Los libros son para el verano

Hace ya varios días que estrené mi nueva condición de papá a tiempo completo. En un movimiento que sólo el tiempo dirá cuán acertado ha sido, he dejado de lado un trabajo que me gustaba para dedicarle todo mi día a nuestra hija. De repente, después de año y medio de paternidad, me encuentro en una situación completamente nueva. Nunca hasta ahora habíamos pasado tanto tiempo a solas los dos sin mamá de por medio.

Más allá de miedos e incertidumbres, lo que sí tenía claro es que quería aprovechar al máximo cada día que esta aventura me regale a su lado. No tengo aún muchos planes programados, pero me gustaría que fueran unos meses de descubrimiento con ella. Ya que vamos a prescindir de la escuela infantil durante un tiempo, espero ser capaz de enseñarle el mundo en el día a día. Como le digo yo a veces a mamá, me da cierta pena que tantos niños aprendan lo que es un autobús a través de las fichas de la escuela en lugar de subiéndose directamente a uno. Así pues, ya que nos hemos dado esta oportunidad, confío en que sepamos sacarle todo el partido.

Las horas de la mayor parte de los días acaban rellenándose solas entre las actividades rutinarias de aseo y comida y las labores del hogar. Ya era consciente de que no sería capaz de encontrar tanto tiempo libre como la gente me decía con sana envidia, pero aun así es sorprendente cómo vuelan los minutos entre recados mañaneros y tareas en la cocina. Con todo y con eso, y teniendo en cuenta también que mamá disfruta de una estupenda jornada de verano estos días, sí vamos descubriendo huecos que podemos ocupar con las actividades que más nos interesan.

Y lo que más nos interesa a día de hoy es huir del calor. Para eso tenía una localización ya en mente desde mucho antes de acogerme a la excedencia. La conocimos el verano pasado, precisamente en un hábil movimiento de escapatoria de una de las enésimas olas de calor con que nos castigó el estío madrileño: la sala infantil de la biblioteca Mario Vargas Llosa.

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Helado de plátano con chocolate

Me gusta la fruta madura. Es más, no entiendo que haya a quien os guste comer la fruta aún verdecilla, con ese toque ácido que le pone a uno los pelos de punta. La razón de ser de la fruta es la dulzura y para eso se inventó. Toda fruta que se precie terminará su vida útil en una explosión de dulzor y zumo. Nada que ver con esos mazacotes secos y crujientes que parecéis disfrutar comiendo algunos.

Con todo y con eso, hay un límite de madurez a partir de la cual incluso a mí me da cierto repelús comer un plátano. A veces ni siquiera es que estén particularmente maduros, sino simplemente que han sufrido los inconvenientes de ser una fruta tremendamente práctica para llevar en la mochila por si a la niña le entra hambre. Nos encontramos a menudo con plátanos en estado de «semiespachurrez» que ni siquiera cerrando los ojos soy capaz de comer. ¿Y qué hacemos con ellos? Desde luego no tirarlos. Aquí no se tira nada.

A menudo utilizamos la fruta que ha superado todas las líneas rojas de la blandura para hacer un batido fresquito con leche. Como son frutas ya muy dulces, no necesitamos añadirles azúcar, y dejándolo enfriar un rato en la nevera son un postre ideal para estos días calurosos de verano.

Pero hay otro postre perfecto y que también apetece mucho ahora: los helados. Hacía poco que habíamos probado esta receta de polos caseros de fruta que nos propone Marujismo y entusiasmados con nuestra compra de los moldes andábamos a la caza de nuevas posibilidades. Coincidió que teníamos un último yogur de los que hacemos en casa que teníamos que consumir antes de irnos unos días —como no tienen conservantes «sólo» duran alrededor de una semana—, así que no tardamos en urdir un plan.

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La edad de la inocencia

Los árboles del día a día que pasan veloces, casi borrosos, por la ventanilla no nos dejan a menudo ver el bosque. Al menos a mí me pasa y a veces tengo que pararme a pensar y recordar para darme cuenta de todo lo que estoy viviendo. Escribir también ayuda, o toparse de pronto con uno de esos instantes mágicos de lucidez en los que tu hija te sorprende de tal manera que algo hace «clic» en esa cabeza tuya de adulto estresado y lo ves. Ves que los niños son mágicos.

