Helado de yogur griego y mango

Lo malo de tener tantas entradas pendientes acumuladas en la lista de borradores es esto: que llega noviembre y te encuentras publicando recetas de helados de frutas de otoño. Prometo, eso sí, que es el último helado que os propongo hasta, por lo menos, el verano que viene.

Después de los helados de plátano con chocolate y del salmorejo experimental con mango de los que os hablé hace unas semanas, hoy os traigo una receta sencilla con la que sacarle más partido a esos últimos mangos maduros antes de que se termine su temporada con la llegada de diciembre. El proceso es muy sencillo pero lleva unas cuantas horas de reposo entre tarea y tarea para completar la elaboración de los yogures y la congelación de los helados. Tenedlo en cuenta si queréis tenerlos listos para un momento determinado.

La lista de la compra

  • 1l de leche entera. Ya que vamos a hacer yogures caseros, tened el detalle de comprar una leche que os guste y, si puede ser fresca, mejor aún.
  • 1 mango maduro.
  • 1 yogur natural, sin azúcar ni zarandajas de colorines. Yogur, yogur.

El camino a la perdición

  1. Empezaremos por hacer yogures naturales caseros. La idea básica consiste en mezclar muy bien el yogur en el litro de leche y dejarlo reposar durante unas cuantas horas con un poco de calor. Eso es lo único que hacen las yogurteras: mantener la temperatura constante durante un montón de horas. Si no tenéis una, seguro que podéis encontrar una forma alternativa. Aquí analiza tres posibilidades El Comidista. Y no me seáis cobardes, que nosotros estuvimos un año haciendo yogures con una cazuela y una nevera de camping antes de que nos regalaran la yogurtera.
  2. Cuantas más horas dejéis los yogures reposando, mayor debería ser la acidez. La lactosa de la leche va siendo metabolizada por las bacterias del yogur y se pierde así poco a poco el dulzor. En cualquier caso, una vez listos los yogures naturales «normales», vamos a dedicarles un rato más para que ganen en cremosidad y podamos considerarlos de tipo griego.

    Preparamos un bol grande y colocamos sobre él un colador. Uno como los que se utilizan para escurrir la pasta vale perfectamente. Encima del colador disponemos un paño fino y que no suelte hebras de ningún tipo. Idealmente sería un paño de los que se utilizan para elaboración de queso y derivados lácteos, pero si tenéis uno que cumpla la descripción puede valer igual.

  3. Volcamos todos los yogures sobre el paño y los dejamos unas 6 horas en el frigorífico. Poco a poco irán perdiendo el suero haciendo que ganen una textura mucho más cremosa. Hay quien añade nata a la mezcla original de la leche para ganar aún más densidad pero no es necesario y nos evitamos un aporte extra de grasa y azúcar.
  4. Una vez listo el yogur de tipo griego, lo rescatamos del paño con una cuchara o una lengua de pastelería y lo pasamos al vaso de la batidora. Añadimos el mango maduro pelado y troceado, y lo batimos todo hasta que quede una mezcla fina y uniforme sin trozos de fruta.
  5. Repartimos el batido entre los moldes de polo y lo metemos al congelador. Pasado un rato tendremos listos unos helados bien ricos de yogur y mango.

El truco final

Probablemente el helado quede más rico usando la técnica de batido habitual que se utiliza para hacer helado casero y que realizan las heladeras por nosotros. O incluso congelando las piezas de mango y batiéndolas con el yogur justo antes de comerlo en lugar de congelarlo una vez líquido en moldes. Sin embargo, congelarlo en forma de polo facilita un poco la cosa a la hora de que un niño pequeño que no se apaña aún bien con según qué cubiertos se pueda comer el helado por sí solo.

Si el mango es grande y lo mezcláis con todos los yogures que salen del litro de leche original, seguramente os sobre algo de batido que no quepa ya en los moldes. Como batido de fruta y yogur está también riquísimo; no hace falta ni que lo congeléis.

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La panacea

Ya he dicho alguna vez que mi paternidad me ha cambiado. Apenas llevo unos meses inmerso en su vorágine de novedades desconcertantes, pero no hay espacio de mi vida que haya logrado mantenerse estanco y librarse de la avalancha transformadora que supone esta experiencia. Entre otras cosas, ha cambiado mi forma de leer. Presto mucha más atención a cada palabra escrita en relación con el universo paternofilial y me encanta utilizar las propuestas de terceros como palanca de reflexión. Muchas páginas se leen de otro modo puestas a la luz de la experiencia paternal y son más de las que creía las que hablan directa o indirectamente de esa parte fundamental de nuestra existencia (al menos mientras la visión de Aldous Huxley no se materialice por completo). Luego vengo aquí a desparramar mis divagaciones y torturaros con ellas. Eso también, claro.

