familiar de nuestra vida que nos permita dar a nuestros hijos lo que nosotros consideramos mejor para ellos.

No sé vosotros, pero yo soy incapaz de proponer una solución ideal para todas las partes. Si evitamos quedarnos en los titulares y ponemos todos los argumentos sobre la mesa, veréis que no es tarea sencilla.

Continúa leyendo ¿Iguales e intransferibles?

«Pájaro Amarillo»

Nuestra pequeña biblioteca a ras de suelo ha crecido bastante en las últimas semanas gracias a alguna compra y a un buen puñado de donaciones (benditos sean los buenos vecinos amigos de los niños). Entre las compras, hay una que destaca muy por encima de todas a los ojos de la dueña última de la biblioteca: «Pájaro Amarillo».

Se trata del segundo título de la colección que la ilustradora Olga de Dios tiene previsto dedicar a cada uno de los personajes de un cuento del que ya os hablé, «Monstruo rosa». Tenemos echado el ojo a la obra «Buscar» de la misma autora que nos recomendó Estrella aquel día, pero en cuanto vimos que el cuento del que os hablo hoy formaba parte de la misma historia que la del entrañable rosado bicho peludo, tuvimos claro que se tenía que venir a casa con nosotros.

Continúa leyendo «Pájaro Amarillo»

Bizcochitos otoñales de temporada #amimanera

La calabaza es uno de los productos más agradecidos de la huerta del tío Julio. Se presta a todo lo que le hacemos. Son ya un clásico de las comidas familiares por estas fechas los buñuelos y el bizcocho de calabaza de la abuela. Nosotros en casa somos unos habituales del bizcocho de yogur, así que para esta nueva convocatoria del #amimanera de Madresfera hemos tratado de unir ambas recetas en una sola y darle un toque especial que a nosotros nos ha encantado.

Además, intentamos como siempre que los ingredientes frescos de la receta sean los propios de la temporada en la que estamos, así que nada mejor que combinar la calabaza con otro producto también naranja muy propio del tiempo frío: la mandarina.

Continúa leyendo Bizcochitos otoñales de temporada #amimanera