Un mundo no tan feliz

Un mundo —no tan— feliz

Si la primera de mis lecturas vacacionales me llevó a la España de los años 60, la segunda no iba a quedarse corta en el desplazamiento. «Un mundo feliz» era una de esas novelas que se empeñaban en resistir en mi lista de libros pendientes. Siempre había otro que la adelantaba por uno u otro carril. Fue una de las lecturas recomendadas en la asignatura de Filosofía de uno de mis últimos cursos antes de la universidad. Teresa —así se llamaba aquella magnífica profesora— nos propuso una lista de entre cuyos títulos fue «Ensayo sobre la ceguera» el que fue a caer en mis manos. Aldous Huxley tendría que esperar.

La novela nos traslada a un futuro distópico. Las sociedades humanas han alcanzado un estado de aparente perfección y lo han hecho, paradójicamente, prescindiendo de gran parte de las atribuciones que nos hacen precisamente ser más humanos. Renunciando a la libertad, al libre albedrío, a los sentimientos y a muchos otros aspectos de nuestra naturaleza, se erradican también las fricciones, los conflictos y, en definitiva, la infelicidad que llega a través de la frustración.

«Un mundo feliz» es una novela breve y de fácil lectura. Aunque el estilo narrativo no me convenció mucho, os recomiendo que la descubráis por vosotros mismos si no la habéis leído todavía. Igual que otros ejercicios similares sobre inhumanos futuros aberrantes de la Humanidad —¿habéis visto la película «Equilibrium»?— da pie a reflexiones muy interesantes.

Yo me limitaré a comentar aquí algunas de las referencias que se hacen en el libro a la maternidad, un fenómeno que ha desaparecido por completo del mundo civilizado que nos presenta Huxley. La ciencia y la tecnología han reemplazado los vientres maternos y las gestaciones intrauterinas por complejas incubadoras en las que los fetos son sometidos a estímulos de condicionamiento desde el momento mismo de su concepción artificial. Todo vestigio relacionado con la maternidad natural —la lactancia, el parto, las figuras materna y paterna…— son evitados con disgusto por parte de una sociedad que considera sucia y repugnante la manera en la que sus antepasados venían al mundo.

«Luego volvió al pequeño Reuben, en cuya habitación una noche por descuido su padre y su madre (¡lagarto, lagarto!) se dejaron la radio encendida.

—Porque deben ustedes recordar que en aquellos tiempos de burda reproducción vivípara, los niños eran criados siempre con sus padres y no en los Centros de Condicionamiento del estado.»

Los futuros distópicos y apocalípticos que nos proponen trabajos como «Un mundo feliz» funcionan a menudo a partir de la exageración de comportamientos que ya podemos intuir en nuestra sociedad presente. Desconozco cuál sería la situación del sistema educativo británico poco antes de la Segunda Guerra Mundial —la novela se publicó en 1932—. Es probable que las cifras de escolarización de la época fueran pésimas y que imaginar un futuro en el que todos los niños pudieran ir a la escuela desde bebés fuera lo que los propios ingleses habrían denominado un improbable long shot.

No olvidemos, sin embargo, que el propósito de este tipo de ejercicios es a menudo satírico y moralizador. Aldous Huxley se burla en su libro del condicionamiento excesivo por parte de un Estado totalitario y todopoderoso. Sus personajes contemplan como algo burdo, rudimentario y obsoleto la crianza en el hogar. Su sociedad del futuro ha comprobado que sin la influencia negativa de imperfectas figuras paternales todos los seres humanos pueden desarrollarse perfectamente para encajar en la clase social y productiva que les ha sido asignada antes incluso de su concepción.

Hace ya casi un siglo nuestro autor británico creía estar exagerando cuando hablaba de niños criados en centros estatales. Hoy, sin embargo, no parece descabellado pensar que para una buena parte de la población esa empieza a ser la norma más que la excepción. Igual que la mía podría ser la primera generación que termine su vida habitando mayoritariamente pisos de alquiler en lugar de propios, es verosímil pensar que las próximas serán las pioneras en haber recibido la mayor parte de su educación en centros educativos ajenos al hogar familiar.

