Niños de lonja

Niños de lonja

Nuestro final de curso se acerca y, como ya sucedió hace un par de meses, esta semana hemos recibido un boletín de nuestra escuela infantil evaluando el desempeño de nuestra hija. Una de las áreas que el informe analiza es la del idioma extranjero que forma parte de su plan curricular desde que entran en la clase de mayores de un año. Entre las tres filas que describen distintas aptitudes del niño con respecto al idioma dos marcas de bolígrafo asoman en la columna que encabeza una decepcionada cara triste. La tercera marca consiguió avanzar una casilla hasta la siguiente columna. Todavía no es la de la felicidad; está presidida por una decepción más neutra dibujada en la mueca plana de un emoticono que deja frío.

Con mi sarcástica exageración habitual, se me ocurrió anunciar en un tuit que la pequeña de casa había suspendido inglés con apenas un año. Creo que nunca una intervención mía en ninguna red social había generado tantas reacciones. Me arrepiento incluso de haberlo expresado así; técnicamente no hemos recibido nota numérica alguna, ni hemos leído la palabra «suspenso» en ningún epígrafe. Ni siquiera hay mención a aquel viejo «necesita mejorar» que con tanta corrección política pretendía evitar frustraciones a los alumnos. Sin embargo, entiendo que el fondo del asunto es el mismo: la escuela está evaluando y puntuando a niños que no han cumplido aún los dos años.

No quiero ser dramático —«pues será la primera vez», diréis los que me leéis más a menudo—. Simplemente me cuesta entender la necesidad de enfocar así los primeros años de nuestros hijos. Nuestra gusanita tiene compañeros de clase que pasan en la escuela hasta 12 horas al día desde que apenas tenían unos meses. Comprendo que esos padres sientan, ya no una necesidad, sino el ansia viva de saber qué hace su hijo, qué ha aprendido, cómo se desenvuelve… Si estuviera yo en su lugar y hubiera en el aseo de mi trabajo un agujerito por el que espiar lo que sucede en la guardería de mi hija, mis compañeros pensarían que sufro de algún tipo de afección intestinal que cursara con diarrea crónica. Voy más allá: si un niño pasa tantísimas horas más en la escuela que con sus padres, supongo que es mucho más probable que cualquier tipo de alteración en el desarrollo físico o cognitivo sea detectada primero por quienes más tiempo pasan con él: el personal de la escuela.

A un niño de un año el contenido del informe le viene a importar lo mismo que la cotización del dólar canadiense. Mi hija no va a sentir que ha fracasado, ni se va a poner nerviosa por no haber obtenido tres caritas sonrientes en Inglés. A nosotros como padres tampoco nos afecta mucho; somos de la opinión de que cada niño tiene su ritmo y, con la obvia salvedad de aquellos que presenten problemas en su desarrollo, todos irán completando etapas tarde o temprano. No nos preocupa lo más mínimo quién fue el primer bebé de la clase en ponerse de pie, en caminar o en empezar a nombrarse a sí mismo. A lo mejor somos unos «dejaos», no lo sé.

No obstante nuestra dejadez, creo que sería más positivo enfocar este tipo de documentos como una descripción más neutra. Si el personal está preparado para evaluar hitos en el uso del lenguaje por parte de los niños —por ejemplo—, entiendo que podrían llamar la atención de los padres en caso de que detectaran cualquier anomalía. No es necesario dar pie al espíritu competitivo que tristemente ha sido siempre imperante en los corrillos de parque y conversaciones de vecinos con sobrinos.

Las formas son importantes y se pueden contar las cosas utilizando muchos enfoques. No hay necesidad de puntuar; me da igual si es con números, con frases rimbombantes o con emoticonos de WhatsApp. En un momento como este en el que se está sometiendo a debate público el exceso de deberes que sufren los niños españoles, deberíamos quizá plantearnos también por qué empezamos desde tan pronto a presionar a las familias con el ritmo al que deben evolucionar sus hijos. ¿Cuántas consultas preocupadas al pediatra se ahorrarían si no añadiéramos estrés adicional a los padres tabulando y clasificando las aptitudes de sus hijos cada dos meses? Que son niños, por favor, no pescado de lonja.

 

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4 comentarios sobre “Niños de lonja”

    1. No sé si alguien lo sabe con seguridad, pero desde luego no quiero averiguarlo en mi hija. Hay quien dice que tienen que acostumbrarse a la presión, a las frustraciones… Pues oye, tiempo tendrán de ir encontrándoselas, que no les van a faltar. Mientras tanto, que sean eso que dices: niños.

      ¡Gracias por tu comentario!

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  1. ¿Sabes? Resulta que Mara también tiene “notas”. ¡Notas! Y yo no puedo dejar de sorprenderme de semejante documento… ¿En serio habrá padres a los que les preocupen esos avances? Creo que, como bien dices, yo también comprendo que haya padres que sientan esa necesidad de saber qué hace su hijo, qué ha aprendido, cómo se desenvuelve… etc. Pero, ¿cómo es posible que hayamos llegado a eso? ¿Cómo puede un niño pasar 8, 10, 12 horas en una guardería?

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    1. Lo que más me preocupa no es que hayamos llegado, sino que nos estamos zambullendo de lleno en esa piscina.

      El sábado leí un comentario que te pusieron en tus 5 cosas que no te gustan de la escuela infantil, y me quedó claro que en esto también vivo en una burbuja. Igual que la profesora de Lara, hay mucha gente que piensa que donde tienen que estar los niños, y cuanto antes mejor, es en una escuela en la que les enseñen de una forma sistematizada y ordenada. Está claro que tienen que aprender, pero a mí me gustaría que mi hija aprendiera lo que es un autobús subiéndose a uno conmigo, no repitiéndolo en voz alta en un corro de niños que nunca han visto uno. Y no necesito que me digan si repite bien la palabra «autobús» o no con un año y medio.

      Y hacia ahí van encaminadas las medidas de conciliación: hacia la escolarización temprana. Veremos si un día no termina siendo obligatoria.

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