Hace algunas semanas aterrizó en mis manos un ejemplar de una de esas revistas para madres y padres que venden —no sé dónde, la verdad— a un precio irrisorio. No sé si alguien las compra. Todas las que he tenido la oportunidad de ojear las he recibido como obsequio de las formas más inverosímiles. Antes de que mamá diera a luz todavía era yo un incauto proyecto de papá primerizo, y las leía con avidez y curiosidad en busca de respuestas. Hoy, con algunos meses de experiencia en la mochila, con muchas lecturas en el bolsillo y con más conversaciones en mi haber, sé que buena parte del contenido de algunas de esas revistas deja mucho que desear.

Los reportajes plagados de errores, medias verdades y mitos de la crianza no sirven más que de excusa para dar espacio a la publicidad de unas marcas que son quienes verdaderamente se benefician de según qué mensajes. Viendo algunos de sus contenidos (con algunos test como «¿Vuestro amor está fuerte y a salvo?» o un infalible «¿Qué estudiará mi hijo?») no puedo evitar pensar en que son una versión avanzada y casposilla de aquella Superpop de nuestra primera adolescencia. No es raro ver que sigan tratando a la madre como si fuera la única responsable del cuidado de los hijos y que la infantilicen como hacen aún tantas revistas femeninas con las mujeres en general. Seguro que hay grandes profesionales detrás haciendo un gran trabajo y sometidos a mucha presión, ojo. Seguro. Pero eso no me consuela como lector cuando veo que se frivolizan temas sensibles sobre los que la población debería recibir información veraz y objetiva. Un motivo más para apoyar proyectos periodísticos rigurosos, por cierto.

El caso es que aquel número de «Mi bebé y yo» —esa era la revista en cuestión, aunque no es la única del estilo— incluía en la sección «Mi educación» un artículo que me llamó la atención. «Guardería: 8 puntos a favor» rezaba el título. Ya venía yo hacía mucho tiempo dándole vueltas al dilema de la escuela infantil, así que me lancé de cabeza a leerlo. Apenas había completado un par de párrafos y ya tenía claro que necesitaba escribir aquí una de mis interminables reflexiones. Hablaré por cierto de «guardería» —como se ha denominado tradicionalmente— y «escuela infantil» —como empieza a conocerse últimamente— indistintamente. Sé que cada término tiene connotaciones diferentes y espero que nadie se sienta ofendido por el uso de uno u otro. El mismo artículo titula con «guardería» a pesar de que el contenido encaje más con la idea que defienden los partidarios del término «escuela infantil».

¿Me acompañáis?

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Animalario de Madrid

Estoy convencido de que nuestra hija no es ningún caso particular en su amor por los animales. Hay algo mágico en la relación que se establece entre los niños y nuestros compañeros de viaje sobre este planeta nuestro. No sé si es la sorpresa de ver diminutos y enormes seres peludos o emplumados moviéndose junto a ellos, pero a la mayoría de los niños, y a nuestra gusanita en particular, los animales los vuelven locos.

Cuando pasamos algún día en nuestra diminuta aldea castellana, nadie disfruta tanto como ella. Además de la compañía de abuelos y tíos prestos a brindarle todo tipo de atenciones, se encuentra nuestra pequeña con una cantidad tal de animales a su alcance que no sabe ni por dónde empezar. Persigue a los gatos y a los perros; primero con timidez, luego con locura. Se ríe del miedo que le da la cerda gigante que pasea bamboleante su trasero por las calles del fondo. Lleva comida a los gatos del pajar en el que viven los gallos a los que le encanta imitar. Acaricia a los terneros de Saturio en el camino que bordea la ladera de las tenadas. Y se sobresalta entusiasmada cada vez que las burras de la era rebuznan para que nadie en el pueblo olvide que allí arriba siguen, espantando las moscas con sus enormes orejas de conejo.

Verla gozar con los animales es una de las experiencias que más ternura me producen. Me encanta su cara de felicidad, escucharla pegar gritos de alegría y verla bailar en círculo con ese paso tan característico suyo. Descubrir un sentimiento así en los niños es lo único que hace que no rechace de plano la existencia de los zoológicos. Nuestro paso por el de Madrid cuando apenas tenía 8 meses fue legendario. Y la visita a Cabárceno grabó escenas en nuestra retina de padres enamorados que nunca querremos olvidar.

Por todo eso me da mucha pena que sean tantos los niños que apenas pueden acercarse a animales vivos en su vida de ajetreos urbanos. Yo también fui un niño de ciudad, y en mi época ni siquiera eran frecuentes esas visitas a la granja-escuela que hoy en día organizan muchos colegios. Pero incluso contando con dichas excursiones, ¿no es un poco triste que tantos pequeños no hayan visto una vaca en su vida hasta que cumplen 6, 7 u 8 años?

