El porteo y El Prado

El porteo y El Prado

Ya dije hace no mucho que no soy muy amante del arte moderno —así, en general, sea lo que sea que significa eso de «moderno»—. Soy mucho más de los clásicos, los que estudiábamos siempre en esas clases de Historia del Arte del colegio en las que nunca llegábamos a analizar el siglo XX. Entre los autores que sí son de mi devoción siempre ha estado El Bosco. Me fascinan sus mundos imaginados, los locos detalles que esconden cada uno de sus cuadros. No podía perderme por tanto la exposición temporal que El Prado le dedicaba al pintor flamenco durante este año.

A través de una compañera mía me enteré de que las entradas para la muestra estaban volando, así que nos pusimos manos a la obra y reservamos hora para nuestra visita con casi tres meses de antelación. Así somos nosotros, unos locos de la vida.

1. La sorpresa

El proceso de reserva a través de la web no nos pareció especialmente claro, todo hay que decirlo, pero eso es otra historia. Mientras llegaba la fecha que habíamos elegido para la visita, nos dio por comentárselo a un par de amigos por si estaban tan mal de la cabeza como nosotros y se aventuraban a intentar la expedición con sendas hijas pequeñas.

Estaba yo revisando el PDF de la reserva comprobando la fecha y la hora cuando me encontré con una sorpresa: las condiciones de la entrada incluyen un punto específico para prohibir el acceso con mochilas portabebés. Imaginaos mi cara de asombro. Soy muy dado a enfadarme con este tipo de tonterías y a embarcarme en cruzadas a las que nadie me ha invitado, así que no pude evitarlo: tenía que consultar al museo.

2. Primer intento

Lo primero que hice fue acudir a su página web, en cuya sección de contacto se puede encontrar una preciosa dirección de correo electrónico de «atención al visitante». Por deformación profesional sé que hay gran cantidad de empresas que disponen de una por el estilo a pesar de que nunca nadie atiende las peticiones enviadas a este tipo de buzones, pero aun así me parece una buena forma de reclamar porque me permite explicar detalladamente el motivo de mis quejas y preguntas.

Con mucha educación —o eso me parecía a mí— le planteé al museo mis dudas: ¿a qué tipo de mochilas se referían? Quizá la norma estuviera pensada para mochilas de porteo de montaña, que son extremadamente voluminosas y con estructuras metálicas que fácilmente pueden golpear a otros visitantes o incluso las obras de arte.

Por otra parte, si el museo ofrece como alternativa sillas de paseo de forma gratuita, ¿no resultaría mucho menos molesto para todos poder utilizar una mochila de porteo ergonómica en el pecho? Son mochilas que, en la mayor parte de los casos, consisten únicamente en un conjunto de telas. No ocupan apenas espacio y permiten llevar al niño pegado al adulto sin peligro para nadie.

Y empezó la espera…

3. Segundo intento

Pasaron los días y la respuesta no llegaba, así que decidí proceder al siguiente paso: Twitter. Una vez más, soy consciente de que no todos los organismos utilizan las redes sociales como sus usuarios y clientes esperan, pero aun así proseguí con la esperanza de obtener una respuesta más inmediata. Inicié la consulta a @museodelprado. En este caso la respuesta sí llegó. No de forma tan rápida como cabría esperar, pero al menos llegó.

El tipo de respuesta, eso sí, es de las que me exasperan. Si ya estoy dando una descripción detallada de mi problema, querida empresa cuyo cliente soy yo, no espero una respuesta estándar por defecto con un texto copiado de las condiciones sobre las que yo ya te estoy consultando. Cuando me responden así, siento que me tratan de tonto, así que insistí en que no estaban contestando mis preguntas y reiteré mis dudas aportando incluso fotografías para que vieran a lo que me refería.

Y hasta ahí llegó la conversación en Twitter, porque la cuenta oficial del museo decidió que ya había hecho suficiente y que lo que tenía yo que hacer era resolverlo todo a través del canal de ayuda de la página web. Vuelta al principio, por tanto.

4. ¿La respuesta?

Varias semanas después, recibí con sorpresa por fin un correo que pretendía resolver mi consulta inicial. Mira tú por dónde, volvían a pegarme el texto de las condiciones que yo ya conocía, como si no se hubieran leído ni una línea de mi pregunta. Por supuesto, no respondían a ninguna de las cuestiones que yo les planteaba. Con bastante poca fe ya, traté de continuar el hilo a través del correo electrónico. De eso hace ya tres meses. Todavía sigo esperando…

Entre idas y venidas llegó por fin el día de nuestra visita. Habíamos tratado de resolver una consulta con el museo con casi tres meses de antelación y seguíamos igual que al principio. Desde luego, la atención que recibimos nosotros no dice mucho a favor del servicio de atención al visitante de uno de los principales museos no ya madrileños, sino de toda España. ¿Con cuánto tiempo hay que organizar una visita al Prado para poder resolver las dudas a tiempo? ¿Y si parte de la logística de un viaje dependiera de ello? Un desastre.

