No me deja dormir

No me deja dormir

Es muy probable que me arrepienta de haber escrito esta entrada pero hace tiempo que vengo dándole vueltas y estoy seguro de que poner por escrito mis ideas me ayudará a ordenar las peregrinas disquisiciones que me persiguen desde hace algunas semanas. ¿Desahogo? Puede que haya algo de eso. ¿Dudas? Muchas.

Hoy voy a hablar del sueño infantil. Id cogiendo piedras.

El sueño, mi agujero

Empezaré diciendo que soy poco amigo de las etiquetas. Espero que no me hayáis leído nunca diciendo que nosotros aplicamos la crianza «con apego» con nuestra hija, ni que somos una familia de crianza «natural». No me gusta ponerle un nombre porque, entre otras cosas, considero que es imposible delimitar así lo que nosotros o cualquier otra familia hace con sus hijos. No hemos estudiado manuales de instrucciones para saber qué pasos debemos seguir a la hora de criar y educar a nuestra hija, no lo entendemos así.

Sin embargo, sí tengo que reconocer que nuestra forma de ver las cosas coincide en gran medida con el espíritu y buena parte de las concreciones prácticas que proponen estas corrientes parentales. Si tengo que responder qué fue antes, si el huevo o la gallina, no obstante, sí tengo claro cómo hemos llegado aquí. Lo que hacemos lo hacemos así fundamentalmente porque nos lo pide el cuerpo, porque es lo que entendíamos nosotros por ser padres ya desde antes de serlo y porque en nuestras circunstancias únicas y particulares es lo que nos parece de más sentido común.

Pero ay, amigo, todas mis convicciones acerca de cómo los niños nos van enseñando cuál es su ritmo, toda mi fe en su capacidad para incorporar a su batería de conocimientos aquellos que son aparentemente intrínsecos a su naturaleza, todo… se derrumba cuando hablamos del sueño. El sueño es el agujero por el que todos podéis atacar mis posturas sin miedo a una réplica convincente. Es el talón de Aquiles de mi filosofía paternal. El nudo gordiano que no consigo cortar ni desatar.

¿No saben dormir?

Igual que los sombreros de mi hija, tampoco me cabe en la cabeza que los niños no nazcan de serie con la capacidad para dormirse por sí mismos. Eso no significa que sea yo de la opinión de que es algo que haya que enseñarles, ojo. Pero ¿por qué no aprenden inmediatamente a quedarse dormidos cuando lo necesitan igual que lo hacen a respirar?

En nuestra casa hemos puesto en práctica el BLW para introducir la alimentación complementaria a nuestra hija. Nadie le ha enseñado a masticar, a deglutir, a escupir aquello que le resulta difícil de tragar… Y, sin embargo, ¡sabe hacerlo! Lo ha aprendido a su ritmo, de acuerdo, como todo lo que hace, pero parece lógico pensar que aquellas facultades que forman parte de su ritmo biológico básico diario desde que nació deberían incorporarlas inmediatamente al nacer, ¿no? ¿Será que ese «a su ritmo» es mucho más lento de lo que muchos padres desearíamos en el caso del sueño?

En nuestro caso hemos pasado por muchas fases, unas malas y otras peores, pero también las ha habido buenas. Es cierto que sus horarios y sus ritmos van evolucionando y hace ya tiempo que nuestra hija se duerme muy fácilmente en la silla de paseo, igual que siempre lo ha hecho cuando la porteamos. Si no descontrolamos demasiado sus horarios con nuestros excesos de adultos, también resulta ya muy sencillo dormirla en brazos en cuanto notamos sus señales de que quiere ir a dormir, y hace ya bastante tiempo que empezó a ser ella misma la que expresa verbalmente o con gestos que quiere irse a la cama. Es innegable que vamos mejorando. ¿Pero dejarla sola en la cama y que se duerma? ¡Ja! He visto futuros distópicos en libros y películas con más visos de realidad que el hecho de que vaya a verla dormirse quedándose quieta y cerrando los ojos. Ni siquiera entro a hablar de los despertares nocturnos. Afortunadamente hemos visto cómo su frecuencia se iba reduciendo progresivamente desde aquellos primeros días en vela.

