Miscelánea

Miscelánea

Hace unos días compartimos un estupendo día de celebración con parte de nuestra cuadrilla de amigos «de toda la vida». Las cañas informales de una breve tarde de viernes cualquiera son refrescantes, pero son aquellas ocasiones en las que pasamos más de un puñado de horas juntos las que más me hacen aprender. En las largas horas de sobremesa es habitual que nuestras conversaciones giren hacia temas más trascendentes y, a menudo, salen a la luz diferencias de opinión tan irreconciliables sobre asuntos tan fundamentales que a veces me sorprende el mérito que tiene que sigamos llevándonos bien. Es lo bonito —y lo difícil— de nuestro grupo de amigos, y es una de las mejores herramientas que tengo yo a mi disposición para salir de vez en cuando de mi burbuja particular.

Mamá y yo somos los únicos papás biológicos de la cuadrilla, unidos desde que nació nuestra gusanita a otra pareja que, demostrando un valor inconmensurable, tienen su propia familia de acogida desde hace tiempo. Teniendo en cuenta lo variopintos que somos, cualquier conversación sobre m/paternidad, conciliación, crianza, etc. puede dar pie a intensos debates entre nosotros. Más allá del grado de acuerdo que alcancemos, que, conociéndonos, será casi siempre más bien escaso, lo más positivo de todo es que me ayuda mucho a reflexionar y a probar nuevos enfoques con los que abordar este tipo de temas. Nuestro penúltimo encuentro dio mucho de sí al respecto, y no me gustaría dejar escapar la oportunidad de poner por escrito las ideas a las que mi cabeza dio la vuelta en aquel momento.

Micromachismos

La primera reflexión es más una constatación que otra cosa. Habíamos reservado mesa para todo el grupo en un restaurante y, como nosotros acudíamos con nuestra hija, avisamos de que necesitaríamos una trona. A las 15:15 nos presentamos en el local con puntualidad exquisita y nos encontramos con un recibimiento que a todos, padres o no, nos torció el gesto.

El camarero, un hombre joven al que mi nula capacidad para adivinar edades humanas le situaría en la segunda mitad de la treintena, preguntó: «A ver, ¿la señora del niño?». Que llamen señora a mamá —o a cualquiera de la cuadrilla, imagino— es siempre motivo de risa, así que la torcedura del gesto fue, antes que nada, una sonrisa divertida. Sin embargo, ¿por qué la señora? ¿Por qué no «el señor»? No pude evitar acordarme de todos esos papás a los que he oído quejarse de que el pediatra se dirige siempre primero y por defecto a mamá.

Sólo fue una frase espontánea. A lo mejor incluso eligió a la señora por casualidad. Quizá la mitad de las veces pregunte el camarero por la señora y la otra mitad por el señor. Al fin y al cabo, por alguien tiene que preguntar… Pero hagamos el favor de preguntar más por los padres —entendiendo como tal al conjunto de papá y mamá, que ya sabemos que nuestro idioma no es particularmente equitativo en el reparto— y menos por las madres, que ya va siendo hora de que nos demos todos cuenta de que los niños no son asunto de mujeres.

Conciliación

Durante la comida, no recuerdo exactamente a santo de qué, empezamos a hablar sobre conciliación. Muy al hilo de lo que ya planteaba hace poco, alguien lanzó al tablero un argumento clásico cuando se discute sobre el tema entre quien tiene y quien no tiene hijos al cargo: «nadie les manda tener hijos».

Es innegable, es un argumento irrebatible: yo tengo una hija porque quise tenerla y, salvo en contadas ocasiones, imagino que será el caso de la amplia mayoría de los padres. ¿Significa eso que no haya que prestar atención a las necesidades particulares que eso supone? Desde mi punto de vista, conseguir una sociedad justa, igualitaria y equitativa requiere ayudar a cada uno en la medida de su necesidad y, como ya dije en la entrada que enlazaba más arriba, la dimensión de la ayuda que necesitamos los padres para organizar nuestra vida pertenece a un orden de magnitud que en muchos casos nada tiene que ver con la de quien no tiene hijos. Pero sobre todo y más importante, negar herramientas específicas de conciliación a los padres no va sólo en su contra, sino que afecta directamente a los hijos, cuyos derechos también se ven afectados por la ausencia sistemática de sus progenitores.