No quiero hablar de un sistema educativo que a veces parece más orientado a coartar capacidades que a alimentarlas. No quiero pensar que nuestras escuelas siguen educando piezas obedientes para un sistema de producción industrial que cada vez nos necesita en menor grado. Sin embargo, es una evidencia que buena parte de nuestros responsables e, incluso, muchos padres, son cada vez más partidarios de la escolarización desde el momento mismo del nacimiento, desde los famosos «0 años», sea en el cuarto mes de vida o sea en el que sea. ¿Os suena esta campaña en que la Comunidad de Madrid presume de ser líder nacional y europea en escolarización temprana?

Escolarización temprana en la Comunidad de Madrid

Así se entiende desde muchos ámbitos la conciliación, como la puesta a disposición de los trabajadores de alternativas para deshacerse de los hijos durante sus jornadas laborales. No se buscan soluciones para que los padres puedan pasar más tiempo con sus hijos, sino vías para que puedan seguir trabajando lejos de sus hijos mientras profesionales terceros se ocupan de su educación.

Y, ojo, no digo que esa no sea parte fundamental de la conciliación. Nosotros hemos hecho uso de esas herramientas cuando nuestra situación nos ha aconsejado llevar a nuestra hija pequeña a la escuela infantil. Como nosotros entonces, son muchas las familias para las que ésta es la única solución, y hay que ayudarlas. Sin embargo, no deberíamos convertir la necesidad en norma. Las familias deberían tener la posibilidad de elegir.

No sé si nos encontramos ante un caso de disonancia cognitiva. Cada vez escucho más voces a mi alrededor que se empeñan en descubrir interminables ventajas en la educación sistemática que están recibiendo sus hijos. Y seguro que hay cosas positivas, es innegable, ¿pero de verdad es lo mejor? ¿No estamos tratando de justificarnos para huir del malestar que nos produce alejarnos de nuestros hijos cuando aún son tan pequeños? Puedo estar equivocado, desde luego, pero tengo el firme convencimiento de que esos niños de 0 años a los que tanto quieren atraer desde la esfera política deberían estar junto a sus padres.

Los políticos insisten en propuestas que buscan adelantar la edad de escolarización, y somos muchos los padres a los que nos hacen sentir que estamos robándoles una oportunidad de futuro a esos hijos pequeños que nos quedamos con nosotros en casa. Criar a los niños en el hogar fue cosa del pasado, vaya que sí. Cada vez es menos cosa del presente. Esperemos que nunca deje de ser cosa del futuro.

«Y el hogar era tan mezquino psíquica como físicamente. Psíquicamente era una conejera, un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas y obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una maniática, la madre se preocupaba constantemente por los hijos, sus hijos…, se preocupaba por ellos como una gata por sus crías; pero como una gata que supiera hablar, una gata que supiera decir: “Nene mío, nene mío” una y otra vez. “Nene mío, y, ¡oh, oh, en mi pecho, sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e indecible! Hasta que al final mi niño duerme, mi niño se ha dormido con una gota de blanca leche en la comisura de sus labios. Mi hijito duerme…”

—Sí —dijo Mustafá Mond, con un gesto de asentimiento—, con razón se estremecen ustedes.»

Hace más de ocho décadas desde que Aldous Huxley describiera su mundo feliz y, sin embargo, intuyó perfectamente hacia dónde evolucionarían algunas de nuestras convenciones sociales. Después de algunas generaciones de alejamiento, muchos padres parecen estar retornando a un acercamiento natural a su maternidad y paternidad. Otros en cambio, encuentran dignas de burla las referencias a nuestra naturaleza de mamíferos. ¿Es acaso otra cosa que un mamífero un bebé recién nacido? Es precisamente en ese momento en el que el ser humano se muestra de forma más nítida como el animal que es.

