La panacea

La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

Dos extremos y una gran área gris

La percepción que las familias y la población en general tenemos de las guarderías oscila entre dos extremos. Unos, como es mi caso, entendemos la guardería como una herramienta de conciliación. Rudimentaria y limitada, desde luego, pero útil en muchos casos. Otros, por el contrario, interpretan que el paso por la escuela infantil es tan necesario para los niños como lo es por cualquiera de los niveles obligatorios de nuestro sistema educativo nacional. Independientemente de cuál sea nuestra postura al respecto, son muchos los que sufrimos cuando llega el día en que nuestros hijos pequeños ponen pie por primera vez en ese lugar luminoso y lleno de color que nuestros ojos de padres se empeñan en pintar en tonos oscuros.

Como digo, soy consciente de que las guarderías son necesarias. Imprescindibles, incluso. Es innegable que la asistencia a una escuela infantil tiene aspectos positivos para el niño y para la familia en general. Nuestra hija acudió a una de ellas durante algunos meses del curso pasado y, aunque fue una etapa llena de momentos traumáticos para todos, la guardería nos permitió disponer del colchón de tiempo y dinero necesario hasta que la excedencia a que se había acogido mamá pudo dar paso a la que ahora estoy disfrutando yo.

Son cada vez más las voces, sin embargo, que quieren ver en la escuela infantil una institución que va mucho más allá de la simple custodia —exagerando, se entiende— de los niños. Desde la esfera política y desde muchos hogares se propugna un modelo educativo que comienza desde el momento en que los bebés cuentan apenas con unos meses de vida. Obviando lo que yo entiendo como necesidades naturales —psicológicas y fisiológicas— del bebé, defienden que no son los padres los más indicados para dar en exclusiva a sus hijos su primera educación básica. Parecería que sin la ayuda de profesionales expertos ajenos al hogar familiar un niño crecería con carencias formativas que tendrían consecuencias en su desarrollo posterior.

Nadie tendría por qué justificarse. Ni quien opta por llevar a su hijo a la guardería ni quien decide ser responsable pleno de su educación fundamental en casa. Sin embargo, me da la sensación de que le hemos dado la vuelta a la tortilla hasta el punto de que es ahora la escuela infantil la opción asumida por defecto. Nadie nos preguntó nunca por qué mamá dejaba su excedencia cuando nuestra hija empezó el curso. Todo el mundo dio por hecho que era «lo que había que hacer»: llevarla a la guardería para que se educara allí durante sus «dos o tres años de rigor», como me dijo textualmente algún amigo. Ahora que hemos recorrido el camino en sentido contrario, tengo la sensación de tener que dar explicaciones cada vez que confieso que nuestra hija está ahora conmigo en casa, como si tuviera que demostrar que un padre es capaz de criar y educar a su hija sin que ésta se vea falta de estímulos, que es otra de las preocupaciones que todo el mundo parece tener al respecto.

Un problema psicológico y dos formas de sufrir

Lamentablemente, la Psicología no es una ciencia exacta. Otras disciplinas más relacionadas con nuestros mecanismos neurológicos acuden en su ayuda tratando de verter una luz menos difuminada sobre el tema, pero en un ámbito como el de la crianza lleno de tópicos grabados con cincel y martillo en nuestro saber colectivo es difícil discernir información contrastada de opinión mal formada. Por eso, sin saber muy bien a qué atenernos, los padres sufrimos. Sufría yo antes cuando llevaba a mi hija a la guardería a pesar de lo que me pedía el corazón. Sufro ahora que no la llevo, presionado por un entorno empeñado en hacerme entender que le estoy robando una oportunidad formativa irrepetible.

Estamos, quizá, ante el curioso enfrentamiento de dos disonancias cognitivas. Por una parte, yo trato de defender las bonanzas de la crianza en casa como forma de evitar ese segundo sufrimiento que mencionaba. Sé que mi hija se está perdiendo ciertas experiencias que sólo puede vivir en una escuela infantil, pero opino que no tienen nada que envidiarles a las que nosotros le brindamos en casa —y cuando digo «en casa» no me refiero a que estemos encerrados en casa mañana y tarde, obviamente—. En el otro extremo, una sociedad que ha empujado a ambos progenitores a dedicarse en cuerpo y alma al trabajo como medio primordial de subsistencia y éxito social busca todo tipo de justificaciones para explicar por qué nuestros hijos están mejor en manos de expertos que junto a la familia que los ha engendrado.

