Festivales y niños, capítulo 1: el Demandafolk

Festivales y niños, capítulo 1

Tengo la firme convicción de que cuanto antes permitamos que nuestros hijos se acerquen al arte y la cultura en cualquiera de sus manifestaciones, más fácil será que continúen disfrutando con ellos por su cuenta en el futuro. Por eso, entre otras cosas, no entendía el otro día la política del Prado con respecto al porteo. También por eso, y también entre otras cosas, evitamos en casa esas histriónicas canciones infantiles en las que una hiriente y agudísima voz martillea un estribillo simplón y repetitivo una vez tras otra. Que las cantamos mamá y yo en la cocina y nos partimos los tres de risa, ojo, pero eso no quita para que pensemos que la buena música «para adultos» ha de ser necesariamente también buena música para niños.

Hace pocos días me comentaba con satisfacción un amigo músico que la Comunidad de Madrid había modificado la normativa que regulaba el acceso a los recintos musicales al público menor de edad. Ya lo había escuchado antes y, sin conocer los detalles del cambio normativo, supongo que en general es una muy buena noticia que se permita a los más pequeños acercarse un poco más a esa música que hasta ahora estaba reservada a los mayores. Bien es cierto que no creo que según que conciertos sean el lugar más edificante para un niño. Es más, actitudes y vicios poco ejemplares aparte, he vivido actuaciones en las que hasta su integridad física habría corrido peligro. Eso por no hablar de lo que yo siempre he considerado un exceso de volumen en la música de conciertos y locales nocturnos variados de nuestro país (¿de verdad es normal tener que volver a casa con pitido para dos días en los oídos después de una velada musical? No me gustaría que mi hija heredara de su infancia unos tímpanos dañados).

Hay conciertos y conciertos, es obvio. No es lo mismo colarse en la gira de Depeche Mode en el Estadio Olímpico de Berlín rodeado de energúmenos alemanes en diversos grados de embriaguez que un unplugged íntimo en un café del burgalés Paseo de los Cubos. Nada tiene que ver un concierto de ska con sus cachis de calimocho volando por encima de una masa de cabezas entrechocadas en una carpa de plástico del recinto ferial  con una de aquellas convocatorias veraniegas del Tablero de Música que tan oportunamente organizaba la Universidad de Burgos en los jardines de la Facultad de Derecho. Lo que está claro, en cualquier caso, es que es habitual encontrar una gran diferencia entre los conciertos pensados para un público adulto y aquellos orientados específicamente a los niños y a hundir en la miseria a sus padres.

Por eso me gustaría destacar hoy un par de eventos musicales a los que hemos asistido y que nos parece combinan a la perfección el ambiente familiar con el buen gusto musical. Son festivales en los que uno puede alejarse tranquilamente de los altavoces para bailar con los más pequeños y en los que, en general, llegar inconsciente por consumo de drogas o bebidas alcohólicas al primer cabeza de cartel no es el objetivo primordial de la mayor parte del público. Que sí, también conocemos festivales en los que tendría uno la sensación de que ese sea el caso pero, aun a riesgo de parecer que somos unos remilgados, no es ahí adonde nos gustaría llevar a nuestros hijos a conocer la música con la que disfrutamos.

Los dos festivales que voy a recomendar tienen lugar en nuestra provincia de Burgos, qué le vamos a hacer. De vez en cuando propongo alternativas de ocio en Madrid, pero seguimos yendo habitualmente a la que sigue siendo nuestra casa a disfrutar en familia del fin de semana. No obstante, también desde la capital del reino nos hemos acercado a bailar en ellos al ritmo del fresco burgalés, así que son planes perfectamente viables desde otros puntos del país.

Demandafolk

Mamá y yo hemos sido fieles asistentes al Demandafolk desde sus primeras ediciones. Solo cuando las circunstancias se han puesto muy en nuestra contra hemos renunciado a participar en el que, sin duda, es nuestro festival favorito. Como su propio nombre indica, este evento anual se celebra cada verano en la Sierra de la Demanda y trae a su escenario rodeado de pinos a algunos de los mejores grupos del folk castellano, español e internacional.

