Viajar con hijos

Mi más sincera admiración

Yo antes de ser padre era un tío organizado. Alguna vez alguien me dijo que debería haber nacido en algún lugar entre el punto más al sur de Baviera y el más septentrional de Schleswig-Holstein, de tan cuadriculada como es mi forma de ser. En uno de mis trabajos anteriores me conocían por mis listas de tareas con 3 estados posibles de completitud, y durante esas etapas de despiste existencial que habitualmente atravieso no es raro que acabara pensando que podría dedicarme a algún tipo de profesión que girara en torno a la organización de eventos o similares.

Hasta que nació ella.

Hemos tardado cerca de año y medio en hacer una salida de más de tres días que no fuera a casa de los abuelos. Las malas noches y el poco cariño que la pequeña sentía por los viajes en coche nos habían desanimado hasta ahora. Armados de valor, este año nos decidimos por fin a aventurarnos lejos de hogares conocidos y, tras darle muchísimas vueltas, terminamos escogiendo el País Vasco como destino para nuestra primera semana de vacaciones familiares.

Debo confesar que no soy lector habitual de blogs especializados en viajes con niños, aunque tengo varios en mi lista de favoritos por si en algún momento decido echar mano de ellos. Sin conocer siquiera los detalles de su logística, tengo que admitir que no puedo sentir más admiración —y seguramente envidia— por sus protagonistas.

Mi primera derrota llega a la hora de confeccionar el equipaje. Soy consciente de que lo nuestro no es lo que se dice «viajar ligeros», pero por más que repasamos la lista de arriba a abajo y de abajo a arriba no encontramos más trastos de los que prescindir. No sé cómo logramos embutir todos nuestros bultos en el coche para nuestra semana vasca, pero si la magnitud del equipaje continúa creciendo proporcionalmente con cada nuevo miembro que llegue a esta familia vamos a tener que hacer nuestro aquel mantra del «yo para ser feliz quiero un camión» al que pusieron música Loquillo y sus Trogloditas si queremos seguir aumentando la plantilla.

Más allá del hecho de que pareciera que nos íbamos a dar la vuelta al mundo, nuestro característico desastre se manifestaba cada día en la forma de una completa incapacidad para llevar a cabo cualquier tipo de plan con éxito. Nuestros primeros viajes en pareja habían sido siempre meticulosamente organizados antes de la partida. Sin embargo, de un tiempo a esta parte le veníamos cogiendo el gustillo a viajes de carretera y manta sin más definición que la fecha de comienzo y fin. En cualquiera de ambas versiones volvíamos a casa agotados y con la absoluta seguridad de no haber dejado escapar ni un minuto del preciado tiempo que habíamos pasado viajando.

Para nuestra semana vizcaína no teníamos más plan que el hecho de saber dónde íbamos a dormir. Habiendo reservado cama y desayuno en la que constituiría nuestra base operativa pretendíamos conocer los alrededores del Gorbea con calma y a nuestro ritmo. Nada más lejos de la realidad. Desde luego fuimos fieles a lo de hacerlo todo a nuestro ritmo porque no conseguimos ponernos en marcha prácticamente ningún día antes de las 12 del mediodía. Intenta tú improvisar una visita en condiciones a esas horas teniendo por delante la comida y la hora de la siesta, que a nuestra hija le baila más que un flan con epilepsia.

Para colmo de males, nuestra primera semana de vacaciones en familia coincidió con una especie de crisis de lactancia que dio pie, además, a las primeras rabietas serias que le hemos conocido a nuestra hija. Quizá el viaje no fuera una coincidencia, sino más bien el desencadenante, pero el caso es que con cada día que pasaba nos costaba más movernos de un lado a otro sin atascarnos en gritos irracionales y pataletas que nunca habíamos visto, acompañados ocasionalmente de exigentes «¡teti, tetiiiiiiiii!» que acaban con la paciencia de cualquiera.

No teniendo nada previsto no pasaba nada por echarle calma al asunto y esperar. No nos íbamos a perder nada que quisiéramos visitar a toda costa. Sin embargo, no deja por eso de ser difícil para un loco del orden como yo tener que adaptar constantemente el plan del día a las demandas de la pequeña de la casa. Para nosotros era lo de menos hacer más o menos kilómetros o visitar un solo pueblo al día en lugar de tres. Lo que nos importaba era pasar unos días a gusto todos juntos en un lugar diferente. Pero reconozco que nos sentíamos en cierta medida tensos y presionados tratando de llegar a esa cena que habíamos reservado en la única taberna que abría para cenar en 50 kilómetros a la redonda. Seguramente la culpa fue nuestra por no haber previsto ese tipo de detalles con algo más de vista. La novatada, supongo…

Por eso, queridos amigos viajeros con hijos, reitero mi más sincera admiración a los que conseguís volar 15 días a Vietnam con vuestro buen par de churumbeles a vuestro lado y no perderos ni un detalle de la Lonely Planet. ¡Sois mis héroes!

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