Gracias, hijo. Toma un caramelo.

Gracias, hijo. Toma un caramelo.

Una aplicación para los padres

Es conocido el tópico de que los homosexuales son un público interesante para muchas marcas. Presupone el tópico que tienen un poder adquisitivo elevado —como si la orientación sexual tuviera algo que ver con el dinero— y que normalmente llevan una menor carga de obligaciones familiares a los hombros —como si una pareja de gays o lesbianas no pudiera tener una familia normal y con hijos—. No sé qué base real tendrá este lugar común.

Desde que entré a formar parte del equipo de casados y con hijos de ese partido «solteros contra casados» que a veces parece la vida he detectado, no obstante, otro grupo de población que constituye un suculento objeto de deseo para las marcas: los padres primerizos. Podría hablar de padres en general pero creo que los primerizos somos especialmente vulnerables. En este caso el poder adquisitivo no es el factor determinante. Con independencia de los ingresos que tenga cada familia, lo que está claro es que buena parte del dinero empieza a chorrear por el colador lleno de agujeros en que puede llegar a convertirse la vida familiar. Lo importante aquí es otra cosa: la inocencia y la inexperiencia. Somos la víctima perfecta para todo tipo de vendedores de motos y ungüentos curalotodo. Llenos de dudas, ávidos de soluciones rápidas y fáciles… cualquier invento nos parece útil si es capaz de darnos 5 minutos más de vida un día a la semana.

No debería, por tanto, sorprendernos que también en el mercado de las aplicaciones móviles seamos precisamente los padres los destinatarios de decenas de herramientas que pretenden hacernos la vida más fácil. Es el caso de KidzAward, aplicación que conocí gracias al espacio «Estartapeando» que en el «Hora 25» de la cadena SER presenta diariamente todo tipo de proyectos emprendedores de nuestro país. Bajo el título de «Estartapeando: hay que portarse bien», una de las creadoras de la plataforma Kidz in mind hizo un breve recorrido por las bondades de su último producto. Podéis escuchar la entrevista completa desde este enlace.

La economía de fichas

Aprovechando el inicio del nuevo curso escolar, el programa hizo una brevísima incursión en algunas tendencias en educación. La aplicación seleccionada se basa en concreto en la aplicación de una metodología conocida como «economía de fichas» y con ella pretende ayudarnos a modificar comportamientos en los niños para orientarlos hacia donde consideremos más conveniente.

Resumiendo mucho la filosofía del método, se trata de definir junto con nuestros hijos la conducta que queremos inculcar en ellos y premiarlos con algún tipo de fichas o puntos por cada vez que completen la acción o conducta de la forma esperada. Una vez alcanzado un cierto número de repeticiones, las fichas acumuladas pueden transformarse en alguna clase de premio convenido también previamente. Todo el proceso se representa habitualmente en un tablero que ayuda a las partes a visualizar el progreso conseguido. En este caso, es para este tablero para lo que nuestra aplicación en cuestión propone una alternativa virtual y digital.

Como todos los productos de Kidz in mind, también KidzAward es una herramienta diseñada y pensada por padres y para padres. Según la descripción de su página web «ha contado con el respaldo de profesionales expertos», aunque esa afirmación queda un poco vacía sin la mención específica de a qué profesionales se refiere y en qué es exactamente en lo que son expertos. Sea como fuere, la aplicación está orientada a los padres de niños en edad preescolar tanto como a padres de hijos adolescentes.

Educar con premios

Visto todo esto, vamos al lío. ¿Por qué hablo hoy de una aplicación para padres? Pues porque me sirve de excusa para abrir el debate sobre los premios. Los creadores de KidzAward defienden que recompensar los comportamientos positivos es algo bueno incluso para los propios adultos. Utilizan para ello una comparación interesante: cuando estamos intentado dejar de fumar ¿no nos anima a continuar el hacernos un pequeño regalo cada vez que completamos un cierto periodo sin haber vuelto a caer en el vicio?

Vayamos por partes: los premios y los castigos son una herramienta más a disposición de los padres. Cada uno es libre de elegir si aplicarlos y, en ese caso, cuándo y cómo hacerlo. Nosotros hemos tenido siempre claro que no sería nuestro estilo. Imagino que la mayor parte de los padres que los utilizan no lo hacen porque sean seguidores de corrientes conductistas de la psicología buscando métodos sistemáticos de alteración del comportamiento. Sin embargo, es lo que en el fondo persiguen este tipo de técnicas.