En mi caso trato de dirigir mi desconcierto hacia una sana curiosidad científica o filosófica. Sin embargo, y aun siendo consciente de que nuestro caso no es ni mucho menos de los peores, todo esto me hace entender perfectamente el grado de desesperación que muchos padres pueden llegar a sentir cuando la privación de sueño se hace un hueco en nuestra rutina. O cuando los brazos agonizan después de largas horas meciendo kilos de un bebé que se resiste a conciliar el sueño. No me cuesta imaginar situaciones en las que una familia se agarraría a cualquier clavo ardiendo para poner fin a semejante sufrimiento, aunque ese clavo lleve la polémica etiqueta de los métodos conductistas.

El camino al Conductismo

En una de mis primeras entradas ya repasé algunas de las últimas incoherencias de un Estivill que siempre será recordado como quien popularizó dichos métodos en nuestro país. En su día dejé entrever mi opinión acerca de un método que se basa en la sistematización del llanto infantil. Con todo, insisto en que entiendo que un hijo que no duerme puede fácilmente llevarnos a la desesperación e, incluso, a la ira más irracional. Yo mismo me he visto en la piel de un ogro de noche que no reconocería cuando sale el sol. En uno de los muchos artículos que he leído al respecto una madre comentaba:

«Quien no haya conocido una situación así no conoce la desesperación y la duda de una madre, para la que ese ritmo raya en el terror psicológico (la privación del sueño fue, entre otros, un método de tortura muy valorado en la R.D.A.). Al final uno sería capaz de probar cualquier cosa.»

Y no sólo en la R.D.A. en el pasado. También en países «más democráticos» en el presente. ¿Y por qué habla ese señora de la República Democrática Alemana? Pues porque la polémica no es ni mucho menos exclusiva de nuestro país. La cita proviene de un comentario que encontré en el hilo de respuestas de una entrevista del semanario alemán Der Spiegel. Como parte de mi esfuerzo por salir de mi burbuja, me encanta leer en la prensa extranjera acerca de los temas que más me preocupan. Os sorprendería saber hasta qué puntos son comunes los problemas y los argumentos que los partidarios de una y otra postura comparten allende los mares.

En este caso, la entrevista (en alemán, lo siento) repasa algunos de los puntos centrales de la polémica con la psicóloga Annette Kast-Zahn, autora de uno de los libros más populares en Alemania de entre los muchos que propugnan los métodos de educación del sueño basados en el «cry it out» que hizo famoso el doctor estadounidense Richard Ferber ya en 1985.

Los argumentos

A menudo sucede que lo más interesante de este tipo de artículos se esconde entre los comentarios de los lectores, allí donde la batalla se convierte en un fragor difícil de soportar. Pero me interesa mucho conocer los argumentos de quien opina de forma contraria a la mía. Entre otras cosas, los partidarios del «dejar llorar» defienden que quienes acudimos enseguida al llanto de nuestros hijos pequeños somos responsables de su mala educación en relación al sueño, que somos quienes les hemos enseñado a hacerlo mal.

No sólo eso, sino que también nos culpan por estar criando una generación de «principitos y princesitas» —traducción literal de uno de los comentarios— malcriados y acostumbrados a conseguir inmediatamente todo lo que quieren. Y eso me hace plantearme: ¿será culpa nuestra entonces? Quizá los bebés sí estén preparados para aprender a dormir desde el principio y seamos nosotros quienes prolongamos su costumbre de dormirse en el dulce balanceo de nuestros brazos… Parece aceptado por todos el hecho de que los bebés duermen en el vientre materno durante el embarazo, pero si nacen ya acostumbrados a dormir con nosotros, con el arrullo de nuestra voz y el movimiento de nuestro cuerpo, soy incapaz de encontrar una forma indolora y respetuosa de deshacer esa asociación.