Una nueva tendencia social

Ya he señalado en más de una ocasión la preocupación que me produce el hecho de que nuestros políticos crean que lo que la sociedad demanda son más guarderías y mayores facilidades para hacer uso de ellas. Prueba de ello es la campaña informativa de la Comunidad de Madrid que compartí hace poco al hilo de la novela «Un mundo feliz» de Aldous Huxley. No obstante, digamos que se trata de una preocupación muy general. Me genera cierta lástima por el tipo de sociedad tan poco familiar en que nos hemos convertido pero confío en la nula capacidad de nuestros gobernantes para poner en marcha medidas de conciliación y tengo fe en que no tenga que sufrir en hijos míos un adelanto de la edad obligatoria de escolarización.

De forma mucho más concreta y directa me afecta esa filosofía de crianza cuando se traduce en los tópicos con los que convivimos en el día a día. Desde que tomé la decisiónnada fácil, por cierto— de utilizar una excedencia como forma de ser más partícipe en la educación de nuestra hija, he tenido que escuchar a menudo preguntas del tipo de «¿y no la vais a llevar aunque sea unas horas para que socialice?». Pareciera que los niños que asisten a la guardería saben todos dormirse solos y aguantar la noche del tirón, se terminan todo el puré que uno les pone en el plato, son más sociables y vete tú a saber cuántas cosas más. Y, además, ¿sabéis quién no fue nunca a la guardería? Exacto, Hitler (lo siento, un fan de los memes tenía que hacer el chiste). Da igual que tantos psicólogos afirmen que no es hasta cerca de los 3 años que los niños empiezan a desarrollar de verdad sus habilidades sociales; con 4 meses ya les viene bien socializar desde las hamacas de la escuela infantil.

El ambiente social ha evolucionado para superar esa pena desgarradora que se nos clava al dejar a los niños en la escuela infantil cuando aún son incapaces de entender por qué sus padres los están abandonando en manos de unos desconocidos o qué quieren decir con eso de «enseguida nos vemos otra vez, cariño, no te preocupes». Ese ambiente se traduce en una presión que llega a hacerme sentir culpable en alguna ocasión por si estoy convirtiendo a mi hija en una paria asocial poco estimulada. Para colmo, la opinión de muchas de las educadoras infantiles abunda en la idea de que son ellas las únicas que con su trabajo pueden dirigir adecuadamente el desarrollo de los niños. Así por ejemplo, la directora de nuestra escuela consideró «un error» y «un paso atrás para la niña» el hecho de que no fuéramos a empezar el nuevo curso después del verano.

Una solución imperfecta

Con todo esto no quiero decir que las guarderías sean un mal lugar ni una mala solución. Son lo mejor que hemos podido conseguir para cuidar de nuestros hijos a un precio ¿razonable? cuando no nos queda más remedio que dejarlos. ¿Pero son la mejor solución?

En un mundo de locos como el nuestro la preocupación por la privacidad y la seguridad de los menores hace que las escuelas infantiles sean lugares no particularmente abiertos ni transparentes. Aun así, las veces que he podido tener contacto directo con lo que sucede allí dentro, me he llevado habitualmente —no siempre, ojo— la impresión de que la falta de recursos —personal sobre todo— condiciona el tipo de trato y crianza que pueden brindarles a los niños, que muy a menudo se torna más cercano a la disciplina y a la rigidez de horarios y rutinas de lo que a nosotros nos gustaría para nuestra hija. Estoy seguro de que tiene que ser una locura, por ejemplo, dar de comer a la vez a 12 niños que estén aún aprendiendo a hacerlo. ¿Cómo no van a obligarlos a comer de forma ordenada y terminándose el plato? No queda mucho espacio para el aprendizaje libre y los ritmos diferentes cuando una sola o dos personas deben atender las necesidades de tantas personitas tan demandantes.