Ya he hablado antes de lo mucho que me sorprenden y admiran su capacidad para el asombro y la abstracción. Sin embargo, hay un tercer ingrediente que creo que es el que yo más voy a disfrutar: su inocente imaginación. Nuestra hija es aún pequeña pero justo ahora que empezamos a pasar juntos un día entero tras otro comienza ella también a dar muestras de una capacidad de inventiva que me deja roto de amor y alegría. No miento si os digo que no entiendo cómo he podido vivir tantos años sin apenas contacto con niños pequeños.

Un sábado cada tres o cuatro meses nos reunimos parte de mi familia materna para celebrar el cumpleaños de turno. Hasta ahora era la única ocasión que yo tenía para pasar un rato con niños, en concreto con las hijas de mis primas, que andan ahora alrededor de los 6 años. Aunque reconozco que pueden llegar a ser mentalmente agotadoras, me encanta salir con ellas del salón familiar y pasarnos la tarde en otra habitación desvariando mientras me cuentan sus aventuras y dibujan como locas. Tienen salidas tan sorprendentes que a veces tengo que contener una carcajada para que no sientan que me río de sus ocurrencias.

Nuestra hija, como digo, está tan solo comenzando a dar muestras de su inocente imaginación y, sin embargo, ya son suficientes para que una oleada de ternura me invada cada vez que nos cuenta con su lengua de trapo una de sus peripecias, o en esas ocasiones en las que la contemplamos encantados mientras ella trabaja concentradísima para resolver cualquiera de los problemas que su pequeño mundo le plantea.

Hace unos días, por ejemplo, estaba ella jugando con un pequeño estuche de pinturas de madera que me regalaron a mí en un evento. Le encanta desparramarlas todas por el suelo pero en esa ocasión decidió que iba a recogerlas y devolverlas a su sitio. De cuclillas con esa postura tan graciosa que pone para coger cosas del suelo fue atrapando cada una de las pinturas para colocarlas con sumo cuidado en el cubilete. Con la sesuda concentración que un físico de la NASA usaría para calcular la órbita del próximo satélite que se sumará al basurero de chatarra espacial que nos rodea, nuestra gusanita iba colocando todas las pinturas con la punta hacia arriba, como ha visto siempre que las colocamos nosotros. Hasta que llegó a la última, que se empeñaba en no encajar en el escaso hueco que el resto de las pinturas dejaban en el cilindro en que se guardan. El problema era evidente: no había espacio suficiente y ella quería guardar esa última pintura. La solución no podía ser más simple: volcó todo el resto de pinturas de nuevo en el suelo y colocó orgullosa esa última varita de madera que se negaba a encontrar su sitio. Y a otra cosa, mariposa. Y su papá, mientras tanto, con una sonrisa de oreja a oreja contemplándola desde el sofá.

Otra píldora de dulce inocencia la encontramos en el parque hace unas semanas. Nuestra hija jugaba en la arena con una amiga mayor y con otra locuaz niña de 5 ó 6 años que conocimos allí mismo. Estábamos dos papás allí con ellas, tirados por el suelo mientras rezábamos para que no nos diera un vahído al volver a ponernos de pie en medio de la calorina. Al tiempo que trataban entre las 3 de excavar un agujero que cada vez tenía menos de agujero y más de montaña de arena, la simpática muchacha que conocimos aquel día empezó a contarnos sus aventuras. Con el orgullo de quien ha tocado la gloria y ha vuelto para contarlo, nos relató cómo el fin de semana anterior había conocido a las mismísimas Tortugas Ninja. No podía estar más satisfecha de su hazaña. ¡Las Tortugas Ninja! Eso sí, no dudó en puntualizar su historia cerrándola con un pequeño detalle: cuando llegó, las Tortugas ya se habían ido, según le dijo su padre. Pero eso era lo de menos: ella había ido a ver a las Tortugas Ninja, y para ella el hecho mismo de haberlo intentado ya era equivalente a haber compartido con ellas caja y media de pizza de pepperoni.

Los últimos días nos vienen trayendo también una repetición de momentos de lo más tierno con la pequeña de la casa. Hace mucho tiempo que empezó a decir hola, primero con la manita y enseguida con dos sílabas que han ido evolucionando hasta un «hola» bastante inteligible ya. Pues bien, desde hace ya unos días, como digo, le ha dado por saludar a todo lo que se menea e incluso a lo que no. Saludaba a los coches del garaje por la mañana cuando íbamos los dos de camino a la guardería —y qué bien me sabe decir «íbamos» :_)—. Saludaba ayer a los patos y los peces del lago de la Casa de Campo. Saluda a las hormigas del patio de casa que desfilan marciales entre las baldosas del suelo. Hasta saludaba a las moscas que se les posaban a los comensales de la mesa de al lado mientras comíamos el otro día en un restaurante. Eso sí, los gestos hacia las personas se los reserva para el momento que ella considere oportuno, que estamos en plena fase de la vergüenza y cuesta horrores arrancarle una palabra a su lengua locuaz cuando estamos con alguien de fuera de su círculo más íntimo. Mamá y yo nos morimos de amor viéndola saludar tan seria hasta a las moscas.

