BLW, papá también aprende

BLW, papá también aprende

Es mucho lo que se ha escrito ya sobre el baby led weaning o BLW, como se conoce en inglés a la alimentación complementaria dirigida por el bebé. Ya os he contado en más de una ocasión que, antes de tener la suerte de ver nacer a mi hija, sabía yo tanto acerca del funcionamiento de un bebé como del mantenimiento de una central termonuclear. Me sorprendió enormemente, por tanto, enterarme de que niños tan pequeños son capaces de manejar alimentos mucho más allá de las tradicionales «tres pes»: purés, papillas y potitos.

Se ha escrito mucho sobre el método, ya digo, así que dejaré que cada uno acuda a las fuentes que considere más oportunas para informarse sobre las bondades y maldades de este método que algunos consideran revolucionario y que otros entendemos como natural. Podéis bucear en la Madresfera en busca del relato de otros padres que os contarán cómo sus hijos empezaron a comer —o no— mientras trataban de aplicar con más o menos éxito la filosofía que propone el BLW.

No os voy a contar lo que nuestra hija aprendió o dejó de aprender, ni os voy a dar consejos sobre cómo sobrevivir al apocalipsis de las manchas, a los comentarios cansinos de terceros, o a los bebés escupidores. Os voy a contar lo que a mí me ha aportado, y me sigue aportando, cada día que comemos juntos los dos:

La paciencia

Soy un impaciente, un cagaprisas, un culo inquieto de mal asiento. No, no tengo paciencia. Soy el que siempre le llama la atención a mamá cuando se queda mirando las musarañas mientras mastica lentamente cada bocado pensando en sus cosas. Eso es un problema cuando tratas con un bebé que puede comerse un plato de arroz grano a grano, contemplando cada uno con admiración, haciéndolo girar entre sus deditos para comprobar su firmeza y textura, tratando de decidir si ese grano en concreto tiene el punto de cocción adecuado a la delicadeza de sus encías trituradoras.

Si evaluara mi paciencia en una escala del 1 al 10, no entraría en la escala, pero por abajo. Después de casi un año de BLW, puede que haya llegado a ganarme el cinturón blanco de la paciencia. He aprendido que merece la pena dormir 20 minutos menos y dedicarlos a desayunar juntos con calma para no empezar el día con prisa antes de ir a la escuela. Y merece la pena aun cuando muchos días no es hasta el último minuto antes de salir por la puerta que decide la muchacha que ya tiene hambre suficiente como para querer romper su ayuno.

Tengo que reconocer que si los mayores tenemos algún compromiso sigo levantándome de la mesa para empezar a recoger antes de que ella haya terminado, pero estoy trabajando en ello y sé que algún día seré capaz de irme de casa dejando los platos sucios repartidos entre la encimera, la mesa y el fregadero. Confiad en mí. Yo confío.

Mientras tanto, he aprendido a disfrutar viéndola comer. Contemplarla deleitándose en ese hueso de codillo que le encanta roer con sus dientecillos o poniéndose perdida de fruta de pies a cabeza es infinitamente mejor que comer viendo la tele. Aunque no podamos evitar que en nuestro fuero interno se escuche un «¡no! ¡El pelo no!» cada vez que su mano chorreando algún mejunje pegajoso se dirige a esa cabeza que tan poco le gusta que le lavemos.

La confianza

Desde que unos amigos nos contaron su experiencia con el BLW me enamoré de la idea y creo que en este punto siempre tuve más fe que mamá. Acostumbrados como estamos a que los bebés coman solamente alimentos triturados de la mano de un adulto que dirija la cuchara, hace falta un salto de fe importante para dejar que se lleven sólidos a la boca por su cuenta y riesgo. En casa nos hicimos rápidamente a la idea, pero aún hoy vemos cómo los abuelos se llevan más de uno y de dos sustos cuando la pequeña de la casa echa mano de un trozo grande de carne o de una fruta con hueso.

Confiar en nuestros hijos no significa ser unos imprudentes. No se trata de darles exactamente lo mismo que ponemos en nuestro plato. Está claro que al principio tenemos que tener un poco de cuidado y permanecer vigilantes. Como en tantas cosas, lo más importante es adaptarnos al ritmo del niño. Enseguida veremos que ellos mismos notan sus limitaciones y sus progresos. Cuando probó las cerezas por primera vez, nuestra hija esperaba paciente a que les quitáramos la pepita nosotros. Antes de que nos diéramos cuenta, ya había aprendido a morder la carne y dejar una pipa monda y lironda que nos entregaba en la mano con una preciosa cara de satisfacción.

Todavía hay momentos en los que mamá y yo cruzamos una mirada que mezcla susto y admiración a partes iguales cuando nuestra gusanita intenta aprender a comer algún alimento que presenta nuevas dificultades. Intentamos que el terror no aflore en un rictus en nuestra cara y contenemos la respiración. Y con toda la naturalidad del mundo, ella muerde, mastica y traga. Y yo dejo de repasar mentalmente lo aprendido en aquel curso de primeros auxilios a niños y bebés al que me apunté en la Cruz Roja.

Las neuras

Soy el Monica Geller de la familia, asumámoslo. Sufro cada vez que entro al salón y veo esa galería de retratos familiares cuyos marcos no trazan una perfecta línea recta imaginaria paralela al techo. Me arden las entrañas con cada crujido de las zapatillas de casa porque el pasillo esté lleno de migas.

