Malabarismos de conciliación

Malabarismos

Soy de la opinión de que cometemos un error cuando restringimos el alcance del término conciliación al ámbito de la conciliación familiar y laboral. Hace muy poco desde que yo me incorporé a esa parte del cuadro y, sin embargo, siempre he defendido con uñas y dientes mi derecho a conciliar el trabajo con mi vida personal. Perderemos muchos aliados en la lucha si nos limitamos a defender el derecho a pasar tiempo con nuestros hijos; el mismo derecho defendía yo cuando exigía salir a las 18:00 por la puerta de la oficina para poder pasar la tarde con la que entonces era mi novia. Y siempre defendí y defenderé que lo mismo debería dar si lo que voy a hacer a partir de las 18:00 es dedicarme a mi familia, cultivar mi maltrecho bagaje cultural, o meter la cabeza en la nevera y sentarme a comprobar cómo crece el moho en los yogures.

Entonces tuve una hija.

Como si de un partido «solteros contra casados» entre jugadores mal avenidos se tratara, he oído y leído a menudo discusiones entre quien defiende la conciliación desde el punto de vista de la paternidad y quien lo hace desde una vida sin hijos. Como decía al comienzo, entiendo y comparto que ambos defiendan su derecho a disfrutar de tiempo para sí mismos, pero tenemos que darnos cuenta de un matiz: quien pugna por poder dedicarles más tiempo a sus hijos no lo hace solamente desde una postura egoísta, sino también desde la óptica de unos hijos que no pueden defender aún su derecho a tener unos padres presentes e implicados activamente en su educación y su crianza.

No podemos obviar que las necesidades de una familia en este aspecto son distintas y mucho más complejas que las de quien no tiene hijos. Habrá quien exclame que nadie nos obliga a tener hijos, que por qué va a tener uno que cargar con imposiciones fiscales adicionales para financiar determinadas ayudas públicas a quien ha optado por una vida familiar. O quien se queje amargamente por el inevitable perjuicio que la ausencia de un compañero de trabajo de su puesto le causa cuando aquél quiere o necesita pasar un tiempo con sus hijos. Son posiciones habituales que entiendo; para nuestro yo egoísta son las nuestras las necesidades más importantes, en este caso las de conciliación de nuestro tiempo personal. Sin embargo, tratando de observarlo todo desde un punto de vista equitativo, me resulta difícil entender que tanta gente se niegue a admitir que necesidades diferentes requieren una magnitud distinta en la ayuda recibida.

La paternidad revoluciona muchas de nuestras asunciones y principios anteriores. A veces les da la vuelta hasta el punto de que nuestra nueva forma de pensar nos resulte incluso paradójica. Hablando un día con mi madre durante uno de los últimos episodios de enfermedad de nuestra hija, por ejemplo, me di cuenta de que, puestos a elegir, ahora mismo prefiero que esta enferme durante el fin de semana en lugar de hacerlo de lunes a viernes. ¡El fin de semana! ¡Con lo que yo amo los sábados!

Los malabarismos que uno tiene que hacer cuando un hijo enferma durante la semana no alcanzas a imaginarlos ni mínimamente antes de verte en esa tesitura. No tenemos ni idea de la escala dramática que adquiere una semana cuando ambos padres trabajan y el niño —si es que tienes la suerte de que sea hijo único— utiliza su imán vírico para seleccionar una nueva cepa infecciosa que importar al hogar familiar. No se puede comparar la necesidad de una persona de tener tiempo para hacer deporte al salir del trabajo o para tomarse unas muy necesarias cañas con sus amigos los jueves con lo que supone tener que organizarse para cuidar de un hijo que ha enfermado un martes.

En primer lugar, te exigen que puedas ausentarte del trabajo para que saques de la guardería a ese volcán de enfermedades en que acaba de convertirse tu hijo. Tienes, a continuación, que encontrar cita en el centro de salud. Un centro de salud en el que bien podrías morir como consecuencia del dolor causado por las agujetas que te ha provocado la tos mientras esperas encontrar una cita libre precisamente para el día en que te duele algo. Y, finalmente, y lo más complicado de todo, necesitas remover Roma con Santiago para poder acompañar a tu hijo durante su convalecencia si la fortuna ha querido que su mal se extienda a lo largo de varios días. ¿Y qué hace entonces alguien que, como nosotros, no tiene abuelos a mano?