No podría estar más enamorado de esa inocencia. ¡Son mágicos!

Miscelánea

Hace unos días compartimos un estupendo día de celebración con parte de nuestra cuadrilla de amigos «de toda la vida». Las cañas informales de una breve tarde de viernes cualquiera son refrescantes, pero son aquellas ocasiones en las que pasamos más de un puñado de horas juntos las que más me hacen aprender. En las largas horas de sobremesa es habitual que nuestras conversaciones giren hacia temas más trascendentes y, a menudo, salen a la luz diferencias de opinión tan irreconciliables sobre asuntos tan fundamentales que a veces me sorprende el mérito que tiene que sigamos llevándonos bien. Es lo bonito —y lo difícil— de nuestro grupo de amigos, y es una de las mejores herramientas que tengo yo a mi disposición para salir de vez en cuando de mi burbuja particular.

Mamá y yo somos los únicos papás biológicos de la cuadrilla, unidos desde que nació nuestra gusanita a otra pareja que, demostrando un valor inconmensurable, tienen su propia familia de acogida desde hace tiempo. Teniendo en cuenta lo variopintos que somos, cualquier conversación sobre m/paternidad, conciliación, crianza, etc. puede dar pie a intensos debates entre nosotros. Más allá del grado de acuerdo que alcancemos, que, conociéndonos, será casi siempre más bien escaso, lo más positivo de todo es que me ayuda mucho a reflexionar y a probar nuevos enfoques con los que abordar este tipo de temas. Nuestro penúltimo encuentro dio mucho de sí al respecto, y no me gustaría dejar escapar la oportunidad de poner por escrito las ideas a las que mi cabeza dio la vuelta en aquel momento.

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Preguntemos, preguntemos

En algún momento cuando los termómetros madrileños respiren aliviados olvidándose de pintar un 3 en la cifra de las decenas una de mis compañeras de trabajo dará a luz. Nos llevamos bien, compartimos la fruta de media mañana a menudo y hasta comíamos fuera los jueves cuando todavía teníamos que dedicar una hora y media a la pausa de mediodía. Nos apetece hacerle un regalo, es normal, pero ¿qué?

El resto de mis compañeros han decidido que el hecho de ser padre me sitúa automáticamente como la voz autorizada y mejor cualificada para aportar sugerencias. Todavía no se han dado cuenta de que soy la última persona del universo conocido a la que uno debería dirigirse para resolver cualquier tipo de duda relacionada con la paternidad. Si ya de por sí soy un ignorante en la mayor parte de los temas, desde que me convertí en padre no tengo la más remota idea de qué es lo que se le debe regalar a una pareja de papás primerizos.

Nunca había compartido tanto tiempo con padres de mi generación, ni había tenido tanto contacto con bebés y niños pequeños. Nunca había leído tanto acerca de ningún otro tema. Y, sin embargo, nunca he sabido menos que ahora cuál es el regalo ideal para una futura pareja de padres. Las conversaciones con otros papás y nuestra propia experiencia me han enseñado que hay tantas formas de entender las cosas como familias —a veces incluso más, cuando papá y mamá no interpretan la realidad de la misma manera—. No es difícil, por tanto, que un regalo nuestro no encaje en las necesidades o gustos de esos padres ni aunque tratemos de apretarlo a martillazos.

Doy por hecho que la mayor parte de los regalos nacen de la ilusión y el cariño. Otro puñado de ellos los trae la cigüeña del compromiso. Pero hasta donde mi alma inocente y pura alcanza a ver, ninguno es elegido con oscuras intenciones. Los regalos desacertados se deben seguramente más al desconocimiento que a otra cosa pero eso no significa que no debamos poner un poco de prudencia en nuestra elección para evitar molestar a alguien o, como mínimo, para no tirar el dinero.

En el mejor de los casos, y aunque nos tomemos los desaciertos con cariño, humor y resignación, es una pena que la ilusión de tantos que nos quieren termine en el fondo de un armario haciendo compañía a esas palas de ping-pong que te compraste porque costaban 1€ en Decathlon y que todavía no has sacado ni del envase.