Lo que nos gusta

  • Nos encanta la puesta en valor que hacen del mundo rural y del entorno. El festival se organiza fundamentalmente desde Tolbaños de Arriba, una de esas infinitas aldeas burgalesas en las que los perros reciben ladrando a los desconocidos mientras una señora en bata te saluda con curiosidad desde una banqueta de camping llena de remiendos a la puerta de su casa. Los paseos desde el recinto del festival hasta el pueblo son ya un clásico de nuestro primer fin de semana de agosto, igual que las pequeñas excursiones por una sierra en la que sin querer encuentras rincones maravillosos para mojar los pies o espiar a un rebaño de vacas de alguna raza autóctona.
  • Nos encanta la comida, desde los bocadillos de tortilla hecha en las casas del pueblo hasta esa caldereta de cordero churro en la comida popular que no puede faltar para despedir el festival el domingo. En el mercadillo, además, se pueden siempre degustar y adquirir productos locales, y desde hace un par de ediciones, la tarde del viernes y la mañana del sábado podemos dedicarlas a conocer la gastronomía de la provincia gracias a cualquiera de las múltiples catas organizadas con las que tanto nos reímos cuando vamos en cuadrilla.
  • El ambiente familiar de un festival pensado para todas las edades. Ya hace tiempo que nos fijamos en la cantidad de niños que veíamos y siempre tuvimos claro que nosotros volveríamos algún día con nuestra propia familia. Mientras tanto, no han faltado la abuela, los padres y los tíos para acompañarnos en los primeros conciertos de la tarde del sábado de alguna de las ediciones a las que hemos asistido. ¡Y cómo bailan los niños! El programa incluye habitualmente talleres infantiles, rutas guiadas para todos los públicos y hasta competiciones deportivas en distintas categorías para que nadie se aburra.
  • La música folk, como es obvio. Aunque cualquier ocasión es buena para pasárselo bien, es mucho más fácil disfrutar de un concierto cuando el tipo de música que suena es de nuestro gusto. A nosotros nos encanta el folk y nos chifla descubrir cada verano esos pequeños grupos familiares de las profundidades de Castilla con sus pintorescos instrumentos musicales confeccionados a partir de los más peregrinos artilugios domésticos y aperos rurales. Sin embargo, el cartel no se queda ahí, y permite cada año conocer la música tradicional de otras regiones de España y Europa, dejando siempre el hueco más importante al grupo cabeza de cartel, como lo fue Luar na Lubre hace ya un par de años.
  • El precio, puesto que no debe de ser nada fácil organizar un festival de estas características con el despliegue de medios que hacen cada año y sin cobrar un duro por ello. Toda la organización funciona gracias a los voluntarios de los pueblos de alrededor y aunque se cobra una penalización medioambiental a los coches que lleguen con menos ocupantes, es increíble que hoy en día pueda uno disfrutar de grupos como los mencionados Luar na Lubre o los geniales La M.O.D.A. en un festival gratuito. Todos los productos que allí se venden, además, tienen precios relativamente asequibles si los comparamos con los de otros festivales, por lo que es un plan que puede resultar muy económico para pasar un par de días en la sierra y con buena música.
  • Los viernes en Tolbaños, cuando el festival sólo ha arrancado a medias y los primeros expedicionarios nos reunimos a la puerta de la taberna del pueblo al ritmo de las dulzainas y castañuelas que improvisan una animada noche de compadreo y música tradicional.

