Animalario de Madrid

Animalario de Madrid

Estoy convencido de que nuestra hija no es ningún caso particular en su amor por los animales. Hay algo mágico en la relación que se establece entre los niños y nuestros compañeros de viaje sobre este planeta nuestro. No sé si es la sorpresa de ver diminutos y enormes seres peludos o emplumados moviéndose junto a ellos, pero a la mayoría de los niños, y a nuestra gusanita en particular, los animales los vuelven locos.

Cuando pasamos algún día en nuestra diminuta aldea castellana, nadie disfruta tanto como ella. Además de la compañía de abuelos y tíos prestos a brindarle todo tipo de atenciones, se encuentra nuestra pequeña con una cantidad tal de animales a su alcance que no sabe ni por dónde empezar. Persigue a los gatos y a los perros; primero con timidez, luego con locura. Se ríe del miedo que le da la cerda gigante que pasea bamboleante su trasero por las calles del fondo. Lleva comida a los gatos del pajar en el que viven los gallos a los que le encanta imitar. Acaricia a los terneros de Saturio en el camino que bordea la ladera de las tenadas. Y se sobresalta entusiasmada cada vez que las burras de la era rebuznan para que nadie en el pueblo olvide que allí arriba siguen, espantando las moscas con sus enormes orejas de conejo.

Verla gozar con los animales es una de las experiencias que más ternura me producen. Me encanta su cara de felicidad, escucharla pegar gritos de alegría y verla bailar en círculo con ese paso tan característico suyo. Descubrir un sentimiento así en los niños es lo único que hace que no rechace de plano la existencia de los zoológicos. Nuestro paso por el de Madrid cuando apenas tenía 8 meses fue legendario. Y la visita a Cabárceno grabó escenas en nuestra retina de padres enamorados que nunca querremos olvidar.

Por todo eso me da mucha pena que sean tantos los niños que apenas pueden acercarse a animales vivos en su vida de ajetreos urbanos. Yo también fui un niño de ciudad, y en mi época ni siquiera eran frecuentes esas visitas a la granja-escuela que hoy en día organizan muchos colegios. Pero incluso contando con dichas excursiones, ¿no es un poco triste que tantos pequeños no hayan visto una vaca en su vida hasta que cumplen 6, 7 u 8 años?

Es cierto que en una ciudad como Madrid no faltan encuentros con todo tipo de perros; que los gatos son abundantes; que muchos de los estanques están habitados por colonias numerosas de patos; y que por encima de nuestras cabezas sobrevuelan innumerables especies animales que a menudo dejamos que nos pasen desapercibidos (nuestra hija ya distingue el canto de una urraca —«¡caca!»— del ruidoso estruendo de las dichosas cotorras argentinas —«¡loro veve!» (loro verde)—. Me la como). Sin embargo, estamos tan acostumbrados a verlos entre nosotros, que si no son nuestros hijos los que señalan enfáticos con su minúsculo dedo a ese perro que estamos hartos de ver por el barrio, ya casi ni los vemos.

Por eso hoy me gustaría recopilar algunos de esos rincones —unos más escondidos que otros— de Madrid capital en los que los más pequeños pueden acercarse a los animales. Siempre nos queda el recurso de coger el coche y alejarnos un poco en dirección a la sierra para ver vacas, y también es fácil dedicar un sábado de buen tiempo a conocer Faunia o el Zoo Aquarium. Pero para esos días tontos en los que te sobra media tarde y no sabes hacia dónde dejar que te conduzcan las piernas, quizá estos lugares más a mano os sirvan como idea.

El Retiro

Mira que no soy yo muy aficionado al Retiro. Nunca he sabido descubrirlo. Sin embargo, reconozco que es como un imán al que es inevitable verse arrastrado en cualquier paseo que ose aventurarse calle Alcalá arriba.

Como gran parque que es, el Retiro esconde multitud de especies animales. Parece mentira que hayan logrado habituarse a la molesta presencia de las hordas de turistas y estudiantes Erasmus ávidos de sol que pueblan cada rincón, pero no es difícil quedarse corto con los dedos de ambas manos para llevar la cuenta de las especies que podemos encontrarnos en apenas un cuarto de hora de visita a nuestro parque por excelencia.