Que la ilusión acabe cubierta de polvo da pena, pero tirar el dinero le da aún más rabia al tacaño pragmático que pasa por mi cuenta bancaria el día 30 de cada mes. Me da mucha vergüenza tener que descambiar un regalo —ya sabéis que yo soy más la Monica Geller que la Rachel Green de esta familia—, pero también me la produce tener que responder al clásico «¿qué quieres?». Soy más de dejar la magia de los regalos en manos del factor sorpresa. Sin embargo, aunque nuestra educación puritana nos lleve a menudo a insistir en que no queremos nada, no me parece mal ser prácticos y darle al asunto un enfoque similar al de las cada vez más populares listas de boda. Seamos realistas: ninguna pareja joven quiere un jarrón de plata y nácar de 300€ para decorar su salón de IKEA. No nos debería dar vergüenza sugerir tres o cuatro cosas en las que no nos importaría gastar un dinero que, de otra forma, alguien va a invertir igualmente en un regalo, sea con o sin nuestra ayuda.

Mientras me debato en busca de la respuesta definitiva que darles a mis compañeros de oficina, lo único que tengo claro es que hay unas cuantas cosas que yo preferiría no regalarle a nuestra embarazada de turno. He aprendido que algunas son innecesarias o demasiado caras para el uso práctico real que después les damos. Otras, son tan personales que no me gustaría imponérselas a ninguna mamá.

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Abstracciones

Nunca he entendido el arte moderno. No sabría decir a partir de qué momento en su historia, pero seguramente mi frustración sea paralela a la extensión de algunas de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX. No me llega el arte abstracto. Es más, me pone incluso de mala uva. No soporto ver un Miró con un punto negro sobre un lienzo blanco de 2m² y leer que se titula «Pájaro en el espacio» y que se ha subastado por una cifra que ronda el medio millón de euros. Me pongo malo. Seguramente la culpa sea mía por ser un gañán insensible que no sabe apreciar al valor artístico de una mierda pinchada en un palo —«No eres tú. Soy yo.»—, pero me puede.

Por eso me llama tan poderosamente la atención descubrir la capacidad de abstracción que tienen los más pequeños, incluso niños minúsculos de apenas un año. Empecé a darme cuenta de ello a medida que nuestra hija iba aprendiendo a conocer unos cuantos animales. ¿Os habéis fijado en las ilustraciones con que aparecen representados en los cuentos, en la publicidad o en los dibujos animados? Nunca me lo había planteado, ¡pero no tienen nada que ver unos con otros!

Pongamos por ejemplo la vaca, uno de los primeros animales que nuestra hija aprendió a identificar en voz alta con un «bu» adorable que nos derrite de amor. ¿Habéis visto cómo pintamos las vacas? En unos dibujos son gordas; en otros, flacas. A veces les ponemos cuernos; otras, sólo orejas. Algunas tienen manchas; otras, un pelaje de color plano. Las hay blancas y negras, marrones ¡y hasta violetas!. Hay dibujos de vacas con un alto grado de detalle, mientras que otros tan solo siluetean a las susodichas en la impresión a una tinta de ese cartón de leche de marca blanca. Pero a los niños no les importa, ellos ven siempre la vaca que se oculta detrás de la interpretación que el autor del dibujo haya hecho. «¡Bu!» dice nuestra gusanita señalando con excitación con el dedo cuando pasamos por el pasillo de los productos lácteos en el supermercado.

Como decía un día al admirar la capacidad de asombro de nuestros hijos, los adultos tenemos a nuestras espaldas una mochila llena de referencias. Hemos visto vacas de carne y hueso —hasta nos las hemos comido—, hemos estudiado Historia del Arte, hemos debido desarrollar nuestra propia capacidad de abstracción para superar esas clases de dibujo de los primeros años de escolarización. ¿Pero qué referencias tiene un niño de un año que no ha visto una vaca real en su vida? ¿No es maravilloso que con esa mente inocente sean capaces de atar unos cabos tan peregrinos para decidir con determinación que ese dibujo que les enseña papá es una vaca?