5. La entrada

Nuestra idea inicial había sido intentar que la visita al museo coincidiera con la siesta de la niña, para lo que contábamos con poder portearla en la mochila durante la misma. Siendo los gafes que somos, nuestras previsiones se torcieron por completo. Para cuando llegó agosto, la siesta se había desplazado a otra franja horaria, así que tuvimos que entrar al museo ya comidos y dormidos.

A pesar de todo, allá que nos dirigimos. Hicimos la breve cola para la recogida de entradas y pasamos por taquilla con la peque en la mochila sin que nadie hiciera el más mínimo comentario. Presentamos las entradas en la puerta sin ningún problema. Incluso pasamos dos controles de seguridad sin mención alguna a la mochila de porteo. Bien es cierto que el primer guarda de seguridad estaba prestando más atención a la pantalla del móvil que al monitor del escáner, y que la segunda tenía más curiosidad por la anécdota de la vecina que le estaba contando una trabajadora del museo que por cómo llevábamos a la niña. Así que llegamos hasta dentro con nuestra navaja de la fruta y nuestra mochila de porteo.

Uno de los argumentos del museo para prohibir la entrada con mochilas es que cuentan con sillas de paseo gratuitas a disposición de los visitantes, así que nos decidimos a probarla por si un milagro hacía que la niña aguantara el recorrido en la silla. La solicitamos en la consigna y nos encontramos con otra sorpresa: solamente había una silla —¿cuántos visitantes decís que tiene el Museo del Prado cada día?—. Nos la dieron y, mira tú por dónde, no pudimos avanzar ni un metro con ella. Los ejes de las dos ruedas delanteras estaban rotos y se bloqueaban en perpendicular a la dirección de la marcha. Estupendo. La silla se quedó en la consigna.

6. La visita

Una vez dentro, la aventura fue mal desde el principio. El sistema de reserva con hora evita grandes aglomeraciones, pero aun así nuestra hija se agobiaba y aburría a partes iguales. Era nuestra primera visita similar con ella. Hasta ese día nos habíamos limitado a pequeñas exposiciones gratuitas de las que podíamos salir corriendo en cualquier momento. Supongo que pagamos la novatada.

La llevamos todo el rato alternando entre la Tonga, la mochila y los brazos, y no tardó en empezar a reclamar de forma constante la teta que tanto la tranquiliza cuando se pone nerviosa o se aburre. Hacia la mitad de la exposición ya teníamos claro que no veríamos la mitad restante. Para colmo, un tufillo familiar empezó a emanar desde la zona del pañal, por lo que seguir como si nada mezclándonos en los grupos de visitantes dejaba de ser una opción. Una vez visto el tríptico «El Jardín de las Delicias», nos dimos por vencidos y pusimos fin al recorrido saltándonos las obras que nos quedaban aún. Lección aprendida.

Conclusión

La experiencia nos sirvió para reforzar nuestra percepción del absurdo que encierra la prohibición que da motivo a esta historia. Es una falta total de sentido común preferir que los papás entremos al museo con una silla de paseo. En una exhibición especial como la del Bosco hay que hacer cola para acercarse a prácticamente todos y cada uno de los cuadros, o al menos para los más importantes del artista. Intentar aproximarse a las obras con una silla de paseo me parece una locura; es una molestia y un riesgo para el resto de los visitantes y una fuente segura de tropiezos y atropellos de tobillos.

Visitar un museo lleno de gente es precisamente una de esas circunstancias en las que el porteo pone de manifiesto su máxima idoneidad. Si porteamos en el pecho no hay ningún riesgo de golpear involuntariamente a otros visitantes o a cualquiera de las obras. Es más, si no podemos portear en el pecho, ¿podríamos acaso llevar un niño en brazos? Porque no alcanzo a entender qué diferencia ven entre una postura y otra. Sinceramente, no se me ocurre ninguna manera de que un niño pequeño cause menos molestias al resto de visitantes que llevándolo bien pegado al pecho en cualquier tipo de portabebés.

Entiendo perfectamente que no se puedan llevar mochilas durante la visita, o que la prohibición se refiriera a esas enormes mochilas de montaña con su estructura metálica. No entiendo en absoluto que se prohíban el resto de las mochilas de porteo, ni mucho menos que uno de los museos más importantes del mundo demuestre semejante falta de respeto a los visitantes ignorando sus consultas por cualquiera de los medios de contacto que pone a su disposición. Abandonar una conversación con un cliente cuando ésta se complica dice muy poco del departamento de atención al visitante del Museo del Prado.