Nuestra forma de entender la crianza nos dice que el lugar en que los niños pequeños deben crecer «por defecto» y si se puede está en el seno de la familia. Corresponde a cada una determinar cuándo se puede y en qué condiciones consideran que se puede. A partir de ahí, la escuela infantil es una alternativa para sustituir la educación y la crianza familiar como buenamente pueda, pero en ningún caso una opción equivalente o, menos aún, prevalente o que deba considerarse obligatoria.

¿«A favor» de la guardería?

Aunque esta entrada de desahogo me está quedando ya soberanamente infumable, me gustaría destacar algunas de las razones que propone la revista mencionada antes en favor de las guarderías. Desde luego son características que describen lo que podemos encontrar en una buena escuela infantil —porque insisten mucho en eso, en que no cualquier escuela pondrá esas condiciones a disposición de nuestros hijos—. Sin embargo, me parece peligroso plantear esas características como ventajas de la guardería. ¿Por qué habla de «puntos a favor»? ¿«A favor» frente a la crianza en casa? Considero, como iré desgranando, que cualquier familia es capaz de contar con recursos similares o incluso mejores con un mínimo de dedicación y esfuerzo.

«Jugar con las matemáticas y las ciencias, descubrir la naturaleza, explorar los sonidos… Si el centro es de calidad , no sólo es un paso “obligado” para el niño, sino que también le ofrece valiosas experiencias de aprendizaje.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Las comillas de «obligado» podrían resultar aquí desconcertantes. Entiendo que se refieren, como repiten en la cita siguiente, al hecho de que muchos niños terminan asistiendo a una escuela infantil porque la situación laboral y familiar así lo requiere. Espero que no se esté insinuando que el paso por la guardería es recomendable como parte de esta etapa vital del niño. En cualquier caso, vamos a ver a qué «valiosas experiencias de aprendizaje» se refiere cuando habla de puntos a favor de la escuela infantil frente al hogar.

«El primer ciclo de educación infantil (0-3 años) representa una extraordinaria oportunidad de desarrollo. Y no sólo es un paso obligatorio si la mamá trabaja y los abuelos no están disponibles. […]»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Empiezo aquí a sentirme dolido. ¿Significa eso que si mi hija no pasa por ese ciclo de educación infantil le estoy robando esa oportunidad de desarrollo? ¿Hay alguna parte de su desarrollo normal y natural que sólo vaya a poder completarse en la escuela entonces? El primer ciclo de educación infantil representa una extraordinaria oportunidad de desarrollo, exactamente igual que una familia cariñosa y sacrificada capaz de dedicar uno, dos o tres años a educar y criar a sus hijos.

Para colmo, se le coló aquí a «Mi bebé y yo» una de esas perlas machistas de las que comentaba anteriormente. ¿«Si la mamá trabaja y los abuelos no están disponibles»? ¿Qué pinto yo en esta historia entonces? ¿Debemos entender que el orden adecuado para ocuparse de los hijos es (1) Mamá; (2) Abuelos; (3) Escuela infantil? Cuidemos un poco el lenguaje, por favor.

«Una guardería de calidad ofrece al niño la posibilidad de realizar nuevos descubrimientos y conquistar la autonomía a través de experiencias motrices, táctiles, visuales, auditivas, olfativas y gustativas. Por ejemplo, cuando se manipula, no sólo se usan harinas de varios cereales, sino también tierras, arenas y hortalizas de distintos colores. […] ¿Cuándo tiene el pequeño la oportunidad de realizar en casa actividades diversas en las que pueda usar las manos, la boca, hacer trasvases, ensuciarse y sumergirse en el color? En la vida familiar el adulto no puede dedicarse al niño por completo porque también tiene que realizar otras actividades. En cambio, las múltiples experiencias sensoriales y motrices que ofrece la escuela infantil estimulan la inteligencia práctica que precede al lenguaje y al pensamiento simbólico.


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Vayamos por partes. El pequeño tiene la oportunidad de realizar en casa todas esas actividades siempre que la familia quiera. Nuestra hija aún no tiene dos años pero ya le encanta sentarse con nosotros sobre la encimera de la cocina mientras cocinamos y ayudarnos con el manejo de todo tipo de ingredientes: harinas, sal, pasta, masas, legumbres… En casa no para quieta; tampoco cuando salimos a la calle. «Experiencias motrices» no le faltan. Escuchamos música a diario y bailamos, nos acariciamos, nos perseguimos, saltamos juntos, vuela en mis brazos o en los de su madre… ¿De verdad me están diciendo que la escuela infantil le proporciona más experiencias sensoriales que la vida en el hogar y en el día a día de una familia?