No es fácil para alguien con mi colección de TOCs contemplar impasible cómo la salsa pringosa de unas albóndigas cuelga desde la trona hasta el suelo salpicando hasta la pared con cada nueva gota. Ni resistirme a perseguir escoba en mano a ese culete que corre tambaleante por todo el pasillo repartiendo trocitos de cereales por toda la superficie que sus pequeñas piernas son capaces de cubrir en apenas unos segundos.

Sufro mucho, pero a veces consigo controlarme. Ya no siempre me tiro al suelo a recoger la metralla que cae de la mesa mientras la gusanita se atiborra de cuscús sus papillos sonrosados. Ya no siempre voy recogiendo con el dedo los goterones de yogur que cubren su silla cual gotelé. Eso sí, en cuanto se va a dormir, se dispara el resorte que me lleva a la cocina de un salto para poner orden en medio del caos y poder descansar en paz y con la conciencia tranquila.

La dieta

Hay quien resume el BLW en el hecho de dejar que el bebé coma exactamente lo mismo que comemos nosotros. Eso no es del todo cierto. Por una parte, hay una serie de alimentos que puede convenir evitar al principio, bien por el peligro de atragantamiento que suponen hasta que el niño tenga destreza para masticar y tragar, bien porque su organismo no esté todavía preparado para procesar su contenido. Por otra parte, si nuestra alimentación está hecha un asco desde el punto de vista nutricional, casi sería más recomendable volver a los clásicos purés de pollo y verdura que iniciar al bebé en una dieta de excesos.

La preocupación por darle a nuestra hija una dieta nutritiva y equilibrada nos ha llevado a darle una vuelta más a la nuestra. Ya intentábamos mantener unos hábitos saludables en este aspecto, pero desde que la tercera en discordia está con nosotros hemos conseguido importantes mejoras. Comer con ella nos ha llevado a aplicar más a menudo técnicas de cocinado más sanas, como el horno o el vapor, en detrimento de otras como las frituras. Utilizamos cada vez más productos frescos sin aditivos pintorescos y cocinamos más que nunca. Evitamos los alimentos muy procesados con exceso de grasas, sal o azúcar, u otros como los pescados grandes que más contenido en metales pesados albergan por culpa de la contaminación humana.

En última instancia, somos los únicos responsables de la dieta de nuestra hija. Como ya dije en otra ocasión, nuestra misión será entregarle a esa niña mayor que ya decide por sí misma un organismo en las mejores condiciones de salud posibles. Ya decidirá ella qué hace con él a partir de ese momento, pero esperamos que lo decida con una base sólida y nutritiva. Ser responsables de algo tan importante nos ha hecho ser mucho más conscientes de lo que nos llevamos a la boca y, aunque a muchos les pueda parecer imposible, disfrutamos mucho más de la comida y del tiempo que pasamos juntos cocinando.

 

No podría estar más contento de haber decidido alimentar así a nuestra bebé. Por muchas razones que no os he contado, pero también porque, comiendo juntos, incluso yo he aprendido.

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9 comentarios sobre “BLW, papá también aprende”

  1. Yo descubrí el BLW hace relativamente poco, gracias a los blogs jeje. La verdad es que al principio me sonaba a chino. Reconozco que he sido poco atrevida, he ido dándole cositas en trozos para que ella aprenda a hacer la pinza, a gestionarlo, a “masticar”, pero no todos los alimentos ni en todas las comidas. Supongo que cuestión de paciencia, tampoco creo que la mía entre en la escala del 1 al 10 jeje. Un saludo!

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    1. Oye, tampoco es una religión con la que debas comulgar al 100%. Me parecería un error pretender que todas las familias pretendan aplicarlo por igual. Al final cada niño es distinto y cada papá y mamá también, así que hay que adaptarse y hacer aquello con lo que nos sintamos más cómodos. Estoy seguro de que por poco que sea lo que hayáis probado, al peque le habrá servido para ir aprendiendo cosillas y practicando 😉 Y seguro que tu paciencia también ha mejorado un poquito, jejeje.

      ¡Un saludo y gracias por leerme!

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    1. Bueno, al final se trata de que cada familia haga lo que mejor les funcione. Si te daba tanto miedo, no tiene sentido que lo pasaras mal cada día con cada comida. Nosotros le hemos encontrado muchas ventajas al método, pero de un modo u otro, todos aprenden a comer, ¿no? 😉

      ¡Gracias por comentar!

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  2. Como no podía ser de otra forma comparto cada punto, especialmente el de que yo también soy la Monica Geller de la familia 🙂 Tengo un TOC nivel avanzado, vamos… Y, por supuesto, lo de la impaciencia… Al final con Mara ha sido un salto de fe y un control de la paciencia en versión PRO porque comer lo que es comer…

    Y qué regalo me parece el que nos hacen nuestros hijos queriendo ser siempre mejores. Me parece algo absolutamente maravilloso. Por ejemplo, queremos que coman mejor y empezamos por nosotros. Eso es un regalazo para nosotros.

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    1. Jajajaja, el Club de las Monicas Geller estamos hechos.

      La verdad es que yo no me puedo quejar. En general siempre ha comido mucho, aunque a veces alternara días de atracón con otros de ayuno que preocupaban a mamá. Pero podemos decir que hemos tenido suerte en ese aspecto :).

      Y qué cierto es eso último qué dices. Qué regalo de la vida es encontrar a alguien que te haga querer ser mejor, sea una pareja o un hijo. Que no se nos olvide.

      ¡Un besote, Diana!

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