Cinco horas con Mario

«Cinco horas con Mario». Y tres días con sus hijos.

De todos los autores clásicos de la literatura universal que estudiábamos en el colegio el único que de verdad llegó alguna vez a engancharme fue Delibes. Había leído algunos de sus crudos relatos de realidad castellana y, sin embargo, no era consciente de lo que me estaba perdiendo sin haber puesto pie en el camino que recorren sus cinco horas con Mario sin moverse de una sola habitación.

Hace ya unas cuantas semanas mamá y yo decidimos pasar una de sus semanas de vacaciones en el pueblo, una pequeña aldea burgalesa en la que muere la carretera y danzan los tábanos al son que ladran los perros del pastor. Esos siete días nos sirvieron para descansar merced a unos brazos que se multiplicaban a nuestro alrededor para disfrutar de una incansable gusanita que no podría ser más feliz en parque alguno de Madrid.

El descanso puede adoptar formas inverosímiles. Se tradujo, por ejemplo, en kilómetros de caminos de concentración acumulados en las piernas sobre una bicicleta de montaña a la que había echado mucho de menos. Y llegó, también, en forma de horas de plácida lectura en el sofá de la gloria protegidos de un sol que ya no encontraba cereales que tostar en la tierra y que se empeñaba en agarrarse a nuestra piel con cada paseo entre las zarzamoras y las tenadas de la colina.

«Cinco horas con Mario» ha sido uno de los libros que más recuerdo haber disfrutado en mucho tiempo. Me sorprendió enormemente que un monólogo tan aparentemente pesado, tan pretendidamente atropellado, pudiera revelarse tan ágil y absorbente. No podía alejarme de la perorata de la desvelada Carmen, viuda de un Mario que nunca supo darle la vida que ella habría querido encontrar con él.

El estilo me cautivó y el contenido me enamoró con su reiterativo y exhaustivo repaso de las múltiples realidades de una sociedad española que poco a poco quería modernizarse. Entre los incansables párrafos de una protagonista cuyo nombre siempre olvidamos encontré numerosas referencias a la crianza, la maternidad y la educación en la década de los 60 en España. Cincuenta años después, muchas cosas han cambiado y, sin embargo, otras se empeñan en resistir en una sociedad que, en algunos aspectos, se niega a aceptar que se puede ser padres de otra manera.

No pretendo hacer un comentario de texto de un libro que recomiendo mucho, pero sí me gustaría analizar algunos de los pasajes que menciono. Me pareció un ejercicio interesante descubrir cómo hemos evolucionado, en qué nos parecemos a los padres de entonces y en qué los hemos dejado atrás. El interés de este esfuerzo fue aún mayor cuando encontré la siguiente lectura que abordaría en aquella semana de vacaciones, una cuyo autor propone un futuro en el que la maternidad ha dejado de existir. ¿Adivináis cuál? Os hablaré también del asunto.

«Desde luego, la Universidad no les prueba a estos chicos, desengáñate, les meten muchas ideas raras allí, por mucho que digáis, que mamá, que en paz descanse, ponía el dedo en la llaga, “la instrucción, en el Colegio; la educación, en casa”, que a mamá, no es porque yo lo diga, no se le iba una. Pero tú les das demasiadas alas a los niños, Mario, y con los niños hay que ser inflexibles, que aunque de momento les duela, a la larga lo agradecen.»

Carmen no da tregua y, en apenas un párrafo, deja abiertos varios frentes relativos a la educación de nuestros hijos que darían pie a horas de encarnizada discusión. Sin ánimo de obviar sus numerosas deficiencias, considero que una universidad bien entendida puede ser un instrumento utilísimo para el progreso social y personal. Sin embargo, si nos limitamos a los primeros años de vida de nuestros hijos, opino como la difunta suegra de Mario: me gustaría que la primera educación de mis hijos la aprendieran en casa, que sus valores se parecieran a los nuestros igual que estos nacieron de los de nuestros padres. Eso implica también una gran responsabilidad por nuestra parte, ojo, pero no por eso le resto importancia a la figura de unos profesores que espero se comporten como maestros, predicando con el ejemplo y siendo vectores fundamentales en la transmisión de valores humanos que entiendo deberían ser universales. Pero sí, señora Carmen, comparto su opinión de que los niños tendrían que salir educados —en el sentido que explico— de casa.

No obstante, no entiendo la educación inflexible. Nuestra forma de ver las cosas está sujeta a error y al cambio, y las circunstancias del día a día son tan flexibles como un chicle recién masticado. Debe haber normas y límites, desde luego, pero nunca entenderé la crianza desde el punto de vista autoritario y rígido de quienes pretenden sólo imponer y no explicar o convencer.