En el estanque central podemos ver los clásicos patos —ánades reales—, además de unas carpas monstruosas alimentadas con todo tipo de residuos y que probablemente acaben haciéndose con el control de la ciudad con el paso del tiempo. A pesar de la turbidez del agua, que apenas permite intuir la silueta de los peces hasta que rasgan la superficie, nuestra hija se vuelve loca viéndolas luchar cual tiburones en frenesí por cada miga de pan que turba la paz del líquido elemento. Según he leído, hay al menos un par de especies más de peces en el lago, así como algún tipo de crustáceo. Nunca he visto ni rastro de ellos, pero todo es posible en esas aguas.

Si nos adentramos un poco más en el parque y nos acercamos al lago menor que se extiende a los pies del Palacio de Cristal, los niños podrán acercarse un poco más a las aves acuáticas. Además de los mencionados ánades, nadan en el lago algunos cisnes y otras especies de bichos emplumados. Como animales inteligentes que son, ya se han habituado a acudir al césped junto a la minúscula valla a la espera de turistas y curiosos que les lancen un poco de pan que llevarse a la boca.

Aunque hace mucho que no vemos ninguna, hubo un tiempo en que los árboles del Retiro eran el hogar de un buen número de ardillas. En algún cajón de casa de los abuelos debe de estar el álbum con la foto en la que una simpática roedora se subía por encima de una versión diminuta de mí mismo para acceder a los frutos secos que mis padres me habían comprado para ofrecerle. Supongo que la gran afluencia de público habrá hecho que muchas de ellas se retiren a zonas más tranquilas del parque o a otras áreas verdes de la ciudad.

Por último, y a pesar de que hay a quien le molesta, también es habitual encontrar aquí patrullas a caballo de la Policía Nacional. Nosotros no hemos coincidido aún nunca con ellos, pero por lo visto les gusta permitir que los niños se acerquen a sus monturas como una forma de conocer este cuerpo policial. Me parece estupendo si es así y, lejos de lo que opina el promotor de la iniciativa popular que enlazo al comienzo del párrafo, prefiero que la Policía se pasee por el Retiro a caballo en lugar de hacerlo en vehículos con motor de combustión como sí les he visto hacer en varias ocasiones.

Campo del Moro

A veces suelto sin control la blasfemia de que el Retiro está sobrevalorado. Seguramente sea porque no lo conozco lo suficiente, pero también es cierto que Madrid cuenta con decenas de otros grandes parques maravillosos que pasan desapercibidos a los ojos de locales y foráneos por igual. Uno de ellos es el Campo del Moro, a los pies del Palacio Real.

Mamá y yo conocimos estos jardines cuando aún éramos dos en el equipo, en una visita guiada que nos descubrió la historia y los secretos de este rincón verde de la ciudad. El parque es infinitamente más tranquilo que su hermano mayor junto a la calle Alcalá y es un lugar ideal para disfrutar de un paseo sereno o de una lectura agradable en verano en cualquiera de los bancos que jalonan sus senderos.

Es precisamente la paz que se respira en el Campo del Moro la que lo convierte en el lugar ideal para observar algunas de las especies más tímidas de aves que comparten el entorno urbano con nosotros. Quizá sea difícil reconocer las más pequeñas o acercarse a ellas, pero a los niños les puede encantar cruzarse con uno de los pavos reales que pasean por el parque, especialmente si tenemos la suerte de verlo desplegar su magnífica cola. Además de los pavos que deambulan a sus anchas por caminos y jardines, hay también una buena población de patos, algunos de ellos de especies diferentes a la de los tradicionales ánades que estamos más acostumbrados a ver.

Si, además, nos permitimos el lujo de perdernos un poco en el laberinto de caminos que se entrecruzan a lo largo y ancho del parque, es posible que consigamos llegar al pequeño recinto en el que un par de jaulas encierran varios ejemplares de especies de aves que no es tan habitual ver en directo. En nuestra visita pudimos admirar un precioso faisán vulgar y un faisán dorado, aves ambas de un plumaje precioso y lleno de color.

Atocha

En la estación de tren de Atocha tiene lugar una escena mucho menos glamurosa que cualquiera de las que podemos encontrar paseando a la sombra del Palacio Real por el anterior Campo del Moro. En el vestíbulo principal, casi enfrente de la zona de taquillas y antes de llegar a algunos de los locales de restauración, la vida bulle en una charca de apenas unos metros cuadrados.