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#MaMaCumple1Año

Si me habéis leído aquí o en alguna red social de forma más o menos habitual, sabréis que no soy el padre más implicado en las actividades de Madresfera; tampoco de entre los Papás bloguerosSe unen la falta de tiempo y la vergüenza para evitar que forme parte de cualquier sarao en el que mi cara colorada por el rubor se pasee entre tantas mamás y papás lanzados a conocerse y hacer comunidad. ¡Con el buen ambiente que han conseguido que se respire entre todos!

Eso no impide que, de vez en cuando y cuando consigo enterarme a tiempo, haga alguna más que humilde aportación. Propuse, por ejemplo, unas pocas recetas en aquella serie de #amimanera de la que fui en parte culpable. También me uní a algunos de los movimientos que considero necesitan todas las voces que puedan reunir para lanzar un testimonio fuerte, razonado y bien informado a causas que así lo merecen. Fue el caso de la campaña de información acerca de los sistemas de retención infantil a contramarcha, o de una de las muchas actividades promovidas por los Papás blogueros en favor de una paternidad igualitaria y corresponsable.

Hoy me quiero hacer eco de la última gran iniciativa nacida del pequeño grupo de entusiastas mentes pensantes que se esconden detrás de la cabecera rosada de Madresfera: el primer número en papel de su revista Madresfera Magazine. Será un número redondo con el resumen de su primer año de vida, como esa revisión de los 12 meses en el pediatra de la que cada padre espera salir con una satisfecha y orgullosa sonrisa de oreja a oreja. No faltará por supuesto el nuevo contenido, con un dossier central dedicado al parto en casa, un asunto tratado de forma tan pésima y superficial habitualmente en nuestro país que solo por eso ya merece la pena echarle un vistazo a la próxima revista.

Dejando al lado el increíble mérito que tiene todo el trabajo que consigue que la Madresfera y su revista sigan rodando, y obviando todo el buen rollo que esta comunidad ha colado en nuestra casa desde las pantallas de nuestros cachivaches, hay motivos más que suficientes para apoyar un proyecto como éste. Cualquier familia que haya hecho un mínimo esfuerzo por informarse adecuadamente sobre los temas que le preocupen de maternidad, paternidad, crianza, salud infantil, etc. debería ser consciente del mal trato que le brindan las cabeceras habituales de los quioscos a este ámbito informativo.

Muchas de las revistas especializadas en el mundo del bebé están plagadas de lugares comunes, datos anticuados, recomendaciones obsoletas y tópicos que, en el peor de los casos, rozan, si no sobrepasan, los límites del machismo más casposo. Nunca he entendido cómo pueden salir adelante tantos títulos del papel cuché al precio con que llegan a nuestros quioscos. Sin embargo, entre esas revistas de bebés que muchos distribuidores sitúan en la sección femenina de sus estanterías, no es raro que tres cuartas partes del contenido sean reportajes y páginas publicitarias. Y ya sabemos que de conflictos de intereses no andamos precisamente escasos en el mundo del cuidado de los hijos (falsos mitos sobre lactancia materna, estudios adulterados sobre el valor nutricional y la salubridad de los alimentos, análisis comparativos nefastos de sistemas de retención infantil…).

Por todo eso merece la pena poner un granito de arena para apoyar un proyecto periodístico serio como éste, con reportajes completos, bien documentados y apoyados en voces autorizadas de verdad. No sé cuál será el modelo de negocio definitivo al que llegará el periodismo del siglo XXI. Lo que está claro es que si queremos contenido de calidad, independiente y veraz, tenemos que echar una mano. ¿Os animáis? Aquí tenéis toda la información sobre el proyecto y cómo sumaros a su campaña de crowd-funding.

Gracias, hijo. Toma un caramelo.

Una aplicación para los padres

Es conocido el tópico de que los homosexuales son un público interesante para muchas marcas. Presupone el tópico que tienen un poder adquisitivo elevado —como si la orientación sexual tuviera algo que ver con el dinero— y que normalmente llevan una menor carga de obligaciones familiares a los hombros —como si una pareja de gays o lesbianas no pudiera tener una familia normal y con hijos—. No sé qué base real tendrá este lugar común.