La mencionada psicóloga alemana equipara la del sueño con la educación en general. Según sus propias palabras, «claro que los niños lloran, pero ¿cómo vamos a educarlos si hacemos siempre lo que ellos quieren?». E insiste en que no existe ningún método para cambiar hábitos que funcione sin lágrimas. Genial, ¿no? Quizá la clave de nuestras diferencias resida en su frase «la crianza consiste en darle al niño todo lo que necesita, no todo lo que quiere». Supongo que nosotros no entendemos igual los conceptos de querer y necesitar. En nuestra familia entendemos que un niño pequeño que llora en la cama nos necesita a su lado, más aún cuanto más pequeño sea. Es una necesidad imperiosa que va mucho más allá del querer, muchísimo más allá de esos pretendidos antojos o ganas de fastidiar bajo las que disfraza Estivill en su libro el llanto de nuestros hijos. Nosotros no entendemos el aprendizaje del sueño —si es que tal cosa existe— como la conquista de un castillo que debamos sitiar hasta rendirlo limitando el suministro de contacto y cariño en forma de brazos. Esa es la diferencia.

Dejando a un lado las opiniones basadas en la experiencia, en lo que cada uno consideramos sentido común, o en lo que nos pide el cuerpo, podemos entrar en la guerra de los estudios. Es peligroso lanzarse demasiado en los brazos de tantos y tantos artículos periodísticos que hoy en día señalan una puerta a la esperanza con la apertura «según un estudio…». Está claro que un diario no es lugar para un texto científico o para un análisis estadístico riguroso pero ¿por qué se evita tan a menudo referenciar los estudios o dedicar un minuto a comprobar su validez? ¿Cómo podemos los padres saber de qué estudio fiarnos?

En la entrevista de Der Spiegel la autora germana cita por ejemplo este estudio publicado en la prestigiosa revista Pediatrics hace apenas un par de meses, en junio de este mismo año. A simple vista y a ojos de cualquier lego en la materia el estudio puede parecer serio y sonar importante —¡un estudo en Pediatrics, ojo!—. En él se defiende que los niños sometidos a terapias y métodos de este tipo no sufren un nivel de estrés significativamente mayor que otros. Sin embargo, si ponemos un poco de atención, podemos ver enseguida que la muestra del estudio es ridículamente pequeña (tan sólo 60 niños repartidos en 3 grupos diferentes), uno de los muchos defectos estadísticos y científicos de que adolecen la mayor parte de los trabajos de este tipo que se publican. Y seamos serios, sucede con buena parte de los estudios utilizados como argumento por cualquiera de las dos partes.

¿Qué podemos hacer los padres en una situación así? Cuando resulta extremadamente difícil obtener información veraz y contrastada incluso en los medios científicos, nosotros nos limitamos habitualmente a seguir lo que nos dice nuestro instinto —o como quiera llamarlo cada uno—. El cuerpo no nos pide buscar libros de autoproclamados expertos que nos propongan un método rígido por pasos como el de Estivill. Como argumenta otro de los lectores del artículo, parece absurdo fiarse de libros y métodos que pretenden ser aplicables para todos los niños por igual ya desde el título. Personalmente, es uno de los aspectos que más me hacen desconfiar de estas alternativas, de esas «dietas milagro» del sueño. Si parto de la base de que no hay dos niños iguales, ¿por qué debería ser el método idéntico para todos? Seguro que hay casos extremos, argumenta otro comentario, que necesiten una terapia médica real, pero la solución no puede ser  nunca un libro «hazlo-tú-mismo».