La ciencia y la tecnología han avanzado, desde luego, y hoy en día contamos con herramientas que pueden sustituir con bastante precisión funciones físicas de nuestro organismo en caso de necesidad. Eso no significa que debamos dejar atrás lo que nuestra naturaleza nos pide o nos ofrece. Las alternativas son buenas, siempre lo serán, y están ahí para ayudar a todo aquel que lo necesite y considere que es su mejor opción. Podemos hacer uso de ellas como nos plazca y eso nunca nos hará menos humanos. Podemos reírnos todo lo que queramos de las tetas rebosantes de leche, del vínculo casi mágico que se establece entre madres e hijos recién nacidos —¿habéis leído los testimonios que reúne «Mamamorfosis»? Son estremecedores; a mí me hicieron llorar— y, en definitiva, del Darwin descendiente del mono. Podemos llegar a Marte e implantarnos brazos robóticos que nos conviertan en cíborgs. Seguiremos siendo humanos; seguiremos siendo mamíferos.

«Lenina tuvo que enfrentarse con los horrores de Malpaís sin ayuda alguna. Y los horrores se fueron sucediendo ante sus ojos sin descanso. El espectáculo de dos mujeres jóvenes que amamantaban a sus hijos la sonrojó y la obligó a apartar el rostro. En toda su vida no había visto una indecencia como aquélla. Lo peor era que, en lugar de ignorarlo delicadamente, Bernard no cesaba de formular comentarios sobre aquella repugnante escena vivípara.

—¡Qué relación tan maravillosamente íntima! —dijo en un tono ofensivo—. ¡Qué intensidad de sentimientos debe generar! A menudo pienso que es posible que nos hayamos perdido algo muy importante por el hecho de no tener madre. Y quizá tú misma te hayas perdido algo al no ser madre, Lenina. Imagínate sentada aquí, con un hijo en los brazos…

—¡Bernard! ¿Cómo puedes…?»

Todos nos perdemos mucho en la vida. Unos se pierden la experiencia de ser padres; otros, y sin que tengan por qué ser incompatibles una con otra, la del éxito profesional. Unos nunca conocerán lo que se siente al coronar un ochomil; otros, nunca experimentarán la increíble tensión de bucear a decenas de metros bajo la superficie. La vida está hecha de elecciones y todos deberíamos ser libres para tomar las que mejor encajen en lo que queremos hacer de ella.

A nadie hace daño que yo diga que ser padre es lo mejor que he experimentado en la vida. ¿Por qué debería ser más ofensivo que decir que el día que ganaste una medalla deportiva fue el más feliz de la tuya? Y, sin embargo, vivimos prestos al sentimiento negativo, regodeándonos en la tortura que nos produce ver cómo otros han elegido orientar sus decisiones en una dirección diferente de la nuestra.

¿No os suena familiar el primer párrafo del fragmento anterior? ¿No os recuerda a las palabras de una tal Carmen Posadas tachando de «exhibicionismo» el espectáculo de una madre lactante? Todavía no ha llegado el día en que se vea indecencia en el hecho mismo de la maternidad. Sin embargo, fue bien certero Huxley en su visión.


Hacía cincuenta años desde que Delibes nos regalara sus «Cinco horas con Mario». No sabemos cuántos años calculó Huxley que nos separaban de su mundo feliz. La utopía de una sociedad perfecta manejada por un impecable Estado totalitario que ha erradicado el dolor, la frustración y la enfermedad suena lejana. Y, sin embargo, hemos visto que parte de lo que satíricamente nos plantea ya está aquí.

Mientras comprobamos si el futuro nos atropella algún día, asistimos a muestras inequívocas de que buena parte de nuestras acciones nos alejan inevitablemente de facetas de nuestra naturaleza que deberían ser íntimamente nuestras. No es casualidad que en el ámbito de la maternidad, de la alimentación o del ocio sean cada vez más las voces que reclaman un pie en el pedal de freno. Necesitamos volver la vista atrás y recuperar todo aquello que hemos perdido en nuestro afán por huir hacia adelante. No se trata de rechazar el progreso y las facilidades de una vida moderna rodeada de ciencia y tecnología. Se trata de valorar aquellas cosas que ninguna máquina podrá nunca sustituir, de disfrutar de la vida al ritmo lento del latido de nuestro corazón. Nadie dijo que vivir fuera fácil. Precisamente por eso puede ser tan bonito.