«”Hay que llevarle al médico”, qué ocurrencia, imagínate si a cada niño que le dé la idea de hacer una hoguera hubiese que llevarle al médico, lo mismo que lo de Menchu con los estudios, a la niña no la tiran los libros y yo la alabo el gusto, porque en definitiva, ¿para qué va a estudiar una mujer, Mario, si puede saberse? ¿Qué saca en limpio con ello, dime? Hacerse un marimacho, ni más ni menos, que una chica universitaria es una chica sin femineidad, no le des más vueltas, que para mí una chica que estudia es una chica sin sexy, no es lo suyo, vaya, convéncete.»

No da Carmen puntada sin hilo. En tres oraciones sugiere dos temas que hoy en día siguen siendo tan actuales como en la noche en que veló el cuerpo inerte de su Mario.

Por una parte, nuestra viuda da muestras de un —entiendo yo— gran sentido común cuando interpreta como una ocurrencia la necesidad de llevar a un niño al médico ante cualquier trastada. Habrá que seguir con cuidado a un hijo que dé muestras de piromanía, es obvio, pero hace tiempo que tengo la sensación de que vivimos en un tiempo de medicalización sistemática de comportamientos que no son sino los esperables en niños de corta edad. Los niños no podrían ser más distintos unos de otros y, mientras tanto, los adultos nos empeñamos en etiquetarlos, en darle un tratamiento al que muestra una —a nuestros ojos— excesiva timidez y otro al que —desde nuestro agobiado punto de vista— parece ser demasiado inquieto. ¿No será que no estamos preparados para incorporar a nuestro estilo de vida inflexible la hogaza de caos que traen los niños bajo el brazo?

En segundo lugar, Carmen hace gala de una opinión entonces generalizada y cuya herencia se deja sentir todavía hoy en forma de brecha de género. ¿Que para qué va a estudiar una mujer, Carmen? Para exactamente lo mismo que un hombre, querida. Tan «lo suyo» es una chica que estudia como un chico que barre y cuida de los hijos. Hace cincuenta años desde que Carmen opinara alegremente en la ficción de Delibes; no dejemos pasar otros cincuenta hasta que su opinión pase a ser exclusivamente eso, ficción.

« […] que vosotros creéis que una vez que se deja de ser niño se tiene derecho a todo, y qué va, estáis pero que muy equivocados, de mayor hay que seguir obedeciendo como de pequeño, claro que no al padre o a la madre, pero a la autoridad sí, la autoridad hace las veces, ¡arreglados estaríamos si no!»

Es un tema delicado éste de la autoridad y la obediencia. Como ya he dicho más arriba, me parece obvio que debe haber en nuestra vida ciertos límites y normas que hay que respetar. Sin embargo, no creo que debamos educar a nuestros hijos en la ciega obediencia. La autoridad no puede nacer exclusivamente de la edad y la experiencia; también hay que ganársela. La obediencia no puede ser resultado del miedo al que es más grande, al que demuestra poder sobre nosotros; la obediencia debe ser producto del convencimiento, de la razón…

Dónde poner los límites y cómo aplicar todo esto con niños que aún no están preparados para entender y razonar de forma compleja es algo que tendrá que resolver cada uno en la intimidad de su hogar y en el escenario público del parque infantil. Mientras tanto, me niego a fabricar una niña preparada para ser sumisa, para obedecer sin pensar y para formar parte de un sistema productivo que a menudo parece querer solo incorporar piezas numeradas que ocupen su puesto en la cadena de montaje sin rechistar. Es un régimen autoritario el que habla por boca de Carmen, no nos olvidemos. ¿No es sorprendente que tantos hoy sigan defendiendo esta postura cuando se trata de ejercer poder sobre los niños?

«Don de Yavé son los hijos: es merced suya el fruto del vientre. Lo que las saetas en la mano del guerrero, eso son los hijos de la flor de los años. ¡Bienaventurados los que de ellos tienen llena su aljaba! ¡Qué bonito! Pero luego la que andaba todo el día de Dios como un zarandillo era yo. No es por nada, Mario, pero algún día te darás cuenta de lo poco que me has ayudado en la educación de los niños, que Antonio, que es un gran pedagogo, lo dice, ya ves, que cuando el padre se inhibe, los hijos lo notan, qué cosa, que pueden ser como cojos pero por dentro, ¿comprendes? tarados o eso. Claro en este punto, no es ninguna novedad, los malos ratos para la madre; que los hombres sois todos unos egoístas, ya se sabe, que ni cortados por el mismo patrón […].»