¿Es bueno reforzar los comportamientos positivos y luchar contra los negativos? Claro que sí; bueno y necesario. Pero hay muchas formas de hacerlo. Cuando nuestra hija hace las cosas como esperamos que las haga —porque sabemos que es mejor para ella, porque es lo que corresponde hacer a una persona educada que vive en sociedad, por lo que sea…—, intentamos demostrarle que así ha sido. Podemos darle las gracias, podemos sonreírle para no hacer un mundo de cada ciruela que se come, o podemos mostrarle que nosotros actuamos de la misma manera, pero lo que no nos gusta hacer es traducirlo todo en premios.

Un precedente peligroso

Desde mi ignorante punto de vista, incentivar los comportamientos con el objetivo de alcanzar premios diferentes al del hecho mismo que queremos inculcar supone correr un serio peligro. El niño podría entender que el propósito de lo que hace es conseguir un bien posterior y diferente, cuando de lo que en realidad se trata es de que entienda que la acción o el comportamiento en cuestión constituye un bien en sí mismo.

Un ejemplo clásico es el de aquel compañero de clase que todos tuvimos al que sus padres prometían una nueva [bicicleta | videoconsola | camiseta | ponga aquí su soborno infantil preferido] si lograba cierto número de aprobados. No sé en vuestro caso, pero en mi corta experiencia aquellos niños no solían ser precisamente los más aplicados en sus tareas escolares… A mi hermana y a mí nunca nos prometieron nada a cambio de algo que desde muy pequeños aprendimos a considerar nuestra responsabilidad. Por difícil que pueda parecer ahora, me encantaría que mi hija entendiera las cosas de la misma manera. No quiero que ayudar en casa sea una obligación cansina que debe completar a cambio de un helado. No quiero que hacer la tarea o trabajar en verano sean imposiciones del pesado de su padre para poder ir al festival de turno con el último móvil del mercado. No. Me gustaría que aprendiera a ser responsable, a ayudar y trabajar por voluntad propia y a ser solidaria sin esperar recompensa a cambio.

¿Qué sucede el día que a un niño educado en la filosofía del premio le retiras los incentivos materiales? ¿Dónde va a encontrar la motivación para seguir estudiando, para recoger su habitación, etc., si es consciente de que no va a obtener nada por ello? Es curiosa, además, una de las puntualizaciones que la responsable de Kidz in mind hizo durante la presentación de su método: cuando lo apliquemos con niños pequeños, deberíamos utilizar tableros no demasiado largos. De otro modo, les podría resultar frustrante. Con lo poco amigo que soy yo de aquellos que insisten en que «a los niños hay que frustrarlos» y justo aquí me cambio de bando… Desde luego, habrá que adaptar a su edad y posibilidades las expectativas que tenemos de nuestros hijos. No podemos exigirle a un bebé que apenas camina que recoja sus juguetes después de cada sesión de esparcimiento. Pero ese miedo a frustrarlos con tareas largas me hace pensar —volviendo al ejemplo— en cómo cuanto menos hacía aquel compañero nuestro, menos esfuerzo necesitaba para completar el cada vez menos exigente objetivo de unos padres desesperados que ya no sabían qué más hacer.

Los premios y la comida

En el caso de los niños pequeños, por otra parte, es habitual observar una aplicación muy particular de este tipo de métodos, y es premiarlos con la comida que les gusta. ¿Te has terminado la manzana? Pues te compro un helado. ¿Has dejado de llorar cuando te lo pedía? Pues toma un bollo con chocolate. ¿Has aguantado media hora sin dar guerra mientras papá tenía que recoger unos documentos en el ayuntamiento? Pues venga, un par de caramelos en agradecimiento.

Todas las culturas que me son familiares asocian comidas especiales y, muy a menudo, excesivamente dulces a las celebraciones. Es prácticamente imposible desligarse de ese hábito. Sin embargo, me parece que este comportamiento constituye un ejemplo más del peligro que corremos si los premios son la base de nuestra educación. En este caso, no sólo estamos enseñándole a nuestro hijo a esperar algo a cambio de cada cosa «buena» que haga, sino que, además, le decimos implícitamente que lo mejor que puede comer, aquello que reservamos para cuando se ha portado especialmente bien, son esos suculentos regalos que quizá en otro momento le negamos cuando no necesitamos de su colaboración.

La dificultad de encontrar los límites

Con todo, soy consciente de que en mayor o menor escala todos, también nosotros, hacemos uso de cierto tipo de premios cuando se nos agotan la paciencia o el tiempo y no sabemos a qué otra cosa recurrir. A medida que crecen, los niños también aprenden a reclamar aquello que les gusta, y no es difícil dejarse seducir por la aparente salida fácil que nos brindan en esas ocasiones en que se enrocan en el «no». Es inevitable, supongo. Y como tantas veces digo como buen relativista que soy, lo importante y lo más difícil es saber dónde dibujar los límites, decidir cuándo sí y cuándo no.