Una lectura objetiva

El propio Ferber, pionero en la aplicación y la divulgación de este tipo de métodos, y responsable en cierta medida de su popularización sin criterio, se ha defendido en numerosas ocasiones insistiendo en que se trata de técnicas aplicables en casos puntuales de problemas diagnosticados con precisión, y no de una solución do-it-yourself para todos. Así lo reconoce, por ejemplo, en esta entrevista de 2011.

Siguiendo el hilo de dicha entrevista me topé con la que seguramente es la lectura más objetiva que he encontrado hasta la fecha acerca del «dejar llorar». La web Parenting Science, que pretende hacer una acercamiento científico riguroso a todas las teorías, métodos y problemas relacionados con la crianza, repasa en este magnífico artículo las luces y sombras del método. Entre otras cosas, viene a desmontar algunas de las teorías de Estivill ya incluso desde la propia posición de otros defensores de la enseñanza conductista del sueño. Así por ejemplo, «como reconoce el mismo Richard Ferber, la extinción gradual —como se conoce al método Estivill en el ámbito científico— no enseña a los niños a dormirse por sí mismos (Ferber 2006), sino que se limita a denegar a los niños el acceso a sus padres y los deja a solas para resolver el problema por sí solos.»

Conclusiones

En cualquier caso, la principal conclusión que se puede extraer del artículo no deja de ser triste.: «todos los estudios dejan sin respuesta las preguntas clave. Con fecha de enero de 2016, no puedo encontrar estudios científicos controlados que midan los efectos a largo plazo que la extinción gradual tiene en los siguientes aspectos del niño:

  • su respuesta fisiológica al estrés,
  • su relación de apego con sus padres,
  • su desarrollo emocional,
  • el desarrollo de su personalidad, o
  • su expresión de afecto físico.»

Qué se le va a hacer. No tengo argumentos científicos de verdad para defender mi postura. Lo siento.

Por otra parte, también concluye que existen varias alternativas cuyos resultados han probado ser igual de buenos y efectivos que los de la extinción gradual. Son alternativas que no pretenden separar al hijo de sus padres y que en ningún caso exigen hacer sufrir a los niños dejándolos llorar. ¿Valdrá la pena echarles un vistazo? Si os interesa, aquí podéis documentaros más al respecto.

¿He puesto en orden mis ideas? La verdad es que mucho. Lamentablemente, no me ha servido para resolver mis dudas o afianzar mi postura con argumentos más objetivos. Seguiremos haciendo lo que hasta ahora, lo que nos salga de dentro. Mientras tanto, me tendré que conformar con haber aprendido que en inglés berrinche se dice tantrum.

Anuncios

3 comentarios sobre “No me deja dormir”

  1. Pues me ha gustado mucho tu reflexión por muchas razones pero me quedo con esta frase que tu has dicho: “¿Será que ese «a su ritmo» es mucho más lento de lo que muchos padres desearíamos en el caso del sueño?”.. Yo no comparto los metodos conductistas porque me parece brutal que un niño aprenda que por mucho que llore nadie le atendera y por tanto se calle, me parece que eso no se le hace a una persona, tenga la edad que tenga. Pero tambien entiendo y conozco quien ha aplicado estos metodos con “exito” y su calidad de vida a mejorado mucho. Mi vivencia personal esta por llegar y creo que aplicare vuestro metodo: “hacer lo que me salga de dentro, lo que el cuerpo y mi instinto me pidan y me digan que es lo mejor”.

    Me gusta

    1. Me alegra mucho que te haya gustado. En este caso he intentado evitar opinar demasiado, porque es un tema en el que no podría tener más dudas y porque ya digo que soy consciente de lo desesperante que puede llegar a ser. Pero como tú, no creo que pudiera aplicar algo semejante con ninguna persona, no digamos ya con un ser tan querido como un hijo, por mucho que quienes han salido del método «con éxito» —aunque pueda ser un éxito inmediato a corto plazo— hayan mejorado su calidad de vida del momento.

      ¡Muchas gracias por tu comentario, y suerte con esa vivencia personal y esos instintos!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s