Cada familia determinará cuánto puede dedicarse al niño, pero yo entiendo que si prescindimos de la guardería porque mamá, o yo, o los abuelos vamos a dedicarnos a cuidar de nuestra hija es precisamente por eso: porque vamos a dedicarnos a ello. Yo era plenamente consciente cuando me acogí a mi excedencia de que cada día tendría que ocuparme exclusivamente de mi hija hasta que mamá volviera de trabajar. Y así lo hago. Mientras duerme la siesta aprovecho para preparar las comidas de la noche y del día siguiente, pero el resto del tiempo lo pasamos juntos jugando o haciendo tareas en las que su corta edad le permita echar una mano al tiempo que aprende.

Un niño criado en casa aprende lo que es un autobús o un metro subiéndose a ellos cada día, no en una ficha de la escuela. Cada día puede vivir experiencias nuevas del entorno real en el que le va a tocar vivir. Conoce su barrio, las tiendas, el supermercado… Puede ir al parque o a la piscina, tocar la hierba o arrastrarse por la arena… ¿Me están diciendo de verdad que en una sala cerrada, rodeado de 10 niños que tienen el mismo poco conocimiento del mundo que ella, mi hija va a disfrutar de más y mejores experiencias sensoriales que en el mundo real? Me cuesta imaginar cómo.

«Jugar con la ciencia: […] El niño es un observador y manipulador sistemático, y trabaja de forma muy similar a la de un científico: prueba, vuelve a probar, descubre asociaciones, genera expectativas y las compara con los hechos. […] La educadora es una mera observadora discreta, que deja hacer al niño cosas totalmente inesperadas, como intentar probar la luz. […] En estas guarderías, se juega disponiendo de muchos materiales para la luz y la sombra, por ejemplo, disponen de linternas, mesas con luz y pizarras luminosas. Para las experiencias con el agua, se divierten con un cuentagotas y recipientes de diversas formas en los que pueden realizar trasvases.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Entiendo yo que no hace falta ser titulado en Física Nuclear para proporcionarles a nuestros hijos materiales con los que experimentar mientras desempeñamos ese mismo papel de observadores discretos. En casa tenemos linternas de todo tipo (¿habéis probado a iluminarles a través de la mano? Nuestra hija se sorprendió mucho viendo la luz atravesando su piel y haciéndola parecer incandescente), flashes, cristales que descomponen la luz en diminutos arcoiris… ¿Y recipientes para realizar trasvases? ¿No es acaso una casa familiar un gigantesco «meta-recipiente»? ¡Pero si no tenemos otra cosa! Cajas, cajones, cazos, cazuelas, vasos, bolsas… Podemos trasvasar líquidos, sólidos, materiales en polvo o en granos… Las posibilidades son infinitas; sólo hace falta un poco de imaginación y ganas de pasar tiempo con nuestros hijos.

«Un laboratorio viviente en el patio: […] pueden centrar muchas de sus actividades experimentales en el patio o en el jardín, donde pueden encontrar árboles que crean pasillos naturales, flores que eclosionan en distintos periodos del año, plantas aromáticas, etc. En definitiva, un laboratorio viviente, donde todo cambia continuamente y en el que se pueden descubrir cosas nuevas en todo momento.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

No sé cuántas guarderías conoceréis vosotros que cuenten con un patio con árboles o un jardín propios. Ninguna de las que hay en nuestro entorno los tiene.

Presentar el contacto con la naturaleza como uno de los puntos a favor de las escuelas infantiles me parece, como mínimo, discutible. Los niños más pequeños apenas hacen salidas que los alejen del barrio y en una ciudad como Madrid, no es difícil que el parque más cercano se encuentre demasiado lejos de la escuela como para aventurarse hasta allí con una recua de renacuajos que tienen que dormir y comer a su hora y estar listos para salir cuando toque la campana.