Antes de ser padres también teníamos emergencias, está claro. Teníamos que buscar la forma de estar disponibles en casa un miércoles toda la mañana para recibir un paquete urgente, o para abrirle la puerta al fontanero que venía a arreglar aquel radiador que reventó durante las vacaciones de Navidad, o para que revisara la caldera aquel instalador que solo trabajaba hasta las 17:00. Por eso insisto en que la conciliación es y debe ser asunto de todos. Pero quien no sea capaz de entender que la escala de la necesidad es radicalmente diferente cuando tienes hijos es, muy probablemente, porque no los tiene.

Como en tantos otros casos, podríamos reducir el problema a una necesidad de empatía y equidad. Debemos entender como sociedad que los niños no son un capricho de unos cuantos que lo que quieren es tener preferencia a la hora de elegir los días libres en verano; que quien hace uso de las bajas y excedencias no está precisamente de vacaciones; y que si queremos cruzarnos en la vida con jóvenes sanos y empáticos, deberíamos facilitarles las bases para ese trabajo a quienes deberían ser los principales y primeros responsables de que su educación y su crianza así lo garanticen: sus padres. Es necesario un esfuerzo desde ambas partes para empujar juntos hacia una mejor conciliación; cada avance que se logre será positivo para todos. Mientras tanto, ojalá no nos hiciera falta poner nuestra vida patas arriba para darnos cuenta de lo que supone estar al otro lado.

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4 comentarios sobre “Malabarismos”

  1. Amén. Poco más que añadir. Completamente cierto todo lo que dices. De lo de los abuelos a mano… Qué te voy a contar. Y de malabares… En fin. Yo creo que deberíamos mudarnos juntos al mismo edificio y hacer tribu de verdad porque no me digas que no nos vendría genial que cada día cocinase una familia o que si uno se pone malo tenga apoyo logístico… Deberíamos pensarlo.
    Te leía y me ha venido a la mente un comentario que me dejó una “señora” en un post que bajo el título “Reinventando el marujismo” reivindicaba el derecho a criar a tus hijos en casa si te daba la gana. Allá va:
    “Respecto a que quedarse en casa esté mail visto: en cualquier comunidad humana se valora más un comportamiento que beneficie al conjunto de sus integrantes. Quedarte en casa para ser tú feliz y hacer feliz a tu hija es estupendo para vosotras, pero que sea bueno para la sociedad en su conjunto está por ver. Los trabajos cada vez van a mecanizarse más y hay quien especula que en el futuro se podrá alcanzar una productividad similar con menos empleados. La población del planeta no hace más que crecer y los recursos son finitos. Si echas un vistazo durante un rato a Worldometers.info verás la poca falta que hacen tus hijos y los míos.
    Yo respeto igual a una madre que se queda en casa que a una que investiga la cura contra el cáncer, pero admiro más a la del cáncer. Es un comportamiento muy humano y comprensible, porque lo que hace ella nos beneficia a todos. Que no te guste que la gente no valore igual a las madres que no trabajan que a las que sí no quiere decir que sea criticable: aplaudir las actitudes que benefician a la sociedad en su conjunto, y no solo al individuo, es lo que nos ha permitido avanzar hasta donde estamos.”
    Con este comentario creo que puedes confirmar que de empatía y equidad va justa nuestra sociedad. Que el cuidado de los hijos no se valora y que al final lo que queda es eso: que te tomas vacaciones cuando nace un hijo. Tremendo.

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    1. Sobre la primera parte de tu comentario: pues sí, sería genial. Simplemente dos familias combinadas ayudándose ya multiplicarían las posibilidades ante cualquier necesidad. ¿Cómo hemos dejado que esa forma de vida desaparezca, por favor?

      Y sobre el comentario… creo que hasta me suena haberlo leído en su momento, sí. Supongo entonces que la autora tendrá su propia escala de los trabajos que valora y admira y los que no, ¿no? Y, siguiendo su regla de tres, cualquier persona que dedique su tiempo a algo que no aporte un alto valor añadido bien podría ser prescindible en este mundo de «worldometers» en el que todos somos números y la mitad de nosotros sobramos. No deja de ser llamativo que defienda esa percepción desde lo que ella llama «un comportamiento muy humano». Creo que simplifica en exceso, y se olvida de que el trabajo en el hogar también reporta beneficios para la sociedad, no solo para uno mismo. Pero se ve que cada vez somos menos los que lo entendemos así…

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