Sin que nadie sepa muy bien cómo se ha llegado a esta situación, el caso es que varios centenares de pequeñas tortugas acuáticas sobreviven hacinadas en un minúsculo estanque. Varias especies de este tipo de reptil comparten un par de plataformas y un arenero, mientras luchan con desesperante lentitud por hacerse un hueco en un recinto que, a todas luces, es insuficiente.

Por lo visto, esta curiosa concentración animal que ha llegado a convertirse en un atractivo turístico esconde en realidad un preocupante problema ecológico relacionado con eso que los expertos llaman «especies invasoras». Buena parte de las tortugas que podemos contemplar en Atocha proceden del abandono por parte de particulares de unas mascotas que en algún momento dejaron de parecerles simpáticas. Así es el ser humano.

En cualquier caso, y obviando el desastre que se oculta detrás, el ya famoso estanque de tortugas de la estación es un lugar curioso en el que podemos detenernos con nuestros hijos para acercarlos a una clase de animales —los reptiles— que no es habitual encontrar por las calles de una gran ciudad. A veces es incluso complicado encontrar un hueco en la barandilla entre la multitud de curiosos que se sirven del espectáculo quelonio para matar el tiempo mientras esperan la partida de su tren. No obstante, siempre podemos consolarnos pensando que al menos allí dentro no pasamos tanto calor en verano ni tanto frío en invierno. ¿Durarán mucho allí las tortugas?

La Gatoteca

A diferencia del resto de planes que os propongo hoy, éste no es gratuito. Mamá y yo habíamos entendido el proyecto de La Gatoteca como un bar en el que hubiera gatos campando a sus anchas a la espera de ser adoptados por alguno de los clientes. El concepto es más bien otro: se trata de una casa de acogida para gatos en busca de un hogar que los quiera. El hecho de que se permita a los visitantes pasearse entre los gatos y tomar una consumición es algo tangencial.

Como decía, en este caso hay que pagar entrada: 4€ por la primera media hora; 6€ por una hora completa; y un precio proporcional para periodos de tiempo más o menos largos. El dinero se destina al mantenimiento de esta ONG gatuna, así como a pagar la consumición a la que nos da derecho la entrada.

Aunque no tuviera nada que ver con lo que nosotros habíamos esperado, es un lugar muy curioso. Una vez dentro se deben respetar unas normas de comportamiento básicas para no molestar a los gatos, dueños y señores del recinto. Ya he dicho antes que «así es el ser humano», y lo mismo se aplica aquí, donde basta una única visita para comprobar que no todo el mundo es capaz de seguir cuatro indicaciones básicas de respeto a los animales.

La pega del asunto es que ya se sabe que los gatos son «muy suyos» y podemos tener la mala suerte de visitar el local a una hora en la que todos los habitantes de la casa estén durmiendo. Nosotros tuvimos la suerte de poder jugar un rato breve con un ejemplar bastante joven ansioso de compañeros de aventuras más activos que el resto de sus felinos congéneres. El resto de los gatos estaban prácticamente todos en brazos de Morfeo.

Cuando veo a nuestra hija jugar con animales que no son los de casa siempre tengo cierto reparo. Los animales, por muy domésticos que sean, no dejan de ser eso, animales, y nunca podemos estar seguros por completo de cómo van a reaccionar. Siendo yo mucho más de perros que de gatos, no termino de fiarme y siempre tengo el miedo latente de que en cualquier momento vayan a saltar y pegarle un arañazo a una niña que aún no controla el ímpetu de sus caricias. Hasta ahora, no obstante, ha demostrado ser bastante prudente y muy buena amiga de los animales, así que salimos de este curioso hotel para gatos tan sanos como habíamos entrado.

Echadle un vistazo aunque sólo sea por curiosidad. Es interesante.

El rastro

Termino la lista cerrando el círculo con otro de esos imprescindibles para cualquier turista dominguero que vaya a pasar dos días en Madrid: el rastro —¿o debería decir «El Rastro» con mayúsculas?—. Una vez más son los pájaros los protagonistas de mi historia. Supongo que son más fáciles de mantener en una de esas soluciones habitacionales de 30m² a las que tantos madrileños tienen que recurrir.

Callejeando entre muchas de las bocacalles que se abren a uno y otro lado de la avenida principal del rastro terminamos un día en la que popularmente se conoce como «calle de los pájaros». Si no me equivoco, su nombre real en el callejero es Fray Ceferino González. En esta vía en la que tradicionalmente se comerciaba con animales quedan hoy un par de tiendas que se dejan sentir desde ya metros antes de llegar a la puerta. Son pajarerías en las que centenares de canarios y algunos otros pajarillos similares pugnan por llamar la atención de coleccionistas y asiduos a concursos aviares.