En contraste, no entiendo qué dificultad encuentran los autores en el caso de las familias que pueden permitirse o deciden criar a sus hijos en casa. Hay niños que se pasan el día en el parque corriendo entre la hierba y la arena. Yo prefiero variar y alternar el parque de al lado de casa con otros diferentes, con salidas al campo, con fines de semana en el pueblo o con visitas a lugares como el Real Jardín Botánico de Madrid o cualquiera de los que proponía hace poco para poner a los niños en contacto con los animales. Sea como sea, me resulta difícil entender cómo una escuela en la que los desplazamientos de la clase están necesariamente limitados puede presumir de ser un laboratorio viviente en el que descubrir más «cosas nuevas en todo momento» que en una ciudad entera a la disposición de un niño con total libertad de acción junto a su familia.

«El desarrollo de la inteligencia y de las formas de percepción también abarca la dimensión sonora. Escuchar sonidos influye en el desarrollo del lenguaje: el niño aprende a hablar porque es capaz de oír. Jugar con los sonidos contribuye al desarrollo sensorial y motor. La exploración sonora es un comportamiento espontáneo que forma parte de la interacción con el mundo […]. Los pequeños tienen pasión por todo lo que produce sonido, y es importante fomentar estas oportunidades. Cajas llenas de varios materiales, como tambores, pequeños teclados, guitarras, xilófonos, campanas y maracas, además de canciones y bailes, les permiten “crear y recrear” el mundo desde el punto de vista sonoro-musical.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Una vez más, me sorprende que se presente la relación con los sonidos como una ventaja de la guardería. No creo que ninguna familia disponga para sus hijos una cámara anecoica o una habitación insonorizada… En cualquier hogar del mundo hay infinidad de objetos que producen sonidos. Todos, de hecho. En casa tenemos un ukelele, una guitarra, una bandurria, un cajón flamenco, un organillo eléctrico, un xilófono y un metalófono, pero es que ¡ni siquiera hace falta nada de eso! ¿Vosotros no volvíais locos a vuestros padres tocando la batería con las cazuelas de la cocina cuando erais pequeños? Cualquier objeto doméstico es estupendo para crear música, sólo hace falta un poco de ritmo en la sangre. ¿No podemos cantar al ritmo de las palmas o chasqueando los dedos?

No faltan recursos en cualquier casa desde el punto de vista de la creación musical, pero es que tampoco hay ningún problema para disfrutar de la reproducción musical. Tenemos móviles, radios, tabletas… En casa no para nunca de sonar la radio o la lista de canciones molonas que tenemos hecha en Spotify y no hay día que no cantemos y bailemos con nuestra hija. Le encanta que demos vueltas y vueltas al ritmo de la música con ella en brazos y le chifla patear el suelo con sus graciosísimos pasos de baile cuando suena una canción que le gusta.

¿Dónde está el punto a favor de la guardería? ¿En qué sólo ellos pueden crear un coro de voces infantiles?

«También es buena para la salud: […] Es cierto que los niños que van a la guardería contraen infecciones más precozmente, porque el riesgo es proporcional a las ocasiones de contacto con otros niños. Sin embargo, en esto también influye la simple presencia de hermanos en casa. Como contrapartida, no existe una mayor carga total de infecciones, porque éstas disminuyen en los siguientes años, de manera que cuando llegan a la escuela obligatoria suelen ser los niños más sanos. Lo confirma un estudio publicado en la revista científica Archives of Pediatrics & Adolescence Medicine en 2010, realizado con 1.238 familias canadienses. Es como si el sistema inmunitario de los niños que van a la guardería se autorregulase más deprisa y mejor. Está demostrado que el aislamiento inmunológico, es decir, mantener al niño en una burbuja de cristal, no tiene ningún efecto protector y, por el contrario, puede exponer al niño a contraer patologías más graves.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Esa manía de no referenciar ningún tipo de bibliografía dificulta la labor de contrastar afirmaciones como ésta. Sin embargo, con un poco de esfuerzo se puede encontrar el estudio al que se refiere la revista y que ha sido comentado últimamente en varios portales dedicados a los padres. Podéis consultarlo aquí. El estudio se refiere únicamente a contagios de resfriado común, por lo que sería de esperar que «Mi bebé y yo» hubiera aclarado a qué patologías más graves se refiere y qué entienden ellos por «mantener al niño en una burbuja de cristal». Tampoco hay ninguna conclusión que apunte a esa especie de «empate técnico» que sugiere la revista hablando de enfermar antes o después como contrapartida. Quizá enfermen en más ocasiones en total quienes van a la guardería o quizá sea al contrario; no se trata de una competición.