No todo es negativo

A pesar de que la aplicación no sea algo para nosotros, tengo que reconocer que seguramente tenga aspectos positivos. Bien utilizada, por ejemplo, se pueden utilizar los momentos diarios de revisión del progreso o de establecimiento de objetivos para dialogar con nuestros hijos, para compartir con ellos nuestra forma de ver las cosas y entender la suya, para tratar de transmitirles precisamente esos valores que hacen que consideremos positivo el comportamiento que pretendemos enseñarles.

Además, nos puede ayudar a convertir tareas rutinarias y tediosas como ciertas labores del hogar en parte de un juego que a los niños les resulte mucho más interesante. Sería una forma de gamificar su vida y nuestra pedagogía familiar pero, igual que cuando las marcas tratan de hacer eso mismo con el comportamiento de sus clientes, lo más importante es tener claro qué es lo que queremos que hagan y por qué queremos que lo hagan. Y si lo tenemos claro, ¿por qué no tratar de hacérselo entender en lugar de ocultárselo detrás de un premio?

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6 thoughts on “Gracias, hijo. Toma un caramelo.”

  1. Totalmente de acuerdo con todo lo que dices. Punto por punto, como no podía ser de otra manera. En primer lugar, diré que la idea de “los primerizos somos especialmente vulnerables” es tan real y da tanto miedo… No sabes la cantidad de veces que lo que pensado. Muchas veces si no dispones de cierta información, te la cuelan por todos sitios. Es una realidad, y lo veo cada día. Es tremendo. olo hay que ver el éxito de determinados anuncios (Actimel, Pediasure…). Una batalla complicada.

    Sobre lo de los premios a los actos diré que de pequeña lo empleaban conmigo continuamente: “Sia pruebas todo, minicadena al canto”. En mi casa había chantajes para absolutamente todo: “si haces esto, te doy esto”, “si te portas bien, te daré tal”, “si no te portas bien, no hay X”… Y así hasta un largo etcétera. Desde mi experiencia diré que todo aquello pudo funcionar o no a corto plazo, pero lo que está claro es que: 1. No lo hacía por propia voluntad, por lo que pierde el sentido. 2. Me ha costado años de trabajo propio cambiar ese aprendizaje de “hago cosas porque recibo X”. 3. Me parece un sistema injusto e irrespetuoso que infravalora al niño. Adultocentrismo total.
    También diré que todo eso influyó en mi nula relación con mis padres. A parte de estos chantajes, los castigos (también físicos), las amenazas y el menosprecio de mis inquietudes, preguntas o habilidades han marcado sin duda no solo mi infancia, también mi yo adolescente y mi yo adulto; algo que, como digo me ha costado mucho tiempo trabajar, superar…

    Vaya rollo te he contado. Todo para decirte que comparto cada palabra 🙂
    Beso enorme.

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    1. Pues sí, lo de los primerizos daría para una entrada aparte, aunque levantaría ampollas seguro. Da miedo como dices porque cada día puedes ver decenas de ejemplos de actitudes que seguramente son consecuencia de la desinformación o la mala información. Cuántos padres actuarían de otra forma si se molestaran un poco en contrastar mínimamente las fuentes de esos lugares comunes en los que basan decisiones importantes…

      Cada vez que nos cuentas cómo ha sido tu camino hasta aquí admiro más aún lo que has conseguido para tu hogar y tu familia, Diana. Supongo que habrá gente que, habiendo vivido en sus carnes ciertas experiencias, termina de adulto huyendo hacia el extremo opuesto, pero lo más habitual es que los hijos repliquen los comportamientos que han aprendido en casa. ¡Tiene mucho mérito el cambio que has conseguido en tu vida y lo que le estás regalando ahora a tu hija!

      ¡Un besote! Y nada de rollo, los comentarios así son los más valiosos 😉

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  2. Comento pero ya aviso que probablemente me tenga que comer mis palabras en un futuro porque ahora mismo mi niño es tan pequeño (13 meses) que mi opinión es más teoría que práctica.
    Yo sí estoy a favor de reforzar los comportamientos positivos. No veo dónde está el problema en decir “muy bien” , dar besos a diestro y siniestro cuando ha dado un montón de pasos sin ayuda o en aplaudir si nos hemos acabado la comida del plato (esto lo hace él solo desde hace unas semanas). No creo que por mostrar alegría en cada uno de sus logros se le “acostumbre mal”. En nuestro caso, él se siente muy orgulloso de cada nuevo avance y yo le refuerzo (¿recompenso?) verbalizando su entusiasmo con palabras y gestos. Quizá este haciéndolo mal, pero es lo que me sale de dentro.
    Completamente de acuerdo con el tema de los premios y la comida.

