La edad de la inocencia

La edad de la inocencia

Los árboles del día a día que pasan veloces, casi borrosos, por la ventanilla no nos dejan a menudo ver el bosque. Al menos a mí me pasa y a veces tengo que pararme a pensar y recordar para darme cuenta de todo lo que estoy viviendo. Escribir también ayuda, o toparse de pronto con uno de esos instantes mágicos de lucidez en los que tu hija te sorprende de tal manera que algo hace «clic» en esa cabeza tuya de adulto estresado y lo ves. Ves que los niños son mágicos.

Ya he hablado antes de lo mucho que me sorprenden y admiran su capacidad para el asombro y la abstracción. Sin embargo, hay un tercer ingrediente que creo que es el que yo más voy a disfrutar: su inocente imaginación. Nuestra hija es aún pequeña pero justo ahora que empezamos a pasar juntos un día entero tras otro comienza ella también a dar muestras de una capacidad de inventiva que me deja roto de amor y alegría. No miento si os digo que no entiendo cómo he podido vivir tantos años sin apenas contacto con niños pequeños.

Un sábado cada tres o cuatro meses nos reunimos parte de mi familia materna para celebrar el cumpleaños de turno. Hasta ahora era la única ocasión que yo tenía para pasar un rato con niños, en concreto con las hijas de mis primas, que andan ahora alrededor de los 6 años. Aunque reconozco que pueden llegar a ser mentalmente agotadoras, me encanta salir con ellas del salón familiar y pasarnos la tarde en otra habitación desvariando mientras me cuentan sus aventuras y dibujan como locas. Tienen salidas tan sorprendentes que a veces tengo que contener una carcajada para que no sientan que me río de sus ocurrencias.

Nuestra hija, como digo, está tan solo comenzando a dar muestras de su inocente imaginación y, sin embargo, ya son suficientes para que una oleada de ternura me invada cada vez que nos cuenta con su lengua de trapo una de sus peripecias, o en esas ocasiones en las que la contemplamos encantados mientras ella trabaja concentradísima para resolver cualquiera de los problemas que su pequeño mundo le plantea.

Hace unos días, por ejemplo, estaba ella jugando con un pequeño estuche de pinturas de madera que me regalaron a mí en un evento. Le encanta desparramarlas todas por el suelo pero en esa ocasión decidió que iba a recogerlas y devolverlas a su sitio. De cuclillas con esa postura tan graciosa que pone para coger cosas del suelo fue atrapando cada una de las pinturas para colocarlas con sumo cuidado en el cubilete. Con la sesuda concentración que un físico de la NASA usaría para calcular la órbita del próximo satélite que se sumará al basurero de chatarra espacial que nos rodea, nuestra gusanita iba colocando todas las pinturas con la punta hacia arriba, como ha visto siempre que las colocamos nosotros. Hasta que llegó a la última, que se empeñaba en no encajar en el escaso hueco que el resto de las pinturas dejaban en el cilindro en que se guardan. El problema era evidente: no había espacio suficiente y ella quería guardar esa última pintura. La solución no podía ser más simple: volcó todo el resto de pinturas de nuevo en el suelo y colocó orgullosa esa última varita de madera que se negaba a encontrar su sitio. Y a otra cosa, mariposa. Y su papá, mientras tanto, con una sonrisa de oreja a oreja contemplándola desde el sofá.

Otra píldora de dulce inocencia la encontramos en el parque hace unas semanas. Nuestra hija jugaba en la arena con una amiga mayor y con otra locuaz niña de 5 ó 6 años que conocimos allí mismo. Estábamos dos papás allí con ellas, tirados por el suelo mientras rezábamos para que no nos diera un vahído al volver a ponernos de pie en medio de la calorina. Al tiempo que trataban entre las 3 de excavar un agujero que cada vez tenía menos de agujero y más de montaña de arena, la simpática muchacha que conocimos aquel día empezó a contarnos sus aventuras. Con el orgullo de quien ha tocado la gloria y ha vuelto para contarlo, nos relató cómo el fin de semana anterior había conocido a las mismísimas Tortugas Ninja. No podía estar más satisfecha de su hazaña. ¡Las Tortugas Ninja! Eso sí, no dudó en puntualizar su historia cerrándola con un pequeño detalle: cuando llegó, las Tortugas ya se habían ido, según le dijo su padre. Pero eso era lo de menos: ella había ido a ver a las Tortugas Ninja, y para ella el hecho mismo de haberlo intentado ya era equivalente a haber compartido con ellas caja y media de pizza de pepperoni.

Los últimos días nos vienen trayendo también una repetición de momentos de lo más tierno con la pequeña de la casa. Hace mucho tiempo que empezó a decir hola, primero con la manita y enseguida con dos sílabas que han ido evolucionando hasta un «hola» bastante inteligible ya. Pues bien, desde hace ya unos días, como digo, le ha dado por saludar a todo lo que se menea e incluso a lo que no. Saludaba a los coches del garaje por la mañana cuando íbamos los dos de camino a la guardería —y qué bien me sabe decir «íbamos» :_)—. Saludaba ayer a los patos y los peces del lago de la Casa de Campo. Saluda a las hormigas del patio de casa que desfilan marciales entre las baldosas del suelo. Hasta saludaba a las moscas que se les posaban a los comensales de la mesa de al lado mientras comíamos el otro día en un restaurante. Eso sí, los gestos hacia las personas se los reserva para el momento que ella considere oportuno, que estamos en plena fase de la vergüenza y cuesta horrores arrancarle una palabra a su lengua locuaz cuando estamos con alguien de fuera de su círculo más íntimo. Mamá y yo nos morimos de amor viéndola saludar tan seria hasta a las moscas.

No podría estar más enamorado de esa inocencia. ¡Son mágicos!

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2 comentarios sobre “La edad de la inocencia”

  1. Yo sí que estoy enamorada de Lara. De verdad, qué bonita es ❤
    Nosotros también hemos hablado muchas veces esto… Qué mágico es la gran cantidad de inocencia y qué pena como es algo que se va perdiendo. ¡Ay!

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    1. Bueno, supongo que es inevitable que se pierda. Si no, nunca serían personas experimentadas y con capacidad para tomar sus propias decisiones. Eso también tiene que ser bonito: ver cómo crecen en eso y cada vez tienen más conocimiento y criterio propio. Pero da penica, sí :_)

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