También obvia la revista en su mención al artículo que la mejora del sistema inmunológico con respecto al resfriado común se manifiesta exclusivamente entre los 6 y los 11 años de edad, igualándose la prevalencia de las infecciones alrededor de los 13 años. Si estuviéramos hablando únicamente de resfriados, como indica el estudio, y sin haber leído todavía el punto siguiente, tendría que decir que, puestos a elegir, preferiría que mi hija enfermara siendo algo mayor que con apenas unos meses de vida. En general, entiendo que cuanto mayores somos, más recursos tenemos para sobrellevar el malestar y el dolor, así como para describir nuestras molestias y facilitar así su tratamiento.

Por otra parte, resulta curioso que una de las conclusiones del autor principal del estudio, Thomas M. Ball, sea que su resultado debería servir de consuelo para aquellos padres que se sienten culpables por dejar a sus hijos en guarderías o jardines de infancia. ¿He oído «disonancia cognitiva»?

«El descubrimiento más reciente es que la asistencia a la guardería también estaría relacionada con una disminución de otras enfermedades más graves, incluido el cáncer. El estudio más amplio, publicado en el British Medical Journal en 2005, efectuado con más de seis mil niños sanos, comparados con tres mil niños enfermos, demuestra que el riesgo de contraer leucemia es un 36% inferior en los niños que han asistido a la guardería durante el tiempo estándar: durante 30 meses, 25 horas a la semana, con 15 niños.»


Revista «Mi bebé y yo» / «Guardería: 8 puntos a favor»

Todos los puntos anteriores relacionados con el desarrollo cognitivo me habían parecido tendenciosos y poco rigurosos. Sin embargo, llegado este punto, me preocupé. Siempre había escuchado ese tópico de que «les viene bien enfermar ahora» pero nunca lo había relacionado con nada mucho más allá de las clásicas infecciones infantiles. Ahora bien, ¿cáncer?

Éste es el estudio del British Medical Journal del que habla la revista y, efectivamente, una de sus conclusiones es la que resume la cita anterior. Bien es cierto que el estudio reconoce algunas limitaciones procedentes del origen subjetivo de parte de sus datos. En realidad no está centrado en diferenciar la población infantil que asiste a guarderías de la que no, sino que busca relacionar la incidencia de un tipo muy concreto de leucemia con el nivel de actividad social de los niños durante sus primeros meses de vida. Según parece, la exposición temprana a cierta variedad de infecciones comunes es un factor positivo que reduce el riesgo de contraer esa clase de cáncer años después.

No tengo nada que decir en este caso. Es algo que desconocía completamente y, para ser sinceros, casi me habría gustado seguir ignorándolo. Hablamos siempre de probabilidades y riesgos, exactamente igual que cuando España entera entró en pánico porque se hubiera identificado el consumo de chorizo y del resto de carnes procesadas como factor de riesgo a la hora de determinar si algún día seremos víctimas de un cáncer o no.

¿Es este riesgo motivo suficiente para ignorar todo lo demás y enviar a nuestros hijos a la escuela infantil en lugar de criarlos en casa? ¿Es de verdad la probabilidad de evitar así el cáncer lo suficientemente importante como para que esto sea un punto más a favor de la escuela infantil? Tendrá que decidirlo cada uno. La leucemia linfoblástica aguda es el tipo de cáncer más habitual en niños. Con todo, es una enfermedad considerada «poco común», aunque obviamente ninguno desearía jamás encontrarse en la situación de esos padres a cuyos hijos «les toca». La exposición a infecciones y la escasa actividad social son un factor de riesgo más cuya importancia relativa apenas se ha analizado todavía.

Mientras llegan estudios más concluyentes, se sigue ignorando cuál es la causa desencadenante de este tipo de cáncer. Los organismos relacionados con su estudio listan ciertos factores de riesgo, entre los que no se incluye —al menos de momento— el mencionado más arriba. Sin embargo, buena parte de los niños enfermos de leucemia no habían estado necesariamente expuestos a ninguno de dichos factores de forma significativa y no se ha comprobado con exactitud que ninguno de ellos sea especialmente determinante. Por todo ello, poco más podemos hacer aparte de tratar de mantenernos alejados de ellos y esperar que nuestra herencia genética y nuestro entorno no nos hagan convertirnos en ese «uno entre cien mil».

