El mundo desde abajo

Desde otra altura

Mamá y yo nos llevamos un buen trozo. En la cocina tenemos un pequeño taburete que ella utiliza como escalón cuando no alcanza alguna de las baldas superiores de los armarios. Se me olvida a menudo, pero cuando me acuerdo me hace mucha gracia poner mis ojos a la altura de los suyos y ver lo distinta que es su perspectiva. Tiene que ser un agobio encontrarse en medio de una aglomeración de gente y no ver por encima del hombro del resto, ¿verdad?

Hace un par de días compramos un espejo nuevo para la entrada de casa y en un ataque de bricomanía se me ocurrió colgarlo. Ya sabéis que soy muy Monica Geller y no me gusta tener trastos tirados por casa sin colocar. El caso es que cuando lo vio mamá lo primero que dijo fue que por qué lo había puesto tan alto. A mí me parecía una altura estándar, pero claro, viéndolo desde su punto de vista, parece raro no verse reflejado más que de cuello para arriba.

Entonces me di cuenta de que en casa hay ahora una persona todavía más pequeña. Intentamos adaptar lo que podemos a su altura y dejar a su alcance sus libros, sus juguetes e incluso algo de comida para que ella se sirva cuando tenga hambre. Protegemos los enchufes y las esquinas que pueden suponer un riesgo más elevado para ella. Y, sin embargo, nos esforzamos en todo eso sin pararnos a hacer el ejercicio más importante antes de nada: ponernos a su altura. ¿Habéis probado a recorrer vuestra casa desde la altura de vuestros hijos? ¡Cómo cambia la cosa!

Desde ahí abajo no se ve lo que hay encima de las mesas, ni de la encimera de la cocina, ni de las baldas más altas de las estanterías. ¡Cuánta incertidumbre con la que vivir! No me extraña que nuestra gusanita se ponga tan nerviosa cuando está en la cocina con nosotros mientras preparamos la cena. Le encanta que la cojamos entonces en brazos o que la sentemos en la encimera para ver lo que hacemos. Normal, ¡desde el suelo no ve nada de lo que pasa!

Así que si no habéis hecho la prueba, os recomiendo que busquéis un rato y probéis. Daos una vuelta por casa gateando. Veréis qué distinto es el mundo desde ahí abajo y, seguramente, entenderéis también muchas cosas.

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