Otra cosa es hablar de privilegios a la hora, por ejemplo, de determinar quién elige primero las vacaciones. Ahí estoy de acuerdo en que hay mucho que discutir porque, una vez más, es innegable que si siempre son los padres los que tienen preferencia a la hora de organizar su vida, serían el resto de trabajadores los que se estarían viendo perjudicados. Pero si hablamos de que el hecho de tener hijos te dé acceso a facilidades adicionales para conciliar, no tendríamos por qué ver ahí un agravio comparativo, sino simplemente una adecuación de las ayudas a las necesidades de cada uno. Y hablo de hijos porque es lo que ahora me toca de cerca, pero lo mismo debería ser aplicable para quien tiene familiares enfermos a su cargo, un tema del que poco se habla más allá de las quejas derivadas de la vergonzosa historia que las ayudas a la dependencia han recorrido en nuestro país.

Estudiar una carrera universitaria no es obligatorio, ni emanciparse del hogar familiar o fundar una empresa… Al igual que tener un hijo, son decisiones vitales que forman parte del camino que cada uno elige para crecer como persona, para realizarse o para lo que cada uno considere oportuno hacer con su vida. Que uno opte por no estudiar en la universidad no debería ser óbice para que quien quiera hacerlo y no disponga de recursos reciba la ayuda necesaria. Que yo prefiera trabajar para un tercero no impide que me parezca estupendo que los autónomos y emprendedores reciban un impulso que les permita desarrollar sus proyectos y, con ellos, generar riqueza para el común de la sociedad.

Detrás de la crítica a todo este tipo de herramientas que la comunidad pone a disposición de quienes las necesitan veo con frecuencia un individualismo peligroso que se empeña en ignorar que todos estamos alguna vez en la vida en el lado necesitado de la balanza y que muchas de esas decisiones personales son, en conjunto, parte de ese ente abstracto que denominamos «el bien común».

Lo he dicho antes y lo repito ahora: tener hijos no es un capricho de alguien que busca tener unos días adicionales de permiso. Los niños son parte de nuestro futuro común y es responsabilidad de todos darles una buena educación y una infancia adecuada a sus necesidades. No me vale argumentar que vivimos en un mundo excesivamente poblado. Las cosas son mucho más complicadas que eso, y también es responsabilidad de un Estado garantizar un reemplazo generacional que permita al conjunto seguir manteniendo un cierto bienestar.

La guerra

Nos lo repiten a menudo los abuelos y los tíos en cada evento familiar, y esta vez fueron nuestros amigos los que volvieron a destacarlo: «qué bien se porta. No ha dado nada de guerra». Yo siempre digo que nuestra hija no es ni buena ni mala: es normal. Protesta cuando las cosas no le gustan y puede gritar mucho si se empeña, igual que todos los niños. Es cierto que todavía no hemos entrado de lleno en la edad de las rabietas, pero eso no significa que no pueda tirarse una hora quejándose si la obligamos a aguantar a disgusto una situación que no le agrada.

Durante la comida primero y entre las mesas de la sobremesa en una terraza después, fueron poco los ratos en los que mamá y yo estuvimos sentados juntos a la mesa al mismo tiempo. Nuestra hija, como todos los niños, demanda su dosis de atención y se aburre en una mesa llena de adultos con los que difícilmente puede mantener algún tipo de conversación de besugos. Y cuando se aburre y empieza a amagar con protestar, entendemos que es responsabilidad nuestra como padres suyos que somos atenderla. Nos pasamos prácticamente toda la tarde acompañándola: cuando quería ver el gato abstracto que colgaba del techo del restaurante, cuando quería acercarse todo lo posible a las cabezas de cabra de cerámica que adornaban la pared, cuando quería correr entre las mesas, cuando quería subir y bajar las escaleras de la entrada del bar, cuando quería ver las hormigas y las flores del jardín en la terraza en la que tomamos el café…

Hubo una situación particular en la que mamá y yo nos encontramos sentados en medio de una calle entre las terrazas de 3 bares jugando con nuestra hija y otros dos niños, uno de cada terraza. A lo mejor estamos locos por malcriar así a nuestra hija, pero me da la sensación de que muchos de esos niños de los que decimos que dan guerra y molestan, no hacen otra cosa que reclamar su atención y su tiempo de juego. No podemos pretender que un niño pequeño y solo esté calladito, sentado sin moverse, durante las horas que nosotros dedicamos a tomar un café o una copa y conversar. Yo al menos no lo entiendo así. Y si pretendiera que así fuera, estoy seguro de que no escucharía tan a menudo que mi hija no da guerra, sino más bien todo lo contrario.