«Dicha ayuda forma parte de un presupuesto global por importe de 34 millones de euros que la Comunidad de Madrid destina a potenciar esta etapa de la Educación Infantil, y que se une a las distintas iniciativas aprobadas para favorecer la conciliación de la vida familiar y laboral, así como el acceso a la formación con igualdad de oportunidades.»

Carta de la Comunidad de Madrid a benefactores del cheque de Ed. Infantil
Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid

Termino con otra cita de la Comunidad de Madrid, ya no de la revista «Mi bebé y yo». Creo que estaremos todos de acuerdo en que es necesario favorecer una conciliación real, así como garantizar el acceso a la educación en igualdad de oportunidades para todos y todas. Sin embargo, deberíamos pensar bien si lo mejor para los niños es seguir fomentando su integración en la primera etapa de Educación Infantil o si el mejor lugar en el que pueden estar durante sus dos o tres primeros años de vida es el hogar familiar. Si es así, pongamos medios para que todas las familias puedan hacer realidad esos deseos que siempre expresan en las frustrantes encuestas sobre conciliación y vida familiar en las que la amplísima mayoría de los padres confiesan estar deseando poder pasar más tiempo con sus hijos. Lo importante es conseguir que todos podamos elegir.

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8 thoughts on “La panacea”

  1. Creo que las guarderías no aportan nada extra a la educación en casa al menos durante los dos primeros años de vida. En consecuencia mi hijo (13 meses) no pisará una al menos hasta el curso que viene. Y tan contentos, sobre todo porque la familia apoya nuestra decisión (benditos abuelos).
    Cierto es que no demonizo al que deja allí a su bebé después de la baja maternal. Las circunstancias familiares son un mundo y la guardería es estupenda tanto para poder seguir trabajando como para disponer de esa utopía que es el tiempo libre. De hecho reconozco que en momentos de saturación me dan ganas de matricular al peque en alguna de las diferentes escuelas infantiles de mi zona. Porque criar en casa tiene consecuencias muy negativas en el espacio personal y de la pareja. Y exige esfuerzo, ¿Quizá por eso se buscan tantos argumentos disfrazados de excusa? ¡Si se desmontan en un plis plas! Veamos:
    ¿Socializarse? Ya va al parque y de momento le molan más los cánidos y la tercera edad que los niños.
    ¿Naturaleza? Con los dedos de una mano se cuentan las guarderías que tienen patio interior, arenero o huerto urbano.
    ¿Inmunizarse? ¿Vale comerse todo lo que haya en el suelo de la cocina independientemente del estado en el que se encuentre?
    ¿Experimentar? Campa a sus anchas por toda la casa. Así la tengo, que parece que me han robado…

    Como bien dices, nadie debe justificar la opción que escoja. Pero tampoco adoctrinar para que lo habitual sea lo mejor 😉

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    1. Hola, Estrella:

      Nosotros también hemos tenido la suerte de que los abuelos nos hayan apoyado en la decisión. Tampoco es que hubiéramos hecho otra cosa si no hubiera sido así, pero no está mal como novedad que por una vez estén de acuerdo en lo que hacemos como padres, jajaja.

      Y claro, la idea no es demonizar ni a quien lleva a sus hijos a la guardería ni a las escuelas infantiles en sí. De lo que se trata es de normalizar lo que debería ser normal: que un niño pequeño crezca y sea educado en casa durante sus primeros meses y años de vida. No siempre se puede; no ya por las circunstancias laborales y económicas, que son más obvias, sino como bien dices, porque hace falta mucho esfuerzo personal, dedicación, paciencia y ser consciente de que estás eligiendo un trabajo agotador y difícil por encima de muchas otras cosas que tenías hasta ese momento.

      Disfrutad mucho de vuestra decisión y de vuestro tiempo juntos. Sobre otras cosas siempre nos quedará la duda pero sobre una no hay ninguna: nuestros hijos nunca volverán a ser pequeños.

      ¡Gracias por tu tiempo!