No deja de ser curioso que la misma mujer que defiende que el lugar de sus iguales está fuera del sistema educativo pretenda después que el hombre se incorpore a la que entonces se consideraba su esfera de trabajo. La igualdad debe ser un camino bidireccional. Es inútil que la mujer se incorpore al mercado laboral si el hombre no pasa a formar parte activa e igual del trabajo doméstico. Igual de inútil que sería que los hombres fregaran los platos después del trabajo si las mujeres no tuvieran la oportunidad de ser también las que salieran a ejercer una profesión fuera de casa.

Es un trayecto que ya hemos empezado a recorrer desde aquel 1966. Sin embargo, no parece que hayamos recorrido los kilómetros que uno habría estimado suficientes en cincuenta años de lucha por la igualdad. Somos cada vez más los que tratamos de ponernos en marcha en esa vía de doble sentido, pero queda mucho por hacer para que podamos hacerlo ambas partes en igualdad de oportunidades, con los mismos derechos y las mismas obligaciones. No, los hombres no estamos todos cortados por el mismo patrón y a muchos nos gustaría no ayudar en la educación de los niños, sino ser parte fundamental e igual en la misma.

«Pero para las niñas no hay vocación que valga, la ley del embudo, como yo digo, eso no rige, y si tienen vocación de madres, lo más noble que puede haber, que se aguanten y al Instituto, por la sencilla razón de que las niñas no pueden ser ignorantes, qué menos que el bachiller, que me herías en lo más vivo, Mario, por si te interesa saberlo, que yo no soy bachiller y a ti te consta, pero el caso era quitarme la autoridad delante de mis hijos, que ésa es una cosa que no podré perdonarte, cariño, por mil años que viva, porque si hay algo aborrecible en este mundo es eso, echar a los hijos contra la madre, tarea de diablos […].»

Defiende Carmen aquí la vocación de madre por encima de todo. Enfrente debió de haber estado su Mario, para quien sus hijas tenían la misma obligación de estudiar y formarse que sus hijos varones. No sé si es ésa la más noble vocación que puede haber como dice ella, pero desde luego debe de ser una de las más bonitas o, al menos, una de las que más puede llenar tu vida. Eso no implica que deba perpetuarse esa especie de presión ambiental que aún hoy muchas mujeres dicen sentir ante una necesidad de ser madre que en su caso no ha llamado a la puerta.

En el 1966 en que transcurre el velatorio de Carmen ser madre de una familia numerosa y acomodada era probablemente una de las metas superiores a las que podía aspirar una mujer de su condición. No debería ser así y cada mujer, igual que cada hombre, cada persona, en definitiva, debería tener la absoluta libertad de decidir si quiere dedicar su vida a realizarse profesionalmente, a ayudar a los demás o a cuidar de su familia en el hogar. O, mejor aún, a combinar sus aspiraciones sin verse obligada a renunciar a nada porque la sociedad entienda que ése no es lugar.

«Respeto y admiración por los padres es lo primero que hay que inculcar en los hijos, Mario, y esto no se consigue sino con autoridad, que siendo blando con ellos te crees que les haces un favor, y a la larga, todo lo contrario, ahí tienes el caso de Borja, con eso de que no se arrancaba y se ponía tieso a llorar, que ya se destiesará, que se te caía la baba con él, cuanta pamplina […].»

Insiste nuestra protagonista en la percepción autoritaria de la paternidad. Difícil me parece inculcar el respeto y la admiración en nadie. Tratar de hacerlos desde una posición de poder y superioridad probablemente derive más bien en sentimientos de miedo y resentimiento. Todo el mundo merece respeto entendido en general, pero ese «respeto» paternofilial del que habla Carmen debe nacer a partir del ejemplo. Si no somos capaces de entender y respetar las necesidades de nuestros hijos, de unas personas pequeñitas que apenas aún han puesto pie en el mundo, difícilmente llegarán ellos a entender que nosotros también tenemos necesidades y debilidades que no tienen por qué coincidir con las suyas.

Y si el respeto es difícil de imponer por la fuerza, ¿qué decir de la admiración? ¿Es acaso posible obligar a alguien a admirarnos? ¿No conseguiríamos así precisamente lo contrario? La admiración debe surgir del interior de cada uno y, para ello, primero deberemos ser nosotros los que ejerzamos una actitud digna de admiración. Nunca seremos padres intachables ni ejemplos perfectos de nada, pero debemos esforzarnos por acercarnos al modelo a partir del cual queremos que nuestros hijos aprendan los valores que regirán su vida. Es inútil tratar de mostrarnos como ídolos de oro sin mancha ante los hijos; será mucho más fácil que se sientan cercanos a nosotros si somos capaces de reconocer ante ellos que también nos equivocamos, que tenemos que pedirles perdón y que, aunque nos esforcemos, no siempre hacemos las cosas todo lo bien que deberíamos. Quizá eso sí lleguen a admirarlo algún día.