Cuando discutimos si podemos continuar con nuestros planes exactamente igual que cuando no teníamos hijos, yo tengo claro que en mi caso no es cuestión de poder o no poder, sino de querer o no querer. Y yo no quiero. Yo tengo una hija pequeña y no quiero exigirle que adapte su existencia a mis necesidades de ocio. Necesidades que, ojo, muy a menudo podemos hacer compatibles con un poco de esfuerzo, como levantando el culo de la silla más a menudo para acompañarlos a descubrir ese jardín que han encontrado al lado de la terraza del bar y que quieren explorar de nuestra mano.

Nuestra hija no da guerra cuando salimos con ella, pero no porque nos haya tocado en una tómbola. Que nuestra hija no «moleste» exige que nosotros nos molestemos en atenderla, y que tardemos 2 horas en tomarnos un café, o 3 meses en leer un libro que antes nos ventilábamos en un fin de semana. Y no son sacrificios ni pretendo quejarme por ello; son elecciones que tengo muy claras.

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4 thoughts on “Miscelánea”

  1. Muy buenas reflexiones, creo que coincido en todo lo que expones. Es cierto que hasta que no tienes algún hijo o (si me apuras) algún sobrino pequeñito muy allegado ves las cosas diferentes y muchos comportamientos no los entiendes como lo de “dar guerra”. Y así con tantas cosas donde el problema puede ser la falta de empatía o como digo siempre ponerse en el lugar del otro antes de juzgar.
    Un saludo!

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    1. Completamente. Supongo que el problema es que en este caso es muy difícil hacerse a la idea de lo que puede llegar a cambiar tu vida una vez que tienes hijos. Yo desde luego no era ni siquiera mínimamente consciente antes de ser padre, jajaja. Hace falta un esfuerzo muy serio para poder ponernos en el lugar del otro, está claro.

      ¡Un saludo y gracias!

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  2. Te leo hace un tiempo pero creo que es el primer comentario que te voy a dejar, y es que aunque no lo haga habitualmente comparto totalmente tu forma de ver las cosas, así que creo que ya iba siendo hora de que lo supieras… Hoy creo que lo has clavado especialmente con esta frase: “Que nuestra hija no «moleste» exige que nosotros nos molestemos en atenderla”. Mi hijo tiene ya cuatro años y medio, y obviamente come de todo y más o menos aguanta una comida sentado. Pero si luego empezamos con los cafés (que yo paso bien sin tomar) o tardan en traer la cuenta la cosa se empieza a complicar… Y aunque mi marido me dice que la que se agobia soy yo no puedo evitar adelantar acontecimientos y si tardan en atendernos casi prefiero marcharme porque no quiero ni imaginar lo que puede ser una comida larga en ese sitio… Recuerdo nuestra primera comida con familia en un restaurante. Mi hijo había cumplido ya tres años y le llevé comido y con la siesta echada (porque eso de comer a las tres y pico lo veo incompatible con él, que suele comer a la una y media como tarde), y mientras comíamos estuvo jugando con una serie de juguetes varios que le llevé para intentar que aguantara, porque mi hijo tiene las ideas muy claras y desde que empezó a hablar con dos años una de las cosas que antes aprendió a decir fue “me quiero marchar…” Así que sí, es complicado que lo entiendan y yo cada mañana insisto en decirle “pásatelo bien” y nunca “Pórtate bien” porque tendemos a olvidarnos que son niños, y creo que el gran problema es que no estamos acostumbrados a ellos (o a padres más comprensivos con sus necesidades)…

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    1. ¡Hola, Laura! Pues muchas gracias por leerme y por comentar. Y si no estuvieras de acuerdo conmigo también lo puedes decir, ¿eh? 😉

      Nuestra hija todavía no sabe decir que se quiere marchar, jejeje, pero sí que nos agarra de la mano y hace como que se va del bar, por ejemplo. Como tú dices, lo tienen muy muy claro.

      Sin ser unos locos de la rutina sí que intentamos también respetar sus horarios, y si hemos quedado para comer a las 15:00 como cuento en la historia del ejemplo, le damos antes a ella su comida aunque luego quiera repetir cuando nos traigan la nuestra.

      Me encanta tu final. Está claro que tienen que aprender a respetar unas ciertas normas de la vida en sociedad, pero hombre, que son niños. No podemos exigirles que aguanten un ritmo de adultos.

      ¡Muchas gracias por dedicarme un ratillo, Laura!

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