      P.D.: qué suerte (¿o quizá no?) que a vuestro hijo le guste la tercera edad del parque, jajaja. A la nuestra le dan terror cuando ya son mayorcetes. Lo pasa fatal cuando vamos a algún sitio como la piscina lleno de gente mayor XD

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  2. Qué bien post! Muy analítico e interesante.
    Siempre me ha parecido una barbaridad las cestas de “regalos” de los centros de salud… Por la publicidad, la mala información de las revistas (por alguna razón me mandan a mi buzón todos los meses esa joya de “Mi bebé y yo”) y artículos como pezoneras, que si no las sabes usar y crees que son para la vida diaria tienes la lactancia bastante jodida ya.
    Y en cuanto a las guarderías, me parece una estupidez pensar que son un sitio especial con estímulos que solo existen allí. Solo se correspondería con la realidad si los padres son los típicos del “parquecito”. Conozco a unos que su bebé en edad de gatear no gatea porque nunca lo han dejado en una superficie gateable porque no quieren que se manche la ropa…… Claro, así en la mentalidad de que cada cosa tiene su lugar y el de experimentar y crecer está encerrado en una guardería tienen sentido las ventajas de la revista.
    Eso sí, también pienso que ya que desgraciadamente muchos padres tienen que dejar a sus bebés en guarde, dejar que se autoengañen un poco con las maravillas del aparcamiento de niños oficial no es tan negativo… Les hará el momento más fácil, porque si no no hay quien aguante dejar a su bebito ahí.

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    1. Muchas gracias 😉

      Sí, la verdad es que algunas revistas de ese estilo se parecen más a la revista mensual de La Tienda en Casa o cualquier otra empresa de venta a domicilio que a una publicación científica o cultural y de rigor. Qué importante es contrastar la información que nos llega…

      Supongo que todo el texto se resume un poco en lo que tú comentas. Hay que verle el lado positivo a una decisión que la mayor parte de las familias toman por obligación. Las escuelas tratan de hacerlo lo mejor posible y nosotros intentamos darles lo mejor que podemos. Si no pensáramos que ahí van a estar bien cuidados y atendidos y entretenidos y… Pero nunca entenderé esa obsesión que tiene cada vez más gente con que los niños necesitan estimulación profesional y sistematizada, como si en el mundo exterior no hubiera estímulos adecuados y suficientes.

      ¡Muchas gracias por tu comentario!

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  3. Completamente de acuerdo, de principio a fin. De hecho, el no animarme a buscar un segundo hijo es precisamente por no verme obligada a dejarle en una guardería, ya que si bien a mi hijo le cuidaron mis padres creo que ahora igual sería mucho pedir… Y ahí estamos, teniendo que “aguantar” ese tipo de argumentos de quien por ejemplo tiene un tercer hijo y con menos de cinco meses le deja en la guardería y se enferma y todavía siendo farmacéutica comenta “si total antes o después lo tienen que pasar…”. Me ha gustado mucho, si bien una puntualización a favor de una revista (aparte de Madresfera Magazine, claro), y es que El Mundo de tu bebé si suele ir en la línea del apego y a favor de los niños. Muchas gracias por explicarlo todo tan al detalle.

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    1. Hola, Laura:

      Desde luego vuestra decisión no podría ser más coherente con vuestra forma de pensar. Si todos tuviéramos esa coherencia y capacidad de sacrificio habría que ver cómo quedarían nuestras ya de por sí desastrosas cifras de natalidad. En las condiciones laborales que sufrimos en este país, la realidad es que para la mayoría las únicas soluciones son guardería o abuelos. No hay más.

      Mamá y yo tenemos un amigo que es muy radical en todas las discusiones. En este asunto en concreto siempre ha defendido que el no piensa tener hijos para que se los tenga que criar otra persona. Y efectivamente, ni los tiene ni parece que vaya a tenerlos nunca, jejeje.

      Y cambiando de tema, desde luego hay revistas que sí merecen la pena. Tengo que reconocer que sólo hemos comprado algún número suelto de alguna. La mayoría de las que acaban llegando a nuestras manos son del tipo que comento y que, por desgracia, son las que llegan a más padres como parte de bolsas promocionales, regalos en el centro de salud, tiendas… Algunos artículos con mala información pueden hacer mucho daño.

      ¡Muchas gracias a ti por tu comentario!

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