Murales en el Pollogómez de Villangómez

Festivales y niños, capítulo 2

El otro día hablaba del festival musical favorito de esta familia, el Demandafolk. Terminaba la entrada confesando que no hemos sido capaces de reunir el valor suficiente para intentar la aventura de acampar allí con nuestra niña de menos de dos años. A cambio, eso sí, nos buscamos una alternativa similar que facilitara la logística familiar para no pasar un verano sin música. Y la encontramos no muy lejos de allí, en el también burgalés pueblo de Villangómez.

Desde hace 6 años ya, también en agosto, se celebra en esta pequeña localidad castellana el Pollogómez Folk. Igual que sucede en el Demandafolk, festival con el que está hermanado, el Pollogómez pretende poner en valor el modelo de crecimiento rural sostenible de un pueblo que hasta entonces era quizá tan sólo conocido en la provincia por la fuerza de su industria avícola.

Lo que nos gusta

  • A diferencia del evento del que os hablaba el otro día, todos los actos del Pollogómez tienen lugar a lo largo de un único día, por lo que no es necesario acarrear tantos bártulos ni organizar pernoctaciones campestres. Eso facilita mucho las cosas para los que vamos con niños pequeños y fue uno de los principales motivos que nos animaron a probar el festival este año. Lo único que tenemos que pensar es si vamos a quedarnos a comer allí para pasar el día entero. Si no creemos que vayan a aguantar tanto tiempo, siempre podemos acercarnos a Villangómez a media tarde a la hora en que estén programadas las primeras actuaciones musicales.
  • Si tenemos intención de comer en el pueblo, también aquí podemos dar buena cuenta del menú casero a precios populares que la organización pone a la venta para los visitantes. No sé si todos los años repetirán como hace el Demandafolk con su caldereta de cordero, pero este año pudimos comer un guiso de ternera con arroz a mediodía y, como no podía ser de otra manera, unos buenos pollos asados a la brasa para cenar.
  • La vía de acceso es relativamente buena, y aunque los últimos kilómetros sean de carretera provincial, podemos acercarnos bastante utilizando la autovía A-1 que une Madrid y Burgos.
  • Antes de los conciertos de la tarde, todo el pueblo se moviliza para organizar actividades para entretener a los más pequeños: talleres de oficios artesanos (trabajo del cuero, elaboración de jabón casero…), pintura libre de murales, exhibiciones caninas o automovilísticas, etc. Este año, además, el festival se inició con un encuentro de muralismo que decoró con algunas pinturas fabulosas muchas de las fachadas vacías del pueblo, una forma estupenda de animar a los visitantes a recorrer sus calles buscando las obras de un buen puñado de artistas urbanos de primer nivel.
  • La sesión musical empieza con una actuación dirigida al público más familiar. Eso no significa que los conciertos posteriores sean para adultos, pero la presencia este año— por poner un ejemplo— de Pepín abriendo el programa vespertino es garantía de diversión para mayores y niños por igual. Tengo que reconocer que nunca me había divertido tanto con un espectáculo infantil, volviendo un poco a lo que comentaba en la primera parte de esta serie acerca de cómo la música y el ocio para adultos no tienen por qué ser incompatibles con nuestros hijos pequeños.

Lo que menos nos gusta

  • Aunque con 6 años de experiencia ya se podría decir que es este un festival veterano, se nota todavía que todo se mueve gracias a voluntarios que cuentan con unos recursos bastante limitados. A la hora de la comida, por ejemplo, se apreciaba una falta de coordinación preocupante, y quizá las prisas o la falta de experiencia hicieran también que el guiso y el arroz no fueran precisamente para chuparse los dedos esta vez.
  • Desde un punto de vista estrictamente musical, resulta obvio repasando el cartel del festival que se trata de un evento menor. Aunque este año contaban ya con un grupo extranjero entre los participantes, lo normal es que el cartel se nutra de formaciones españolas y de la región. No sé cuál será la ambición de crecimiento del Pollogómez limitados como están por el espacio libre que les concede la plaza principal del pueblo, pero hay margen de mejora en este aspecto y en la calidad del sonido en directo.
  • La página web del festival y su capacidad de respuesta en redes sociales dejan todavía mucho que desear. Es difícil encontrar la programación completa del festival y en el mismo pueblo se echan de menos algunas indicaciones para los que venimos de fuera.

Nuestra experiencia

No podemos decir que el Pollogómez nos gustara tanto como el Demandafolk, pero sí nos pareció un lugar perfecto en el que disfrutar del sábado con toda la familia. Quizá pasar allí todo el día desde primera hora sea excesivo para los más pequeños, especialmente si el tiempo no acompaña y el sol de agosto castiga demasiado la plaza central del pueblo. No obstante, no se puede pedir mucho más a un festival gratuito y popular. La música vuelve a ser una excusa para revitalizar las zonas rurales de nuestra provincia y, siempre que podamos, allí estaremos nosotros en familia para acompañar este tipo de iniciativas.

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