Lo que menos nos gusta

  • Aunque ya he dicho que el ambiente es muy bueno y familiar, tengo que reconocer que en los últimos años el festival ha crecido y se ha perdido parte de esa esencia. La zona de acampada familiar sigue siendo tranquila pero el campamento general tiende peligrosamente a convertirse en un ruidoso botellón de adolescentes que poco tiene que ver con el espíritu que conocimos durante las primeras ediciones. Sí, todos nos hacemos mayores.
  • La logística es un reto complicado para ir con niños muy pequeños. Si no somos muy aficionados a la acampada, es posible que no sea el lugar más apropiado para nosotros. En un camping normal disponemos de baños construidos y duchas con agua caliente, mientras que en la efímera zona de acampada de un festival como este tendremos que conformarnos con baños portátiles y unas rudimentarias duchas de agua fría. Bien es cierto que podemos acercarnos al festival para disfrutar únicamente del día central, el sábado, pero si eres un poco «culofino» como yo es probable que llegues a casa el domingo sin saber qué te urge más, si ducharte o pasar por el baño.
  • El acceso por carretera no es fácil. Tenemos que llegar hasta un pueblo minúsculo enterrado en las profundidades de la Sierra de la Demana, por lo que es inevitable atravesar tramos de curvas pronunciadas y escasa visibilidad. El viaje se les puede hacer largo a los más pequeños si venimos desde muy lejos, y no es raro que alguno de los pasajeros sufra mareos. Tampoco es una carretera especialmente recomendable si tenemos planeado volver a casa de noche después de los conciertos del sábado.
  • Quizá la música empiece algo tarde para los más pequeños. Se echan de menos más actuaciones musicales, aunque sea de grupos menores, durante el resto del día. Si vuestros hijos son de los que tienen que estar en la cama a las 8 ó las 9 de la tarde, puede que no merezca la pena el esfuerzo de superar todas las dificultades logísticas anteriores para disfrutar de apenas una hora de música en directo.

Nuestra experiencia

Es inexistente. Somos tan gallinas que no nos hemos atrevido a enfrentarnos al reto de acudir al festival con una niña pequeña. Todavía no tenemos controladas las noches y los viajes largos por carretera no siempre son fáciles. Nos hemos dejado llevar por la falta de optimismo y hemos preferido dejar correr una edición antes de convertirnos en la pesadilla de la zona de acampada familiar. Personalmente me irrita mucho estar de acampada y tener que sufrir a unos vecinos molestos, así que hemos preferido no desempeñar nosotros el papel de dichos personajes y entrenar durante este año para poder acudir a nuestra cita anual en agosto del año que viene.

Hasta ese momento, lo único que podemos decir es que siempre hemos visto a muchos padres con niños en el festival. De hecho, fue uno de los primeros lugares en los que vimos mochilas de porteo ergonómicas, y nos pareció una forma genial de bailar con los más pequeños. Como decía, la logística no es fácil: hay que ir bien equipado para acampar y bien abrigado para sobrevivir a las frías noches serranas. No obstante, estoy seguro de que los más aventureros seríais capaces de superar el reto sin despeinaros. Mientras tanto, nosotros esperaremos ansiosos el cartel del año que viene. «¡Y que la sierra baile!».

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2 thoughts on “Festivales y niños, capítulo 1”

  1. El tema de la música y los niños es algo que siempre hemos hablado Adrián y yo y, como no podía ser de otra forma, pensamos igual. Gracias a la terrible experiencia de la guardería fuimos más conscientes que nunca de ello: nos hicieron llegar a casa un cd con las canciones de la escuela. No os hacéis una idea del esperpento. Desde que era un bebé hemos puesto en casa música. Música que nos gusta a nosotros, sin más. De hecho Mara se dormía con Quique González a todo trapo y mucho meneito… 😀 Cuando vamos de vacaciones, igual. Tengo un post en borradores sobre una canción de Bunbury que nos pide una y otra vez allá donde vamos y claro, yo me muero jijiji… Y este verano en Santiago de Compostela descubrimos que en la plaza que hay detrás de la del Obradoiro (la que da acceso a la tumba de Santiago) tenían montado un escenario en el que cada noche había un concierto. Tuvimos la suerte de ir a dos, con Mara y de forma totalmente gratuita. No os imagináis lo mucho que bailó y disfrutó 🙂
    Por cierto, no tenía ni idea de ese festival folk y me parece absolutamente fascinante. ¡Nunca dejo de descubrir sitios con vosotros!

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    1. Jajajaja, me puedo imaginar el CD… En nuestro caso fue al contrario: nos pidieron a nosotros una lista de música que le pudieran poner a Lara en la semana que le dedican a cada niño en la guardería. Seguro que se quedaron a cuadros con alguna de las canciones, jejeje.

      Yo creo que va a salir bailonga. En cuanto suena alguna melodía por la radio de la cocina se pone contenta y termina pidiendo «má, má» 🙂

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