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8 thoughts on “Un mundo —no tan— feliz”

  1. Este post debería formar parte del mejor post del año de Madresfera. De verdad.
    Me quedo con muchas frases para enmarcar pero lo de “A nadie hace daño que yo diga que ser padre es lo mejor que he experimentado en la vida. ¿Por qué debería ser más ofensivo que decir que el día que ganaste una medalla deportiva fue el más feliz de la tuya?” me ha llegado porque no te haces una idea de la cantidad de veces que lo he pensado. Parece muchas veces que lo “guay” es menospreciar continuamente la crianza de los hijos. Mola mucho ser productivo, salir de marcha y pegarte viajes de novios, sí. Pero si optas por la otra opción… Viene Carmen Posadas a decirme lo viejuno de mi comportamiento… 🙂
    PD. Lo de la campaña de las guarderías… En fin. Mejor no comento.
    En fin,

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    1. Qué exagerada eres, Diana, jajaja. Tienes que leer más blogs de Madresfera, que luego te piensas que este es bueno y se van a pensar que estás mal. Me alegra que te haya gustado, eso sí 😉 Gracias.

      La verdad es que las cosas son muy complicadas y nunca blancas o negras, pero cuando escucho hablar de la presión a la que muchas mujeres se sienten sometidas para ser madres me llama la atención. No niego que desde muchos ámbitos sea así, pero yo tengo la impresión de que la maternidad y la paternidad han bajado muchos puestos en la lista de prioridades de nuestra generación. No tengo más que echar un vistazo a mi alrededor y ver cuántos de nuestros amigos y conocidos de nuestra misma edad prefieren dedicarse a otros menesteres. Y con todo el derecho del mundo, obviamente. Pero no entiendo entonces por qué ese sentimiento de agravio cuando uno cuenta lo increíble que es la experiencia de tener un hijo. A mí me faltan muchas otras en la vida, desde luego, pero de las que conozco, ninguna se le aproxima al hecho de darle la vida a una personita pequeña y dedicarle todo tu esfuerzo para educarla, enseñarle el mundo y animarla a volar.

      ¡Que cada uno elija lo que quiera y dejemos a los demás tranquilos, leñe!

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  2. Soy muy fan de tu artículo. Muy muy interesantes las reflexiones sobre “Un mundo feliz”, que es una gran novela. Lo peor de toda esta “tecnologizacion” es, yo creo, que mucha la gente se siente culpable o incómoda cuando vive al ritmo de los latidos de su corazón.
    A mí personalmente me resbala mucho lo que opinen sobre mis elecciones. Tengo 23 años y he estudiado una carrera y trabajado un verano, y en septiembre me quedé embarazada premeditadamente y cuidar a mi hija es mi trabajo. Y a mucha honra, porque vivo una maternidad lo más consciente que puedo y podrían darme un título de máster por todo lo que he empollado durante el embarazo sobre maternidad (y me ha servido más de lo que me imaginaba además).
    Y es que no solo voy a recordar que nuestros niños pagarán las pensiones de nuestra generación (hoy han dicho que en diciembre del año que viene se acaba el fondo de pensiones), sino que cuidarlos, amarlos y educarlos es de las dedicaciones más maravillosas que puede tener uno en esta vida. Y eso que, efectivamente, te absorben el tiempo, la energía y la concentración.
    PD: mi teoría es que aquellos que se escandalizan ante una madre amamantando lo que tienen en realidad es envidia, porque si miras, oyes y hueles a un bebé mientras mama te das cuenta de que ahí se encuentra el verdadero Paraíso, que es el ser más feliz de la tierra.

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    1. Muchas gracias por tu comentario ;).

      No sé si es culpa o incomodidad, pero algo hay, es innegable. Cuesta mucho pararse como Mafalda y decir que uno se baja del mundo. Hasta dejar a un lado el torrente inagotable de series de televisión —que «tienes que ver sí o sí»— parece una decisión propia de un loco hoy en día. Nos hemos embarcado en un ritmo de vida que no para de acelerar, y nos estamos perdiendo la vida por el camino.

      Una de las experiencias que nos estamos perdiendo es la de ser padres y madres, y no ya porque no tengamos hijos, que es una decisión tan respetable como la de tenerlos, sino porque incluso cuando los tenemos, somos incapaces de encontrar el tiempo o los recursos para vivir plenamente la experiencia.