Como en el caso de las tortugas, no sé si el ejemplo es el mejor para los niños. Puede que incluso algún niño pequeño o asustadizo huya aterrorizado del estruendo cacofónico que producen los cantos y aleteos de semejante bandada de pájaros enjaulados. Si no es así, es un lugar también curioso en el que iniciarlos en el conocimiento de algunas especies de pájaro populares en los hogares españoles, y uno de esos puntos originales dignos de aparecer en esas clásicas guías de «100 lugares que debes conocer en Madrid antes de morir».


 

Esta lista no es nada del otro mundo. Como he señalado, algunos de los lugares que menciono están incluso cerca de ser espantosos. Con todo, cualquier recurso puede llegar a ser bueno si sirve para acercar un poquito más a nuestros hijos a los animales y hacer que desde pequeños aprendan a quererlos o, al menos y sobre todo, a respetarlos. Mientras tanto, habrá que convivir con una Madrid que si no es del todo amigable para las personas, no digamos ya para los animales. Esperemos entre todos poder ir haciendo de ella un lugar mejor.

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6 comentarios sobre “Animalario de Madrid”

  1. Por aquí estamos pasando un verdadero fenómeno fan con los animales. Tanto, que nuestro objetivo al salir a pasear es ir a ver perros o, en su defecto, patos.
    Tengo que destacar la amabilidad y paciencia de los dueños. Nos hemos topado con verdaderos amores de personas que fomentan la relación de los perros con los niños y que permiten siempre que mi excitado hijo acaricie todo lo que quiera el lomo de su peludo. Qué feliz vuelve a casa esos días.

    De Madrid me apunto el Campo del Moro porque es uno de los parques pendientes que tengo en mi lista. El Retiro ya lo conocía pero los pavos los vi por primera vez con una visita guiada (ya sabes, los provincianos vamos a la capital de vacaciones). En cuanto a Atocha pues qué quieres que te diga, me da mucha pena porque parece el vertedero municipal de las tortugas que han crecido mucho por alimentarlas con jamón de york.

    ¡Muy bueno el párrafo final! Amor y respeto, fundamental.

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    1. Jajaja, nosotros también tuvimos una época en la que mencionar gatos, perros o cualquier tipo de pájaro era motivación más que suficiente para vencer cualquier resistencia a salir a la calle. Y da gustos ver lo felices que son con algo tan aparentemente simple, ¿verdad? Es una suerte para los que, por un motivo u otro, no podemos tener animales en casa.

      El Campo de Moro tampoco es como para venir desde Burgos para verlo, obviamente, pero si estáis ya por aquí con cualquier otra excusa, es un sitio agradable para comer el bocadillo —si sois de bocata— o para dar un paseo con el buen tiempo. Anda que no habré venido yo veces a Madrid de niño para visitar cosas en excursiones de ida y vuelta en el día. A mis amigos madrileños les produce mucha ternura cuando se lo cuento, jejeje.

      Y sí, lo de Atocha en realidad es lamentable. De hecho, me sorprende mucho que sigan permitiéndolo. Es cierto que los reptiles a lo mejor nos despiertan menos simpatía que los mamíferos, pero no por eso deja ser un espectáculo poco edificante.

      ¡Gracias por leerme y comentar, Estrella!

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  2. ¡Bueno! Me ha encantado esta selección que has hecho! Absolutamente imprescindible 🙂

    El Retiro es uno de mis rincones favoritos de Madrid. Allí también hay pavos reales (Mara los llama patos reales), en la casa de fieras, pegadito a la biblioteca de Eugenio Trías.

    Totalmente de acuerdo con que Madrid es una ciudad realmente hostil tanto con las personas como con los animales 😦

    Beso enorme

    PD. Ni que decir tiene que me has leído el pensamiento y que tenía una cosa parecida a ésta en borradores XD ¡Qué miedo, de verdad!

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    1. ¡Me encanta lo de «patos reales», jajaja! Pues fíjate que me sonaba que antiguamente los había, sí, pero como hace tanto que no los veo pensaba que ya se los habría comido alguien.

      Estaré atento entonces a tu publicación para ver cuáles me faltan en la colección, jejeje ;).

      ¡Un besote!

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