Recuerdo que de pequeño me encantaba dibujar. Seguramente no tuviera ni idea de lo que hacía, pero llenaba hojas y hojas con aviones fantásticos llenos de cachivaches retrofuturistas. En mi mente eran probablemente tan reales como lo son esos monigotes de palos y círculos que para un niño que empieza a dibujar representan a su familia con la fidelidad de una foto en alta definición. ¿En qué momento perdemos esa destreza? ¿Por qué mi mente se niega a ver una mujer y un pájaro en esas esculturas de —otra vez, lo siento— Miró? Quizá parte de la grandeza de los genios resida en que de alguna forma han conseguido conservar ese poder que esconde la mente de los niños…

Pero si el caso de la vaca me maravilla, hay un segundo ejemplo que nos dejó aún más anonadados a papá y mamá. Estaba yo un día trabajando en casa cuando la chiquitina empezó a rebuscar entre los cuadernos que tenemos en una estantería. De repente apareció con la mano en la oreja sujetando algo con el gesto que tan bien tiene aprendido de imitarnos hablando por teléfono (que no será de lo que me ha visto a mí, con lo poco que me gusta). Cuando nos lo enseñó con su intensa gesticulación habitual nos quedamos a cuadros: era la portada de una libreta de prototipado y diseño para móviles en la que venía esbozada la silueta de un móvil con su pantalla de inicio.

Nunca lo he comentado aquí, pero en casa no somos partidarios de dejarle ni enseñarle demasiado el móvil a nuestra hija. Salvo en contadas ocasiones en las que le hemos enseñado fotos para distraerla durante alguna crisis, nunca dejamos que lo tenga en la mano con la pantalla encendida. Es cierto que seguramente lo estemos utilizando delante de ella más de lo que deberíamos, pero tratamos de evitar hacerlo cuando estamos haciendo cualquier cosa juntos. Con todo y con eso, ella ya ha aprendido a identificar que esa línea rectangular con cuatro pequeños iconos dentro representa el mismo tipo de aparato que el viejo teléfono inalámbrico —que no smartphone— con el que sí ha jugado mucho desde pequeña.

Los niños son sorprendentes, maravillosos, apasionantes. No me canso de decirlo y de vivirlo una vez tras otra: es mucho lo que los adultos podemos descubrir y redescubrir, mucho lo que deberíamos aprender, de la mano de esos chiquitines que pueden parecer torpes e inocentes, pero que esconden lecciones alucinantes.

Ensalada de fruta #amimanera

Mucha gente se sorprende cuando se enteran de lo mucho que cocinamos en casa. Que lo hagamos y nos guste no significa que siempre sea fácil. Entre otras muchas cosas, exige una pizca de organización. Eso y no ver «Juego de tronos». Pero sobre todo lo primero. Afortunadamente, me caí de pequeño en una de las marmitas de Panoramix; una que, en lugar de su famosa pócima mágica, contenía un guiso de ingeniería alemana. Organizar me gusta; casi diría que hasta me relaja. Salvo organizar planes grupales a través del correo electrónico, de Facebook o de grupos de WhatsApp. Eso no; eso me pone muy nervioso y me hace repetir muy a menudo mi habitual «qué desastre».

Una pequeña pizarra magnética en la puerta de la nevera es el escenario sobre el que se desarrolla el hilo argumental central de nuestra semana gastronómica: el menú. Después de cada comida borramos el plato que hayamos degustado y lo reemplazamos por lo que tocará dentro de exactamente siete días. Reconozco que casi nunca somos capaces de completar el plan semanal sin modificaciones espontáneas. Es necesario un cierto grado de dolorosa flexibilidad para adaptarnos a imprevistos y planes cambiantes de fin de semana. Y a los antojos y noches de pereza, que también los hay.

Entre los platos que componen el menú es prácticamente obligatorio que al menos dos de las cenas estén constituidas fundamentalmente por pescado una y por algo que podamos denominar «ensalada», la segunda. Normalmente son ensaladas que improvisamos sobre una base de lechuga añadiéndole unos cuantos ingredientes en función de lo que seamos capaces de encontrar entre el frigorífico y la despensa. En verano, sin embargo, es habitual que las lechugas invernales del tío Julio se vean sustituidas por una macedonia de frutas que completamos con diversos mejunjes.

Como el #amimanera de esta semana reclama una ensalada y hay quien defiende que no se puede hablar de tal si el plato no es eso, salado, hemos intentado darle una vuelta a nuestra ensalada de frutas para tratar de adaptarla mejor a la convocatoria madresférica. Si hace falta, me batiré en duelo con cualquiera que ose acusarnos de haber presentado al certamen una macedonia, porque esto no lleva ni azúcar, ni licor, ni zumo, ni almíbar. Como mucho podéis decir que no es sino un plato de fruta con cosas. Vamos allá.

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