      Hace falta mucho valor para tomar una decisión como la tuya, no lo niego, pero seguro que te llena mucho más que si te hubieras dejado arrastrar por las elecciones predeterminadas que parece que tenemos que adoptar todos sistemáticamente. Quedarse en casa a cuidar de PERSONAS —porque no nos olvidemos que los niños, igual que los ancianos dependientes, son personas— debería valorarse mucho más de lo que lo hacemos hoy en día. Es una pena que no sepamos ver el valor que tiene esa labor, la de cuidar nuestro activo más importante y nuestro futuro.

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  3. Yo soy de la opinión de que toda elección conlleva una implícita una renuncia. El problema de esta sociedad es que parece que no nos podremos “realizar” si no llegamos a todo. Mucho más en el caso de la maternidad: tenemos que criar con apego pero también seguir formando parte del engranaje productivo y disponer de tiempo libre para cultivar aficiones. ¿Cómo se come esto con días de 24 horas? ¿En serio no nos vamos a perder nada si intentamos intentar compatibilizar la faceta de madre/padre-pareja-persona-amigo-trabajador?
    A mí que no me vendan motos. A todo no se puede llegar y sí, perderemos ciertos trenes. Tal vez esa serie nueva que anuncian en el canal de moda, una cena con amigos hasta la madrugada e incluso los primeros pasos de nuestro peque. Lo que sea dependerá de nuestra escala de prioridades.

    El problema surge cuando no puedes elegir. En un sistema donde muchas veces se necesitan dos sueldos para pagar lo básico, una se pregunta si no nos deberíamos replantear lo que es realmente necesario y si seguir la corriente es lo más beneficioso para las nuevas generaciones.

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    1. Completamente de acuerdo, Estrella. Supongo que la mayoría o la mayor parte del tiempo preferimos no pararnos a pensarlo pero, si lo hacemos, yo no puedo evitar pensar que nos estamos equivocando.

      No puedo decir que vivamos peor que hace 50 años, pero desde luego el progreso y los avances no nos han llevado a una calidad de vida significativamente mayor en muchos aspectos.

      En la generación de mis padres bastaba un sueldo para mantener a una familia de varios hijos. Hemos pasado por una generación en la que eran necesarios dos salarios. Ahora, muchos no llegan ni así. ¿Es esto normal?

      Nosotros lo pensamos mucho antes de acogernos primero uno y luego otro a una excedencia. Y ahora que me toca a mí, lo pienso cada día más: ¿de verdad necesitamos trabajar los dos? Nuestras vacaciones son mucho más sencillas, gastamos muy poco en ropa, nada en salidas nocturnas o vicios… Hemos elegido estar con nuestra hija y, oye, con esfuerzo vemos que también se puede. No creo que pudiéramos vivir toda la vida en Madrid de alquiler con un solo trabajo, eso es cierto, pero sí estoy seguro de que podríamos trabajar menos horas para estar más con nuestra hija.

      Y ahora elijo estar con mi hija porque es lo que yo he decidido poner como mi primera prioridad. Pero antes, cuando estudiaba primero y cuando empecé a trabajar después, ya le daba muchas vueltas a la cabeza a en qué clase de sistema social y productivo nos hemos montado. Hay una especie de presión del entorno para ver series sin parar, como mencionas, viajar cada año más lejos que el anterior, renovar el móvil cada vez cada menos tiempo… Tienes que estar motivado en el trabajo y formarte continuamente, te dicen que es bueno distraerse e inspirarse con el arte, el cine, la música, que necesitas hacer media hora de ejercicio al día, cocinar tu propia comida, mantener al día la relación con tus amigos… ¿Y dónde cabe todo eso?

      Como te preguntas tú al final, yo cada vez creo menos que todo este tinglado sea necesario. Cada vez soy menos partidario de seguir la corriente. Es difícil al principio, porque te quedas sin tema de conversación si no has visto el último de «Juego de tronos» o si no trabajas porque has elegido cuidar de tus hijos en casa. Pero mira, mientras podamos cuadrar las cuentas, a mí me merece muy mucho la pena.

      ¡Gracias por tu comentario y visita como siempre, Estrella!

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