    Y bueno, para un futuro, al igual que hicieron conmigo, me gustaría que aprendiera que estudiar es “su trabajo” (lo mismo que trabaja papá/mamá pero en otro sitio que no es el cole) y que para que funcione el engranaje de la familia tiene que ayudar con las tareas de la casa. Igual es que yo tenía mucha empatía, pero siempre he sido muy consciente del tremendo esfuerzo que hacían mis padres (mi padre llegó a tener tres trabajos al mismo tiempo) y no se me ocurría para nada exigir premios materiales. Quizá es que ahora se sobreprotege tanto a los hijos que no ven esa parte menos buena de la paternidad/maternidad: el cansancio, el intentar cuadrar cuentas a fin de mes… y de todo se aprende.

    Agh, creo que me ha quedado un rollo infumable. Lo siento pero hoy no doy para más.

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    1. Hola, Estrella:

      Qué rollo ni qué rollo. ¡Gracias por tu comentario! Me encanta leerte cuando te pasas por aquí.

      Sobre la primera parte, en realidad creo que estamos diciendo lo mismo. Ya digo que yo sí creo también que es bueno y necesario reforzar las cosas buenas y reprobar o desincentivar de alguna manera las negativas. Si no, ¿de qué otra forma iban a aprender los niños los valores, lo que una sociedad considera bueno y justo y lo que es «objetivamente malo» —entre comillas porque está claro que algo así no existe al 100%—?. Yo también le digo lo bien que ha hecho tal o cual tarea, le doy muchas gracias por ayudarme a en casa, le planto un beso de esos «de abuela»… La cosa iba más por los premios materiales, especialmente si son objetivos acordados previamente como propone la técnica de las fichas y la aplicación que dio pie a la reflexión.

      En lo único en lo que discrepamos, aunque sea poca cosa, es en lo de aplaudirle el apetito. A lo mejor somos un poco exagerados en eso, pero intentamos darle toda la naturalidad al hecho de comer la cantidad que nos apetezca. Si deja en el plato, no decimos nada. Si se lo termina, preguntamos si quiere más. Pero tratamos de no mostrar ningún tipo de entusiasmo porque se lo zampe todo. Que no estamos hablando de obligar a comer, está claro, pero no sé, intentamos evitar asociaciones de ese tipo que acaben en un descontrol alimentario como el que he tenido yo mucho tiempo (no sé por qué, ojo, que no es que diga que mis padres me enseñaran mal). En cualquier caso hay grados y grados. Lo llevamos con naturalidad y a veces se nos escapa. Es obvio que nos gusta que coma lo que le ponemos, jajaja. Lo que sí intentamos es que cuando vamos a casa de los abuelos no gire toda la conversación en torno a lo que come, a lo mucho que come, a lo bien que come, y a que «venga, cómete la comidita, venga».

      Y sobre la segunda parte, totalmente de acuerdo. Es eso exactamente. No sé si el problema es de sobreprotección, de falta de confianza en su capacidad para encontrar motivación y auto-exigirse, o incluso de falta de confianza en nosotros mismos para saber motivarlos. Pero el caso es que estoy de acuerdo en que es algo relativamente nuevo y que se ha perdido un poco el valor y la satisfacción de hacer las cosas bien uno mismo porque sí.

      ¡Muchas gracias por tu aportación, Estrella! ¡No te cortes! 😉

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  3. Completamente de acuerdo, de principio a fin… resulta tentador acudir a los premios algunas veces pero luego cuando los niños lo aprenden empiezan a pedir y reivindicar más y más… y eso no puede ser, además de que a mí me parece una pena. Yo lo que le digo algunas veces es: ¿estás orgulloso? Y hasta ahí, intentando reprimir esos “muy bien” que a todos nos salen tan automáticamente, en la medida de lo posible…

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    1. Justo, en esas dos palabras que diriges a tu hijo se resume todo: «¿estás orgulloso?». Ojalá llegue el día en que aprendan a hacer las cosas por la satisfacción propia de haberlo hecho bien, o lo mejor que han podido. Que no necesiten un pequeño soborno para encontrar motivaciones en la vida…

      ¡Muchas gracias por tu comentario, Laura!

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