«Y tú, todavía, que me quejo; demasiado poco, zascandil, que no os dais cuenta, que los hombres me hacéis gracia, “hay que simplificar” y agarráis un día la escoba o sacáis de paseo a los niños y os creéis que habéis hecho algo, unos héroes, ya ves […].»

Toda la razón tienes, Carmen. Todavía son muchos los que se contentan con «ayudar» a la madre de sus hijos. Y todavía son muchos también a nuestro alrededor los que alaban a esos supuestos «padrazos» que cambian un pañal los domingos después de cocinar la paella que es la estrella de su escaso papel doméstico. Pero intentamos cambiar y estamos cambiando, no te preocupes. Poco a poco llegaremos.

«Ya ves lo de Aran, y mira que llevo tiempo detrás de ti, hijo, una vida, bueno, pues ya crecerá, que son tres años, pues claro que son tres años, borrico, pero a los tres años hay niñas altas y niñas bajas, y Aran es una niña bajita, y si no hubiera precedentes, vaya, pero mira tu hermana, Mario, que […] es como un botijo, no me digas […]. Pero ya te anticipo que yo no quiero que mi hija sea así y, llores o rías, pienso llevarla a Luis, que la mire a fondo y la recete unos choques de vitaminas, que la hagan crecer y espabilar.»

Lo que bien empieza no siempre bien acaba, y en este caso Carmen se desvía rápidamente de una actitud que parecía llena de sentido común y responsabilidad. Ha habido, hay y siempre habrá niños de todos los tamaños, unos con un alimento voraz y otros con apetito de pitiminí. Es normal y así deberíamos entenderlo. No tiene sentido, por tanto, obsesionarse con gráficas de peso, obligarlos a comer por encima de lo que su cuerpo les dice que deben comer o buscar remedios milagrosos en farmacias dispuestas a todo con tal de vender un poco más.

A menudo buscamos culpables en pediatras poco actualizados pero no debemos olvidar que muchas veces somos los padres los primeros que exigimos que nos den una solución médica y medicinal a problemas que sólo existen en la hipocondría de nuestra condición de padres primerizos.

«Pero aun dando por supuesto que te pegase y que fuesen ciertos esos cuentos chinos de la pistola, tú debiste callar, Mario, que si un guardia en un arrebato te da un mojicón no creas que lo hace por divertirse, qué va, sino por tu bien, lo mismo que hacemos con los niños. Hay una cosa evidente, Mario, que nos guste o no tenemos que aceptar, y es que un país es como una familia, lo mismito, quitas la autoridad y ¡catapum!, la catástrofe.»

Y termino con el símil definitivo, el que resume la interpretación que Carmen —y como ella mucha gente entonces y ahora— hace de la familia. La familia es la versión mínima e irreductible de lo que debe ser el Estado. De la misma forma que su visión de la política justifica el autoritarismo violento del Estado en aras de un pretendido bien común, el tortazo a tiempo es contemplado como una herramienta cotidiana e imprescindible para la consecución de una convivencia ordenada y socialmente aceptable.

Hemos mejorado mucho desde entonces y somos cada vez más los que entendemos como injustificables uno y otro tipos de violencia. Sin embargo, queda aún camino por recorrer. Antes de la noche de 1966 en la que murió su marido, Carmen habría justificado también a buen seguro actitudes por su parte que hoy —casi— todos entendemos como maltrato. Espero que dentro de no tanto como cincuenta años seamos también —casi— todos los que censuremos la violencia con los niños de la misma manera que hemos llegado a hacerlo en el caso de las mujeres o de cualquier minoría o grupo social.


 

«Cinco horas con Mario» es otro retrato maravilloso de la España de su tiempo que nos regaló Delibes. La idea de un monólogo de cinco horas de duración puede resultar poco atractiva, pero con un estilo natural que a menudo consigue arrancar una sonrisa engancha más que muchas novelas al uso. Insisto: una obra muy recomendable para cualquiera que quiera echar un vistazo a lo que vivía y sentía buena parte de la sociedad española en este ámbito de la maternidad y en tantos otros hace hoy justo cincuenta años.

Anuncios

4 thoughts on “«Cinco horas con Mario». Y tres días con sus hijos.”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s