Desde que entré a formar parte del equipo de casados y con hijos de ese partido «solteros contra casados» que a veces parece la vida he detectado, no obstante, otro grupo de población que constituye un suculento objeto de deseo para las marcas: los padres primerizos. Podría hablar de padres en general pero creo que los primerizos somos especialmente vulnerables. En este caso el poder adquisitivo no es el factor determinante. Con independencia de los ingresos que tenga cada familia, lo que está claro es que buena parte del dinero empieza a chorrear por el colador lleno de agujeros en que puede llegar a convertirse la vida familiar. Lo importante aquí es otra cosa: la inocencia y la inexperiencia. Somos la víctima perfecta para todo tipo de vendedores de motos y ungüentos curalotodo. Llenos de dudas, ávidos de soluciones rápidas y fáciles… cualquier invento nos parece útil si es capaz de darnos 5 minutos más de vida un día a la semana.

No debería, por tanto, sorprendernos que también en el mercado de las aplicaciones móviles seamos precisamente los padres los destinatarios de decenas de herramientas que pretenden hacernos la vida más fácil. Es el caso de KidzAward, aplicación que conocí gracias al espacio «Estartapeando» que en el «Hora 25» de la cadena SER presenta diariamente todo tipo de proyectos emprendedores de nuestro país. Bajo el título de «Estartapeando: hay que portarse bien», una de las creadoras de la plataforma Kidz in mind hizo un breve recorrido por las bondades de su último producto. Podéis escuchar la entrevista completa desde este enlace.

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Salmorejos apócrifos

Parece mentira que a estas alturas de octubre ande yo hablándoos de salmorejos, pero así lo ha querido el Monstruo del Espagueti Volador, señor del clima y los océanos. La temporada de tomates ha venido este año con tanto retraso en la huerta del tío Julio que la semana pasada todavía recibimos de manos de los abuelos una nueva caja de tomates bien colorados recién recolectados. ¡Tomates! ¡Cuando lo que tendríamos que estar cogiendo son setas!

Como ya os he contado en más de una ocasión, la única pequeña —minúscula— pega de consumir las verduras procedentes directamente de la huerta es que éstas llegan siempre por oleadas. Está uno tan tranquilo en Madrid disfrutando de unos agradabilísimos 39º a la sombra cuando de repente se encuentra con una caja de 5 calabacines y 5 pepinos en la encimera de la cocina.

Los tomates son de los productos que más disfrutamos aprovechando en casa. Con todo, puede resultar pesado repetir una semana tras otra las mismas recetas de salmorejos, gazpachos y salsas tomateras. En el caso del famoso plato cordobés, hace ya tiempo que empezaron a popularizarse versiones alternativas que incorporan otras frutas además del tomate, como el mango o la sandía. Nosotros nos hemos atrevido a ir un paso más allá, y hoy os propongo dos formas diferentes de preparar el salmorejo. Quizá llegue tarde para los tomates de esta temporada, pero aquí quedará registrado para quien tenga el valor de probarlas el verano que viene.

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Un mundo —no tan— feliz

Si la primera de mis lecturas vacacionales me llevó a la España de los años 60, la segunda no iba a quedarse corta en el desplazamiento. «Un mundo feliz» era una de esas novelas que se empeñaban en resistir en mi lista de libros pendientes. Siempre había otro que la adelantaba por uno u otro carril. Fue una de las lecturas recomendadas en la asignatura de Filosofía de uno de mis últimos cursos antes de la universidad. Teresa —así se llamaba aquella magnífica profesora— nos propuso una lista de entre cuyos títulos fue «Ensayo sobre la ceguera» el que fue a caer en mis manos. Aldous Huxley tendría que esperar.

La novela nos traslada a un futuro distópico. Las sociedades humanas han alcanzado un estado de aparente perfección y lo han hecho, paradójicamente, prescindiendo de gran parte de las atribuciones que nos hacen precisamente ser más humanos. Renunciando a la libertad, al libre albedrío, a los sentimientos y a muchos otros aspectos de nuestra naturaleza, se erradican también las fricciones, los conflictos y, en definitiva, la infelicidad que llega a través de la frustración.

«Un mundo feliz» es una novela breve y de fácil lectura. Aunque el estilo narrativo no me convenció mucho, os recomiendo que la descubráis por vosotros mismos si no la habéis leído todavía. Igual que otros ejercicios similares sobre inhumanos futuros aberrantes de la Humanidad —¿habéis visto la película «Equilibrium»?— da pie a reflexiones muy interesantes.

Yo me limitaré a comentar aquí algunas de las referencias que se hacen en el libro a la maternidad, un fenómeno que ha desaparecido por completo del mundo civilizado que nos presenta Huxley. La ciencia y la tecnología han reemplazado los vientres maternos y las gestaciones intrauterinas por complejas incubadoras en las que los fetos son sometidos a estímulos de condicionamiento desde el momento mismo de su concepción artificial. Todo vestigio relacionado con la maternidad natural —la lactancia, el parto, las figuras materna y paterna…— son evitados con disgusto por parte de una sociedad que considera sucia y repugnante la manera en la que sus antepasados venían al mundo.

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