Si la prohibición no se pone en práctica como hemos visto —y lo mismo me han contado algunos otros papás que hicieron la prueba—, ¿qué sentido tiene mantenerla en las normas escritas que se envían junto con la entrada? Y si no son capaces de argumentar para defenderla, ni tampoco de explicar los detalles exactos de la prohibición, ¿no será que estamos ante una norma que no tiene hoy el más mínimo sentido? Pongámonos al día. La experiencia logística de la visita es también fundamental para el que pretende ser uno de los mejores museos del mundo.

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9 thoughts on “El porteo y El Prado”

  1. Tienes toda la razón. Yo visité la exposición de El Bosco hace un mes con mi bebé de 3 meses. Soy muy fan de mi mochila de porteo, pero como leí que estaba prohibida por alguna misteriosa razón, preferí ir con el carrito a tantear la situación e ir a la próxima exposición con la mochila, que tiene mucho más sentido.

    Pues bien, entré con mi carrito y mi bebé se puso a llorar, porque no le gusta mirar al techo. Y, porque si lees la “declaración de intenciones” de mi blog, verás que está acostumbrada a ir mirándolo todo. En fin, que cogí con un brazo a mi bebé y con el otro manejaba el carrito entre la muchedumbre aglomerada en todas las obras importantes. Situación absurda pudiendo llevarla en una mochila. Se acerca una vigilante de sala nada menos que 8 veces muy preocupada a decirme que por qué no pongo al bebé en el carrito, que me van a empujar. Le contesto que la quiero llevar así y que si la tumbo va a llorar y me insiste en que le ponga un chupete. Alucino. No entiendo que se meta en nuestras vidas así a saco.

    Si les parece peligroso llevar al bebé en brazos, que dejen llevar mochila (se puede proteger de empujones con las dos manos) y no toquen las narices, porque lo que sí es peligroso es meterse entre una piña de gente empujando un carrito en plan zancadilla asegurada y el bebé en la otra.

    P.D: mereció la pena porque a mi bebé le gustaron mucho los colores de los cuadros grandes y una señora me dijo “creo que ella entiende más que nosotros”.

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    1. No recuerdo si nosotros vimos aquel día a alguien con silla o carrito, la verdad, pero tu ejemplo no hace sino reafirmar lo que pensábamos: que es mucho más incómodo tanto para la madre / padre en cuestión como para el resto de los visitantes. La recomendación del chupete ya es para abrir un capitulo aparte, jajaja. Si nos lo llegan a decir a nosotros le habríamos tenido que pedir uno a la vigilante 😉

      En cualquier caso, justo lo que me cuentas es lo que yo quería que solucionaran: que ningún padre deje de portear allí por unas normas obsoletas que nadie se ha molestado en actualizar. De nuestra experiencia me fui con la impresión clara de que todo el mundo hace la vista gorda y nadie te va a recriminar nada. Y por eso tiene aún menos sentido que esa prohibición siga ahí haciendo dudar a los padres que sí nos molestamos en prestar atención a las normas. Imagínate que hubieras viajado desde otra ciudad y te hubieras tenido que traer el carrito sólo por la exposición dichosa…

      En fin, muchas gracias por aportar tu experiencia. Voy a echar un vistazo a tu declaración de intenciones porque creo que puede parecerse bastante a la nuestra, jejeje.

      ¡Un saludo!

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  2. Absurdo.
    Los museos, como la mayoría de sitios con aglomeraciones son los que mejor justifican que estemos porteando a los peques. Como tú bien dices, por espacio, pero también por su tranquilidad que siempre es mayor en porteo que en carro, y que asegura su bienestar al igual que el nuestro y el de las personas cercanas…
    En fin. Desactualizados, pésima atención al cliente e inseguros, porque si no vigilan sus propias normas….qué podemos esperar del resto de medidas de seguridad ?
    Ánimo y a seguir mochileando

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    1. Exacto. Ése es un buen resumen de todo el asunto 🙂

      Casi me da hasta un poco de vergüenza que se monte revuelo cuando en realidad nadie nos puso ninguna pega durante la visita. Pero oye, si como parece por todo lo que me contáis en Twitter siempre es así, ¿qué sentido tiene mantener la prohibición en las condiciones de la entrada? Con una buena atención al visitante por adelantado seguro que nos habríamos dado por satisfechos.

      ¡Muchas gracias por tu comentario! ¡Seguiremos! Dalo por hecho 😉

      Le gusta a 1 persona

    1. Al fondo del todo de la web hay un número de teléfono único que vete tú a saber quién atiende. Si por correo electrónico, con todo el tiempo del mundo para pensar y documentar la respuesta, no fueron capaces de dar ni un detalle más, no me quiero ni imaginar si pillas «a matacaballo» por teléfono a alguien que no tendrá seguramente ni la menor idea de acerca de qué le estás hablando.

      Eso, y que odio hablar por teléfono, jajaja.

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